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Amar sen dicilo

Chapter 3: Lo que no se puede simplificar

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El mensaje de Dean llevaba varias horas en la pantalla cuando Álvaro por fin se decidió a abrirlo.

No porque no lo hubiera visto antes. Sino porque había aprendido que algunas conversaciones se alargaban demasiado rápido cuando uno no estaba preparado.

Álvaro apoyó el codo sobre la mesa y se pasó una mano por la cara. Eran casi las uno de la madrugada. Había avanzado poco con el proyecto final y llevaba horas mirando el mismo bloque de código sin entenderlo.

Neno

tas despierto?

Más o menos

¿Todo bien?

La respuesta tardó más de lo habitual.

Álvaro pensó en no mirar el móvil. Pensó en volver al portátil. Pensó en muchas cosas que no hizo.

Neno

sii

bueno…

te pinta venir mañana x la tarde?

a casa

El corazón le dio un salto absurdo.

Antes, Dean no preguntaba. Antes, simplemente le decía “ven a casa”.

Neno

Claro. Salgo del trabajo a las seis.

joya

es q…

necesito ayuda cn mates

Álvaro frunció el ceño.

Tardó unos segundos en escribir.

Neno

¿Con mates?

sii 😇

igual ya es tarde

no te quiero robar sueño

descansa bien, ¿sí?

mañana hablamos 💫

De acuerdo

Buenas noches, neno

Álvaro dejó el móvil sobre la mesa y se recostó en la silla, mirando el techo.

Supo por Nico que Jude era matemático y que respiraba números, así que lo natural era Huijsen aprovechar la presencia del primo para ayudarlo, pero, aun así, Dean le escribía a él.

Cerró el chat sin añadir nada más y volvió a mirar la pantalla del portátil.
El cursor parpadeaba con una paciencia insultante, como si esperara que Álvaro se pusiera de acuerdo consigo mismo.

No lo hizo.

Releyó la misma función por quinta vez sin procesarla. Sabía que había un error lógico, lo sabía igual que sabía que llevaba días evitando pensar en Dean más de lo necesario. Ambas cosas estaban conectadas, probablemente, y ambas se negaban a resolverse.

Miró el reloj otra vez. Demasiado tarde para avanzar nada productivo. Demasiado temprano para dormir sin darle vueltas a todo. Cerró el portátil con más brusquedad de la necesaria y se levantó para ir a la cocina.

Mañana por la tarde.

No era una cita. Era ayudar a Dean con matemáticas.

Se repitió eso varias veces, como si hacerlo más técnico lo volviera menos peligroso.

Se fue a la cama con esa idea rondándole la cabeza y tardó más de lo habitual en dormirse.

El día siguiente pasó demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo.

En el trabajo, Álvaro se sorprendió mirando el reloj más de la cuenta. Corrigió errores ajenos, revisó código sin entusiasmo y respondió correos automáticos con eficacia mecánica. Cada vibración del móvil le aceleraba el pulso, aunque no fuera Dean.

A las cinco y media recogió sus cosas.

— ¿Te vas ya? — preguntó un compañero.

— Sí. — respondió. — Tengo clase.

No era del todo mentira. Matemáticas también contaban.

Cuando llegó a casa de Dean, llevaba la mochila cargada de apuntes que no necesitaba. Tocó al timbre y la puerta se abrió casi de inmediato.

— Hola. — dijo Dean.

Llevaba ropa cómoda y el pelo algo revuelto. Álvaro pensó, con un cansancio muy concreto, que nunca había dejado de parecerle guapo.

— Hola.

— Gracias por vení. — añadió Dean. — Estoy trancao con un par de cosas.

— Para eso estoy. — respondió Álvaro, automático.

Entraron.

La casa estaba en silencio, pero no vacío. Dean dejó los libros sobre la mesa del comedor, ya abiertos, subrayados con colores distintos y anotaciones en los márgenes.

— Yo no me entero de na. — dijo, señalando una página. — Esto no tiene ni pies ni cabeza.

Álvaro se inclinó sobre la mesa.

— Sí tiene. — dijo. — Pero está explicado fatal. 

— Eso me deja más tranquilo. — Dean sonrió.

Se sentaron juntos. Demasiado cerca para no notarlo, demasiado separados para no ser conscientes. Álvaro empezó a explicar, despacio, como hacía años atrás, cuando Dean era un crío impaciente que se frustraba a los diez minutos.

