Chapter Text
“¿Cómo va la grabación, hijo?” La voz de su padre sonaba cansada. Sabía perfectamente, gracias a las conversaciones que mantenía con la señora McCall cada fin de semana desde hacía nada más y nada menos que siete años (Melissa principalmente le llamaba para saber cómo estaba Scott), que últimamente en Beacon Hills la policía no tenía un ínfimo respiro. Una serie de asesinatos estaba volviendo loco a todo el pueblo. Literalmente.
Pero aparcando el tema de la desconfianza de la madre de Scott, que necesitaba la confirmación semanal por parte de Stiles acerca de lo bien que le iban las cosas a su hijo, a él le preocupaba que su padre ya no le contase prácticamente nada referente a los asuntos policiales que le mantenían despierto cada noche. Porque le conocía demasiado bien, y no necesitaba que nadie le confirmase que el Sheriff debía descansar.
En su época de instituto, Stiles, curioso y entrometido como era, siempre terminaba pasando las noches en vela junto a su padre. Ojeaban los dossiers de los crímenes, las fotos de las pocas o a veces nulas pistas de los robos, indagaban a través de internet, aunque eso era cosa de Stiles, o simplemente se hacían compañía el uno al otro.
No iba a negar que se aprovechaba de que el señor Stilinski era un negado total con cualquier tipo de tecnología, como muchas otras personas de su edad, y lo utilizaba como excusa para quedarse hasta altas horas junto a él. Nunca aceptaría delante de nadie que, en el fondo, lo hacía para poder tener algo en común con su padre. No sentía que el Sheriff estuviera orgulloso de él como hijo, aunque eso no fuera cierto.
En muchas ocasiones durante su adolescencia había tenido que escuchar aquellas repetitivas y agotadoras charlas por parte de su padre. La de hijo, tienes que centrarte en tus estudios, los profesores no paran de echarme en cara que tus notas están bajando. O no tienes edad ni jurisdicción para ver este tipo de cosas. El sentido del humor del Sheriff era horrible, sí. También recordaba aquella frase de no quiero que te pase nada, hijo, tienes que entender que si alguien, cualquiera, supiera que me ayudas, tendríamos los dos un serio problema. Y la mejor de todas, Stiles, ¿por qué siempre, sin excepción, os encuentro a ti y a Scott en todas las escenas del crimen? Él, con cara de niño bueno, sólo contestaba que eran muy curiosos, que en casa se aburrían, sin embargo era él el que arrastraba a Scott porque necesitaba esas pequeñas emociones en su vida.
Nadie le entendía, ni siquiera su mejor amigo. No es que el instituto le hastiara, no. Tampoco el Lacrosse, por el que había terminado en más de una ocasión con un brazo o una costilla rotos. O sus vanos intentos de que por lo menos una chica, o un chico desde cierto punto de su vida, quisiera tener, aunque fuera, una solitaria y única cita con él. No, lo que ocurría era que su mente trabajaba demasiado rápido, a años luz de su cuerpo, y para más inri le llamaban la atención los temas un tanto escabrosos. No tenía por qué darle explicaciones a nadie en particular, las personas que le conocían de verdad sabían muy bien que no podía, ni quería, remediarlo, pero...
Quizás, por todo eso, terminó dentro del gigantesco mundo de la interpretación.
Años atrás intentó ingresar en el cuerpo de policía. Su padre estaba exultante. Sin embargo, como era habitual en él, su índice de atención rayaba lo mediocre y no fue capaz de conseguir las calificaciones necesarias. Cuando Scott decidió que lo que deseaba era trabajar en la industria del cine, como buen nerd que era, aparte de otras muchas cosas, a Stiles le picó el gusanillo. Sus profesores no se cansaban de decirle que era una persona muy expresiva (y exasperante, pero eso es otra historia), y que gracias a su especial sentido del humor, que no todo el mundo sabía apreciar, se le abrirían muchas puertas.
