Chapter Text
Una vez, hacía mucho, Florencia Estrella había escuchado en una película que, cuando conoces al amor de tu vida, el tiempo se detiene.
En realidad, eso era una mentira. Florencia nunca había visto la película, pero un chico con el que salía en ese momento se lo había contado, con ojitos dulces y entre susurros. Claro está, se lo había dicho para llevarla a la cama. Sin embargo, Florencia se había quedado con esa frase y había buscado, durante muchos años y con insistencia, al hombre que detuviera todo su mundo.
No le había pasado con Dani, en ese primer encuentro tan intenso. Siempre se lo atribuyó a los nervios de la situación. Tampoco le pasó cuando se casó. De hecho, podía recordar a Virginia, tomada de su brazo y pidiéndole, tratando de mantener la voz baja, que frenara el paso, que estaba yendo demasiado rápido. Ya no esperaba, entonces, alguna vez experimentar esa sensación. Siempre se había considerado algo romántica, pero tampoco estaba segura de que eso fuera algo que podría pasar de verdad.
Es por eso que la tomó por sorpresa cuando, al volver a verla, el mundo se detuvo por completo.
Escuchó su voz antes de verla. En realidad, primero escuchó la voz de Leo. “No te lo puedo creer, ¡mirá quien volvió!” lo escuchó gritar, su voz una molestia continua para Florencia durante los largos días de trabajo, pero, en este caso, el comienzo de algo, aunque todavía no lo supiera.
Y después si, la escuchó a ella. Su risa. La hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo. ¿Cómo no hacerlo, si todavía la escuchaba todas las noches, antes de irse a dormir? Cuando levantó la mirada, ahí la vio. Envuelta entre los brazos de Leo, una sonrisa amplia en la cara. El pelo le brillaba, como siempre, pero el flequillo ya no le tapaba la frente, sino que lo tenía tirado para atrás, y por alguna razón, eso la hacía ver más joven.
“¡Jazmín!” gritó Miranda a su lado. Y al escuchar su nombre, la cocinera levantó la mirada, buscando al emisor. Y la encontró a ella, congelada en su lugar, muerta de miedo, o de felicidad, o simplemente muerta, porque parecía que se había olvidado de cómo respirar. Cuando sus miradas se encontraron, Flor lo sintió. Como el tiempo se detenía.
Jazmín le regaló una sonrisa suave, sincera. Con delicadeza, se extrajo de los brazos de Leo, no sin antes dejarle un beso en la mejilla, y comenzó a caminar hacia donde se encontraba ella, todavía clavada al piso.
“¿Qué haces, negra? No sabíamos que venias. ¿Vos sabias, Flor?” preguntó Miranda, mientras saludaba a Jazmín con un beso. Su hermana no parecía darse cuenta de que el mundo de Flor se había paralizado por completo, a la espera de lo que pudiera suceder a continuación.
“No, no sabía”, respondió Jaz por ella, casi como si supiera que Flor no podía contestar. “Fue algo de último minuto, se me dio tener el finde libre y dije ya está, lo sorprendo a Javo por su cumple”.
“Uy, se va a poner re contento, todo el tiempo habla de cuanto te extraña. No sabes la cantidad de ayudantes que pasaron por la cocina estos últimos meses. Ninguno le gusta”.
Jazmín asintió, como para mostrarle a Miranda que escuchó lo que dijo, pero la estaba mirando a Flor. Todavía tenía la misma sonrisa, sincera, pero controlada. Flor no podía descifrar que significaba.
“Hola, Flor”, dijo al fin.
“Hola”, respondió Florencia, sorprendida que su tourette le estuviera dando un descanso. Pero su voz, chiquita, apenas ahí, tampoco mostraba signos de tranquilidad. Jazmín se le acercó con cuidado, como si fuera un gatito bebé al que no quiere asustar. Apoyó su mano derecha levemente en el brazo de Flor y la saludó. Le dió un beso en la mejilla, porque ellas eran amigas, y las amigas se saludaban así. Se saludaban así aunque hacía siete meses que no se veían, ni se hablaban. Aunque la piel le quemaba a Flor por ese contacto tan fugaz, tan insignificante.
