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Bucky despertó agitado y asustado, de nuevo.
Le tomó un momento identificar en dónde estaba, debido a que se sentía desorientado y su vista era borrosa. Pero estaba seguro, estaba en la casa de Sarah y Sam, en el sillón que siempre le había dado las mejores noches de sueño cada que iba a visitarlos. Sarah había insistido en que tal vez un colchón inflable sería más cómodo, pero Bucky le había dicho que aunque lo comprara, él y el sillón tenían una relación especial y no lo utilizaría.
O así había sido hasta esa última visita, en la que tenía dos noches teniendo el mismo sueño. El mismo recuerdo alterado de manera horrible, que lo hacía dudar de todo lo que le había pasado hasta ese momento.
En el sueño, volvía a estar en la celda de cristal en Alemania; Zemo le daba órdenes y él las seguía, aunque no era él, no era Bucky, era el Soldado. Se veía atacando a Steve; se veía atacando a Sam y todo iba bien hasta esa parte, pues sabía que no les había hecho un daño a ninguno de los dos; ambos habían salido casi ilesos. Pero algo cambiaba cuando agredía a Sam, ya que en lugar de solo lanzarlo para quitarlo de su camino, su mano bajaba más a su garganta y aunque era un sueño, Bucky podía sentir un recuerdo que no era real, podía sentir su mano cerrarse en la tráquea de Sam hasta destrozarla.
Y ahí era cuando despertaba, con el corazón latiéndole en los oídos y una que otra lágrima traicionera en sus mejillas.
Se sentó para poder respirar y tranquilizar su pulso, intentando evitar el ataque de pánico, pero Bucky sabía que sólo había una manera de lograrlo. Así que se puso de pie y haciendo eso de esas habilidades que en esos momentos odiaba, subió los escalones a la segunda planta de manera sigilosa. Se detuvo frente a la puerta de la habitación de Sam y con todo el cuidado del mundo, la abrió unos centímetros y se asomó. Soltó un suspiro largo y lento. Sam estaba ahí en su cama, roncando levemente mientras abrazaba una almohada.
Bucky odio esa estúpida almohada por un momento, pero luego centro su atención en ver el subir y bajar del cuerpo de Sam mientras intentaba seguir el compás de las respiraciones para tranquilizase y funcionó. Soltó otro pequeño suspiro y recargó la frente en el marco de la puerta y cerró los ojos un momento.
Se sentía patético y un acosador, pero más que nada patético, pues había llegado al punto de que su estabilidad emocional dependía del saber que Sam estaba bien. Aunque no era siempre, solo que en esos últimos tres días estaba más sensible de lo normal. Con un nuevo suspiro levantó la vista y cerró la puerta para regresar al sillón y tratar de dormir.
Y en cuanto la puerta se cerró, Sam abrió los ojos. Se había dado cuenta desde la primera noche que Bucky iba a su habitación, pero que solo abría la puerta, lo observaba un par de minutos, como para saber si esta a bien y se iba. Sam le había preguntado como pasaba las noches, cosa que siempre hacía y Bucky le respondía escuetamente que bien, aunque sin mirarlo a la cara. Sam sabía que Bucky seguía teniendo pesadillas, aunque nunca hablaran de eso; si Sam aún las tenía, era más que obvio Bucky también, pero no quería presionarlo a hablar. Bucky le diría algo cuando estuviera listo.
Como cada mañana, Sam bajó para ir a correr. Al hacerlo, encontró a Bucky aún durmiendo en el sillón, pero a diferencia de otras ocasiones, tenía el ceño levemente fruncido, lo que le decía que había tenido una mala noche. Con un pequeño suspiro para no despertarlo, salió de la casa para su rutina matutina, mientras pensaba en que hacer para que Bucky le dijera algo, que se abriera a él. Ya lo había hecho algunas veces, pero Bucky era como una cebolla; algunas veces le había llamado Shrek y luego de que no entendiera la referencia, lo había hecho ver las películas. Había sido un maratón que disfrutaron con Cass y AJ. Sarah no estuvo nada contenta cuando se enteró los chicos se durmieron luego de la hora establecida, pero eso le pasaba por creer que él y Bucky serían buenas niñeras.