Su manager, Lydia Martin, también lo pensaba.
Recordaba con cierto entusiasmo el día que se habían conocido. Ella, con su melena rubio cereza, como le gustaba a Stiles definirla, su vestido azul escotado y peligrosamente corto, aquellos tacones de vértigo, los ojos más bonitos y a la vez desafiantes que había visto en su vida, y- en fin, ella. Stiles la adoró desde el primer instante.
Él, torpe, inseguro, y vestido con unos vaqueros gastados y una camiseta vieja.
Aquel día la agencia le había llamado para informarle de que la famosa Lydia Martin, manager de varias estrellas de Hollywood en alza, la tarde anterior había acudido al mohoso e insustancial teatro de barrio en el que él trabajaba, interpretando la popular obra ‘La cena de los idiotas’. Y cómo no, Stiles interpretaba a un idiota.
La señorita Coulson, que de señorita no tenía nada, pensaba Stiles, dado que sobrepasaba la cincuentena holgadamente, le dijo con voz monótona y cansada que Lydia Martin deseaba reunirse con él. Stiles solamente pudo quedarse con la boca desencajada al otro lado de la línea telefónica. Las palabras no querían salir de su boca, por muy extraño que pareciese.
Llevaba tres años escasos apareciendo en pequeñas obras y, esporádicamente, conseguía colarse como pequeño secundario sin importancia en algunos episodios de series policíacas herederas de CSI, o en sit-coms que plagiaban a la famosa Friends. Así que, al verse de repente en esa situación, con una manager de la talla de Lydia Martin queriendo conocerle, tenía el derecho total y absoluto de quedarse sorprendido. Definitivamente atónito.
El día de la cita estaba tan nervioso y adormilado, ya que no había conseguido pegar ojo en toda la noche, que necesitó la friolera de cinco cafés muy cargados para poder mantener los ojos abiertos. Durante toda la mañana permaneció encerrado en su minúscula habitación, en el también minúsculo apartamento que compartía con su mejor amigo, con Scott intentando distraerle a base de cantidades ingentes de comida y fervorosas partidas online de Call of Duty. A Stiles eso le puso más nervioso si cabe. Su amigo no era normalmente tan atento con él a no ser que le viera muy bajo de ánimos. Le conocía demasiado bien, y lo cierto era que Scott le recordaba a un pequeño cachorrito perdido y abandonado, pero lo suficientemente inocente como para no prestar atención a lo que ocurría a su alrededor.
Y Stiles terminó dando rienda suelta a su verborrea, asestando zancadas de un lado a otro de la habitación mientras Scott le miraba de hito en hito y mataba malos online.
Aquello le dejó aún más agotado.
Llegó veinte minutos antes de lo acordado a la cafetería ‘Moonlight’. Nunca había entrado allí. Era un lugar bastante concurrido por actores y demás celebridades del mundo del cine y la televisión, sin embargo era lo suficientemente caro y elitista como para estar fuera del alcance monetario de Stiles.
En cuanto informó a la recepcionista de que tenía una cita con Lydia Martin, la voluptuosa mujer le acompañó hasta la mesa reservada. Stiles enseguida pidió un café sin pararse a pensar en lo que se resentiría su tarjeta de crédito si la reunión se alargaba y su cuerpo clamaba por más cafeína. Era mejor vivir en la ignorancia. Algunas veces.
Cuando finalmente Lydia apareció sus manos comenzaron a sudar. Y, cómo no, en su intento de impresionarla y apartarle la silla para que ella se sentara sus pies fueron por libre. Conclusión, Stiles hizo el ridículo. Nada nuevo.
Tras disculparse torpe e incoherentemente, volvió a su asiento con la cabeza baja, restregándose compulsivamente las manos contra la gruesa tela de los vaqueros. Lydia, por su parte, no cambió el gesto. Su rostro serio, con cierta actitud altiva.