“¿Cómo andan?”, preguntó Jazmín, con su mirada todavía fija en Flor. Cuando ella no dijo nada, Miranda la miró con curiosidad, pero enseguida volvió a posar sus ojos sobre Jazmín. “Nosotras bien, nada nuevo. Acá un quilombo, como siempre, viste como es. Pero bien”.
“Que bueno”.
“Si. Che, sorry, pero tengo que rajar. Las dejo para que se pongan al día, y nos vemos a la noche, ¿no? Me imagino que vendrás al festejo que le armó Vir a Javo, ¿no?”
“Aquí estaré”.
Y después estaban solas. Solas en el medio del hall en un hotel lleno de gente, pero más solas que lo que habían estado en mucho tiempo.
“¿Vos todo bien, Flor?”
Ahora sí que Flor la veía incomoda. No incomoda mal. Incomoda como esas ultimas charlas, antes de que se vaya, cuando Jazmín lo único que hacía era disculparse, y Flor solo estaba ahí, conteniendo las ganas de llorar y pedirle que se quede, que no se vaya, que no la deje.
“Bien hmm, todo hmm tranquilo. Nada hmm nuevo”.
“No te lastimes”, le dijo Jazmín, agarrando su mano para que no se golpee el pecho. “Perdoname, no quiero hacerte sentir incomoda”.
“Vos hmm nunca me haces sentir incomoda”.
“Gracias por decir eso, pero sé que no es verdad”, le respondió Jazmín, y ahora volvía a sonreír, pero era una sonrisa triste, resignada. Flor hubiera dado todo por poder hacerla sonreír como lo hacía antes, pero ya no sabía cómo.
El silencio se extendió entre ellas, y Flor trataba de pensar en algo, cualquier cosa que pudiera decir para romperlo. Antes de que ocurriera eso, fue una tercera voz la que las interrumpió.
“¡Me caigo y me levanto, Cacho de Buenos Aires!” exclamó Javo, y antes siquiera de que Jazmín pudiera reaccionar, él ya la tenía entre sus brazos. Flor miró como el cocinero la apretaba contra él, tan fuerte que la levantó del piso, para luego girarla por los aires.
Flor nunca pensó que podría llegar a estar celosa de Javo. Pero había tantas cosas que Flor pensó que nunca iban a pasar, que esto no le sorprendía en lo más mínimo.
“¿Cómo no me dijiste que venias? ¡Te buscaba del aeropuerto, nena!” dijo Javo, depositándola de nuevo en el piso, y sonriendo más fuerte de lo que parecía humanamente posible.
“Era una sorpresa”, se defendió Jaz. “¡Feliz cumple, bebito!”
“Te voy a matar”, amenazó Javo, pero la volvió a abrazar con fuerza. Florencia se sentía como si sobrara, como si estuviera presenciando un momento íntimo que tal vez no debía, incluso si estaba pasando allí, en el medio de su hotel. Quería irse, pero hacía siete meses que no veía a Jazmín, y no estaba lista para despedirse otra vez.
Y fue Jazmín, porque siempre era Jazmín, la que terminó dando el paso.
“Che”, empezó, mirándolos a los dos, “dejé la valija en el front desk. Me tendría que ir a instalar.”
“¿Te vas a quedar acá?” preguntó Javo, siendo un segundo más rápido que Florencia, que tenía la misma duda.
“No, voy a parar de una amiga. Acá a diez cuadras”.
“Te llevó, dale”, le propuso Javo, otra vez más veloz que Flor. Por primera vez, parecía registrar que Florencia también está ahí. “Voy a traer la camioneta a la entrada, te espero afuera”, le dijo a Jazmín, no sin antes dejar un beso ruidoso en la mejilla de su amiga.
Ahora que estaban solas otra vez, Flor sabía que tenía que decir algo antes de que Jazmín se fuera.
“Después venís a la fiesta, ¿no?” es lo que le salió, y se quería matar porque Jazmín ya había respondido esa pregunta, y seguramente pensaría que es una estúpida.
“Si”, le respondió con suavidad. Porque, como recordó Flor, Jazmín nunca la hacía sentir como una tonta, ni siquiera cuando se lo merecía. “Así podemos ponernos al día”.
