Chapter Text
- Edmund, ya sé que...- intentó decir el detective.
- No, Jack, escúchame tú.- insistió el reportero.- Conocía a Daisy mejor que nadie, sabía cosas de ella que jamás trascendieron al público. Y una de ellas es que venía de un pueblo de Delaware. Su familia era extremadamente pobre y no pudo ir a la escuela: era prácticamente analfabeta.
El agente y Elizabeth se quedaron mirando al reportero, sin saber muy bien qué decir.
- Pero… hacía mucho que no hablabas con ella...- aventuró la periodista.- ¿Es posible que durante este tiempo ella aprendiese a…?
- No, imposible.- afirmó con seguridad.- Para ella transmitir una imagen de perfección era algo fundamental. Al principio, cuando empezó su carrera, memorizaba los guiones con ayuda del agente que la representaba y lo guardó en secreto. Cuando este falleció, ella ya era lo suficientemente famosa como para permitirse ser una diva y exigir que alguien se los leyese hasta que los memorizase. Jamás permitiría que nadie supiese que a duras penas era capaz de escribir su nombre. Incluso a mí, que sabía de su situación, me rechazó cuando me ofrecí a enseñarle: la avergonzaba demasiado mostrar ese lado vulnerable.
Elizabeth se levantó y se acercó hasta el reportero, tomando la nota. En ella, en unos trazos perfectamente definidos, estaban las supuestas últimas palabras de la actriz:
“Lo siento, no puedo seguir con esta vida triste y miserable. No tengo la fuerza necesaria para afrontar el fracaso.”
La firma que aparecía al final de la nota coincidía con el autógrafo que la actriz daba a todos sus admiradores.
- No traté mucho con Daisy.- admitió tras releerlo varias veces.- Pero tampoco me parece que sean unas palabras que ella utilizaría. Era muy orgullosa. Dudo mucho que, de escribir algo así, se centrase en su fracaso en lugar de en sus éxitos.
Jack se acercó a ellos, tomando la nota con el sobre, pensativo.
- No hemos tenido tiempo de analizar todavía mucho de la situación.- admitió.- Pero no hemos encontrado motivos para dudar de la autenticidad del escrito. Es su firma y se encontraba dentro de su bolso. Pero indagaré más sobre ella con lo que me acabas de decir...
- ¿Habéis hablado con su representante?- preguntó Elizabeth.- Él también debería saber esas cosas sobre ella…
- No contaría con ello.- advirtió Edmund.- Estoy seguro de que, tras la muerte del anterior representante, se aseguró de que el nuevo no supiese la verdad.
- Pero entonces básicamente me estás diciendo que esta nota es falsa porque tú lo dices.- gruñó Jack.- Voy a necesitar alguna evidencia más.
- Puedes preguntar a quien quieras: verás que nadie la vio leyendo ni un guion. Y que lo único que escribía era su firma. Para los contratos obligaba a su abogado y a su agente a leerlos en voz alta y luego fingía leerlos ella para disimular y que no la engañasen. Quizás no supiese leer y escribir, pero muy inteligente.
- Eso no es una prueba...
- ¿Y qué hay de su familia?- aventuró Elizabeth.- Ellos también podrán corroborarlo…
- Por lo que me contó murieron todos hace ya tiempo.- respondió Davis con gesto sombrío.- La madre se suicidó, el padre murió años después y solo dos de sus hermanos llegaron a la edad adulta. La mayor murió durante un parto y el menor tuvo un accidente en el campo, al poco tiempo de ser descubierta y marchar a Los Ángeles.
- ¿Sabes al menos el nombre real de Daisy y el nombre de la villa de la que venía?- preguntó Jack sin dejar de tomar notas.- Porque por lo que me estás contando y conociendo cómo funciona el mundo del espectáculo dudo que usase el de verdad...
- Dorothy May Brown. Me dijo que el lugar se llamaba Agloe, en las Catskill.
Jack tomó las últimas notas y cerró la libreta con expresión seria.
- Haré algunas llamadas, pero no te prometo nada. Lo único que tenemos en todo esto es tu palabra de que no sabía escribir y si tenemos en cuenta que hacía años que habíais perdido el contacto...
- Hablé con ella hace dos semanas.- insistió Davis.- Me habló de un papel protagonista en un gran proyecto.
- ¿Te dijo algo más? ¿Director, título, estudio...?
