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Los gritos resonaban por toda la casa, una constante batalla de insultos, reproches y malas decisiones que parecía no tener fin. Pero sorprendentemente, esa fue la última de sus discusiones. No pude soportarlo más, así que abrí mi ventana y escapé de aquel lugar, corrí por las calles vacías y oscuras hasta llegar a mi atesorada playa. Mis pasos se volvieron más lentos una vez que mis pies descalzos tocaron la arena fría y húmeda.
Recorrí el lugar intentando hallar a Felix, tenía que estar en la colina, siempre solía esperarme allí a cualquier hora, pero esta vez no pude encontrarlo. Me senté cerca del acantilado, sintiendo la brisa salada que provocaba que mi piel se erizara, y lo esperé hasta que la aurora iluminó el cielo tornando este en colores rosas y naranjas. Él no apareció, ni siquiera la luna o las estrellas estuvieron presentes aquella desolada noche para hacerme compañía, y eso tampoco cambió con el pasar de los días.
Felix desapareció sin dejar rastro, sin una palabra, sin una explicación, como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra, llevándose consigo las últimas fuerzas que me quedaban. La playa, que antes era mi refugio, ya no tenía sentido sin él. No volví a pisarla desde entonces. Mi cuaderno de dibujos, que antes era mi pasión, mi forma de expresarme, se quedó cerrado, sin abrir, sin una línea o un trazo nuevo. Ya no tenía una razón para salir de mi habitación, para levantarme de la cama, para seguir adelante.
[...]
Después de años de discusiones y mentiras, mis padres finalmente tomaron la decisión de divorciarse. Una vez que los papeles fueron firmados, mi madre decidió irse lo más lejos posible, dejándome atrás con mi padre. Yo insistí en acompañarla, pero no logré convencerla. Ahora, ella me llama todos los fines de semana para preguntar cómo estoy y me envía algo de dinero para que lo gaste en lo que quiera, aunque solo lo arrojo en el cajón de mi mesa de noche, sin saber qué hacer con este.
Ya no me sentía triste, porque no había nada más que sentir. La tristeza se había convertido en una sensación vacía, un agujero negro que no podía ser llenado. Sin embargo, las batallas continuaban, y cada hora que pasaba se sentía como una nueva lucha. El instituto seguía siendo un lugar donde no quería estar, pero no podía evitar. Era una guerra que debía enfrentar cada día, sin saber cuándo terminaría.
Supongo que todos pasamos por momentos así, aunque algunos tienen más suerte para superarlos y otros no tanto.
Me encontraba solo, sentado en un cubículo del baño, comiendo el sándwich que me había guardado para el almuerzo. Pero la tranquilidad no duró mucho, ya que escuché el ruido de la puerta abrirse de golpe, seguido de varias voces altas y risas. Reconocí algunas de ellas, pertenecían a mis compañeros de clase, o mejor dicho, a los idiotas de la clase.
—Vamos, entrega el proyecto de una vez y terminemos con esto —dijo molesto, impaciente—. No tengo todo el día.
—Ya te dije que no lo haré —insistió—. No tengo ganas de seguir haciendo sus exámenes, ni siquiera me alcanza el tiempo para ocuparme de mis trabajos y no puedo reprobar otra vez.
—Nosotros te daremos las ganas, Jeongin. —rió y se escuchó un golpe, seguido de un murmullo de risas—. ¿O acaso ya no quieres estar con nosotros?
Me subí rápidamente sobre un pequeño contenedor de basura para poder ver qué estaba sucediendo. Tres chicos estaban golpeando a Jeongin, sin piedad ni compasión. Ellos sabían muy bien lo que hacían y no les importaba en absoluto, solo querían humillarlo hasta que él volviera a ceder. Sentí un impulso de intervenir, pero mi miedo y mi indecisión me mantuvieron paralizado en ese momento.
—Vamos, sé el lamebotas que conocemos —lo empujó uno de ellos, con un tono de burla y desprecio.
—Tienes que hacer los tres proyectos para el viernes —otro lo tomó del cuello de su camiseta, apretando con fuerza—. ¿Entendiste?
Jeongin trató de mantener su dignidad, a pesar de la intimidación.
—¿Y si no lo hago? —cuestionó.