En ese momento sintió cierto temor. Pero con los años aprendería que, su ahora amiga y manager, portaba constantemente aquella expresión de autosuficiencia porque en el fondo no le gustaba enfrentarse a las relaciones humanas, y le importaba más de lo que nunca aceptaría lo que los demás pudieran pensar de ella.
“Stiles,” comenzó con tono ciertamente autoritario, sacando de su enorme bolso de Channel una carpeta repleta de papeles y fotografías. “¿qué clase de nombre es ése?”
“Bueno, verás, mi madre tenía un sentido del humor bastante retorcido.” No sabía dónde enfocar la vista, si a su segunda taza de café o a las manos de uñas pintadas de su interlocutora. “Mi padre siempre me dice que no, pero yo pienso-”
“Vamos al punto, no tengo tiempo que perder. Soy una mujer muy ocupada, como imaginarás, si eres lo bastante espabilado.”
No supo cómo reaccionar ante ella, y él no era así, siempre tenía algo que decir incluso en las situaciones más embarazosas. Su parloteo constante le ayudaba, o eso quería pensar él, a salir airoso de cualquier contratiempo. Bueno, no de todos, pero estaba en su naturaleza. La única vez que le había ocurrido algo similar fue cuando su madre falleció, pero no era el momento de pensar en eso.
“He estado ojeando tu currículum.” Apartando su larga y ondulada melena con un movimiento lánguido, con la otra mano sujetó lo que parecía ser la ficha interna de la agencia con todos los datos relevantes de su corta y deprimente, a su juicio, carrera. La pelirroja chasqueó la lengua, “No es para nada impresionante. De todas formas, para cambiar eso estoy yo aquí. Me gustan los retos.”
“Oh, vaya. ¿Me lo puedo tomar como un cumplido?”
“No.”
Stiles finalmente la miró. Era francamente impresionante, y en cierta forma, asustaba.
“Yo no hago cumplidos, Stiles. En este mundo los halagos sólo se utilizan para conseguir algo a cambio. Deberías saber que yo no necesito nada de ti. Tú en cambio, sí.”
Se mordió el labio. Esa situación se estaba tornando, quizás, demasiado extraña incluso para él.
“Tú eres la profesional aquí, está claro. Pero con profesional no me refiero a que seas, ya sabes, eso.” Oh, genial, su boca ya iba por libre, sus manos no cesaban de gesticular y el tono de su voz se alzó, llamando la atención de los demás clientes de la cafetería. “Tampoco quiero decir que no sea un trabajo que- desmerezca. Es muy loable, y el más antiguo que existe.” El gesto de Lydia se torció. “Recuerdo cuando Scott y yo fuimos a la despedida de soltero de Greenberg, un compañero de instituto. La verdad es que nunca hablé con él de algo que no fueran chicas o Lacrosse, pero nadie se queda en casa cuando le invitan a una fiesta, así que-”Stiles se dio cuenta, tarde, de la mirada sorprendida de la camarera que acababa de dejar en la mesa (con un poco de chocolate y canela, como a ella siempre le gustaba tomarlo) el capuccino de Lydia. “Dios mío, hazme callar,” sentenció revolviéndose el corto cabello.
La pelirroja no pudo más que disimular una pequeña sonrisa, prácticamente imperceptible, y se acomodó en la silla. Como si no hubiera escuchado nada de lo que había dicho en los últimos segundos, prosiguió, “Primero de todo, si quieres conseguir salir de ese apestoso teatro tendremos que hacer algunos cambios en tu vestuario.”
“¿Qué hay de malo en mi forma de vestir?”
“¿En serio me lo estás preguntando?
“Em, ¿no?”
Hubo un breve silencio, y un rápido cruce de miradas.
“Segundo, tu pelo.”
“¡Oh, vamos!”
“Déjalo crecer. Así pareces un adolescente. Tendré que decirle a James que lo tenga en cuenta pasado mañana en el cásting.”
“¿Cómo? ¿Casting? ¿James?”
