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Contigo hasta el final

Summary:

La noche del robo a la tienda de motocicletas, Baji se sube a la CB205T, con Kazutora en la espalda y la nada delante, y huye.

Notes:

Llevo algunos meses medio oxidada y tratando de aceitar los engranajes, cuando vi que existiría una bajitoraweek quise inmediatamente participar, así que me sacudí los peros y aquí estamos, con algo de angst y mucho mucho feel. Algún día escribiré algo que sea sólo fluff de estos dos, pero de momento, aún tengo muchos sentimientos relacionados al canon (?) Espero les guste ;;

Escrito para la prompt what if.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Baji no es de los que huyen. Nunca abandonó una pelea ni se escondió frente al peligro. Baji es de los que se quedan hasta el final, hasta que el cuerpo no responde y en la sangre se desata el infierno. Baji va de frente. Baji es de los valientes. Pero lo que Baji aprende esa noche de verano, con el palpitar del corazón en la garganta y el peso del cuerpo de Kazutora recostado sobre el suyo, es que hasta entonces nunca conoció realmente el miedo.

Baji tiene miedo. Es el único pensamiento consciente que atraviesa su mente desde que abandonaron la tienda de motocicletas. La tienda de Shinichiro. Baji huyó de Tokio con una motocicleta que no es suya bajo las piernas, el murmullo febril de Kazutora contra la nuca y el color de la sangre de Shinichiro atrapado detrás de los párpados. Es difícil pensar cuando sólo puede mirar hacia adelante, hacia la carretera vacía e inhóspita, cada vez más lejos de la ciudad, donde sólo el canto de los grillos parece competir con el rugir del motor—ese que se expande como el gruñido de un animal herido—ese que se parece a Kazutora, con la frente contra la espalda de Baji y un murmullo incomprensible entre los labios.

Baji lo sostiene con una mano firme sobre el abdomen. Teme, como teme al ruido de las sirenas, que Kazutora no esté lo suficiente presente para mantener el equilibrio por sí mismo. Baji ha intentado hablarle un par de veces desde que traspasaron el límite de Tokio y se internaron entre las calles de Saitama, pero no ha obtenido más respuesta que la presión de la frente de Kazutora en la espalda.

En la noche, el silencio es frío y poco compañero. Baji acelera hasta que la nada vuelve a convertirse en ciudad y viceversa. Con cada pestañeo, repasa los sucesos en la tienda de motocicletas. La emoción de Kazutora, la CB205T allí, esperando por ellos, Shinichiro, el ruido de la llave al golpearlo; Baji aprieta los ojos, acelera sin más destino que alejarse todo lo posible de Tokio, de Shinichiro, de Mikey. No sabe qué hará cuando el sol despunte en el horizonte, pero sabe que no pueden detenerse, no si quiere proteger a Kazutora. Ya habrá tiempo para el después. Para pensar en Mikey.

Están bordeando el río Yu, fuera de las rutas principales de Saku en la prefectura de Nagano, cuando Baji nota la advertencia en el medidor de combustible. Maldice y vuelve a maldecir un par de veces más, hasta descargar la frustración y el enfado que lleva dentro. Luego, presa de un pragmatismo que dejaría maravillada a su madre, lo invade la calma de la tarea por delante, y su mirada, perdida y sin rumbo, gana un nuevo objetivo. La motocicleta deja de responderle cuando ya están en el interior pleno de la ciudad y Baji se detiene con la mente clara y vacía.

—Tenemos que conseguir combustible, Kazutora —dice, apoyando los pies en el suelo por primera vez desde que dejaron Tokio. Suena más firme de lo que se siente sin la motocicleta bajo el cuerpo. Kazutora tarda en seguirlo. Tiene los ojos abiertos pero no lo está mirando y Baji contiene un escalofrío, buscando con la mirada el camino hacia una de las calles principales con una pizca de desesperación burbujeando bajo la piel—. Tiene que haber una estación cercana. Tenemos que seguir avanzando.

La CB205T se siente pesada cuando arrastra de ella por la calle. Ahora que está a su lado, la siente casi tan grande como él y Baji se siente pequeño e infantil. Kazutora no se mueve. A Baji le toma cinco metros notar que sigue de pie en el mismo sitio donde bajó de la motocicleta, mirándose las manos y moviendo los labios con un tic frenético que asusta a Baji más que todo lo que ha pasado esta noche.