— Mira. — dijo. — No pienses en la fórmula todavía. Piensa en qué te están pidiendo.

Dean apoyó el codo en la mesa, escuchando con atención exagerada.

— Siempre dices eso.

— Porque siempre funciona.

Durante un rato, todo fue fácil. Álvaro hablaba, Dean asentía, hacía preguntas, se quejaba de los ejercicios como si fueran enemigos personales. Era cómodo. Familiar.

Peligroso.

— No sé qué haría sin ti. — dijo Dean de repente, sin levantar la vista del cuaderno.

Álvaro se quedó quieto un segundo.

— Suspenderías. — respondió.

— Segurísimo.

Se quedaron en silencio cuando terminaron el último ejercicio.

Dean cerró el cuaderno con un suspiro largo, teatral.

— Sobreviví. — dijo. — Milagrosamente.

— A duras penas. — respondió Álvaro, sonriendo.

Dean no se levantó. Tampoco volvió al móvil. Se quedó ahí, apoyado en la mesa, balanceando la silla apenas, como si estuviera pensando si decir algo o no.

Álvaro recogió los papeles con calma. Demasiada calma.

— Oye. — dijo al final, sin mirarlo. — ¿Por qué me pediste ayuda a mí?

Fue un gesto mínimo,. Dean se tensó apenas, pero Álvaro lo conocía demasiado bien.

— ¿Cómo?

— Jude es matemático. — continuó Álvaro. — Y el año que viene empieza un máster en Suiza, ¿no? Podría haberte explicado esto en cinco minutos.

Dean se encogió de hombros.

— Pero Jude explica como si todo el mundo hubiera nacío sabiendo mates.

El rubio se levantó por fin y fue a la cocina. Volvió con dos gaseosas, le tendió uno.

— Además. — añadió, apoyándose en la encimera. — Contigo es distinto. Tú siempre me lo haces más fácil, ¿sabes?

Álvaro bebió un sorbo, sin responder de inmediato.

— O más largo. — dijo.

Dean sonrió, pero había algo nervioso en el gesto.

— Eso también.

El silencio volvió a instalarse, esta vez más pesado. No incómodo. Cargado.

— Hace ya días que no estamos juntos casi ná. — dijo Dean de repente, como si hablara del tiempo. — Pensé que… yo qué sé. Que estaría bien.

Ahí estaba.

No lo miró cuando lo dijo, y Álvaro agradeció ese pequeño acto de cobardía compartida.

— Lo ha estado. — respondió.

Dean lo miró entonces, rápido.

— ¿Sí?

Álvaro asintió.

— Sí.

Eso pareció tranquilizarlo más de lo que debería.

Dean volvió a sentarse, esta vez en el sofá, y dio una palmada suave sobre el cojín a su lado. Álvaro dudó solo un segundo antes de sentarse también, dejando menos espacio del necesario.

— ¿Cuándo es tu graduación? — preguntó Dean. — La de verdad.

— En dos meses. — respondió Álvaro. — Si todo sale bien.

— Saldrá bien, hombre.

— Eso dicen.

— ¿Vendrán tus padres? — Dean se giró un poco hacia él.

Álvaro respiró hondo.

— Sí. Y mis hermanos también.

Dean asintió despacio, procesando.

— ¿Y están bien? Hace mucho no hablo con tu mamá y ni tu hermana.

— Mejor que antes. — dijo Álvaro. — Más tranquilos. Galicia les hace bien.

— Me alegro, de verdad.

Dean jugaba con el borde del cojín, distraído.

— ¿Te hace ilusión?

Álvaro pensó la respuesta.

— Me pone nervioso.

— Eso es ilusión. — dictaminó Dean.

Álvaro rió por lo bajo.

— ¿Y tú? — preguntó. — ¿Cómo vas con todo esto?

Dean hizo un gesto amplio, vago.

— Ahí.

— Respuesta muy específica.

— Es que no tenía ganas de estudiar ahora. — confesó. — Solo… hablá un rato, tranquilo.

Álvaro lo miró, ladeando la cabeza.

— Eso ya lo sabía.

Dean sonrió, pillado.

— ¿Se nota tanto?

— Un poco.

Se quedaron así, hablando de nada y de todo. De profesores insoportables, de lo rápido que pasaban los días, de planes que aún no existían. No se tocaron, pero la cercanía era constante, como una línea invisible que ninguno se atrevía a cruzar.