Cuando regresó a la casa, empezó a escuchar los murmullos de siempre, Sarah apurando a los niños para que se fueran a la parada del autobús escolar, el radio encendido en alguna estación de música de los 80’s que le gustaba a Sarah, más el inconfundible aroma a café y tocino frito. A Sam le sonó el estómago con lo último. Abrió la puerta de la casa al mismo tiempo que Cass y AJ salían.
—¡Adiós, tío Sam! —gritaron los dos al unísono.
—¡Pórtense bien! ¡Y si hacen algún destrozo, culpen a alguien más!
—¡Sam!
Sam volteó y se encontró con la cara molesta de Sarah, detrás de ella notó a Bucky con una sonrisa que estaba intentando ocultar detrás de la taza de café.
—¿Qué clase de consejos son esos? —reprendió Sarah.
—Ajá, Sam, ¿qué clase de consejos son esos? El Capitán América debería decirles que si hacen algún destrozo, se hagan responsables de sus actos.
Sam le lanzó una mirada asesina a Bucky, la cuál fue respondida con una sonrisa.
—Exacto —apoyó Sarah—, gracias Bucky.
—De nada.
—Ok, para empezar, tú, el tarado del brazo de metal, no te metas y para terminar, es un muy buen consejo de vida, que hasta donde recuerdo, Sarah, tu siempre usaste cuando hacías algo malo y me culpabas a mí.
Sarah levantó una ceja y sonrió, probablemente recordando ese montón de veces que metió a Sam en problemas por su culpa.
—Si, bueno, es un consejo que no quiero que mis hijos obtengan. Ten tus propios hijos y edúcalos como quieras.
—Consígueme con quién tenerlos y con mucho gusto —respondió Sam, sin pensarlo.
Sarah levantó las cejas y regresó a la cocina, con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Ahora que lo mencionas… —empezó a decir Sarah—, si tengo a alguien en mente, ¿quieres saber quién es?
Sam tragó saliva y trato, con toda su fuerza de voluntad, el no voltear a ver a Bucky. Sarah sonrió en grande, pues ella ya sabía que Sam tenía un muy, muy pequeño enamoramiento con Bucky. Jamás debió decirle que lo encontraba atractivo.
—Anda, vete a bañar, que no pienso darte de desayunar si no lo haces.
Sabiendo que esa era su mejor ruta de salida a una conversación incómoda, no puso objeción a la instrucción de Sarah y se fue a bañar.
—¿Quieres decirme de nuevo para qué vamos a una tala de árboles?
Bucky aún no entendía por que Sam lo llevaba a un evento así, es decir, ellos no sabían como talar un árbol. Vaya, Bucky estaba seguro de no tener la experiencia como para simplemente podarlo.
—Porque son árboles grandes y pesados y se necesita fuerza bruta y tú tienes mucho de eso, en especial la parte bruta.
Bucky hizo una mueca y le lanzó una mirada molesta a Sam.
—¿Y tú a qué vas? ¿A darme ánimos? Digo, eres un anciano de cuarenta años, te vas a lastimar la cadera, ¿te trajiste tu bastón?
—Dijo el anciano de 107, ¿te trajiste tu andadera?
—Si, está al lado de tu bastón.
Sam soltó una carcajada escandalosa al escuchar eso, haciendo a Bucky sonreír. Le encantaba ver a Sam reír y lo adoraba más al saberse el responsable de ello. Se quedaron en silencio un momento, hasta que Sam habló de nuevo.
—Una vez Clint me contó que Steve partió un tronco en dos con las manos. Y de manera nada sutil soltó que eso habría sido más sexy si lo hubiera hecho sin camiseta, ¿crees que tú podrías hacerlo?