- No, Daisy insistió en que era que se estaba llevando con mucha discreción, ya sabes la rivalidad que hay en el cine y...
La cara de Jack fue lo suficientemente elocuente para hacer que la voz del reportero se fuese apagando.
- Te prometo que investigaré todo lo que me has contado.- aseguró el agente.- Pero... no quiero mentirte: es poco probable que esto avance.
Durante un momento pareció que Edmund iba a responder pero finalmente bajó la mirada, apretando el vaso ahora vacío con frustración.
- Gracias igualmente, Jack.- se despidió Elizabeth mientras acompañaba al policía a la puerta.- Me pasaré mañana por comisaría a recopilar los datos oficiales.
Caminaron en silencio hasta la entrada.
- Oye, de verdad, ojala pudiese...- comenzó a decir Jack.
- No te preocupes, lo entiendo.- le restó importancia Elizabeth.- Pero ¿te importa si le saco una foto la nota de suicidio? Te prometo que no la publicaremos.
El agente la miró con el ceño fruncido unos segundos hasta que finalmente volvió a sacar el sobre del bolsillo.
- Me juego el cuello con esto.- le advirtió, sacando el papel del interior.
- Lo sé.- Elizabeth sacó la cámara de su bolso y le sacó varias fotos, las suficientes para acabar con el carrete que había dentro.- Muchas gracias.
- Dile a Edmund que cualquier cosa que necesite…
- Sí, él sabe que puede contar contigo, gracias.
Tras cerrar la puerta y sacar el carrete de la cámara volvió al salón, donde encontró a Edmund de nuevo con el vaso lleno, apoyado contra el marco de la ventana, contemplando el paisaje.
- No va a hacer nada.- gruñó.
- Hará lo que esté dentro de sus posibilidades.- señaló la reportera con paciencia.- Sabes muy bien que tiene sus limitaciones y más casos de los que ocuparse. No es una cuestión de querer o no hacer algo. Sabe que no le mientes…
- Pero es lo único que tiene.
- Exacto. Así que si queremos averiguar lo que de verdad ha ocurrido, tendremos que hacerlo nosotros.
Edmund se giró hacia la reportera, con la ceja levemente alzada.
- ¿Quieres investigarlo?
- Tú vas a hacerlo diga lo que diga el expediente oficial, ¿no?- preguntó sabiendo cuál iba a ser la respuesta de su compañero.- En ese caso, nosotros nos encargaremos de sacar la verdad a la luz.
- No tienes por qué hacerlo…
- Lo sé, pero si algo es importante para ti, lo es para mí. Cuando necesité apoyo y confianza me lo diste. No voy a ser menos ahora que es mi turno.
Edmund la miro durante unos segundos en silencio, apretando con fuerza en vaso, con una mirada indescifrable, hasta que finalmente asintió en silencio y, dando un nuevo trago, se encaminó al sofá, donde se dejó caer con gesto abatido.
- Deberías descansar.- señaló la periodista levantándose y preparándose para irse.- Mañana pasaré por…
La mano de su compañero la sujetó por la muñeca no de una forma brusca, sino más bien… ansiosa.
- Por favor, no te vayas...- le pareció oírle murmurar en una voz tan baja que no estaba segura de si de verdad había hablado.
Elizabeth dudó unos instantes. Ella tenía que acudir al trabajo, revelar las fotografías del carrete, escribir un artículo sobre lo ocurrido esa mañana…
Miró al joven millonario. No aflojaba su agarre ni tampoco alzaba la mirada. Pese a todos los años que habían pasado desde que se conocieron, jamás le había visto tan vulnerable.
- … llamaré a Wayne.
…………………………………………
- ¿Seguro que es buena idea que me vaya?- preguntó el ama de llaves, en voz baja mientras miraba con gesto preocupado al embriagado millonario, que se encontraba recostado sobre el sofá tarareando una vieja canción de una de las películas de Daisy.
- No se preocupe, Evelyn, yo me encargaré de él.- le restó importancia Elizabeth.- Ya es muy tarde, seguro que su familia la están esperando. Si tengo cualquier problema, avisaré a Carter.