“Re quiero eso”, dijo Flor, y su voz no pudo ocultar los tintes de desesperación. Era eso. Desesperación. Estaba desesperada por tenerla cerca, por poder escucharla otra vez.
“Bueno, me voy antes de que Javo empiece con la bocina”, se despidió Jazmín. Se acercó otra vez a ella, para saludarla, y Florencia contuvo la respiración. El contacto duró menos de un segundo. Y después, el mundo volvió a girar y, con él, también la cabeza de Flor.
******
Octubre
Flor entró a la cocina con cautela. Estaba lista para entrar a un mundo de gritos y caos, como se encontraba hacía ya dos meses, pero lo que encontró fue a Javo, silbando y moviéndose con tranquilidad entre olla y olla, sacando del fuego, revolviendo.
“¿Y Marcos?” preguntó.
“¿Quién es Marcos?” obtuvo como respuesta.
“Marcos, Javo, el pibe que estaba a prueba”.
“Lo mandé a su casa”, respondió el cocinero con muchísima tranquilidad.
“¿Me estas jodiendo?” Florencia sabía que la búsqueda de un nuevo asistente de cocina estaba llevando más tiempo de lo esperado, pero la actitud de Javo la sorprendió igual.
“No, ustedes me están jodiendo a mí, me parece. Me mandan a cada papanatas…”
“Javo, no arranques”, comenzó Flor, tratando de evitar otro de sus largos discursos en los que mostraba su descontento con la situación sin guardarse nada.
“No arranco nada, si ustedes tuvieron la brillante idea de dejar ir a Jazmín…”
“Jazmín se fue, nadie la echó”, lo cortó Flor con resentimiento. Sabía que no tenía derecho a sentirse así, pero no podía evitarlo. Javo no dijo nada. Se la quedó mirando un largo rato. Desde que Jazmín se había ido, el cocinero siempre la miraba así, con una mezcla de lástima, como si no deseara estar en sus zapatos, y un poco de bronca, como si ella fuera la culpable de todos sus males.
“No es fácil para mí reemplazar a Jazmín”, concedió finalmente, en un momento de honestidad que no era común entre ellos.
“Ya sé que no es fácil…”
“No me refiero a reemplazarla acá, en esta cocina solamente”, le dijo, esta vez cortándola él a ella. “Realmente no sé cómo haces vos para seguir tan campante con tu vida como si Jazmín no hubiese dejado un agujero gigante. La verdad te envidio”.
Esas palabras le dolieron. La hicieron enojar, también. ¿Quién se creía que era Javo para hablarle así, como si tuviera alguna idea de lo que ella estaba sintiendo? El enojo la hizo empezar a mover su hombro de manera involuntaria, pero Javo no pareció sentir compasión. No que ella hubiera querido eso.
“Mira Javo, hmm, vos no tenés idea de lo que me pasa, eh, yo a Jazmín la extraño un montón…”
“Y por eso no le mandaste ni un mensaje desde que se fue. Dos meses, nena”, sentenció el cocinero.
“Ella tampoco me mandó ni un mensaje”, le respondió Flor, pero sabía que era una defensa pobre.
Javo dejó escapar una risa, como quien no puede creer lo que estaba escuchando. Luego se acercó a Flor, para poder mirarla bien a los ojos. “Mira Flor, no creo que haga falta que te lo diga yo para que lo entiendas, pero Jazmín a vos te quiere. Y te quiere bien. Si ella no te manda mensajes es porque no quiere joderte. Jamás te quiso presionar, y mirá que yo le aconsejé que lo haga, eh, pero nunca te presionó, y no va a empezar a hacerlo ahora. Siempre esperó a que vos des el primer paso. Y entre vos y yo, sabemos que fuiste una cagona. Pero ya está. Si la extrañas, se lo decís. Así de simple”.
Con eso Javo se dio vuelta para volver a la comida. Agarrando el mango de una de las sartenes que estaban en el fuego, dio por terminada la charla. Flor se fue sin decir nada. Después de todo, ya no quedaba nada más que decir.
