Work Text:
Ha empezado con un cosquilleo.
De los que apenas pesan en la piel, ni pican, ni arañan. Sólo alas y nada de garras.
Ha empezado por un cosquilleo, tan discreto que podría haber sido el amanecer colándose por la ventana. Anoche, también, se quedaron dormidos en su nuevo taller, rodeados de suelo todavía por barrer y de máquinas de coser en cajas. Ahora el polvo motea el haz de sol y con cada una de sus respiraciones se aleja en partículas desordenadas.
Cuando empezó a coser peluches, era este mismo hormigueo contra el que luchaba. La tensión de estar inmóvil en la cama y sentir, por el bombeo de la sangre en la oreja, que hay un animal inquieto en la almohada.
Al cabo de unos segundos, para.
Vuelve en forma de serpenteo, ya no un soplo de aire sino un lento reptar bajo su pelo. Del lado derecho de su cabeza, hay algo que avanza, se enrosca, se despereza. Que se estremece y despierta.
Reconoce esto. Es el mismo ondular que el de la aguja en la piel y el hilo sobre el uniforme, tatuando curvas y bordando letras. Una puntada en zigzag, de esas que rematan bajos, cuidan del dobladillo y evitan que el tiempo deshilache las prendas. Como un vicepresidente confiable, pero para la tela.
…
Se ha convertido en un culebreo disperso. Cuando el roce de unas patas le baja por la nuca, Mitsuya palidece en su futón y se incorpora a medias.
Tarda en comprender que es una cola y no un escalofrío lo que se ha envuelto en su hombro y deslizado por su espalda. Y entonces traga en seco y tantea bajo el cuello de su pijama, pero ya no encuentra nada. El correteo se ha desplazado a sus costillas, le rodea el torso como un nudo helado. Se le concentra en el estómago como un grito ahogado.
Su sobresalto despierta a Hakkai, trayéndolo del otro lado del suelo con un revuelo de polvo frente a la ventana. Lo que le trepa por dentro no son mariposas sino un aleteo en la tráquea.
Hakkai lo observa, en sus ojos una inquietud muda y en sus labios una pregunta. Se acerca tentativamente, se sienta a su lado en las sábanas. Mitsuya no logra decir nada.
Al menos hasta que la opresión en su pecho se afloja y da paso a un tremor en su costado. Poco después se intuye una sombra asomando bajo el borde de su manga.
Es tarde. Es tarde y Mitsuya, que un segundo antes no hablaba, musita ahora un “no” apresurado, mientras trata de contener con la otra mano la silueta negra que de pronto se escurre por su brazo. La tinta tiembla en respuesta pero sigue su curso cuesta abajo: ahí donde intenta aferrarlo, el dragón sortea los obstáculos. Escala sus dedos, sus nudillos, sus callos. Se recrea en un “te apoyaré siempre” y en un eco de pintura negra. Se enrolla en su muñeca.
La luz del sol se pierde en el contorno oscuro de sus alas cuando las despliega. Tiñe de oro el fuego cuando se despide con un bostezo calmado.
Mitsuya aprieta los dedos en vano. El tatuaje describe un último círculo en su puño cerrado, deja un cosquilleo olvidado.
Y, tras una pausa imperceptible, se le resbala de la piel como seda entre las manos.
…
Hakkai no ha entendido lo que pasa. O quizás sí, porque guarda silencio pero se inclina y lo abraza.
Cuando poco después reciben la llamada de Chifuyu, no necesita descolgar para saber de qué se trata.