Salí de mi escondite y caminé hacia el lavamanos, abriendo el grifo para limpiarme. La espuma del jabón y el sonido del agua corriendo llamaron la atención de aquellos idiotas. Sentía sus miradas sobre mí, pero no me intimidé.
—¿Puedes apresurarte? —dijo uno de ellos, con tono despectivo—. No te quiero aquí.
Me miré en el espejo y sonreí, decidido a no callar más.
—Pensé que estaba en el instituto... —comenté, con ironía— No en un zoológico lleno de gorilas.
La respuesta no se hizo esperar.
—¿Qué dijiste? —preguntó el líder del grupo, soltando a Jeongin y dando un paso hacia mí.
Posiblemente estaba a punto de cavar mi propia tumba, pero no pensaba retractarme.
—¿Hace falta que te lo repita? —dije, secándome las manos con tranquilidad, desafiándolo a seguir adelante.
El mismo chico me empujó con fuerza, haciendo que mi espalda chocara contra la pared del baño y presionó mi cuello con su antebrazo, dificultándome la respiración.
—Parece que se te aflojó la lengua, Hwang —soltó una carcajada—. Deberías aprender a pensar antes de hablar porque no te la dejaré pasar la próxima vez.
Me liberó del agarre y se dirigió nuevamente hacia Jeongin, pero no me quedé callado.
—No hace falta, y ahora que lo dices, supongo que tú deberías pensar en dejar un poco la basura que te metes por la nariz —volví a sonreír—, así podrías por lo menos usar ese 2% de cerebro que aún te queda para hacer tus exámenes.
Él se enfureció y regresó hacia mí, su rostro estaba rojo de ira.
—Alguien despertó con ganas de ser el héroe, lamento informarte que eso sólo funciona en las películas —se burló—. Ni siquiera pudiste salvar al estúpido de tu amigo de convertirse en puré debajo de un coche y piensas que puedes ayudar a este imbécil.
Esta vez, actué sin pensar, movido por la ira y la frustración. Lo tomé del cuello y lo estampé contra el espejo del baño, produciendo un sonido sordo y un impacto que hizo que la sangre comenzara a brotar de su frente. Sus amigos no tardaron en reaccionar, atrapándome con fuerza de ambos brazos y sujetándome frente a él. Sabía que no tenía opciones, era una pelea desigual, tres contra uno.
—Haré que te arrepientas, maldito demente —limpió la sangre de su rostro con el dorso de su mano y su mirada no se desvió de la mía.
Minutos después, me encontraba solo de nuevo, pero esta vez estaba tendido en el suelo, retorciéndome de dolor. Cada parte de mi cuerpo me dolía y sentía el sabor amargo de la sangre en mi boca. Escupí un poco, tratando de recuperar el aliento. Jeongin me miró una última vez antes de salir del baño, eligiendo irse con ellos. Me sentí traicionado, pensando que había recibido una paliza por nada. Hasta que me di cuenta de que no podía culparlo, él no quería terminar como yo, golpeado y humillado. Quería protegerse, y no podía reprochárselo.
Me quedé allí, solo y adolorido, preguntándome cómo había llegado a este punto.
[...]
Me encontraba sentado al borde de mi cama, con los codos apoyados en mis rodillas y la mirada perdida en el cuaderno que descansaba sobre mi escritorio. Algo me impulsó a levantarme y acercarme a él. Acaricié la cubierta del cuaderno con la yema de mis dedos, sintiendo las calcomanías que la decoraban. Luego, lo metí dentro de mi mochila y miré el reloj de mi móvil. Eran las 12:15 de la noche. Salí de mi habitación y comencé a recorrer la casa en silencio. Mi padre aún no había regresado, y después de la discusión que habíamos tenido horas antes, no esperaba que lo hiciera.
Papá entró a mi habitación sin siquiera tocar la puerta, cruzándose de brazos y observándome con una mirada seria. Desde que mamá se fue, había estado bastante triste, pero rara vez lo demostraba. Sin embargo, creo a veces llega un punto en donde la tristeza es demasiada y llevas tanto tiempo escondiendo ese sentimiento dentro de ti, que simplemente un día lo dejas salir y no es de la mejor manera.
—¿Podrías tocar la puerta? —le pregunté.
—Estás todo el día encerrado en este agujero —respondió molesto—. Hyunjin, ponte a hacer algo productivo, por favor.