Davis, como todo caballero adinerado que se preciase, tenía personal que dormía en la zona del servicio de la casa. Carter, el mayordomo, un hombre de mediana edad formal y de mirada cálida, era uno de ellos. Sin embargoEvelyn había preferido siempre vivir en su propia casa. De unos cincuenta años, delgada y con rostro común, trabajaba como doncella en la casa cuando los padres de Edmund fallecieron y se mantuvo su puesto durante los siguientes años hasta ascender a ama de llaves. Era la más valiosa del personal de Davis, apreciada tanto por su trabajo como por su calidad humana.
- Hoy tengo que ir a a ver a mi madre, no se encuentra bien...- murmuró la mujer con tono culpable.- No me siento cómoda dejándole así pero ciertamente no puedo quedarme. Aunque… si está con usted me quedo más tranquila.
Elizabeth asintió con una sonrisa, ayudándole a ponerse el abrigo. Aunque los lugares predilectos que ambos tenían para trabajar eran la oficina y una suite personal que Davis tenía permanentemente alquilada desde hacia años (aunque ya no estaba de moda, como se justificó tiempo atrás), habían sido varias las ocasiones en las que habían acudido a la mansión del millonario durante sus investigaciones y con los años Elizabeth había establecido una buena relación con Evelyn.
- Me aseguraré de que coma algo.- le prometió.
- Tiene caldo y estofado en el frigorífico. También hay pan y embutido en la despensa.- continuó hablando la mujer, dirigiéndose a la salida. Se detuvo un instante para echar un último vistazo al salón, pese a que desde allí no podía ver al periodista.- ¿Sabe? Creo que, desde que murieron sus padres, nunca lo había visto tan afectado…
Liz sintió como se le encogía brevemente el corazón al escuchar esas palabras. Sabía que si compañero no era como aparentaba ser: esa frivolidad era toda una fachada. Pero sus numerosas conquistas eran reales. Raro era el mes que no se le relacionaba con una u otra mujer. No siempre era cierto, por supuesto… pero el porcentaje de aciertos por parte de la prensa seguía siendo bastante alto.
No era un tema del que hablasen pero dado que él nunca pareció prestar especial atención a ninguna de ellas en particular, siempre dio por hecho que eran relaciones superficiales y sin especial trascendencia, mujeres que estaban de paso por su vida y que luego se iban como si tan solo hubiesen sido una breve parada en el camino. Daisy no era una excepción.
O eso creía ella.
Se dirigió a la cocina antes de volver al salón. No estaba segura de que fuese a hacerle mucho caso, pero mínimo tenía que intentar que comiese algo. No había probado bocado en todo el día: solo se había dedicado a atacar el minibar con insistencia.
Mientras rastreaba por los armarios en busca de algún plato que no fuese más caro que el alquiler de su apartamento no pudo evitar pensar en Daisy.
Superficial, engreída, soberbia… y muy obsesionada con Davis. Esa entrevista años atrás en la que había intentado hablar sobre el último trabajo de la actriz mientras ésta se centraba en contar su vida social había terminado mostrando a una mujer que le suplicó ayuda para que ninguna otra se acercase a Edmund. Dio por hecho que era por un deseo amoroso más intenso por parte de ella que por el de él… pero ¿y si en realidad era la desesperación de una mujer que se encontraba increíblemente sola y que había encontrado en el millonario alguien con quien poder hablar y ser ella misma? Con lo orgullosa que era, tenía que haber estado muy angustiada para haber mostrado esa ansiedad a Elizabeth...
Preparó un pequeño cuenco con caldo y algo de pan en una bandeja y se encaminó al salón, donde encontró a Davis agachado rebuscando en el fondo del mueble bar, con la camisa medio abierta y murmurando palabras ininteligibles.
- Ya es suficiente, llevas todo el día bebiendo.
- ¡Aquí está!- exclamó con entusiasmo el millonario, sacando una botella de color ámbar.- Sabía que tenía que quedar algo de coñac.
La reportera suspiró mientras dejaba la bandeja sobre la mesa.
- Primero cena y luego volvemos a hablar sobre seguir bebiendo, ¿te parece?- sugirió acercándose a él y tomando la botella con cuidado de sus manos.
- Aguafiestas.- gruñó.
- Es caldo.- indicó ella.- Si quieres te lo pongo en un vaso con dos cubitos de hielo en lugar de en un cuenco.
Edmund dejó escapar una risotada y pasó el brazo sobre sus hombros, apoyándose para asegurarse de no caerse.
