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Nuestro breve reflejo en las olas

Summary:

Inesperadamente, Abbacchio se ve arrastrado a pasar cinco días de vacaciones en el pueblo natal de Bucciarati. ¿Será esta su oportunidad de desentrañar los misterios de Bucciarati y de confesar sus sentimientos por él?

Chapter 1: Día 1

Notes:

Comencé a escribir este fanfiction BruAbba inspirada por un fanart, pero se terminó convirtiendo en algo muy personal. Al termino de este capítulo contaré más detalles al respecto, por ahora sólo espero que quien se anime a leer disfrute de esta historia, porque la estoy escribiendo con todo mi cariño.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

—Abbacchio, ¿me quieres acompañar de viaje?

La inesperada invitación fue aceptada con sorpresa y una cuota expectación. Abbacchio se había unido a la banda de Bucciarati hace tres meses, instado por la azul mirada que lo había capturado en medio de la lluvia y por el incierto rumbo de sus días. Desde que había sido despedido de su trabajo como policía sus horas eran desperdiciadas entre el alcohol, las peleas y el sexo con desconocidos, hasta que los ojos azules atraparon su alma y lo guiaron por una senda opuesta a los ingenuos ideales que lo habían llevado a la escuela de oficiales. Formar parte de una mafia nunca había estado en su lista vocacional, pero era mejor que dedicarse a beber y pelear sin razón; al menos ahora sus palizas eran dirigidas a tipejos que lo merecían y sus copas de vino tenían un sabor más placentero al lado de su líder.

—¿Dónde vamos, Bucciarati?

Cinco días. La duración del viaje era lo único que Abbacchio sabía sobre el mismo. Empacó lo necesario para cubrir ese tiempo, se subió al volante del auto arrendado para el viaje y fue en busca de Bucciarati. Lo ayudó a guardar sus pertenecías en el maletero, impresionado por la cantidad de bolsas que acompañaban a la amplia maleta de su líder, y sólo entonces, cuando ambos estuvieron en el interior del vehículo, se dignó a preguntar por la dirección que debería seguir. Tal vez, fue ese detalle el que desató una risa armoniosa de parte de Bucciarati. Al de largos cabellos le costaba pensar a causa de la facilidad con que la risa de su líder hacía vibrar a su pecho.

—A la costa. Vamos a un suburbio de Nápoles, un pueblo costero.

Abbacchio asintió al escuchar la dirección exacta y pisó el acelerador.

—¿No me vas a preguntar por qué vamos hacia la costa?

—Doy por sentado que me lo dirás durante el trayecto. Tardaremos unas dos horas en llegar.

—Creo que esta vez te contaré cuando lleguemos. Será una sorpresa.

Abbacchio miró de reojo a su jefe, con el ceño levemente fruncido. ¿De qué iba todo aquello? Además, ¿por qué Bucciarati parecía tan relajado? Algo en ese viaje no parecía del todo normal.

—Bucciarati, no me gustan las sorpresas.

—Te gusta Monteverdi, ¿verdad?

—No cambies de tema.

—Grabé un CD con temas de Monteverdi y Miles Davis. También de otros músicos clásicos y jazzistas. Espero que te guste tanto como a mí.

—¡Bucciarati!

Bucciarati ignoró su queja, tarareando al son de All Blues. Abbacchio suspiró largamente y decidió volver a enfocar toda su atención en el camino. Bucciarati nunca le ocultaba las misiones, al contrario, siempre daba las instrucciones de antemano y se mostraba dispuesto a escuchar opiniones, independiente de si al final las consideraba o no. Por eso, el ex oficial sentía la intriga crecer en su interior, pero también una calma que no condecía con sus dudas. Todo porque al lado de Bucciarati sentía una calma irrisoria y fuera de lógica.

—Abbacchio, ¿trajiste bañador?

—¿Ah?

—Te pregunté si trajiste bañador.

—¿Por qué necesitaría bañador para una misión?

—No importa, conozco una tienda donde los venden, te regalaré el que quieras.

