Chapter Text
Manejar el caos
—¡¡Mujer, tu hombre cachondo está en casa!!
Estaba junto al fregadero lavando los platos cuando su grito retumbó desde la entrada. No pude evitar sonreír; apenas un minuto antes había visto pasar su motocicleta a toda velocidad por la ventana de la cocina. Los gritos, lejos de calmarse, continuaron escalando por el pasillo.
—Espero que estés desnuda o con ese conjunto rosa de encaje que me gusta...
Escuchaba cómo su voz se aproximaba a toda prisa, acompañada por el sonido sordo y rítmico de su bastón golpeando el suelo. Me reí aún más fuerte. Nadie se imaginaría lo veloz que podía llegar a ser cuando tenía el incentivo correcto.
—Estoy en la cocina —respondí, divertida.
—No es un lugar inusual para tener sexo, lo apruebo —declaró, apareciendo bajo el umbral—. No sé cómo logré conducir hasta casa con esta erección en... ¿Por qué demonios estás vestida todavía? ¿Acaso era un mensaje falso?
Disimulé la sonrisa y dejé el plato que estaba secando sobre la encimera, moviéndome con una lentitud deliberada para exasperarlo un poco más.
—No era falso —le dije, girándome por completo hacia él—. Lo envié estando muy consciente de lo que hacía. Solo que había cosas fuera de lugar en la casa y no creí que fueras a llegar tan rápido.
—Oh, créeme que llegar rápido es lo último que vamos a hacer en la habitación. ¡Vamos!
Prácticamente me arrastró por el pasillo a toda prisa. Yo, totalmente divertida, intentaba hacer un poco de fuerza para frenarlo, pero él era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
—Parecería que no tenemos sexo desde hace meses —le reclamé entre risas—. Lo hicimos esta mañana, ¿recuerdas?
—¡Soy un entusiasta del sexo! Las únicas quejas que quiero oír en este momento son quejidos de placer, así que deja de argumentar en contra. Si no estuvieras caliente, no me habrías enviado ese mensaje de texto tan sugerente.
Tuve que tragarme el reproche porque tenía toda la razón.
Caminamos tropezando el uno con el otro hasta entrar en la habitación. Comenzamos a desvestirnos rápidamente, intercambiando besos acalorados que me cortaban la respiración, hasta que intenté detenerlo un segundo, tomándolo por los hombros.
—¿No vas a cerrar la puerta?
—¿Por qué lo haría? Estamos solos —respondió él, rozando mi cuello con los labios—. Desde que la chica se fue a la universidad, deberíamos andar desnudos por la casa para aprovechar cualquier momento y tener sexo.
—Tenemos sexo todo el tiempo, House. No importa realmente si vamos desnudos por la casa o no... —Me congelé a mitad de la frase—. ¿Oíste eso?
—Nop. La sangre de mi cuerpo está concentrada en un solo lugar ahora mismo.
Me tomó la mano con firmeza y la guió directamente hacia donde estaba toda esa sangre. Sonreí ante su descaro y volví a besarlo con ansias, pero mi instinto de supervivencia pudo más y me separé de nuevo.
—Sonó como si alguien hubiera abierto la puerta del frente.
—¿Quién podría abrir la puerta? Si un ladrón entra en este preciso momento, le daremos un gran espectáculo.
Volvió a atacarme sin piedad. Comenzó a besar las zonas que ya había logrado despojar de ropa, concentrándose en mis pechos. En medio de aquel mareo de puro éxtasis que me provocaba lo que era capaz de hacer con su lengua, miré por encima de su hombro desnudo. El aire se me atoró en la garganta al ver la causa del ruido.
—¡¡Rachel!! —exclamé, apartando su cabeza de mi pecho de un empujón.
Di un paso adelante con la suficiente rapidez como para recoger su camiseta del suelo y ponérmela encima, tapándome y colocándome justo delante de él para evitar que mi hija pudiera ver... bueno, algo que solo me pertenece ver a mí.
—Mamá... ¡Estaban teniendo sexo! —soltó Rachel, parada en el umbral con un bolso en los hombros, mirándonos con los ojos como platos.
House gruñó, profundamente fastidiado por la interrupción y por la obviedad de la situación.
—Estábamos. Es correcto. Ya no, gracias a ti —dijo House en un murmullo molesto.
—Rachel, ¿qué haces aquí? —le pregunté, tratando de recuperar el aliento y la compostura.
—Pasé a saludar, pero es obvio que vine en un momento inoportuno... Creí que la gente de su edad ya no tenía sexo.
—¿Se supone que te fuiste a otro estado a la universidad para alejarte de nosotros y apareces aquí de repente? —refunfuñó House a mi espalda.