Por suerte no hizo caso de la sugerencia del cambio de vajilla, pero si con respecto a la idea de comer algo. Aún con mirada vidriosa, metió la cuchara y removió el contenido al tiempo que si gesto comenzaba a ponerse serio nuevamente.
- Debí haber insistido más...- murmuró con un tono levemente gangoso.
- ¿Con qué?
- Cuando se enfadó conmigo, debería haber insistido más.- respondió Edmund.- Me caía bien. Era divertido estar con ella. Y en la cama… oh, en la cama era…
Elizabeth carraspeó, incómoda.
- ¿Cómo os conocisteis?- pregunto buscando desviar un poco la conversación a temas menos íntimos.
- En una gala. En ese momento ella era el centro de atención porque era la protagonista de la gran película del momento, su primer gran éxito, la artista revelación con la que todos querían hablar. Todas las miradas se centraban en ella. Menos la mía: estaba ocupado tratando de seducir a una duquesa europea que estaba de visita en la ciudad. Y eso a Daisy no le gustó.
Elizabeth sonrió ligeramente. Sí, era una situación que podía imaginar: Davis ocupado en conquistar a una mujer y la gran diva del cine sintiéndose ignorada.
- Estaba bailando con ella cuando Daisy apareció y con todo el descaro del mundo, se puso a bailar conmigo. Por supuesto una vez que la otra se sintió ofendida y ya no tuve nada que hacer, me despachó igual que a todos los demás. Pero ya había conseguido su objetivo: que me fijase en ella.
“A partir de ese momento, cada vez que nos encontrábamos teníamos ese juego: si coincidíamos y el otro trataba de relacionarse con un tercero, nos arruinábamos los planes para luego ignorar al vencido. “
- Una relación curiosa, la verdad.
- Si te soy sincero llegó un momento en que hacer eso era lo más divertido de las fiestas y las galas. Y estoy seguro de que ella pensaba igual. Más de una vez tonteamos con otros con el único propósito de obligar al otro a jugar. Finalmente en una de esas fiestas y tras “aguarnos” la fiesta mutuamente, acabamos en…
- Ya, ya...- le interrumpió Elizabeth.- No necesito tantos detalles, ya me imagino cómo acabasteis.
Davis mostró una sonrisa encantadora y algo perdida, dejando a un lado el cuenco vacío de caldo y removiendo el estofado con el tenedor.
- Qué remilgada eres...- se burló Edmund.- El caso es que empezamos a tener esos… “encuentros”. Ninguno de los dos quería nada serio en ese momento. Pero teníamos química… conectábamos muy bien y ella se abrió cada vez más a mí. Había veces que nos reuníamos y luego pasábamos las horas simplemente hablando. Era divertida, alegre y muy inteligente... Pero también muy orgullosa. En alguna ocasión también pasó que ella, tras desahogarse, se arrepentía y prácticamente me echaba de allí, avergonzaba de haberme contado tantas cosas.
- Pero al final volvía…
- Sí.- asintió el reportero.- Estaba muy sola. Hollywood es tremendamente exigente con sus estrellas, sobretodo con las femeninas. A eso hay que sumarle el carácter que tenía Daisy. Pero nadie puede estar eternamente así. Yo era su vía de escape, aunque no le gustase.
- ¿Cuánto tiempo estuvisteis así?
- Unos tres años. A veces nos veíamos más, otras menos, aunque siempre manteniendo el contacto. Y ella se mostraba como realmente era cuando estábamos juntos y solos, jamás por teléfono o en público. Le preocupaba mucho que alguien se enterase.
“Pero llegó un momento en el que me di cuenta que lo que queríamos no era lo mismo. Yo la apreciaba como amiga y el tema sexo era cada vez menos relevante. No me importaba tener relaciones con ella, por supuesto, era genial en eso, pero vi que cada vez era más dependiente de mí. Yo apreciaba más las conversaciones y ella, las veces que fo…
- Supongo que eso fue poco después de que yo empezase a trabajar para ti.- le volvió a interrumpir Elizabeth. Sin duda Davis estaba muy borracho: normalmente era muy discreto en cuanto a las actividades que tenía con las mujeres.
- Hummm… sí, fue más o menos en esa época.- respondió Davis con un gesto pensativo.- De hecho esa vez en su camerino fue de las últimas.