Cuando Álvaro se levantó para irse, Dean también lo hizo.

— Una vez más, gracias por vení. — dijo. — Aunque haya sido una excusa.

— Cuando quieras. — respondió Álvaro. — Con o sin matemáticas.

Dean bajó la mirada un segundo.

— Me gusta más sin.

Álvaro salió de la casa con el corazón golpeándole un poco más fuerte de lo prudente.


— No pienso llorar. — anunció Gonzalo por cuarta vez, con la voz ligeramente rota y los ojos rojos, mientras mantenía a Arda prácticamente incrustado en su pecho, como si soltarlo implicara que desapareciera por una puerta secreta del aeropuerto.

— Llevas diez minutos llorando. — le recordó Álvaro, apoyado en su maleta, con el cansancio resignado de quien ya ha aceptado que ese espectáculo no va a terminar pronto.

— No es llorar, joder. — protestó Gonzalo. — Es… sudor emocional.

— Eso no existe. — murmuró Nico desde algún punto cercano.

Arda, completamente ajeno a cualquier concepto de dignidad pública, le acariciaba la espalda a Gonzalo con una solemnidad exagerada, como si estuviera consolando a un héroe caído en batalla.

— Vendré en Navidad. — dijo con voz firme. — O antes. O me mudo. Aún lo estoy valorando seriamente.

— No te mudes. — sollozó Gonzalo, enterrando la cara en su hombro. — O sí… da igual. Voy contigo. Aprendo turco, cambio de carrera, me adapto a lo que haga falta.

— Por favor, no. — rió Arda. — Primero sobrevive a esta semana sin mí.

Álvaro negó con la cabeza, divertido y ligeramente agotado. Aquello era exactamente lo que había imaginado… y aun así resultaba peor.

A unos pasos de distancia, Nico estaba de brazos cruzados, mirando fijamente una pantalla informativa cualquiera, como si no estuviera a punto de perder el eje emocional de su vida social. Su expresión era la de alguien que se había prometido no sentir absolutamente nada.

— Bueno. — dijo Jude, acercándose con una sonrisa suave, contenida. — Supongo que esto es un “hasta luego”.

— Ajá. — respondió Nico sin mirarlo. — Re normal. Re adulto. Cero dramático.

— Te escribiré.

— No hace falta. — mintió Nico, demasiado rápido. — Total, Inglaterra está acá al ladito.

Jude lo observó un segundo más de lo necesario. Ese segundo en el que se dicen cosas sin palabras.

— Podrías venir. — dijo entonces, con cuidado.

Nico parpadeó.

— ¿A Inglaterra?

— Sí. — asintió Jude. — Pronto. Te enseñaría dónde estudio. Donde vivo. Donde... — se detuvo, sonriendo de lado. — Donde te echaré de menos.

Álvaro vio cómo la coraza de Nico se resquebrajaba de golpe. No fue dramático. Fue peor. Fue sincero.

— Bueno... — murmuró Nico, rascándose la nuca. — Capaz que voy. Un finde, o algo así. Si al final no conozco Inglaterra de ninguna manera.

— Me parecería bien. — respondió Jude, y antes de que Nico pudiera reaccionar, lo abrazó sin pedir permiso.

Nico tardó un segundo eterno en devolver el gesto. Pero cuando lo hizo, fue de verdad, con los brazos firmes y la frente apoyada en el hombro de Jude, como si ese aeropuerto no estuviera lleno de gente.

Cerca de ellos, los padres de Dean observaban la escena con sonrisas pacientes. La señora Huijsen se secaba discretamente una lágrima, emocionada sin ningún pudor. El señor Huijsen miraba el reloj con gesto serio, pero no decía nada. No los apuraba. A veces, incluso él entendía que ciertas despedidas no se pueden acelerar.

Huijsen estaba un poco aparte, con las manos en los bolsillos, balanceándose apenas sobre los talones, mirando cómo sus primos se despedían de sus… algo más que amigos.

Álvaro lo notó enseguida.

— Eh. — dijo, acercándose. — Están exagerando un poco.

— Mucho. — admitió Dean, sin apartar la vista. — Pero me gusta verlos así.

— Sí.

Dean suspiró, largo, como si soltara más que aire.

— Es raro. Ellos se van… y todo sigue.

Álvaro no respondió de inmediato. Observó las maletas, las puertas de embarque, la gente pasando como si nada importante estuviera ocurriendo.