Le di un golpe limpio en el brazo para callarlo.
—Bueno, Rachel... Somos adultos con necesidades —le expliqué, sintiendo el calor subir por mis mejillas.
—Puede que seamos viejos, pero nunca hemos dejado de tener sexo. ¿Acaso has visto a tu madre desnuda?... ¡Auch!
Lo golpeé nuevamente, esta vez con más fuerza.
—Creo que esperaré en la sala a que se vistan —dijo Rachel, dándose la vuelta a toda prisa con una mueca de incómoda.
En cuanto escuchamos sus pasos alejarse por el pasillo, me giré hacia mi novio mientras me abotonaba apresuradamente una camisa.
—¿Cómo es posible que nunca nos descubriera de pequeña y ahora, que ni siquiera vive en este estado, de repente nos consigue teniendo sexo?
—Vístete —le pedí, sintiendo cómo la adrenalina del deseo se transformaba en pura intuición maternal—. Algo pasa. Ella no estaría aquí de un momento a otro si todo estuviera bien.
Terminé de abotonarme la blusa a toda prisa mientras House, sentado en el borde de la cama, se ponía los zapatos soltando quejidos apagados que ya no tenían nada que ver con el deseo, sino con su pierna y su orgullo herido. Su mirada azul ya no era la de hace cinco minutos; ahora estaba fija en la puerta de la habitación, analizando la situación con esa precisión fría que utilizaba para los diagnósticos.
—No creo que la expulsaran, no trajo equipaje, Cuddy. Nadie huye de la universidad para siempre con un solo cambio de ropa interior.
—¿Cómo sabes que no trajo equipaje?
—¿Viste todas las maletas que llevó y el bolso que trajo? Aparte, hubiéramos escuchado algo antes de que nos interrumpiera; entró tan sigilosa como un ninja.
—No lo sé, yo sí escuché ruido. Tú no quisiste oír mis advertencias.
—Perdón por concentrarme en complacer a mi esposa en lo único bueno que el matrimonio ha traído a mi vida.
—Espero que “eso” sea yo, porque si no, el gran Greg tendrá que dormir en el sofá ya que el matrimonio es tan desagradable.
—No aguantas una pequeña broma, mujer.
—Lo que sea. Volviendo a Rachel, el único experto en expulsiones universitarias eres tú, y espero que no le hayas dado ningún mal consejo de bromas pesadas, sabotajes al campus o copiarse en exámenes, House. Déjame hablar con ella primero —le pedí, pasándome una mano por el cabello para intentar ordenarlo un poco—. Y por lo que más quieras, mantén tu sarcasmo bajo control.
—El pequeño Greg está triste, toda la tarde pensando en esto y fue saboteado —refunfuñó, aunque se puso en pie y me siguió hacia la sala a un ritmo inusualmente pausado, dándome el espacio para liderar la situación.
—Te prometo que el pequeño Greg obtendrá el afecto que necesita, solo tenemos que resolver esto primero.
—Promesas, promesas —respondió él, sacándome una sonrisa.
Cuando entramos a la estancia, la imagen de mi hija me encogió el corazón. Ya no era la niña pequeña que corría por los pasillos del Princeton-Plainsboro rompiendo los expedientes de House; era una joven universitaria, pero en ese momento se veía diminuta. Estaba sentada en el centro del sofá, encogida de hombros y abrazando contra su pecho uno de los cojines bordados de la sala, con la mirada perdida en la alfombra.
Me senté a su lado de inmediato, dejando una distancia prudencial para no abrumarla, mientras House se quedaba de pie unos pasos más atrás, apoyado en su bastón como un espectador silencioso pero atento.
—Rachel —llamé con suavidad, estirando la mano para tocar su rodilla—. ¿Qué pasó? ¿Por qué estás aquí? Pensé que tenías exámenes esta semana.
Ella levantó la vista y vi el brillo de las lágrimas contenidas en sus ojos. Tragó saliva con dificultad antes de mirar a House y luego a mí.
—Lo siento por lo de la habitación... de verdad. Debería haber llamado.
—Olvida eso —le resté importancia, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. Dime qué pasa. ¿Estás bien?
—Sí, físicamente sí —suspiró ella, hundiendo más la barbilla en el cojín—. Es solo que... no puedo con ese lugar, mamá. Todo el mundo en el campus parece tener su vida resuelta o se adaptaron en la primera semana, y yo... yo me siento un fantasma en mi propia habitación de la residencia.
Sentí una punzada de culpa en el pecho, pensando que tal vez la había presionado demasiado para irse a estudiar fuera.