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Jazmín se había ido a Córdoba dos días después de que Flor se había casado por Iglesia. Ella estaba en su luna de miel cuando el avión partió. Se habían despedido el día del casamiento. Jazmín le había deseado una vida llena de felicidad, la había abrazado fuerte y después se había marchado, en medio de la fiesta.
Florencia hubiera querido pedirle que se quede, pero no lo hizo. Primero, porque le parecía egoísta. Segundo, porque Flor no tenía la valentía para hacerlo. Y tercero, porque tenía la sensación de que con Jazmín en su vida, jamás podría ser feliz con Daniel.
Fue la tercera razón la que estaba equivocada. La verdad era que, sin Jazmín en su vida, Florencia tampoco había sido capaz de ser feliz con Dani.
Flor no podía dejar de pensar en Jazmín. Cuando se levantaba y antes de ir a dormirse. Si el día estaba lindo. Si llovía. Cada vez que Javo le gritaba al asistente de turno. Cuando un huésped se quejaba de la comida. También cuando la alagaban.
Pensaba en Jazmín todo el tiempo. Incluso cuando estaba con Daniel. Cuando salían a pasear, cuando veían una película, si peleaban. Pensaba en ella en la intimidad del cuarto que compartía con su esposo, mientras él trataba de hacerla explotar de placer.
No que eso sucediera demasiado últimamente. Hacía casi tres meses que no estaba con Daniel. Mucho tenían que ver los constantes viajes que su esposo debía realizar en nombre del frigorífico de la familia. Pero, mayormente, Flor lo esquivaba. Que le dolía la cabeza, que estaba en sus días, que alguna de sus hermanas la necesitaba.
Florencia sabía que no era habitual, para una pareja con menos de un año de casado, no tener sexo. Daniel no le había dicho nada. La verdad es que él estaba muy distraído con el trabajo, y, entre viaje y viaje, probablemente no había notado lo que estaba pasando.
Lo que estaba pasando, lisa y llanamente, era que Florencia no estaba enamorada de él. Y el fantasma de Jazmín la acechaba, un recordatorio de su cobardía y su miedo a sentir lo que su corazón le pedía sentir.
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“Apa, estás re diosa”, le dijo Miranda desde su cama.
“¿Si? ¿Te parece?” le preguntó Flor, que estaba frente al espejo, usando un vestido negro que no había usado en mucho tiempo.
“Si, me vas a hacer quedar re mal, yo voy así nomas”, le dijo entre risas. “Mira que la fiesta es acá en el deck y vamos a estar los mismos locos de siempre, eh”.
“Ya se hmm, ¿no puedo querer estar linda igual?” le preguntó, claramente a la defensiva.
“Obvio hermanita, no te enojes, es solo que hasta esta mañana ni ibas a ir”, le respondió Miranda, más pendiente de su celular que de lo que ella pudiera responder.
Era verdad. Flor no había tenido ninguna intención de asistir al cumpleaños de Javo. Iba a pasar a saludar y se iba a volver a la habitación de Miranda. Dani volvía de Mar del Plata mañana a la noche, y Florencia tenía toda la intención de pasar su última noche en soledad, antes de tener que volver a esa casa que tanto odiaba, disfrutando de alguna película y con algún chocolate.
“Bueno, cambié de opinión”, le dijo, cortante.
“Si, ¿por qué habrá sido, no?” preguntó su hermana como quien ya sabe la respuesta. A Flor le sorprendió el tono, y al darse vuelta para verla, se encontró con una Miranda ya parada, que la miraba con esa sonrisa socarrona que la ponía siempre de muy mal humor. Antes de que pudiera responderle, no sabía qué, pero algo, Miranda ya estaba caminando hacia la puerta. “Te espero abajo”, se despidió sin decir más nada.
A Florencia le hubiera gustado dejar pasar el comentario de su hermana, pero la verdad era que solo le había recordado que en algunos minutos iba a tener que enfrentarse a jazmín otra vez y no tenía idea de que decirle. Se había puesto linda porque quería que Jazmín la viera linda, eso no podía negárselo. No sabía que quería lograr con eso, pero quería que su amiga la mirara con deseo. Sabía que estaba mal, por muchas razones, pero desde que la había vuelto a ver, no estaba pensando con claridad.