— No todo. — dijo al final.

El rubio lo miró, sorprendido.

En ese momento, una voz metálica anunció el embarque. Arda besó a Gonzalo sin ningún tipo de pudor público, prometiéndole cosas imposibles a media voz. Jude apoyó la frente en la de Nico, jurándole mensajes constantes que ambos sabían que se perderían entre horarios y husos horarios.

Dean abrazó a sus primos con fuerza, uno por uno. Más tiempo del habitual. Como si quisiera memorizar el peso exacto de cada uno.

Cuando se separó de ellos, se quedó quieto, con la mirada fija en el suelo, como si el aeropuerto se hubiera vuelto de repente demasiado grande para una sola persona.

Dio un paso adelante, sin pensarlo.

— Vamos. — dijo. — Te acompaño.

Dean apoyó la frente un segundo en su hombro. Apenas un segundo. Lo suficiente como para decir más que cualquier frase.

— Gracias.

Álvaro tragó saliva.

El drama ajeno había sido cómico, pero el suyo empezaba a dejar de serlo.


Pasaron varios días desde el aeropuerto y, contra todo pronóstico, el mundo siguió girando.

Álvaro volvió al trabajo, al proyecto final, a dormir mal y a beber cantidades de café que probablemente ya eran ilegales en algún país. El código seguía resistiéndosele y su cerebro funcionaba a medio gas, pero al menos todo era… estable.

Dean, en cambio, volvió a aparecer en su vida de una forma distinta. Mensajes normales. Audios cortos. Ninguna visita improvisada.

Como si ambos hubieran decidido, sin decirlo, no tocar todavía lo que había quedado suspendido en el aire. Ni tirar de ese hilo, ni cortarlo del todo.

Era cómodo y peligrosísimo.

El desastre ocurrió en el supermercado.

Álvaro estaba comparando precios de pasta — vida adulta, pensó con una mezcla de orgullo y cansancio —, cuando escuchó su nombre pronunciado con excesivo entusiasmo.

— ¡Álvaro!

Se giró, esperando encontrarse a algún compañero de la facultad o, con suerte, a nadie conocido.

Falló.

La señora Huijsen estaba allí, sonriente, con una bolsa reutilizable demasiado llena colgándole del brazo, como si acabara de comprar provisiones para una pequeña expedición. A su lado, el señor Huijsen empujaba el carrito con gesto concentrado, revisando una lista imaginaria como si comprar yogures fuera una misión de alta responsabilidad.

— Hola, señor y señora Huijsen! — dijo Álvaro, activando su sonrisa automática de persona educada que no espera sobresaltos emocionales entre estanterías. – Como están?

— Bien, hijo mío. Bueno, no tan bien por lo tuyo con Dean… — suspiró la señora Huijsen, acercándose. — Nos dio mucha pena lo vuestro, de verdad.

El cerebro de Álvaro se detuvo durante medio segundo exacto.

Literalmente.

— ¿Lo… nuestro? — repitió, con la voz un poco más aguda de lo recomendable.

— Sí, cariño. — continuó ella, sin notar nada extraño. — Dean nos contó que lo habíais dejado. Fue tan triste… justo después de que se fueran los primos.

El gallego sintió cómo su mente buscaba desesperadamente un recuerdo inexistente.

¿Habían roto?

¿Habían tenido una conversación que se le había escapado?

¿Existía una ruptura paralela en otra línea temporal?

El señor Huijsen asintió con gravedad.

— Los jóvenes son así. — sentenció. — Todo lo viven con muchísima intensidad y luego se les pasa. Además, Álvaro ya está en otra etapa de su vida y nuestro benjamín acaba de salir del instituto. Es normal, hijo, pero ojalá vuelva a ser nuestro yerno. Te queremos mucho.

Álvaro hizo lo único que sabía hacer bien en situaciones de pánico absoluto: actuar.

— Bueno... — dijo, bajando un poco la mirada, ensayando una expresión vagamente melancólica. — A veces pasa.

La señora Huijsen le tocó el brazo con ternura.

— Pero seguimos adorándote. — añadió. — Y Dean también, aunque esté un poco sensible estos días.

— Claro. — respondió Álvaro. — Nos queremos mucho.

No era mentira, solo… información incompleta. Peligrosamente incompleta.

Intercambiaron algunas frases más sobre el clima, los precios imposibles y lo rápido que crecen los hijos, y se despidieron con besos en la mejilla y buenos deseos sinceros.