Baji siempre se ha considerado en control. Su madre le enseñó a ser una persona de ideales, directo, que actúa ante las injusticias; aunque rezongue cada vez que escucha el maullido de un gato en la casa. Baji creyó que podía comerse el mundo. Él y sus amigos. Sin importar las circunstancias. Mientras observa a Kazutora, iluminado por las luces de la calle, con la piel pálida y la mirada perdida, Baji sabe que no tiene el control.

Baji tiene doce años. Está lejos de casa. Le tiemblan las piernas y siente el cansancio en el cuerpo como si hubiera peleado toda la noche contra una pandilla rival. De las buenas. De las que hacen que valga la pena regresar a casa con los músculos adoloridos y la expectativa del consecuente regaño. No hay nada satisfactorio cuando obliga a sus piernas a moverse hacia Kazutora. No hay nada bueno cuando busca sus manos y las cubre con las suyas.

 —Kazutora, mírame Kazutora. —La voz de Baji suena a plegaria. De esas que dejan todos a pie de los Santuarios para que respondan los dioses. Pero Kazutora no es ningún dios ni oye sus rezos, pues sacude la cabeza y vuelve a repetir aquel mantra electrizante que hizo hogar en sus labios en la tienda de Shinichiro—. Mírame, por favor.

—Baji.

Es casi un suspiro pero Baji sonríe, encontrando su reflejo en la mirada de Kazutora. Por un momento sabe que están aquí, los dos, que Kazutora no ha quedado en la tienda de motocicletas, que sus manos son cálidas y su voz sigue existiendo.

Baji pega las frentes de ambos y cierra los ojos.

—Escúchame, Kazutora. Tenemos que conseguir combustible, no podemos… no podemos quedarnos aquí. No te dejaré solo, ¿recuerdas? Estamos juntos. Eso es lo que importa, Kazutora. Estoy contigo.

Por un momento lo único que se escucha en aquella calle es el burbujeo de la electricidad de las lámparas en la acera y las respiraciones de ambos, pausadas, atentas a todo. No hay sirenas y es el único alivio que siente Baji. No se atreve a mirar a Kazutora cuando se separa. No se atreve a buscar respuesta en sus ojos vahídos. No se atreve a descubrir que es él quien está solo. Presiona las manos de Kazutora entre los dedos y tira de él hacia adelante, hacia la motocicleta, y regresa a su ávida búsqueda de una gasolinera.

 

+

 

Para su suerte, en la gasolinera no hay más que un borracho durmiendo contra una esquina y Baji llena el tanque de la motocicleta contando moneda a moneda. Compra también un par de bebidas y unos bocadillos de unas máquinas expendedoras y cuando pasa junto al hombre, y éste le pide “una monedita”, Baji se deshace del último dinero que conserva.

El peso de las botellas colgándole del brazo es un ancla a la realidad cuando vuelven a subir a la motocicleta y se alejan la ciudad y todo lo que arrastran con ellos. Hacia adelante los espera la nada, pero Baji no tiene el lujo de poder regresar.

Aprieta la mano contra el acelerador un par de veces antes de soltar el freno. Es un momento de rebeldía. Un insulto a esta ciudad que dejarán atrás y que de todas maneras no podría ayudarlos. Baji quiere pegarle a alguien, pero la única persona junto a él es Kazutora y el borracho que les saluda cuando la motocicleta se desliza a velocidad peligrosa junto a él. La gasolinera queda atrás y con ésta, los últimos vestigios del enfado de Baji.

Los siguientes cuarenta kilómetros los hacen en absoluto silencio. Kazutora ya no murmura contra la espalda de Baji y él no encuentra fuerzas para reconfortarlo. Son las tres de la mañana, la adrenalina comienza a abandonarlo y el sueño se arrastra junto a ellos como la sombra de la motocicleta. Aun así, Baji mantiene la mirada enfrente, con un destino en mente, y no vuelve a detenerse hasta que la ruta da paso a una calle pequeña que sube por la montaña que Baji lleva divisando a lo lejos desde que se detuvieron en Saku. Los carteles en la carretera le informan que es la montaña Azumaya y luego de varios minutos de dar vuelta por su base, una de las calles da lugar a un camino de tierra, lo suficientemente limpio para que puedan pasar andando y la moto con ellos.

—Deberíamos dormir. —Baji se detiene frente aquel camino con las luces apuntando las penumbras y, por primera vez desde que huyeron de Tokio, se pregunta qué está haciendo. Hasta ahora sólo ha pensado en estar solos, donde nadie, especialmente la policía, pueda alcanzarlos. Encontrar un sitio donde puedan estar seguros. Pero cuando mira el camino adelante siente todo menos seguridad.

