Chapter Text
I)
Aurora está nerviosa, al fin y al cabo era el día de su boda con el hombre al que ama, pero está decidida. Les ha costado mucho llegar a este punto, básicamente porque el mundo parecía empeñado en recordarles no sólo la diferencia de edad existente entre ambos sino que él había estado casado con anterioridad con alguien más bella y más digna de ser llamada “señorita” que ella. Habían sido unos años duros de luchar contra un mundo que les señalaba condenando su relación, llamándole a él asaltacunas y a ella buscona aprovechada porque no habían estado casados.
Pero hoy todo aquello iba a cambiar.
Así que Aurora no podía sino esperar con ansias e ilusión aquel momento que sellaría para la posteridad una historia de amor tan intensa y verdadera como la de sus padres. Así que vestida con su vestido blanco de novia, la morena empujó la pesada puerta de la iglesia que le separaba del hombre de sus sueños. Al otro lado de la sala se hizo el silencio, y Antonio, con sus ojos negros brillando de la emoción le sonrió con aquella sonrisa que solo estaba destinada para ella.
Y entonces toda la escena pareció desdibujarse de repente para quebrarse como un cristal, solo la novia permaneció inafectada por aquella horrible escena que luego quedó finalmente fundida a negro. Aurora se encontró llamando a gritos a su amado, pero solo el silencio y la oscuridad le respondieron. Cuando ella alcanzó a poder abrir los ojos seguía con su vestido de novia, pero este estaba manchado de sangre y la morena no reconocía el entorno que la rodeaba.
Algo había cambiado la historia y había pasado inadvertido al Ministerio del Tiempo. Pero esta vez ninguna alarma sonó en el Ministerio. ¿Cómo iba hacerlo cuando ciertos individuos habían inhibido las señales que avisaban al Ministerio al desconfigurar dos puertas que ejercían como elemento distractor mientras se dedicaban a cambiar la historia?
Mientras tanto, ajena a la trama que poco iba tomando forma, Max Jiménez dio un suspiro frustrado al tiempo que se frotaba los ojos en una clara muestra de cansancio y se preguntaba por qué el café no le estaba haciendo el efecto que debería. Su gesto de debilidad fue aprovechado por su profesor quien le preguntó por cómo resolvería el teorema expuesto en la pizarra y Max, hastiada porque esto no era la primera vez que pasaba, respondió una vez más con la respuesta correcta al tiempo que mientras tomaba los apuntes comprobaba su bandeja de email y cómo le había llegado un correo diciendo que las puertas 87 y 197 habían vuelto a descalibrarse. Un par de asientos a la derecha y detrás suya Max podía ver por el rabillo del ojo como Newt lucía en su propio mundo mientras dibujaba sus típicas tiras de cómic.
-¿Señor Geiszler si tanto se aburre por qué sigue acudiendo a esta clase? Exclamó el profesor con aquella voz tan arrogante y prepotente. Newt se estiró en su asiento como un gato, un gato con el pelo desordenado al que se le van a caer las gafas pensó Max divertida, pero un gato que estaba dispuesto a arañar pues no tardó en contestarle al profesor:
-Porque no tengo otro remedio, pero ya que está podría currarse las clases un poco y hacerlas más estimulantes ¡se supone que esto es Matemáticas avanzadas y esto lo sabe a hacer un crío de 12 años!
Mientras la clase aprovechaba la pelea entre Newt y el profesor para cuchichear y despotricar acerca de aquellos raritos Max aprovechó para volver a beber por enésima vez en aquella mañana del termo de café que llevaba y fantaseaba con uno de los pastelitos de limón que hacía Pío, su cuñado, o ex cuñado o… no estaba segura pero el caso era que su hermano Joaquin y el escritor estaban atravesando una crisis bastante mala y Max ya se había cruzado con su hermano más de una vez durmiendo en el Ministerio. ¿que como había logrado Joaquin ocultarle ese pequeño detalle a sus padres? Eso era un misterio para la chica. Pero tal vez algo tenía que ver con el hecho de que Joaquin era más sutil que César, el mellizo de Max.