—Déjame —me di la vuelta en la cama, dándole la espalda—. No te estoy molestando.
Pero él no se detuvo. Quitó las mantas que cubrían mi cuerpo, arrojándolas al piso, y me tomó del brazo con fuerza, intentando sacarme de la cama. Sentí la presión de su agarre, me lastimaba, y supe que me dejaría un moretón más tarde.
—¡No llegarás a ningún lado actuando de esta manera! —gritó, arrastrándome hacia el pasillo—. ¡Ni siquiera tienes amigos y tampoco haces nada al respecto, te la pasas holgazaneando todo el día!
—¡Tú nunca estás en casa como para saber lo que hago y lo que no! —me defendí, quitando su mano de mi brazo y mirándolo con furia—. ¡Es fácil decirlo cuando no lo ves!
—¿Crees que no me doy cuenta de que vives en un mundo que no existe? —se acercó a mí—. Tu hermano tenía futuro, deberías ser como él y pensar en algo más que no sean tus tontos dibujos.
—¡Por eso se fue! —grité—. ¡Porque no quería tener el futuro que tú pensabas para él!
—Ya agotaste mi paciencia —me señaló con el dedo—. Te enviaré a ese internado para ver si de una vez por todas dejas de comportarte como un demente.
Nada de lo que él dijo era verdad, y eso me enfureció aún más. Me sentí herido porque no me conoce, nunca quiso conocerme, y sin embargo se atreve a juzgarme. Ni siquiera sabe mi color favorito o recuerda mi cumpleaños. Y mis tontos dibujos, cómo él los llamó, creo que es difícil para las demás personas entender que son mi escape, mi manera de acallar el dolor y las emociones que me abruman. Dibujar es mi refugio, mi forma de no pensar y dejar que mis sentimientos fluyan a través de los trazos y colores.
Mientras caminaba por la orilla, sumido en mis pensamientos, escuché un silbido y levanté la vista hacia la colina. Allí estaba él, saludándome con la mano. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y sentí una mezcla de emociones: rabia, felicidad, tristeza y enojo. Corrí hacia él, deteniéndome a unos metros de distancia, y lo miré fijamente. No sabía qué decir o hacer, pero sabía que tenía que enfrentarlo.
—¿Por qué? —le pregunté.
Felix me miró extrañado, como si no entendiera lo que estaba pasando.
—¡¿Por qué me dejaste cuando más te necesitaba?! —grité furioso, sintiendo un nudo formarse en mi garganta.
—Tú eras el que quería estar solo —caminó hacia mí, su rostro tenía una expresión suave y calmada, pero sus ojos parecían tristes—. Yo no podía hacer nada para evitarlo.
Apoyé mi frente en su hombro, arrepintiéndome y esperando que su mano comenzara a acariciar mi cabello, buscando consuelo. En lugar de eso, él se detuvo por un instante antes de abrazarme. Me aferré con todas mis fuerzas, sabiendo que algo estaba sucediendo, pero negándome a aceptarlo.
—No puedes seguir engañándote, Hyunjin —dijo, tomándome del mentón y levantando mi cabeza para que lo mirara a los ojos—. Sólo estás retrasando lo inevitable.
Negué con la cabeza, rompiendo en llanto.
—Eso no es verdad —sollocé—. Ya lo he perdido todo, no puedo perderte a ti también.
—No puedes perder algo que nunca tuviste.
Ignoré sus palabras y lo besé con desesperación, como si eso pudiera cambiar la realidad. Él apoyó sus manos en mis mejillas, guiándome como la primera vez que nuestros labios se unieron. Mis brazos recorrieron su cuerpo, sintiendo cómo se desvanecía con cada roce, con cada caricia que tocaba su piel. Se apartó un poco, fijando sus ojos en los míos.
—No te vayas, por favor —supliqué.
Felix sonrió, y vi una lágrima deslizarse por su mejilla, desapareciendo en el aire. Quise tomar su mano y lo único que conseguí fue que se disperse al tocarla. Intenté abrazarlo, pero solo logré apresurar aún más las cosas. Ya casi no podía verlo, su figura se desvanecía ante mis ojos.
—¡No me dejes aquí! —grité, desesperado, sintiendo cómo mi corazón se rompía en pedazos.