“Tercero, y no menos importante.”
“¿No piensas contestarme? Me estás ignorando.”
“Quiero que delante de las cámaras, en las entrevistas, promociones, fiestas, galas de premios y todo eso tan aburrido que los actores tenéis que hacer, des la imagen de alguien torpe y bocazas. Aunque me parece que no tendrás problema.”
“Encantador, querrás decir. Eso sí que no tendré que interpretarlo.” Rió ante la mera posibilidad. Seguramente, si intentara siquiera parecer más inseguro de sí mismo, los medios terminarían por pensar que todo era un papel.
“Hm, esos lunares te dan cierto aire sexy.” En ese punto el corazón de Stiles decretó, por decisión propia y unilateral, que ya no le apetecía trabajar más ese día. “Si añadimos tu nerviosismo constante y esa cara de niño bueno, las mujeres te adorarán. No eres mi estándar, nada más lejos, pero suele funcionar.”
Por su embotada cabeza pasó velozmente la palabra halago. Sin embargo Lydia no lo decía para sacar algo a cambio, por mucho que sus alteradas hormonas quisieran hacerle pensar lo contrario, sino para dejar las cosas claras.
“¿Lo has entendido?” Su futura manager le observaba con una ceja enarcada. Su rostro denotaba que en ese preciso instante preferiría estar en una de sus sesiones diarias de yoga antes que pasar un segundo más con él.
“Eso creo.”
“¿Y bien?”
“Aún no tengo claro si piensas que valgo la pena como actor o sólo estás buscando a alguien que utilizar, como un experimento personal. Soy una persona muy inocente, ¿sabes?”
La ceja levantada volvió a su posición natural.
No, sus bromas no gustaban a todo el mundo. La verdad es que el único que se reía, a veces, era Scott. Su padre, nunca.
Lydia, tras guardar los papeles en el bolso, escribió su número de teléfono en una servilleta rosa (Dios, todo en esa cafetería era cursi), y le dijo con gesto hastiado que al día siguiente le llamaría para concretar la hora y el lugar del casting.
Stiles suspiró.
Después de aquella reunión vendrían muchas más, a cual menos impersonal.
“Papá, ¿ya has olvidado lo que te dije ayer?” Se pasó una mano por la frente arrugada, volviendo a la realidad. Por muy gratificante que le resultara rememorar sus inicios, estaba en medio de una conversación. “¿No habrás estado bebiendo otra vez? Sabes que la doctora Lamb te prohibió terminantemente cualquier bebida alcohólica. Y no, no pienso llamar a los dueños de la licorería para que levanten la veda, no me lloriquees, porque sé que lo has intentado varias veces a mis espaldas. Es un pueblo pequeño, papá, todo el mundo te conoce, y a mí también. Aunque mi orgullo se resiente cuando recuerdo que es porque soy el hijo del Sheriff, y no por mi gloriosa carrera hacia el estrellato… ¡No pienses que no te tengo vigilado!” Stiles hizo oídos sordos a las quejas del señor Stilinski en un vano intento de cortar su diatriba. “Oh Dios mío, ahora me dirás que no recuerdas dónde has dejado las llaves de casa, o la pistola reglamentaria, y un hombre con voz de estreñido te quitará el teléfono para decirme que acaban de encontrarte bailando desnudo en la plaza, cantando baladas románticas de Jim Morrison mientras perseguías a las señoras e intentabas meterles mano.”
“Stiles.”
“Y tendré que ir a recogerte a la comisaría, y tus subordinados me mirarán con cara de pena mientras un medicucho de tres al cuarto me contará que tienes Alzheimer o alguna de esas enfermedades que conseguirán internarte prematuramente en una residencia.”
“Stiles.”
“Porque no estoy preparado para dejar mi carrera, fabulosa, por cierto, gracias por los ánimos, a un lado y cuidar de mi enajenado padre. Soy muy joven para eso. Sería como una versión cutre y rural de ‘Todos están bien’, pero sin Robert De Niro y con un hijo hiperactivo.”