—El primer semestre siempre es el más duro, Rachel. El cambio de ciudad, la distancia...
—No es solo la distancia, mamá. Es que extraño Princeton. Extraño esta casa —confesó, y una lágrima rebelde le resbaló por la mejilla—. Extraño el olor a lavanda del pasillo que tanto le molesta a House. Extraño que el refrigerador siempre tenga notas ridículas. Extraño que cenemos los tres y que él se queje de la comida sana que tú compras. Allá todo el mundo es tan... normal. Y es aburrido. Los extraño a ustedes. Extraño nuestro caos.
Se me hizo un nudo en la garganta. Me acerqué para abrazarla, permitiendo que se desahogara contra mi hombro. Por encima de su cabeza, miré a House. Esperaba ver una mueca de fastidio o un rodar de ojos ante el sentimentalismo de la escena, pero me sorprendió encontrarlo mirando el suelo, con las facciones relajadas y una sutil expresión de comprensión. Él sabía mejor que nadie lo que era sentirse un extraño en un lugar lleno de gente "normal".
House dio un paso al frente, haciendo que el bastón resonara contra la madera, rompiendo el ambiente denso con su habitual tono agudo pero sin rastro de malicia.
—En Princeton todos son idiotas, el clima es deprimente y tu madre es una dictadora burocrática —soltó, logrando que Rachel levantara la cabeza con una pequeña sonrisa entre las lágrimas—. Pero si vas a colarte en mi casa a interrumpir mi vida sexual, al menos hazlo por algo que no sea un berrinche.
Rachel se limpió los ojos con el dorso de la mano, mirándolo con complicidad.
—No fue un berrinche. De verdad los extrañaba.
—Como sea —desestimó él, dando la vuelta hacia el pasillo—. Hay lasaña de ayer en el refrigerador. Tu madre le puso espinacas porque quiere matarme lentamente, pero si la calientas lo suficiente, el queso esconde el sabor a salud. Ve a comer algo.
Rachel soltó una risa limpia, la primera desde que había cruzado la puerta. Dejó el cojín en el sofá y se puso en pie, dándome un beso rápido en la mejilla antes de caminar hacia la cocina.
—Gracias, House —le dijo al pasar por su lado.
—No me agradezcas. Me debes algo grande por la interrupción —replicó él, aunque la comisura de sus labios se elevó un milímetro.
Me quedé sentada en el sofá, viéndola alejarse hacia la cocina con un peso mucho menor sobre sus hombros. Me giré hacia House, que ahora me miraba desde el umbral con las manos apoyadas en el bastón.
—Lo hiciste muy bien —le dije con voz suave, sintiendo una oleada de afecto que casi me hace olvidar la frustración de hace un rato.
—No empieces, Cuddy. Yo también tengo hambre y el llanto adolescente me quita el apetito —refunfuñó, aunque caminó de vuelta hacia mí y me extendió la mano libre para ayudarme a levantar—. Ve a revisar qué tan grave es su crisis universitaria y cuál es el plan; mientras come, suelta la lengua.
Le sonreí.
—¿Cómo sabes que tiene un plan?
—Porque es tu hija, Cuddy. No estaría aquí si no tuviera una idea ya concebida en su mente.
Sonreí de nuevo y tomé su mano, sintiendo la firmeza de sus dedos y el roce de su anillo contra el mío. Mientras caminábamos juntos hacia la cocina, escuchando el ruido de los platos que Rachel ya estaba moviendo, me acomodé la blusa de nuevo, observando cómo devoraba la lasaña en la barra como si no hubiera comido en días. El ruido de los cubiertos contra el plato era lo único que rompía el silencio, un silencio que House aprovechaba para observarla desde el umbral con los ojos entrecerrados, apoyado en su bastón y con ese semblante de médico que está analizando los síntomas de un paciente difícil.
—¿Te alimentan con aire y buenas intenciones en ese campus, o es que la cafetería tiene un estándar de calidad inferior al mío? —soltó House, cojeando hacia el refrigerador para buscar un vaso de agua.
Rachel tragó, dejando el tenedor a un lado. Miró el plato, luego me miró a mí y finalmente fijó la vista en House. Había algo en su postura, una resolución silenciosa que me hizo ponerme en alerta de inmediato.
—No quiero volver —dijo de golpe. La frase flotó en el aire de la cocina, pesada y definitiva—. Al menos no este semestre. Sé que suena cobarde, mamá, y sé cuánto costó la matrícula, pero... necesito aire. Necesito procesar las cosas. Quiero pedir una baja temporal por unos meses y quedarme aquí. Con ustedes. En Princeton.