Bucky frunció el entrecejo y volteó a ver a Sam.
—¿Partir un tronco en dos con las manos?
—Mientras estas sin camiseta.
—¡¿Qué?! ¡No! —exclamó Bucky casi de inmediato, no iba a andar por ahí semidesnudo, menos frente a otras personas.
—Oh, vamos, Bucky, no te pongas así; deberías presumir esos abdominales que tienes.
Bucky volteó a ver a Sam con una ceja arriba.
—Dije que no y si quieres verme sin camiseta, solo pídelo —sonrió al notar a Sam removerse en su asiento y no apartar la vista de la carretera—. Es más, estoy dispuesto a darte un show privado.
Vio a Sam tragar saliva y por un pequeño segundo, Bucky se dejó llevar por la ilusión de que Sam podría llegar a quererlo como Bucky ya lo hacía. Aunque eso era pedir demasiado. Bucky sabía merecía ser feliz, que no tenía nada de malo el desear cosas, pero desafortunadamente, ese enorme fantasma que lo acosaba por la noches le decía que todo lo que merecía era estar solo.
Bucky realmente estaba odiando su suerte. Se pasó una mano por el rostro y volteó a ver a la almohada que estaba húmeda debido al sudor.
—Creí que teníamos algo especial aquí —susurró con reproche a la almohada y al sillón, como si lo hubieran traicionado.
No era justo que en la bella paz que Delacroix y la casa de los Wilson le brindaban se estuviera yendo al caño. Necesitaba esas noches de sueño sin pesadillas para poder soportar el regresar a Brooklyn. Sam y Sarah en más de una ocasión le habían mencionado el que se fuera vivir a Louisiana, pero él, testarudo como era, declinaba la oferta. No porque la idea de vivir ahí le molestara, lo que le molestaba era que el vivir ahí, cerca de Sam y saber que solo podían ser amigos lo destrozaba y prefería mantener una sana distancia de unos cuantos cientos de kilómetros.
Esa era su última noche ahí, así que sabía que si quería conciliar un poco el sueño, debía ir a espiar a Sam mientras dormía. Era de lo peor.
Subió las escaleras, fue cauteloso y cuando abrió la puerta de la habitación de Sam, la cama estaba vacía.
Bucky abrió los ojos y con contuvo la respiración. ¿Por qué Sam no estaba en su cama? ¿Sus sueños entonces no lo eran y después de todo si había matado a Sam? No, sus sueños eran eso, solo pesadillas horribles que su averiado cerebro decidía formar. Él no había lastimado a Sam. Nunca podría hacerlo.
El aire empezó a sentirse pesado y todo a su alrededor comenzó a girar. No podía enfocar la mirada y sentía que algo pesado le apretaba el pecho, sin dejarlo respirar. Su corazón latía con fuerza y podía escucharlo bombear en sus oídos. Intentó detenerse de la pared para estabilizarse, pero cayó al piso de rodillas, mientras que la falta de aire era aún más grande. Abrió la boca buscando oxígeno, pero su tráquea se había cerrado. Estaba sudando y temblando.
Lo mataste, lo mataste, lo mataste. Repetía una y otra vez una vocecita.
Se llevó las manos a la cabeza, en un intento por detener la voz, pero no podía. Se sentía morir.
El ataque de pánico llegó sin que pudiera detenerlo; estaba tan aturdido que no escucho la puerta abrirse, muchos menos que le hablaban. Fue hasta que sintió una mano en su hombro tocándolo con delicadeza, que levantó la vista y se encontró con la mirada preocupada de Sam.
Eso lo hizo centrarse solo un poco, pero cuando noto que Sam intentaba acercarse a él y tocar su brazo izquierdo, de manera involuntaria se hizo hacia atrás. Bucky no quería lastimar a Sam.
—Esta bien, todo esta bien —escuchó decir a Sam de manera lejana—. No vas a hacerme daño.