Abbacchio se mostró desconcertado y lo único que obtuvo fue una nueva risa de parte de Bucciarati. Una de esas malditas risas melodiosas que hacían cosquillear su vientre como si fuera un adolescente. ¿Bucciarati se estaría burlando de él?

¿Se estaría burlando de sus sentimientos?

—Amo el mar, pero no tengo demasiado tiempo para disfrutarlo. Constantemente extraño el sonido de las gaviotas y el aroma de la brisa marina. Cuando era niño pensaba que dedicaría mi vida al mar… Creía que iría a la cuidad a estudiar, pero que eventualmente regresaría a trabajar en el mar. No sé si como pescador, pero con algo relacionado, que me permitiera navegar y observar la fauna marina.

Eso era extraño. Abbacchio nuevamente observó de reojo a quien rara vez se mostraba tan conversador, al menos sobre temas tan personales.

—¿Biólogo marino?

—Esa habría sido una gran opción.

La sonrisa de Bucciarati obligó a Abbacchio a regresar su mirada al frente, por temor a encandilarse. No, definitivamente no sabía lo que traía entre manos su jefe, pero desde hace mucho que le había dejado de preocupar la llamada “sorpresa”. Como pocas veces, Abbacchio sólo deseaba dejarse llevar y disfrutar de la compañía de quien tanto significaba para él.

—¿Te parece si comemos aquí, Abbacchio?

El viaje transcurrió entre charlas sobre música y temas irrelevantes, pero no por eso menos entretenidos. El de cabellos claros debía admitir que las dos horas de viaje parecieron sólo unos breves minutos y que al bajar del vehículo pudo entender la añoranza de su líder por la brisa marina. Sin embargo, el pequeño local frente al que estacionaron trazó un claro desconcierto en su semblante. ¿Aquel rústico restaurante era el destino final del viaje?

—¿No te gusta?

La pregunta de Bucciarati fue una respuesta al prolongado silencio de quien negó con la cabeza ante la errada idea que su jefe se debía estar formando.

—Sí me gusta. Vamos, tengo hambre.

—Yo invito.

Oh, Dios, esa sonrisa otra vez.

Abbacchio siguió a Bucciarati como si estuviera bajo los efectos de un hechizo, pero la magia se rompió cuando una exuberante mujer se abalanzó a los brazos del joven líder.

—¡Bruno! ¡Cuánto tiempo sin verte!

—¡Bianca! ¡Cada vez estás más guapa!

—¡Eso debería decir yo, Bruno!

Bruno y Bianca rieron, mientras Abbacchio se esforzaba por no fruncir más el ceño.

—¿Y? ¿Me vas a presentar al hombre tan guapo que te acompaña?

—Bianca Rizzo, él es Leone Abbacchio, trabaja conmigo —presentó Bruno, sonriendo a ambos—. Bianca es una amiga de la infancia.

—Una amiga…

La lengua de Abbacchio casi escupió la palabra. Había manejado por dos horas y la sorpresa al final del camino era conocer a la supuesta amiga de Bucciarati. El ex oficial quiso dar media vuelta y largarse por el mismo camino recorrido, pero optó por aceptar dignamente el asiento que le fue ofrecido, frente a su líder.

—Este es el mejor restaurante de la zona, Abbacchio. Puede que no tenga el renombre de otros, pero te aseguro que no te va a decepcionar.

—¿Vienes mucho a este sitio?

—No tanto como me gustaría.

—¿Lo dices por tu amiga?

—¿Por qué ese tono? ¿Insinúas que me gusta Bianca?

—Parecen cercanos.

—Ni me gusta ni me va a gustar. Sólo somos amigos.

Esa risa. Otra vez esa maldita risa que lo hacía perder la cabeza.