“¿Has acabado?”
Frunció los labios, pensando seriamente en la posibilidad de que todo aquello ocurriera. “No estoy seguro.”
El Sheriff resopló sonoramente a través del teléfono. Podía imaginárselo, sentado en la amplia mesa de su despacho con una taza de Beacon Hills High en su mano, mientras viraba los ojos e intentaba no perder su enorme paciencia.
“Sólo te he preguntado qué tal va la grabación.”
“Cierto, pero recuerdo perfectamente que ayer mismo, si el Alzheimer no se ha apoderado de mí también, te expliqué que hasta dentro de unos días no comenzamos a filmar.” Como su padre no parecía por la labor de contestar, siguió, “Mañana tenemos la primera lectura de guión, aunque Boyd sigue recluido en su casa terminando de escribir algunos episodios. O como a él le gusta decir, repasando.”
“Pero a estas alturas debería tenerlo todo listo, ¿no?”
En varias ocasiones Stiles le había comentado a su padre lo perfeccionista y maniático que podía llegar a ser Boyd con respecto al guión de la serie. Pero no iba a repetírselo.
“El miércoles Allison y yo fuimos a su casa. Finstock nos llamó hecho una furia, ya sabes que su cerebro no funciona como debería, porque había intentado hablar con él y Boyd no hacía otra cosa que colgarle. Nos soltó un sermón sobre no-sé-qué-locuras-literarias-adolescentes-y-hormonadas-de-su-hermano que, la verdad, traumatizarían hasta a Hannibal Lecter, y no sé ni cómo acabamos los dos en la puerta de su casa. Tampoco es que consiguiéramos nada. Nos dio una patada en el culo y no hemos vuelto a saber de él.”
Y aunque su padre seguramente pensaba que lo de patada en el culo era algo metafórico, Stiles aún tenía un doloroso moratón que confirmaba el nivel de literalidad de sus palabras.
“Hijo, ¿Allison y tú-?”
Oh, la pregunta del millón. Stiles ya había perdido la cuenta de las veces que había escuchado eso en el último año. Vale, llegaba a entenderlo, sus personajes, durante dos temporadas de diez episodios cada una, eran la viva imagen del amor no correspondido. Había cierta tensión sexual entre sus álter egos, y eso Allison y Stiles lo sabían desde el primer día que comenzaron a grabar. Además, Sam y Lindsey estaban solos, por lo que ambos filmaban gran parte de sus escenas sin interactuar con los demás compañeros de reparto.
El personaje de Stiles, Sam, era un chico taciturno y poco hablador (¿quién se lo iba a decir?), que aunque no había declarado su amor todavía, ni parecía por la labor, bebía los vientos por su compañera. Allison en cambio interpretaba a una joven fuerte e independiente, Lindsey, con cierto aire soñador y dispuesta a todo por encontrar a su familia.
Lo cierto era que antes de que Stiles leyera el guión pensó que sería otra serie más nacida de la era ‘The Hunger Games’. Tampoco se equivocaba del todo. Pero cuanto más leía, más le llamaba la atención la interacción de los personajes. De todos.
En un principio Boyd no le dijo nada acerca de qué personaje encarnaría. El creador de la serie lo tenía claro desde un principio, pero el día que se habían reunido solamente le entregó el guión y le dijo, con esa voz profunda que le definía perfectamente, “Léelo. Luego ven y dime qué piensas, qué has sentido por los personajes. Quiero que si te sientes cercano a alguno de ellos me lo hagas saber.” Tras varias horas de lectura no pudo más que volver a abrir el escrito y devorarlo de nuevo. Francamente, las personalidades eran muy dispares. Boyd había conseguido en un par de capítulos definir perfectamente la disparidad entre todos ellos. Era, sinceramente, adictivo. Y Stiles se enamoró de Sam.