Sentía que su cabeza estaba nublada, abrumada por todo lo que Jazmín le hacía sentir. Tenía ganas de dejarse llevar por eso, pero no sabía cómo. Quería más de lo que podía permitirse querer, siendo una mujer casada y siendo Jazmín solo una amiga.
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La única razón por la cual Flor había decidido ir al cumple de Javo era porque esperaba tener algún momento para estar a solas con Jazmín. Sin embargo, la noche no estaba de su lado. Javo acaparaba la mayoría del tiempo de Jazmín. La risas de los dos le ganaban fácilmente al volumen de la música, y entre anécdotas de malos asistentes y abrazos, las posibilidades de Flor se iban achicando cada vez más. Leo y Fede también revoloteaban alrededor de su amiga. Flor se enteró que Jazmín había mantenido contacto con los dos chicos durante esos siete meses y eso le había molestado. No que tuviera algún derecho a estarlo, pero las emociones de Flor, últimamente, se sentían de todo menos coherentes.
Jazmín estaba hermosa. Tenía una colita alta que hacía que su pelo cayera como si estuviera prendido fuego. A Florencia le costaba sacarle los ojos de encima y esperaba que nadie notara lo obvia que estaba siendo. Siempre había sabido que Jazmín era una mujer despampanante, pero desde su confesión, hace ya tantos meses, ese hecho tenía un efecto directo sobre ella. A Flor le pasaban tantas cosas durante los días previos a su casamiento, estaba tan confundida, dolida por la inminente ida de Jazmín, por eso que le hacía sentir y no entendía, que no se había detenido en particular a tratar de asimilar la atracción física que sentía por su amiga. Pero ahora ya no estaba segura de cómo manejarlo.
Fue una vez que Javo había soplado las velitas, y junto a Virginia se había despedido de la fiesta, que Flor vi una ventana de posibilidad abrirse. Una vez que el cumpleañero se había retirado, todos los demás invitados empezaron a hacerlo. Lucía y Mariano habían desaparecido mucho antes de que llegara la torta. Carla se fue a dormir alegando tener que despertarse muy temprano en la mañana. Esto lo exclamó en voz alta, con clara intención de que los empleados del hotel siguieran la sugerencia de su jefa.
Cuando solo quedaban Fede y Miranda, Jazmín, que pese a la insistencia de las hermanas había estado ayudando a ordenar, anunció que era hora de irse. Fue Miranda, para sorpresa de Flor, la que salvó la noche.
“No negra, vos no te podes ir todavía, falta lo mejor de las noche”, dijo, sentada sobre la falda de Fede.
“Apa, ¿qué se viene?”
“Para vos, Fede, lamentablemente”, comenzó a decir Miranda mientras se levantaba y lo levantaba a Federico con ella, “esto se termina acá. Solo chicas”.
“Dale”, le suplicó, pero Miranda no lo escuchaba.
“Ahora que no quedó nadie, voy a ir a la cocina y se viene la segunda ronda de torta. Quedó un montón y si mañana la agarra Carla no la vemos más. Vos,” dijo mirando a jazmín, “encima que nos ayudaste a ordenar, te mereces un pedacito de torta post fiesta. Dale, ¿te quedas un ratito más?”
Jazmín la miró a Flor, y ella supo que quería saber si le molestaba que se quedara. Era una locura que pensara que alguna vez ella no iba a querer que se quede, pero dado el historial que compartían, a Flor le pareció que lo mejor era dejarlo en claro. “Dale, quedate un ratito más”, le dijo, y, aunque trato de que no, se sintió sonrojar.
“Perfecto”, dijo Miranda antes de que Jazmín pudiera responder, “voy a buscar la torta.”
“¿Y yo?” preguntó Fede.
“A vos te envuelvo un pedacito y taza, taza”.
Si bien no era su intención inicial, a Fede pareció convencerlo esta respuesta y se dejó arrastrar de la mano por Miranda hacia la cocina. Y así, por primera vez esa noche, Flor tuvo a Jazmín solo para ella.