Abbacchio optó por frenar sus indagaciones, aceptando que la tal Bianca no era ni había sido un objetivo amoroso de su jefe. A medias, eso sí, porque molestas dudas continuaban rondando su mente, pero la risa de Bucciarati se escuchaba demasiado transparente como para dejar espacio a nuevas preguntas. El ex policía se consoló con nuevas pláticas tan alegres como irrelevantes. Aceptó probar el platillo favorito de su líder, pasta de calamares, y alzar su copa de vino blanco para brindar con quien había pedido una copa igual. A medida que la comida transcurrió, Abbacchio creyó cada vez más en las palabras de Bucciarati, porque Bianca sólo se dirigía a él de manera amistosa, sin dobles intenciones. Para sorpresa del propio Abbacchio fue él mismo quien debió rechazar los constantes coqueteos que la mujer le dirigió, aunque resultó ser Bucciarati el que puso punto final a los mismos.

—Bianca, si quieres conservar nuestra amistad te pediré que desvíes tu interés de Abbacchio.

Abbacchio no compartió las risitas de Bianca y Bucciarati, porque no las entendió y, para mayor sufrimiento, esas risitas ilusionaron en vano a su pobre corazón. Sí, pobre de su corazón, hechizado por un par de zafiros y una sonrisa de media luna.

Bucciarati cumplió con su promesa y se encargó de la cuenta cuando terminaron el suculento pie de limón, ignorando las propuestas de Abbacchio de, al menos, pagar a medias. El de largos cabellos claros se dispuso a continuar manejando y sólo entonces cayó en cuenta de continuar sin saber qué hacían en ese pueblo.

—Nuestro destino está un poco más allá. Yo te indicaré el camino, Abbacchio.

Abbacchio aceptó, como también aceptó que no tenía caso arruinar la “sorpresa” quedando tan poco para verla. Lo que nunca esperó fue que al final del camino su mirada topara con una casa común y corriente. Bonita, sí, pero también humilde, aunque con una evidente y privilegiada vista al mar.

—Esta es mi casa, Abbacchio —Bucciarati hizo una pausa antes de proseguir—. Mi casa de infancia. Viví aquí con mi padre.

—¿Tu casa? ¿Me trajiste hasta tu casa?

—Sí… Cometí un error, ¿verdad?

La perplejidad de Abbacchio fue tan evidente que Bucciarati acabó carraspeando con marcada vergüenza. “Adorable” pensó Abbacchio, pero lo dejó hablar sin interrupciones.

—Nos dieron cinco días libres, de vacaciones. Fugo y Mista tenían sus propios planes, y pensé que sería buena idea invitarte a mi pueblo natal, pero parece que cometí un error, lo siento mucho…

—No —lo interrumpió Abbacchio, con firmeza a pesar de las muchas incertidumbres que atravesaban su alma—. Es decir… No sabía que teníamos días de vacaciones, pero no me molesta que me invitaras a tu casa, sólo… Es inesperado.

Era una invitación inesperada. Un arrastre inesperado, más bien.

—Entonces… ¿Estás de acuerdo con quedarte a mi lado estos cinco días, Abbacchio?

—Estoy de acuerdo, Bucciarati.

—¿Incluso si eso significa que nos vamos a pasar la tarde ordenando? Llevo medio año sin venir a casa.

—Incluso si eso significa que me pasaré la tarde con una escoba en la mano.

La risa. Otra vez la risa. Esta vez, risa acompañada de un encantador rubor que encandiló a Abbacchio. Definitivamente, valía la pena pasar la tarde con una escoba en la mano.

Por dentro, la casa de Bucciarati era tan sencilla y acogedora como se especulaba por su fachada exterior. Poseía un living amplio, un comedor de porte medio, un baño, tres habitaciones, un pequeño sótano y una cocina más alargada que ancha. Abbacchio ayudó a su líder a abrir todas las ventanas y la brisa marina inundó cada rincón de la casa. Gran parte de los muebles habían sido precavidamente cubiertos para evitar su deterioro a manos del polvo, pero al retirar los plásticos fueron Abbacchio y Bucciarati quienes terminaron tosiendo a causa de los ácaros. Con escobas, plomeros y paños, ambos dedicaron la tarde a dejar la casa tan impecable como les fue posible. Abbacchio sentía que hurgaba en el pasado de Bucciarati con cada rincón que descubría de polvo y debía admitir que no era una sensación desagradable.