Al día siguiente, tras pasar toda la noche en vela delante del guión, decidió llamar a Boyd. No pensó en nada concreto, sólo en que necesitaba expresarle lo emocionado y exultante que se sentía tras conocerle. No lo hizo con ánimo de interpretar ese papel, claro que no, simplemente no se veía capaz de hacerlo, pero Boyd sí, y aunque Stiles no hubiera aceptado entrar en el elenco de la serie habría terminado haciéndolo. Para eso estaba Lydia, y podía ser muy convincente. Terroríficamente convincente.
Cuando se estrenó la serie fue un gran éxito. Rotundo, exactamente. Para Stiles más que eso. Era el único actor desconocido, los demás ya tenían un nombre, y a partir de ahí toda su vida cambió. Su vida amorosa también. La ficticia.
La prensa, después de que se emitiera la primera temporada íntegra, había comenzado a buscar desesperadamente fotografías de Allison y él juntos. No les resultó difícil. Ellos, ajenos a lo que los fans y los periodistas pensaban, se habían hecho grandes amigos y en más de una ocasión habían salido a bares o restaurantes por el simple hecho de que les gustaba hablar y pasar tiempo juntos, pero eso a los demás no les importaba. Ni querían saberlo. Hacían oídos sordos. Y Stiles y Allison habían puesto en bandeja a la prensa su suculenta e irreal relación.
Ya no se preocupaban ni siquiera en desmentirlo. ¿Para qué? Daba igual lo que ellos dijeran, la prensa seguiría arguyendo sin cesar, porque esa era su razón de ser. Al principio lo intentaron, incluso Allison estuvo varias semanas bastante deprimida por la incesante persecución que debía soportar por parte de los periodistas. Día y noche. Las veinticuatro horas. Era exasperante.
“Allison y yo somos muy buenos amigos, sólo eso, papá. ¿Cuántas veces tendré que repetirlo?” Se tumbó en su nuevo sofá, que había comprado dos días atrás justamente con su compañera, y viró los ojos. “Sí, lo sé, es muy guapa y es una gran actriz. Y su familia entera es famosa. Y- oh, vamos, ¿no pensarás que una chica como ella se fijaría en mí? Además, Scott está como loco con ella, babeando a mi alrededor como un perro en celo para que les presente. No podría hacerle eso, y menos con esa cara de cachorrito desvalido que tiene.” Escuchó a su padre hacer un mohín, que significaba que estaba de acuerdo con las palabras de su hijo. “De todas formas, hay muchas mujeres detrás de mí. Tengo donde elegir. Soy irresistible.”
“Lo que te ocurre es que Lydia no te hace el menor caso.”
Genial, ahora también su padre le daba la puñalada. No tenía suficiente con que Scott, Melissa e Isaac le recordaran cada vez que tenían una mínima oportunidad que la inalcanzable Lydia soy-demasiado-inteligente-y-guapa-para-ser-algo-más-que-tu-amiga Martin ya le había rechazado trescientas cuarenta y dos veces. Ni una más, ni una menos. Bueno, seguro que habría más.
“Eso es porque me tomo mi tiempo. Tres años más y la tengo en el bote.”
“Me gustaría verlo.”
“Pues si sigues siendo tan amable y comprensivo con tu único hijo, a lo mejor después de todo no te invito a la boda.”
“Stiles, Lydia es-”
“¡Ssh! Ni un palabra más al respecto, o mi amor incondicional por ti se irá a la-”
“¿Y Jackson? ¿Le has vuelto a ver?” El Sheriff carraspeó, aunque se dio cuenta demasiado tarde de que ese tema no era el más adecuado.
Stiles bufó masajeándose el puente de la nariz. Jackson. El insoportable y altivo Jackson Whittemore. El jodido bocazas que le había arruinado la noche de la presentación de la segunda temporada. Aún le dolía la mano cuando recordaba el puñetazo que, sin siquiera esperárselo él mismo, le había dado a su compañero. Pero se lo merecía, de eso no había duda.