Eso era verdad, jamás se atrevería a hacerle daño a Sam, no cuando era la única persona importante en su vida.
Sintió los brazos de Sam envolverlo y se dejó llevar. Se dejó llevar por el gesto, la calidez, la seguridad que lo hacia sentir. La mano de Sam se empezó a deslizar por la espalda de Bucky, en un gesto reconfortante y cerró lo ojos, intentando seguir el ritmo de la respiración de Sam, de los latidos de su corazón que era capaz de percibir.
Conforme el zumbido en sus oídos fue disminuyendo, empezó a escuchar otro sonido: Sam estaba tarareando una canción. Parecía una canción de cuna, tranquila y relajante, o tal vez Bucky solo lo sentía así porque se encontraba en los brazos de Sam.
Poco a poco logró controlarse y con eso vino una nueva oleada de pánico, que no tenía nada que ver con la de hace unos momentos: Sam lo estaba abrazando y Bucky estaba empezando a ponerse nervioso, a sentir su corazón acelerado y la cara roja. Sam podría darse cuenta de eso, aunque la habitación estuviera en penumbra y lo último que necesitaba era que Sam supiera sus sentimientos.
De la manera más delicada que pudo, se empezó a alejar de Sam, haciendo que dejara de tararear y eso hizo que algo en el pecho de Bucky se oprimera. Quería seguir escuchándolo.
Se mordió el labio y levantó la vista para ver a Sam.
—¿Te sientes mejor? —fue lo primero que le preguntó y Bucky se sorprendió, pues había esperado que le preguntara qué demonios hacía en su habitación y no eso.
Bucky tragó saliva y solo asintió. Sam frunció los labios, poco convencido.
—¿Estas seguro? —su tono de voz le dijo a Bucky que Sam no le había creído.
—Estoy bien —respondió Bucky, apenas en un susurro, sin ver a Sam.
—Buck, no me mientas. Sé que no estás bien y también sé, que tienes toda la semana viniendo a mi habitación en medio de la madrugada.
Bucky levantó la vista y ahora sí iba a tener otro ataque de pánico y estaba seguro que no regresaría a Delacroix jamás. Sam lo iba a correr por ser un acosador.
—Sam, yo… —¿Qué se suponía que le dijera? La verdad era muy vergonzosa—. Yo… escuchaba ruidos aquí arriba y por eso…
—Bucky, si vas a mentirme, al menos hazlo creíble —lo interrumpió Sam—. ¿A caso no confías en mí, como para no decirme la verdad?
Bucky bajó la mirada de nuevo. Claro que le tenía confianza; a Sam le confiaría su vida entera.
—No es eso —respondió.
—¿Entonces?
Bucky se mordió el labio y cerró los ojos, lo que no fue una buena idea, pues aunque estaba con Sam y su presencia siempre lograba tranquilizarlo, su traicionera mente lo hizo imaginar eso que no lo dejaba dormir. Sintió una mano cálida en su rostro y un pulgar limpiarle las lágrimas que no se había dado cuenta habían escapado de sus ojos. Si antes se sentía patético, ahora se sentía tres veces más.
Sam lo volvió a abrazar y Bucky todo lo que pudo hacer fue esconder su rostros en el hueco del cuello de Sam, intentando, de nuevo, controlarse.
—Lo siento —susurró y trató en vano el alejarse, ya que Sam lo abrazó con más fuerza.
—No tienes que disculparte por nada, si no quieres hablar está bien, no voy a presionarte —le dijo Sam en voz baja—, pero quiero que sepas que estoy aquí para ti, para lo que necesites; ya sea hablar, llorar o simplemente ser un ancianito amargado que se queja por todo.
El último comentario hizo que Bucky soltara una risita y aunque no lo estaba viendo, sabía Sam estaba sonriendo. Y como ya había logrado el estar más tranquilo, debía de alejarse de Sam, aunque no quisiera hacerlo.
—Me iré para que descanses —dijo Bucky, mientras se ponía de pie, Sam imitando su acción.