Álvaro salió del supermercado con pasta, tomates, pan y una ruptura que oficialmente no recordaba haber tenido, y lo peor de todo es que dijo que yo lo dejé.

Mientras caminaba hacia casa, no pudo evitar pensar que, en algún momento, iba a tener que hablar con Dean.

Y que probablemente no sería en la sección de pasta.


El día de la graduación de Álvaro finalmente había llegado.

Lo supo porque el piso estaba demasiado lleno, demasiado ruidoso y cargado de emociones para ser un día normal.

Sus padres habían llegado desde Galicia la noche anterior, con esa mezcla entrañable de orgullo y desconcierto de quien no entiende del todo qué hace un ingeniero de software, pero está convencido de que es algo importante. Sus hermanos ocupaban cada rincón del apartamento comentando absolutamente todo, desde la decoración hasta lo mayor que se veía Álvaro con la toga colgada en la silla.

Gonzalo y Nico aparecieron temprano, eufóricos como si se graduaran ellos.

— Esto es un ensayo general. — anunció Gonzalo. — Yo lloraré más en el mío, fijo, no hay duda.

— Imposible. — respondió Nico. — Ya no te quedan lágrimas. Te las gastaste todas en el aeropuerto, boludo.

— Eso fue amor, no lágrimas.

Álvaro sonrió, nervioso, mirando el reloj cada poco minuto sin admitir por qué.

Dean llegó puntual.

Y no vino solo.

Sus padres entraron detrás de él, sonrientes. Álvaro sintió cómo algo se le apretaba en el pecho al verlos. La señora Huijsen lo abrazó con cariño sincero; el señor Huijsen le dio una palmada firme en el hombro.

— Felicidades, ingeniero. — dijo. — Nos alegramos mucho por ti.

— Gracias. — respondió Álvaro, intentando no pensar en el supermercado.

Dean estaba ahí, mirándolo, guapo de una forma injusta, tranquilo por fuera, tenso por dentro. Álvaro lo notó enseguida.

Vestido demasiado bien para alguien que no era el protagonista del día, con el pelo arreglado y una sonrisa que Álvaro reconoció al instante. Lo vio y sintió ese golpe familiar en el pecho, seco y certero.

Nada había cambiado, pero todo había cambiado.

Durante la ceremonia, Álvaro apenas fue consciente del discurso. Cuando escuchó su nombre y subió al escenario, buscó entre el público sin pensarlo. Dean estaba allí, aplaudiendo más fuerte que nadie, con una expresión abierta, orgullosa, como si ese logro también fuera suyo.

Cuando sus miradas se cruzaron, Álvaro supo que no estaba imaginando nada.

Después vinieron las fotos, los abrazos, las bromas.

— Ingeniero, ¿eh? — dijo Dean, acercándose lo justo. — Muy sexy.

— Cállate. — murmuró Álvaro, rojo, empujándolo con el hombro.

Dean rió, y por un momento todo pareció fácil.

Sus padres invitaron a todos a cenar en el apartamento para celebrar. Hubo comida en exceso, brindis improvisados y anécdotas de infancia que Álvaro intentó negar sin éxito. Dean encajaba demasiado bien entre su familia, riendo con sus hermanos, escuchando atento a sus padres.

Siempre lo había hecho.

Demasiado bien para alguien con quien, aparentemente, había “terminado”.

Fue Álvaro quien se levantó primero.

— Voy a tomar el aire. — anunció. — ¿Vienes?

Dean lo siguió sin preguntar.

El balcón estaba tranquilo, iluminado por las luces de la ciudad. El murmullo de la cena quedó amortiguado al cerrar la puerta, como si el mundo se hubiera reducido solo a ellos dos.

— Tenemos que hablar. — dijo Álvaro, apoyándose en la barandilla.

— Sí. — respondió Dean. — Lo sé.

Álvaro respiró hondo.

— Hace unos días me encontré con tus padres.

Dean parpadeó.

— Ah, ¿sí?

— Sí. Y me dieron el pésame.

Dean cerró los ojos, dejándose caer un poco hacia atrás.

— Vale.

— Dean. — Álvaro lo miró de frente. — ¿Cuándo exactamente terminamos nuestro noviazgo falso?

Dean soltó una risa nerviosa.

— No terminamos.

— Eso pensaba yo.