Baji traga en seco y busca la mirada de Kazutora. Quiere encontrar esa sonrisa febril que siempre los ha metido en problemas. Ese brillo cómplice que, desde que se conocieron, se ha hecho lugar entre ellos hasta ocuparlo absolutamente todo. Ese Kazutora que le hace creer que nada es imposible, que Baji tiene razón, que ellos son invencibles. Pero Kazutora aprieta los labios y asiente, como un niño que no se atreve a contradecir a sus padres. Se parece más al niño patético que dejaba que se aprovecharan de él que al mejor amigo de Baji; el que está con él en todo, el que propuso robar una motocicleta para hacer feliz a Mikey, el que ríe de emoción cuando Baji le pasa un brazo por los hombros, roza su mano, le dedica una sonrisa.

—Aquí… aquí estaremos a salvo… nadie podrá encontrarnos.

En otras circunstancias Baji se reiría de sí mismo; del temblor que se adueña de su voz y lo paraliza por unos momentos. Hacia adelante la nada. Hacia atrás la peor noche de su vida.

—¿Mikey no va a encontrarnos?

La pregunta de Kazutora resuena en la noche, demasiado alta, demasiado fuera de lugar. Tiene ese tono lleno de curiosidad inocente que Baji reconoce del hijo de cinco años de su vecina. Ese tono inquisitivo que siempre hace pensar a Baji que el niño está planeando una travesura. En la sonrisa de Kazutora, aquel tono suena perverso y Baji se descubre pensando que hay nuevos niveles de miedo que conocer.

Baji aprieta los ojos y contiene las lágrimas, antes de apoyar la mano sobre la de Kazutora, donde ésta descansa en el asiento de la motocicleta.

—No, Mikey no va a encontrarnos. —Baji no está preparado para pensar en Mikey, en el momento que éste se entere de la muerte de su hermano, en el momento que sepa que él y Kazutora fueron quienes lo traicionaron. Aprieta la mano de Kazutora y le dedica una sonrisa temblorosa—. Vamos, siempre quise acampar en la montaña.

Esta vez, Baji no titubea. Hincha el pecho y empuja la motocicleta por el camino de tierra, luchando con las raíces de los árboles y cuidando de no tropezarse con sus propios pies. Kazutora, pese a todo pronóstico, hace más que moverse como un zombi siguiendo los pasos de Baji, y ayuda a empujar la motocicleta camino arriba, hasta que están lo suficientemente lejos de la carretera para pasar desapercibidos pero desde donde Baji aún puede verla, demasiado consciente de que podrían perderse entre la maleza y no saber cómo volver a salir.

Baji deja la motocicleta apoyada contra el tronco de un árbol y apaga las luces. Por unos momentos la oscuridad es tan grande que, si no fuera porque sigue sosteniendo a Kazutora de la mano, temería éste desaparezca de su lado como una pesadilla. Como si la realidad ya no fuera suficiente. Luego la luna se hace espacio entre las copas de los árboles y los ojos de Baji se acostumbran a la penumbra.

Tira de la mano de Kazutora hasta las raíces de un árbol. No tienen nada más que la ropa que llevan consigo y Baji se deshace de su chaqueta para tirarla en el suelo, en aquel pequeño recoveco entre las penumbras.

—Tenemos… tendremos que conseguir… que robar ropa mañana —dice, mientras siente la mirada cristalina de Kazutora en él, siguiendo cada uno de sus movimientos, pero sin moverse incluso cuando Baji toma finalmente asiento en el suelo. Baji le dedica una sonrisa forzada, una de esas que en otra ocasión saldrían con naturalidad de su rostro, llena de picardía—. Puedes venir, no muerdo.

Kazutora no ríe. No se mete con él. Simplemente obedece. Se recuesta al lado de Baji y él se deja inclinar contra la chaqueta hasta estar frente a frente con Kazutora. Aunque no hace frío pues el verano insiste con quemar la tierra incluso en la noche, Baji se estremece y se acerca a él, envolviéndolo con los brazos.

—Mientras estemos juntos todo estará bien, Kazutora —murmura en medio del abrazo, y luego busca a tientas la bolsa con los bocadillos y las bebidas para poder ofrecerle a Kazutora. Pero cuando vuelve a girarse hacia él, el brillo intenso de los ojos de Kazutora lo detiene.