La periodista giró la cara, ruborizada. No era una niña, ya se imaginaba lo que había ocurrido en el cine la noche de la entrevista cuando Daisy, tras suplicarle que la avisara si el reportero se veía con alguna otra mujer, le pidió que avisara a Davis de que necesitaba algo que “solo él podía darle”. Pero tampoco necesitaba una confirmación.
- El caso es que cuando hablé con ella y le dije que era mejor que mantuviésemos una relación mucho más orientada a la amistad que al sexo, ella se enfadó. Se enfadó muchísimo.
- Se sintió abandonada y rechazada…
- Intenté hacerle ver que no tenía intención de dejar de ser su amigo, que podía contar conmigo para lo que necesitase. El hecho de dejar de acostarnos juntos era más por ella que por mí, no me pareció que le estuviese haciendo ningún bien, cada vez la veía más…
- ¿Enamorada?
- No es la palabra que yo usaría en su caso. No era amor romántico lo que sentía por mí. El sexo era solo una excusa, una manera de estrechar la relación conmigo, sino más bien una dependencia emocional y física por alguien que la veía por quien era de verdad y no por su imagen pública. Se estaba ahogando ella sola y yo era su oxígeno.
“Traté de explicarle que podía encontrar a alguien que pudiese darle lo que de verdad necesitaba y que yo seguiría siendo su amigo, pero no me quiso escuchar. En cuanto vio que hablaba en serio, me echó a patadas de su casa. Dejé pasar unos días y luego intenté hablar con ella, pero fue imposible: se negaba a atender mis llamadas ni a recibirme en su casa. Dejó de asistir a los eventos en los que podríamos coincidir y si aún así ocurría, se las arreglaba para evitarme o incluso se marchaba. Cuando vi que cada vez aparecía menos en el cine me preocupé e intenté volver a hablar con ella. Sabía que ser actriz lo era todo para ella, que debía de estar pasándolo realmente mal. Pero fue en vano.”
- ¿Sabes algo de por qué su carrera cayó el declive?- preguntó Liz.
Davis se levantó y se dirigió al mueble bar, tomando de nuevo la botella de coñac.
- La versión del estudio es que el cambio al cine en color no lo llevó bien.- respondió mientras se servía la bebida.- Dicen que ella no estaba convencida del resultado, no le gustaba cómo se veía, que se quejaba mucho y llegó un punto en que trabajar con ella resultaba más molesto que rentable. Y cuando se acabó su contrato, los demás no quisieron encontrarse en esa situación.
- Pero tú crees que no fue eso…
- Seguro que tiene una gran parte de verdad, pero no creo que fuese lo único.
- Piensas que fue porque os distanciasteis…
Davis volvió a sentarse en el sofá y dio un trago al coñac. Parecía que le costaba mantener los ojos abiertos.
- Estoy seguro de que algo se rompió en ella.- murmuró en voz baja.- Y eso la llevó a exceder los límites y acabar marginada y olvidada.
- No fue culpa tuya.- indicó Elizabeth tomando su mano y apretándola.- Daisy estaba en un camino de autodestrucción. Trataste de ayudarla y no quiso aceptarlo. Si hubieseis seguido del mismo modo tampoco habría sido bueno para ella.
El reportero no respondió, sino que se quedó mirando el fondo de su vaso, agitándolo levemente.
- Edmund…- insistió la reportera.- Si ella te hubiese culpado o guardado rencor, no te habría llamado hace dos semanas, ¿no crees? Después de todo, no era una mujer que olvidase una ofensa, era muy orgullosa, tú mismo lo has dicho. Si contactó contigo fue porque por fin estaba asumiendo la realidad de su propia vida.
El periodista se inclinó hacia delante, cubriéndose la frente y los ojos con una mano. Sin pararse a pensarlo, Elizabeth le quitó el vaso de coñac, lo dejó en la mesa y abrazó a Edmund.
Este, lejos de rechazarla, apoyó la cabeza sobre el hombro de la mujer.
- La dejé sola...- dijo con un hilo de voz.
- Hay cosas que no tenemos más remedio que hacerlas solos.
Notó un apenas perceptible temblor en su compañero, quien finalmente estaba dejando salir todo lo que había estado reteniendo durante el día.
Elizabeth no dijo nada, abrazándole con más fuerza hasta que finalmente, como resultado del cansancio y el alcohol, se quedó dormido.