— Solo... — se pasó una mano por el cuello. — Les dije que estábamos un poco raros y que tú necesitabas tiempo. Sobre todo, por la graduación.

Soltó una risa corta, incrédula.

— ¿Raros? — repitió. — ¿Eso es todo lo que soy para ti ahora? ¿Algo raro que no sabes explicar?

— No es eso. — se apresuró Dean. — No quise decirlo así.

— Pero es lo que dijiste. — insistió Álvaro, sintiendo cómo la indignación le subía al pecho. — Yo no terminé nada, Dean. Yo no le conté a tus padres que lo nuestro era una tragedia juvenil de mentira.

El más joven dio un paso hacia él, nervioso, pasándose una mano por el pelo.

— No sabía qué decir. — admitió. — Me preguntaron como estábamos y me entró pánico. Todo pasó muy rápido.

— ¿Pánico a qué? — preguntó Álvaro, con la voz más baja, más peligrosa. — Dímelo claro.

Dean levantó la vista. Tenía los ojos brillantes, demasiado abiertos.

— A que fuera de verdad.

La frase cayó pesada entre ellos. Álvaro apretó la mandíbula.

— ¿Sabes lo que más duele? — dijo despacio. — Que para mí siempre lo fue. Incluso cuando fingíamos que no. Incluso cuando yo era “solo” el amigo que te ayudaba con matemáticas, el que te llevaba a casa, el que estaba ahí siempre.

— Yo también lo sentía así.

— Entonces ¿por qué esconderlo? — la voz de Álvaro se quebró un poco, pese a él. — Llevo meses enamorado de ti, Dean. Meses. Y tú me dices que te dio miedo estar conmigo.

— No me dio miedo quererte. — respondió Dean, acercándose otro paso. — Me dio miedo perderte si lo decía mal. Si decía “novio” y sonaba demasiado serio. Si decía “algo” y se quedaba corto. Si lo hacía real… y se rompía.

— Pues míranos. — Álvaro soltó una risa amarga. — Casi lo consigues sin decir nada.

Dean se quedó quieto un segundo, como si esa frase le hubiera golpeado de verdad. Luego avanzó, despacio, hasta quedar muy cerca.

— No quiero fingir más. — dijo, urgente. — No quiero seguir viviendo a medias contigo, mirando el reloj, pensando qué puedo decir y qué no. No quiero ser cobarde contigo.

— Entonces dilo. — exigió Álvaro, alzando la mirada. — Aquí. Ahora. Sin rodeos.

Dean respiró hondo, como si se lanzara al vacío.

— Te quiero. — dijo. — Te quiero de una forma que no sé controlar, que me da miedo y que me hace cometer errores. Y por eso he sido un idiota.

Álvaro cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la rabia se había disuelto en algo más profundo.

— Yo también te quiero. — respondió. — Y me dolió pensar que para ti era algo prescindible. Algo que se podía resumir como “raro”.

Dean negó inmediatamente, tomando su brazo con cuidado, como si temiera que se apartara.

— Nunca lo fue. Nunca. Solo… no supe ser valiente antes.

El beso llegó cargado de todo lo que no habían dicho. No fue suave ni perfecto. Fue urgente, torpe, con respiraciones irregulares y manos que dudaban antes de afirmarse. Álvaro lo sintió hasta los huesos, como si algo que llevaba semanas tensándose por fin se soltara.

Cuando se separaron, se quedaron muy cerca, respirando el uno del otro.

— Tendremos que hablar con ellos. — murmuró Dean, apoyando la frente en la suya.

— Sí. — asintió Álvaro.

Dean sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que siempre anunciaba ideas.

— Pero esta vez sí, ¿eh? Esta vez soy tu novio de verdad.

— Eso espero. — respondió Álvaro. — Ya no estoy para ensayos.

— Perfecto. — dijo Dean, bajando un poco la voz. — Entonces ahora ya podemos hacer cosas de novios de verdad… tú ya sabes por dónde voy.

Álvaro negó, divertido, sintiendo cómo se le aflojaba por fin el pecho.

— Eres imposible.

— Y aun así te tengo loco. — replicó Dean, dándole un beso rápido.

Desde dentro llegó una carcajada, un brindis alzado, la vida siguiendo su curso.

En el balcón, bajo las luces de la ciudad, Álvaro entendió que no todo lo bonito tiene que doler, y que esta vez no estaba perdiendo nada: estaba empezando.

Notes:

:)