—Este era mi mejor amigo cuando era niño. Se llama Polpi.

Bucciarari acompañó a sus palabras enseñando un pulpo de peluche a Abbacchio y moviendo uno de sus tentáculos, en señal de saludo. La habitación de Bucciarati tenía un cubrecamas con estampados de peces de colores y si a eso sumaba los juguetes (no muchos, pero sí visibles) que decoraban el cuarto, era evidente que no había hecho cambios en su habitación desde la infancia.

—¿No pasaste aquí la adolescencia?

—Sí, estuve aquí hasta que falleció mi padre. Pero si lo preguntas por el infantilismo de la habitación, digamos que nunca estuvo entre mis prioridades realizar cambios. En el fondo, creo que deseaba que todo se mantuviera como en mi niñez.

—Ya veo.

Abbacchio deseó preguntar más, indagar más, remover el polvo de los recuerdos de Bucciarati, pero se mantuvo prudente, a la espera de recibir más fragmentos cuando fuera su líder quien se los deseara entregar. Abbacchio ayudó a Bucciarati en la limpieza de la infantil habitación, pero cuando quedaban unos pocos detalles su jefe frenó.

—Me encargaré solo del cuarto de invitados donde dormirás, es lo mínimo que puedo hacer luego de traerte hasta aquí sin avisar.

—No me importa ayudarte.

—Está bien, quiero prepararlo yo, iré a eso.

Cuando Bucciarati abandonó la habitación, Abbacchio se encargó de acabar con los detalles de la limpieza y luego tomó a Polpi entre sus brazos. Con la mirada y el oído, se aseguró de que Bucciarati no estuviera cerca y sólo entonces estrechó al peluche contra su pecho, con fuerza, aspirando su aroma con los ojos cerrados, como si esperara encontrar un nuevo fragmento de Bucciarati en ese ingenuo acto. Ingenuo, tanto como sus cada vez más pronunciados sentimientos.

Bucciarati, tan cercano y esquivo a la vez, tan sencillo y complejo. Abbacchio deseaba entenderlo. Deseaba desentrañar sus secretos. Deseaba desarticular toda la bondad y crueldad de la única persona capaz de aturdir sus sentidos con una simple mirada. Armar y desarmar el rompecabezas del misterio que era Bucciarati.

Abbacchio regresó a Polpi a la cama antes de ser descubierto y partió en busca de Bucciarati. Lo halló terminando de limpiar una habitación sencilla, que sólo poseía una cama, una mesa de noche y un armario. El de largos cabellos no supo si la habitación era amplia o si se notaba amplia por la mezquindad de los muebles, pero eso no le restaba calidez.

—¿Ya terminaste, Abbacchio? Porque yo acabo de terminar. ¿Te gusta?

—Es un lindo cuarto.

—Aquí dormirás. Si quieres, claro. De lo contrario, puedes dormir conmigo y Polpi.

Bucciarati tentaba a la suerte. Abbacchio suspiró pronunciadamente.

—Estoy bien aquí.

—Entonces ya sólo falta que bajemos las cosas del auto. De la habitación de mi padre me encargaré yo mañana o no tendremos energías para ir a caminar.

—¿A caminar?

—Sí, a la playa. Está anocheciendo y la playa es bellísima durante la noche.

Dicho y hecho. Entre los dos se encargaron de desempacar y, una vez listos, se premiaron con sándwiches y un par de cafés, provisiones de las que se había encargado Bucciarati. Luego de reponer fuerzas con la frugal comida decidieron darse un baño antes de salir. Primero Bucciarati y después Abbacchio, que se vio obligado a dejar que su jefe le secara el cabello.

—No voy a permitir que salgas con el cabello mojado a estas horas, te vas a enfermar.