César era un terremoto andante y raro era el día en el que él y su padre no acababan discutiendo porque César hacía el kamikaze en las misiones. Aunque ella se había llevado sus buenas regañinas por no dormir tanto como debería, todo había que decirlo, pero nada más allá de eso. Max tenía cuidado para no ser pescada en otras situaciones más peligrosas… si, su mejor amigo era Andrés de Fonollosa, pero eso a sus padres se les tendía a olvidar porque nunca la habían pescado haciendo nada que no debería. Como su amigo solía decir: “La sutileza era una forma de arte”. Y sí, más veces de las que cualquiera pensaría, Maximiana Jiménez-Julia se había visto envuelta en el mundo ilegal. El peligro y los retos constantes de este le suponían un estímulo para su cerebro, demasiado cansado de problemas sencillos que no le suponían un reto. Como los de esa clase.
Cuando por fin la campana sonó indicando el fin de la ponencia, Max recogió sus cosas intentando ignorar las miraditas y los comentarios de sus compañeros de clase mientras esperaba a Newt para ir juntos al a buscar a Hermann, el tercer componente de su particular triunvirato.
-¿qué, que el café no ha hecho efecto?
-No se que me pasa, pero hoy está tardando más de lo normal. Por cierto, las dos puertas de siempre se han vuelto a descalibrar.
-¿Otra vez? Pues chica ya no sé qué más podemos hacer para que se queden en la zona en la que supuestamente se tienen que quedar. Pareciera que esas dos puertas tienen vida propia y les gusta fastidiarnos porque si.
-¿A quien le gusta fastidiaros? Para mandarle un ramo de flores en agradecimiento.
Max no pudo evitar poner los ojos en blanco, allí, con su tono mordaz y arrogante, apoyando en su bastón Hermann parecía tan cruel y tan bello como las estatuas de los dioses romanos a los que su madre adoraba.
-Pues que te vaya bien ligando con la calibración de las puertas, Hermann
-¿Pero que dices? Ni que las puertas te hubiesen hecho algo malo, Max.
Bromeó Newt ante el resoplido indignado de Hermann, que alzó su bastón con gesto amenazante hacia ambos. Newt hizo el amago de echarse a correr, pero Max se plantó desafiante, como retando al joven genio, quien acabó sonriendo de manera torcida a su novia. Y Max, le devolvió el gesto.
Newt se tomó un instante para admirar a sus parejas. Dos genios, sin lugar a dudas, dos genios que siempre parecían competir pues eso parecía motivarles. Pero teniendo en cuenta que en la sección de ingeniería del Ministerio del Tiempo tenían una tabla con las puntuaciones de hackeo y corrección de errores históricos y que esos dos siempre estaban en el ranking justo por detrás de Don Benito Pérez-Galdós… Newt por su parte disfrutaba más de causar el caos y de ir un poco a su bola. Pero le encantaba cuando veía a sus parejas retarse mutuamente.
-A ver si lo adivino, han sido las puertas 87 y 197.
-Sí, otra vez. Ni Benito ha logrado que se queden en su sitio sin que se descalibren.
-Ya lo arreglaremos, liebling. No hay nada que se nos escape ¿recuerdas? Dijo Hermann pasando una de sus manos demasiado huesudas por los hombros de la joven, quien sonrió al oír aquel apodo. Newt se apresuró a agarrar a su novia del otro lado al tiempo que pensaba en lo diferentes y similares que eran a la vez.
El trío abandonó el aula hablando animadamente de acerca de los planes que querían realizar de cara a las vacaciones, de la posibilidad de hacer un viaje los tres juntos y tomarse un tiempo para ellos sin que el móvil les sonase a cualquier hora para arreglar sabe dios qué.
-A cualquier sitio, pero no vayamos a Berlín por favor. No quiero volver a casa.
-Has vuelto a discutir con tu padre ¿verdad?
