Work Text:
Ordinary World
Samantha Jennings y Daniel Harmon
De esas tardes tan bellas que pasaba junto a su padre, Josh, a la orilla de la playa los últimos días del verano, hay sólo una que consolida el recuerdo favorito de Danny. El día en que conoció a Sam, cuando los dos tenían apenas siete años, y a su madre, Emma. Recordaba que la rubia se escondía entre las piernas de su madre, mirándolo con curiosidad, y ambos padres reían al ver con ternura el primer encuentro entre sus hijos. Al ver los juguetes de plástico que simulaban ser herramientas, se emocionó al pensar que ahora podrían hacer castillos de arena todos juntos, y trajo ese mismo tema a conversación para romper el silencio. De inmediato, causó que su contraparte saliera de su escondite para ofrecerle jugar juntos. Esa tarde jugaron y corrieron entre el mar y la arena, ante los ojos de sus enamorados padres, sin saber que sus vidas se entrelazarían desde ahí en adelante.
Los años pasaron y ambos tenían diez años; vivían en la casa trasera del terreno de los abuelos de Danny, junto a sus padres y la hermana mayor de Sam, Meg. Pronto a sus vidas se les uniría una más, su hermanita pequeña, y se notaba que los dos estaban emocionados por la llegada del nuevo bebé. Al poco tiempo, Kaitlyn nació, vivita y coleando. De dos familias rotas, ahora podían hacer una sola grande y bonita. Ambos se sentían a gusto con sus nuevos hermanos, en su casa pequeña cerca de la costa de California.
Cuando tenían trece años, se mudaron a una casa más grande en los suburbios de Los Ángeles. Meg ya había emprendido vuelo a Nueva York para estudiar en la universidad, así que sólo eran los dos “mellizos” como les llamaban en la escuela, y su hermana menor. Aun siendo tan diferentes, habían aprendido a quererse y respetarse como hermanos. No era casualidad que, ante problemas grandes, necesitaban de otro punto de vista también para resolverlos.
Sin embargo, su problema más grande para ambos requirió de medidas desesperadas. A los diecisiete años, el auto de sus padres volcó a la salida de su pueblo costero querido. Por segunda vez, estaban destrozados. Tras el abandono del padre biológico de Sam y la madre biológica de Danny, habían encontrado en el nuevo matrimonio de sus padres las figuras que tanto anhelaron. Y nuevamente, se las habían arrebatado. El dolor inmenso que sintieron en esa sala de espera del hospital al darse cuenta de que estaban solos y con una niña pequeña, fue inmediatamente reemplazado por una máscara de indiferencia. En menos de seis meses, durante el verano después de su graduación, contrajeron nupcias y adoptaron legalmente a Kaitlyn como su hija, con Meg ayudándoles de por medio para evitar que toda su herencia cayera en manos indeseadas.
Ambos se lanzaron al futuro laboral para mantener ese hogar que pendía de un hilo; cualquier error y ahora les arrebatarían a lo único que les quedaba de sus padres. Por eso, él entró al ejército y ella a la escuela de Enfermería a la vez que trabajaba. Y ambos lograron sacar adelante esa familia rota, con dificultades y problemas más allá de lo que podían reparar ellos mismos, pero lo lograron. Sam se graduó de la universidad y Danny consiguió el mismo puesto que ocupaba su padre años antes.
Durante esos años que se ocuparon de la crianza de Kaitlyn, Daniel y Samantha fueron felices. Aún pueden recordar el olor a automóvil nuevo que inundaba las narices de los tres, al ritmo de la música en las calles de Los Ángeles, cantando a viva voz disfrutando de la vida.
¿Qué pasó, que las cosas se volvieron tan tristes?
Cuando tenían veintiocho años, ninguno de los dos estaba listo al ver a su niña pequeña parada en el escenario recibiendo el diploma de graduación de la preparatoria. Tenía un poquito más de edad que ellos cuando tuvieron que asumir ese rol de padres para ella. Y ahora estaba allí, recibiéndolos con alegría porque finalmente lo habían logrado.
Y esa mañana cuando sus hermanos, o padres adoptivos, llegaron con banderines de Berkeley señalando que había sido aceptada en la escuela de Psicología de esa universidad, Kaitlyn no podía creerlo. Se iría a estudiar a San Francisco junto a su novio y por fin los dejaría tranquilos a ese par a que pudieran vivir su matrimonio.
No obstante, las cosas ya no eran iguales. Desde que Kaitlyn se había marchado, no paraban de discutir por cualquier estupidez. Ambos tenían intereses distintos a estas alturas, pero no habían querido darse cuenta sólo por el hecho de que debían criar a su hermanita.
Samantha y Daniel querían llegar a ser el matrimonio perfecto como el de Emma y Joshua, pero no podían. No podían imitar lo que ellos habían construido a pesar de lo mucho que intentaran, y se frustraban cada vez más por eso.
Cuando Kaitlyn regresó de improvisto y descubrió el desastre en su familia, escapó donde pudo llegar. Pero fue la primera en creer que las cosas ya no volverían a funcionar como antes, que todo eso se había ido junto con ella, y después de tanto tiempo, Danny se fue. Lleno de miedos, porque odiaba que Sam lo echara así, cuando habían sido un matrimonio tan feliz antaño, y que no sabía a dónde iría a parar.
Ahora eran nuevamente, dos familias rotas.
Muchos años después, tuvieron que volverse a ver en la boda de Kaitlyn. Tenían que hacerlo; después de todo seguían siendo los padres legales de Kait, aunque ya no estuvieran casados. Ambos estaban más mayores, con sus vidas ya rehechas, y con más experiencia, aunque tenían menos de cuarenta años, la edad ya se les notaba. Conversaron un largo rato durante la noche. Cuando la canción de sus vidas sonó, no pudieron evitar recordar los hermosos momentos juntos. Pero ya era tarde, y ninguno de los dos se arrepintió. En todo ese tiempo que pasaron separados, entendieron que no eran ni Josh ni Emma, quienes estaban destinados a estar juntos en vida y en muerte.
La vida los puso a ambos en sus respectivos caminos no para amarse eternamente, si no para entregar todo su amor a quien lo necesitaba. Por fin, Sam por su lado y Danny por el otro, habían sido capaces de escoger sus propios caminos.
Fueron dos almas que se amaron, pero que no estaban destinadas a estar juntas.