Con esas palabras, Abbacchio no tuvo más remedio que aceptar sentir a Bucciarati acariciando sus hebras mientras los restregaba con la toalla y, posteriormente, sintió el aire del secador de pelo chocando contra su cuero cabelludo. Como si fuera una tortura. Una tortura dejarse hacer sin poder corresponder de manera alguna.

—Tienes un cabello precioso, Abbacchio. ¿Te lo había dicho?

—No, no me lo habías dicho.

El ex policía empleó toda su fuerza de voluntad en no voltear, en conformarse con esas palabras unilateralmente preciadas y esas caricias que ni siquiera eran caricias.

Ataviados con sendos abrigos largos, negro el de Abbacchio y blanco con lunares negros el de Bucciarati, salieron de casa camino hacia la playa. El ex oficial se sentía intrigado por la sonrisa que adornaba los labios de su jefe en medio de tan fresca noche costera.

—Cuando era niño, me encantaba caminar por esta zona.

—Por tu expresión, diría que todavía te encanta.

—Tienes razón, Abbacchio. Todavía me encanta.

Se detuvieron a observar el reflejo de la luna en el mar. Al menos, Bucciarati se detuvo por esa razón, porque Abbacchio no podía apartar su mirada de quien se había reclinado y apoyado en la baranda del mirador donde se hallaban.

—Eres el primero a quien invito a este lugar.

—¿A este mirador?

—Sí, pero no sólo al mirador. Eres el primero a quien invito a mi casa, a mi pueblo.

—Pudiste elegir una mejor compañía.

—¿Por qué dices eso?

—Tengo mal carácter, Bucciarati. No es precisamente un secreto.

—Para mí, eres perfecto así, tal cual eres, con mal carácter incluido.

Ahí estaba, esa sonrisa arrebatadora. Esa sonrisa, acompañada de un dulce rubor que ilusionó al corazón de Abbacchio.

Tal vez, sólo tal vez…

Notes:

Si llegaste hasta aquí, te contaré que este hermoso fanart fue mi inspiración. Ahora seguro te estarás preguntando “¿Qué relación tiene este fic con ese bello fanart?” y eso es lo que explicaré a continuación.

En un comienzo, mi idea era escribir un one shot donde Bucciarati y Abbacchio iban de vacaciones cinco días y tenían un picnic, enfocándome sólo en ese punto. Eso era todo, para basarme por completo en el fanart. Pero luego, ese one shot creció en mi mente y me dije “Oye, ¿no sería mejor narrar los cinco días en cinco capítulos?” y surgió este fanfic. Sí, como leen, será un fanfic de cinco capítulos y, en el tercero, estará ubicada la escena del picnic. Es el único spoiler que les voy a dar. Ahora me debo poner a escribir los demás capítulos, aunque como los tengo todos planificados en mi mente espero no tardar demasiado.

Quien haya leído mi fanfic BruAbba previo (Siete etapas en nuestra historia de amor) seguro estará pensando que amo la costa. Sí, efectivamente, amo la costa, el mar, la playa… Lo siento, no puedo evitar ambientar mis historias en la costa, jajaja.

Por supuesto, doy gracias desde ya a quienes gusten de suscribirse, dejar esta historia en sus bookmarks, dar kudos y/o dejar comentarios. Estos últimos me hacen especialmente feliz, por lo que, si eres de esas personas que dudan en dejar comentarios, te animo a hacerlo. En serio, responderé a lo que sea, incluso si son comentarios sencillos, me dan años de vida.

En mis redes sociales, Twitter e Instagram, informaré sobre actualizaciones de los siguientes capítulos. Obviamente, si quieres ayudar compartiendo este fanfic en tus redes sociales estaré más que agradecida, porque las mías tienen muy poco alcance.

Este fanfic también tiene una versión en inglés (Our brief reflection in the waves) por si desean apoyarla.

Creo que eso sería todo por ahora. ¿Logrará Abbacchio confesar sus sentimientos a Bucciarati? ¿Bucciarati corresponderá? ¿Cómo acabarán estos cinco días de vacaciones? Espero que te interese descubrirlo.