Kazutora lo mira como si estuviera más presente que nunca y al mismo tiempo como si no lo estuviera viendo. Baji toca su frente pues empieza a creer que luce enfermo, pero su temperatura parece normal, y aun así, algo parece exudar de él con una fuerza sobrehumana. Cuando habla, su voz retumba entre los árboles, opacando el ruido de animales y fantasmas.

—Tienes razón, Baji —dice, empuñando una sonrisa que Baji no reconoce y que acaba con todas sus esperanzas de golpe—. Todo estará bien cuando mate a Mikey. 

 

+

 

Baji no es de los que huyen. No es de los que se acobardan ante el primer inconveniente. De los que buscan refugiarse en la seguridad del regazo de su madre o teme el resultado de una pelea. Baji tiene puños duros y pies firmes y durante doce años creyó que eso era suficiente. Eso y sus amigos. Eso y Kazutora. Pero cuando las primeras luces del alba lo despiertan y Baji puede observar a Kazutora aun recostado a su lado, Baji sabe que el cosquilleo incomodo que le recorre el cuerpo no es otra cosa que cobardía. Baji no quiere huir, pero debe hacerlo.

Kazutora luce plácidamente dormido y sólo traiciona el contenido de sus sueños el moviendo de su ceño y el ligero sudor que le corre por la frente. Baji aprieta los labios y considera despertarlo, pero no se atreve. Despertar a Kazutora significa ponerse en movimiento y Baji quiere alargar estos minutos de paz, antes que vuelvan a subirse a la motocicleta con el peso de la noche en la espalda.

Baji pone un dedo sobre la frente de Kazutora, intentando calmar sus sueños como solía hacer su madre con él cuando era pequeño.

—Idiota, tienes que descansar —masculla, tan cerca de Kazutora que teme molestarlo con el cosquilleo de su respiración, pero contrario a su escepticismo, aquel roce suave parece ejercer efecto y Kazutora se relaja ligeramente en sueños. Baji aprieta los labios, cierra los ojos y acerca el rostro hasta que sólo los separa el dedo índice que mantiene sobre la frente de Kazutora. Su voz es apenas un susurro en la madrugada—. No puedo hacer esto solo.

Baji siente unas tontas ganas de reír. Él que siempre se consideró tan autosuficiente, finalmente entiende aquello que predicó a Kazutora hace ya un año atrás, cuando se conocieron. Su fuerza no está en sus puños ni en su voluntad, su fuerza siempre estuvo en aquellos que eligió para caminar a su lado. Si Kazutora se desmorona, Baji lo hace con él.

Durante unos momentos, Baji no se mueve. Luego, se pone de pie, se sacude la cobardía y sacude el polvo de la chaqueta para colocarla sobre Kazutora, antes de alejarse algunos pasos entre los árboles para orinar. Ponerse en movimiento lo ayuda a calmar sus pensamientos y ordenar los pasos a seguir. Cuando regresa al pequeño campamento improvisado, bebe el agua que queda en su botella y mastica algo del bocadillo que no llegó a tomar la noche anterior. Sabe a tierra y cenizas en su paladar, pero Baji traga hasta acabar.

La seguridad con la que, en la noche, Kazutora afirmó que mataría a Mikey paralizó a Baji, eliminando todo su apetito e impidiéndole dormir hasta mucho después que Kazutora finalmente hubiera cerrado los ojos en un sueño inquieto. Pero ahora es la mañana, el sol poco a poco deja de ser una ligera penumbra y Baji sabe que no pueden quedarse aquí eternamente.

Se sienta con las piernas cruzadas frente a Kazutora y le da un par de golpes sobre el brazo.

—Oi, Kazutora, despierta. —Baji apoya la botella sin abrir y el otro bocadillo frente al rostro de Kazutora—. Hice el desayuno.

—Tú no hiciste nada —llega la respuesta mecánica de Kazutora y a Baji le da un vuelco el corazón, pues por primera vez desde que se subieron a la motocicleta y huyeron a toda velocidad dejando el cuerpo de Shinichiro atrás, Kazutora suena como Kazutora.

—No te quejes y come.

Baji no puede evitar la sonrisa que le tensa los labios. Por un momento puede creer que realmente están acampando juntos en el medio de la nada, que es un paseo más, como el que organizaron con los chicos a la playa. Pero esto no es un paseo y, si quizás aquel no hubiera existido, ahora él y Kazutora no estarían aquí. 