A mi alrededor, comenzaron a aparecer cientos de pequeños puntos blancos, similares a las estrellas que se encontraban en el cielo. Cada uno de ellos era una pequeña parte de Felix, que se desvanecía en el viento. Me derrumbé, mis piernas cedieron y caí de rodillas en el suelo, cerrando mis ojos para no seguir viendo.
—¡No quiero esto! —volví a gritar, sintiendo cómo mi alma se desgarraba.
No quiero aceptar que mi hermano desapareció cuando tenía doce años, que mi mejor amigo murió sin haberse graduado, que la única persona a la que amé nunca existió y que mi vida siempre fue una mentira que yo mismo inventé para poder continuar un día más.
Golpeé con mi puño varias veces el suelo, gritando, llorando y sintiendo un dolor tan intenso recorrer hasta lo más profundo de mi ser, era el mismo que me había encargado de ocultar por años. La sangre comenzó a brotar por mis nudillos y esta fue cayendo gota por gota sobre lo que era mi cuaderno de dibujos. Lo tomé en mis manos, pasando página tras página, viendo los dibujos que había hecho, cada uno representaba algo que me faltaba y que no podía tener, momentos que jamás viví y sensaciones que me hubiera gustado sentir, recuerdos que había creado y las historias que había inventado.
Todo era una mentira, todo era una farsa. Mi vida había sido una ilusión, una fantasía que me había creado para no enfrentar la realidad.
En varias de sus páginas se encontraba él observando el cielo, como si con sus dedos pudiera tocar las estrellas. Y fue ahí cuando me di cuenta de que aquel chico que se había convertido en el mundo para mí, no sólo era parte de mi imaginación sino que también era la personificación de la luna que yo mismo alguna vez había dibujado. Aquella que por años fue mi confidente cada noche, lo único que me mantenía de pie, ese hermoso reflejo que únicamente mis ojos podían ver en la madrugada. Y en ese momento, comprendí que no lo podía dejar ir.
No podía dejar ir a Felix.
Dejé a un lado mis dibujos para ponerme de pie, los latidos de mi corazón eran erráticos e iban aumentando con cada movimiento que daba. Sin embargo, podía sentir una sensación de alivio inundar mi interior y mis pensamientos aclararse de una vez por todas. Engañarme e inventar otra vida ya no era una opción, porque mi cuaderno finalmente se había quedado sin páginas. A lo mejor se trataba de una jugada del destino, o tal vez ni siquiera exista tal cosa. De todas formas, sabía que el punto final se acercaba en mi historia.
Por fin, aquellas preguntas sin respuestas dejarían de atormentarme. Podía aceptar y llegar a entender cada una de las decisiones que alguna vez había tomado. Y no dejaba de pensar en lo que había dicho antes, en que todos tenemos nuestra desolación y que cada uno tiene un significado diferente para ella. Así como en ocasiones, unos somos más fuertes que otros, pero a pesar de esto, todos soportamos día tras día nuestra propia tormenta. La misma tempestad que se desata en lo más profundo de nuestro ser y necesitamos a alguien o algo que nos ayude a atravesarla.
Escuché su voz que me llamaba desde el cielo, su imagen se proyectaba e iluminaba en aquellas turbulentas aguas de color negro. Por primera vez, después de tantos años, volví a sentirme completo. Caminé lentamente, recreando cada parte de mi vida en mi mente, lo que fui, soy y seré. Me di cuenta de que nunca cambié para encajar, y quizás eso me llevó a estar aquí, pero sé que haberlo hecho me hubiera convertido en algo mucho peor.
Perderme a mí mismo fue mi desolación, aunque de algún modo eso también se convirtió en mi salvación.
Giré apreciando la vista que tenía de la playa y el viento sopló con fuerza acariciando mi rostro. Retrocedí unos pasos, logrando así que el suelo debajo de mis pies desapareciera. El abismo me acogió hasta que las olas cubrieron por completo mi cuerpo y lo rodearon como si se tratara del más cálido abrazo que alguna vez hubiera recibido.
Finalmente podía estar tranquilo, había encontrado mi lugar en el mundo y sabía que nunca más estaría solo. Con ese pensamiento, me dejé llevar por las olas. Ahora, cada vez que anocheciera y la luna saliera, él volvería a estar conmigo.