“Claro. Hemos estado toda la semana juntos. Ahora somos inseparables. Incluso estoy pensando en meterme en su cama una noche de estas.”
“Creo que voy a borrar eso de mi mente. Ahora mismo la idea de tener Alzheimer no me parece tan horrible.”
Stiles rió falsamente. “¿Y qué quieres que te diga, papá? Es un idiota. No voy a pedirle perdón por algo que él solito se buscó. Bastante he tenido que aguantar todos estos meses leyendo tonterías en las revistas. Para media América ahora soy un joven violento. ¡Si incluso hicieron una campaña en Tumblr y Twitter para que me echaran de la serie!”
“Sabes que eso no es cierto, nadie piensa que seas violento. Por lo menos Jackson tuvo el valor de decir ante las cámaras que él te provocó.”
“Oh, claro, es un angelito. Bendito sea.”
“No tergiverses mis palabras.”
“Pues no me preguntes nada sobre Jackson.” Con un movimiento rápido se irguió, cogió una de las tantas bolsas de patatas fritas que reposaban constantemente en la mesa baja del salón y la abrió sin miramientos.
Su padre le escuchó masticar nerviosamente. “De acuerdo. Asunto zanjado. ¿Cuándo vienes a casa?” Ese sí que era un tema neutro, pensó el señor Stilinski. Ahora estaría a salvo.
“No lo sé, papá,” contestó mientras masticaba. Sabía que con la boca llena no todo el mundo le entendía, pero su padre ya estaba más que acostumbrado. “No creo que tengamos días libres hasta Diciembre. Finstock ni siquiera quiere que-”
“Oh, ahora mismo voy.” Stiles escuchó otra voz, probablemente de uno de los subordinados de su padre, y supo que la conversación se acababa ahí. “Lo siento, Stiles, tenemos una emergencia. Llámame mañana.”
“Sí, claro.” Suspiró, y con voz monótona añadió, “Ya hablamos. Te quiero, papá.”
“Te quiero, hijo.”
Stiles tiró el móvil de mala manera sobre el sofá, seguido de cerca por la bolsa de patatas fritas. Hablar con su padre le agotaba, sin excepción. No es que no tuvieran una buena relación, nada menos, su madre había muerto muchos años atrás y sólo se tenían el uno al otro (bueno, no podía olvidarse de Scott y Melissa, pero ellos siempre habían estado allí.) y aunque resultó difícil entenderse los primeros años terminaron acomodándose perfectamente a sus dispares (a veces no tanto) personalidades. Sin embargo, desde que Stiles abandonara Beacon Hills para perseguir su sueño, sentía que comenzaban a distanciarse. Y no le gustaba en absoluto.
Se preocupaba por su padre, y por sus hábitos alimenticios, ¿para qué negarlo? Todas las semanas cuando hablaba con la señora McCall le pedía expresamente que le vigilara de cerca. A él y a su nevera. La madre de Scott le juraba y perjuraba que, sin excepciones, todos los días le llevaba el almuerzo a la comisaría, pero lo que su padre hiciese en casa era otro cantar. Y Stiles no podía, ni quería, forzar a Melissa para que no le quitase ojo, porque ella tenía su vida y el derecho de descansar tras tantas horas de trabajo en Urgencias. Y no hacía falta remarcar que el Sheriff ya era un adulto y que debía cuidarse a sí mismo.
“Necesito vacaciones,” murmuró con el ceño fruncido, al percibir a través del asiento la vibración de su teléfono. Lo cogió, miró la pantalla parpadeante y descolgó con una sonrisa. “Lyds, ¿te apetece una copa? Tú y yo. Solos. En mi casa. Te doy cinco minutos. No hace falta que traigas nada, con tu adorable presencia es suficiente.”
“Ni lo sueñes, Stilinski.”
No, nunca funcionaba. Dios no se apiadaba de él.
TBC...