Baji aprieta los labios. Kazutora abre finalmente los ojos. Por un momento se vuelve bizco observando su desayuno, luego busca el rostro de Baji y finalmente mira alrededor. La realidad cae sobre él. Baji puedo verlo en la manera en que se retrae y el brillo desaparece de sus ojos.

—Oh. —Kazutora vuelve a fijarse en el desayuno—. Está bien. Hm… gracias.

Baji frunce el ceño. Por un momento considera decirle que no tiene nada por qué agradecerle, pero las palabras mueren en su garganta.

—Sólo come… tenemos muchos kilómetros por delante.

Kazutora lo mira un momento, luego asiente y toma el bocadillo entre las manos. Baji reprime un escalofrío cuando nota sus manos sucias de grasa, tierra y, espera, nada más; pero Kazutora no se fija en ello. Devora el bocadillo como un animal hambriento y bebe sin tener cuidado, mojándose ligeramente la ropa que lleva puesta. Baji no puede dejar de mirarlo. No está seguro si teme que Kazutora vaya a desaparecer de hacerlo o si está esperando el momento en que Kazutora vuelva a repetir una idea tan disparatada como matar a Mikey.

—¿Por qué estás aquí, Baji?

Kazutora ladea la cabeza y lo mira. Tiene un gesto perdido en la mirada que Baji quisiera borrarle de un golpe, pero Baji lleva demasiadas horas fuera de su elemento. Hay tantas cosas que no sabe. Tantas cosas que pensó saber. El Kazutora que está delante de él es tan desconocido como el miedo que le inmoviliza el cuerpo.

—¿De qué mierda hablas, Kazutora? ¿Cómo que por qué estoy aquí? ¡Tú…! ¡Yo…! ¡Anoche…! Tú sabes…

Baji aprieta los puños alrededor del pantalón y desvía la mirada un instante. Cuando vuelve a mirarlo, los ojos de Kazutora también han encontrado cobijo en el suelo.

—Tengo… tengo que matar a Mikey. No… no vas a detenerme. Él… es su culpa, yo… yo tengo que matarlo. ¿Por qué estás aquí, Baji?

—¡Deja de decir tantas tonterías juntas, Kazutora! —Baji se empina hacia adelante y golpea sus frentes con fuerza. Está llorando. Otra vez. Está llorando y no puede detenerse, aunque siente la respiración de Kazutora sobre los labios y está tan cerca que no puede ver la expresión de sus ojos. Baji no quiere verla. No quiere creer que la mente de Kazutora está en un sitio donde él no puede seguirlo—. Estoy contigo porque te quiero, idiota.

Baji aprieta los labios, intentando contener las lágrimas, pero no se mueve. Sostiene el rostro de Kazutora entre las manos, porque es consciente que cuando lo suelte estará dejándolo ir. Kazutora enreda un puño en la camiseta de Baji, justo sobre el corazón, manteniéndolo en el sitio.

—¿Me ayudarás? ¿Me elegirás a mí?

Las palabras de Kazutora son apenas un suspiro, lleno de esperanza, se cuelan por todos los rincones de Baji, sacudiéndole el cuerpo entero. Baji presiona sus frentes con más fuerza.

—Prometí que no te dejaría solo. Estoy contigo hasta el final, ¿recuerdas?

Baji sabe que es una verdad a medias, una mentira encubierta, y el pecho le arde con cada palabra. Lo ayudará. Lo elegirá. Siempre. Todas las veces que sea necesario. Solamente no de la manera en Kazutora espera. Cuando finalmente se separa para mirar la expresión de Kazutora, éste le está sonriendo. Un gesto radiante y fuera de lugar en el horror que siente Baji en el pecho. No dice nada pero aquel gesto es más que suficiente. Cualquier duda y cualquier esperanza que Baji albergó al despertar se desvanecen frente a él con aquel gesto desenfrenado y sin sentido.

Baji desliza una mano por la mejilla de Kazutora.

—Eres lo más importante en el mundo para mí, Kazutora. —Baji se pone de pie y le tiende una mano para ayudarlo a levantarse. Sonríe triste cuando las manos de ambos se entrelazan sellando su destino—. Creo que es hora de regresar.

Notes:

Si llegaron hasta aquí, muchísimas gracias!
Como siempre los kudos y los comentarios alimentan el alma; y si quieren, siempre pueden encontrarme en @nythesequel, donde suelo andar llorando por el manga y hablando sin sentido de éste, entre otras cosas.