—No tienes que hacerlo.
Bucky frunció el ceño.
—Por mucho que me guste dormir en el piso, prefiero el sillón.
—Había pensando más en que durmieras en la cama conmigo —Bucky abrió los ojos al escuchar eso y Sam levantó una ceja—. No sería la primera vez compartimos cama.
Y eso era muy cierto. En algunas misiones habían tenido juntos, terminaban en hoteles con una sola cama y nunca se habían quejado de ello. Bueno, tal vez si, pero del tipo de quejas siempre había entre ellos, para al final terminar exhaustos y roncando cada uno en su respectivo lado del colchón. Pero, y había un pero muy grande, la cama de Sam era para una persona, no iban a caber los dos.
—Tu cama es muy pequeña —apunto Bucky. Sam se encogió de hombros.
—Nos acomodaremos de cucharita. —Escuchar eso hizo que el corazón de Bucky empezara a latir con fuerza—. Anda, quiero que duermas conmigo.
El tono de voz de Sam fue bajo al decirle eso y Bucky se puso rojo como un tomate, agradeciendo la oscuridad, ya que así, Sam no sería capaz de notarlo.
Bucky tenía dos opciones: aceptar o negarse. Si se negaba y decía de nuevo que prefería el sillón, tenía el presentimiento de que Sam no iba a insistir en que se quedara con él y Bucky tendría que intentar tener unas cuantas horas de mal sueño. Si se quedaba, estaba seguro dormiría como un bebé y además de eso, muy probablemente lo haría abrazado de Sam. Y si Bucky era honesto consigo mismo, quería la segunda opción. Cerró los ojos y suspiró.
—De acuerdo, me quedaré contigo —acepto—. Pero no me hago responsable si te pateo fuera de la cama.
Sam resopló y dio media vuelta, en dirección a la cama.
—Tal vez seré yo el que te patee fuera; si roncas, definitivamente lo haré.
Bucky rodó los ojos, en un gesto divertido. Observó a Sam acomodar un poco la sábana, luego se quedó quieto un momento y levantó la vista hacia Bucky.
—Bien, entonces… ¿Cuchara grande o cuchara pequeña? —preguntó Sam y Bucky tal vez respondió demasiado rápido.
—Pequeña.
Sam asintió con la cabeza, pero no le dijo nada.
Bucky se acercó a la cama, como si de una bomba se tratara y se sentó en la orilla. Aún podía huir, tal vez debería hacerlo. Sintió como se hundió el colchón con el peso se Sam y después una mano le dio un pequeño golpe en el brazo. Volteó, encontrándose con la mirada tranquila de Sam y sus brazos abiertos, esperándolo. Bucky debió huir antes de voltear, pues ahora no tenía la fuerza de voluntad para hacerlo. Se terminó de subir a la cama, acomodándose e intentado no temblar de los nervios que tenía. Sintió el brazo de Sam enredarse en su torso y soltó un suspiro. Se quedaron un momento en silencio, pero Bucky sabía Sam aún no estaba dormido.
—¿Sam?
—¿Mmm?
—¿Te puedo pedir algo?
—¿Qué no le diga a nadie que dormimos abrazados de cucharita?
Bucky sonrió.
—Aparte de eso.
—Dime.
—Podrías… ¿tararear de nuevo?
No obtuvo una respuesta verbal, pero Sam se acurrucó un poco más cerca de Bucky y sintió las vibraciones del pecho de Sam en su espalda cuando empezó a tararear. Bucky cerró los ojos y a los pocos minutos, ya estaba dormido.
A la mañana siguiente, si Sarah notó que Bucky no estaba dormido en el sillón; o que Sam no regresó de su usual salida a correr cuando los chicos se iban a la escuela o que cerca de las diez de la mañana, tanto Sam, como Bucky bajaron juntos con cara de apenas despertar, ella no comentó nada.
Algún día ellos solitos se darían cuenta.