Hermann no dijo nada, pero su postura demasiado tensa al escuchar la mención a su padre le delataba. Newt eligió ese momento para romper el hielo proclamando que tenía hambre, y como la comida de la cafetería de su universidad distaba mucho de resultar apetecible les propuso a los otros dos coger comida para llevar y tirarse en el césped del parque de al lado del Ministerio, cosa que aceptaron.
Allí, tirados en el césped, el trío parecía querer absorber los rayos del sol mientras debatían de manera casi perezosa cuándo iban a escaparse para tener las susodichas vacaciones y qué sitios podían ir a visitar para avanzar su particular proyecto de investigación, ese que nadie en el Ministerio conocía.
-¿E irnos a Tokio a ver el monte Fuji?
-Primero, no te dejarían entrar en los spas por la cantidad de tatuajes que llevas encima. Y segundo, esa sería la forma más rápida de perderte porque te fugarías a buscar a Godzilla en cuanto estuviéramos dormidos. Así que ni hablar, Newton.
-Pero a Florencia tampoco podemos ir porque perdemos a Maxie, o se despista embobada por la arquitectura o se iría careta en ristre de aventura.
Max frunció el ceño ante aquella manera poco sutil (que no sabía de qué se sorprendía porque Newt era tan sutil como un elefante entrando en una cacharrería) de su npvio de recordarle que hacía dos años se había ido a una de esas “aventuras” junto a un grupo de personas a perpretar lo que aún se conocía como“El mayor robo del siglo” de la mano de su mejor amigo. Había sido una mala época en aquel entonces y Andrés le había prometido el mayor reto para su cerebro así como un campo de prácticas para sus investigaciones secretas. Y mucho le unía a aquel hombre como para rechazar una invitación semejante, ¡habría sido como rechazar viajar con el Doctor en la Tardis!
Hermann, que al fin al cabo podía leerla como si se tratase de un libro abierto, apretó su rodilla. Escaneándola con sus profundos ojos negros:
-¿Has sabido algo de ellos?
-No, lo que significa buenas noticias supongo… significa que no necesitan a una ingeniería de urgencia que les saque las castañas del fuego. Y después de cómo tuvimos que salir de ahí dentro, con Moscú casi desangrándose y con Andrés intentando hacerse el héroe… aunque me extraña por parte de Andrés, suele mandarme mensajes cifrados y lleva más tiempo del habitual callado.
-¿Sabes que lo que pasó ahí dentro no fue culpa tuya verdad?
Max intentó escudarse en acabarse la tarrina de helado, ignorando deliberadamente el intento de Hermann de hacerla hablar de lo acontecido en el interior de la Fábrica. Nadie en su familia sabía aquella experiencia, había sido muy cuidadosa en construir su coartada y la Policía no había tenido su cara. Pero pensar en Oslo, que no había salido… aún se sentía culpable por no haber podido hacer nada para evitarlo.
Sintiendo el mordisco amargo de la ansiedad creciendo en su interior, Max se levantó como un resorte para dirigirse al interior del Ministerio. Esperando que los cálculos de las puertas del tiempo la ayudaran a deshacerse de esos malos sentimientos. Sentía dos pares de ojos clavados, unos verdes y otros negros, en su espalda.
-Liebling…
-Estoy bien, Herm
Los tres sabían que aquello era una mentira, pues los tres padecían el mismo problema: síndróme del impostor. Pero lo solucionarían, no por nada eran el tercer Triunvirato. Agarrando su bastón para incorporarse, Hermann decidió cambiar de tema hacia uno más seguro, algo hacia lo que tanto su novia como él se giraban cuando se sentían desfallecer: los números.
-Tengo un tratado de matemáticas del siglo XVIII en la mesa de mi escritorio. Creo que te puede resultar interesante.
La sonrisa agradecida de su novia le indicó a Hermann que había elegido las palabras correctas. Así que el joven genio entrelazó su mano con la de la rubia, tirando atrayéndola hacia él, como si así pudiese disipar la amenaza de los recuerdos. Newt aprovechó entonces para sacarles una foto a traición.