Me quedé helada; mi instinto de administradora y de madre protectora chocaron de frente en mi cabeza. Las fechas de baja, el papeleo de la universidad, el estigma de retrasarse... mil pensamientos burocráticos me inundaron en un segundo.
—Rachel, una baja temporal no es algo que se tome a la ligera —comencé a decir, enderezando la espalda—. Tu plan de estudios está diseñado para...
—Su plan de estudios está diseñado por burócas que quieren su dinero rápido, Cuddy, no seas rígida —me interrumpió House. Dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco y miró a Rachel con una seriedad inusual—. Si se queda allá odiando cada maldito segundo, va a terminar reprobando por pura apatía. Es matemática básica: cero motivación es igual a cero rendimiento.
Rachel miró a House con una mezcla de sorpresa y absoluto agradecimiento. Yo miré a mi esposo, atónita de que fuera él quien estuviera abogando por la permanencia de mi hija en la casa, cuando usualmente es el primero en defender su preciado espacio vital, sobre todo después de la interrupción de hoy.
—House, no la lances al vacío —le reclamé, aunque mi tono ya no era tan severo—. Rachel, si te quedas, no puedes simplemente sentarte en el sofá a ver televisión y esperar que el tiempo pase; no es un hotel.
—Puedo buscar un trabajo a tiempo parcial —ofreció Rachel de inmediato, inclinándose hacia adelante en la barra, con los ojos brillantes por la esperanza—. En alguna librería, o en el centro. Solo quiero estar en un lugar donde no me sienta como un cable suelto. Por favor. Prometo no interrumpirlos más en la habitación.
House soltó un bufido, pero la comisura de su boca se elevó un milímetro.
—Eso último es una cláusula vinculante en el contrato de alquiler de tu habitación —sentenció él, apuntándola con el dedo—. Si vuelves a abrir esa puerta sin tocar, te mudas al sótano con las arañas.
Miré a mi hija, que aguardaba mi veredicto conteniendo la respiración, y luego miré a House. Él me sostuvo la mirada por encima de la cabeza de Rachel, dándome un asentimiento casi imperceptible. Era su forma de decirme que estaba bien, que el nido no se iba a romper por tenerla de vuelta unos meses y que, después de todo, el caos era nuestra especialidad.
Exhalé un hondo suspiro, sintiendo cómo la rigidez se me escapaba del cuerpo.
—Está bien —cedí, y la sonrisa que iluminó el rostro de Rachel hizo que cualquier complejidad administrativa valiera la pena—. Mañana mismo llamaremos a la oficina de registro de la universidad para gestionar la baja temporal por este semestre. Pero vas a buscar ese empleo, Rachel. Y vas a ayudar en casa.
—¡Sí! Lo prometo. Gracias, mamá —se levantó del taburete y me dio un abrazo apretado, lleno del alivio que tanto necesitaba—. Luego miró a House—: Gracias, House. Prometo no tocar tus cosas, mucho menos esa moto nueva que vi estacionada en frente.
—Más te vale —dijo él, sabiendo que lo de la moto era imposible que lo cumpliera.
Rachel se rio y comenzó a recoger las cosas de la barra, tarareando una canción en voz baja. El peso que traía en los hombros al entrar por la puerta parecía haber desaparecido por completo.
Me encaminé hacia la sala, encontrando a House sentado en su sillón favorito, con la pierna mala estirada sobre el reposapiés y la mirada fija en el techo. Me acerqué y me senté en el brazo del sillón, deslizando una mano por su nuca, enredando mis dedos en su cabello.
—Pensé que defenderías tu privacidad con garras y dientes —le susurré, mirándolo con una mezcla de ternura y curiosidad.
Él estiró la mano, atrapó mis dedos y apretó con suavidad, rozando con su pulgar el anillo de mi mano.
—La privacidad está sobrevalorada, Cuddy. Además, si se quedaba en ese estado, nos iba a volver locos todos los días con llanto adolescente y quejas por teléfono. Prefiero tenerla aquí, donde puedo vigilar que no desarrolle los mismos trastornos neuróticos que tú.
Sonreí, inclinándome para darle un beso corto en la boca.
— Te amo, lo sabes ¿verdad?
— No me importa que la chica esté en casa nuevamente no vamos a tener sexo silencioso.
Dijo frunciendo las cejas y con un tono serio.
No pude evitar soltar una risa suave. Una de las cosas que más me gusta de mi esposo es que no necesita discursos amables ni abrazos efusivos para demostrar que le importamos; le basta con abrirle espacio a nuestro caos bajo su propio techo, asegurándose de que, sin importar lo roto que esté el mundo afuera, aquí siempre tengamos un lugar al cual volver.
