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Language:
Español
Stats:
Published:
2022-09-11
Updated:
2022-09-11
Words:
7,211
Chapters:
1/15
Comments:
1
Kudos:
3
Hits:
90

Magicats

Summary:

La vida es un bucle de emociones, experiencias, y sentimientos, un rio interminable de energía que gira y nos rodea. El inicio, el final, hilos invisibles que nos guían por un circulo en donde todo esta conectado. Como el cielo y la tierra, opuestos que se unen en el infinito horizonte.

Si te dijera que todo tiene una razón ¿Podrías aceptar la muerte como el inicio y la vida como el final? Un camino inacabable guiado por una fuerza superior, intangible, omnipresente, que nos lleva por senderos que no somos capaces de comprender.

Catra estaba perdida.
Adora no tenia un hogar.
Y ni si quiera ellas son capaces de entender la forma en la que sus almas se buscan, se complementan, como un todo destinado a siempre existir.
¿Crees en las segundas oportunidades?
Una heredera al trono.
Una simple viajera.

Notes:

Bueno, esta es mi historia es mi consentida. Esta terminada pero debido a mi corto tiempo solo podre dedicarme a publicarla aqui semanalmente. Si quieren apoyarme para poder escribir mas, publicar continuamente y mejor aun ¡Dedicarme a esto! Apoyame en mi patreon y comprame un cafe o vuelvete mi mecenas.
patreon.com/helenerowle

Chapter Text

El reino estaba de fiesta. Las calles llenas, atestadas por su pueblo, que alegremente salían a saludar a los vecinos con abrazos, a saltar con alegría, festejando el nacimiento tan esperado por muchos, muchos años. Gritos de júbilo, fuegos artificiales, banquetes interminables. Si, porque finalmente las grandes Reinas pueden tener un hijo. Y esa noche, había nacido la heredera al trono, la que los lideraría en un futuro, la estrella brillante que por 10 largos años habían anhelado. Y si había alguien más feliz en aquella capital de un reino tan próspero, era Lexía, la reina consorte, la nueva madre que sostenía a su pequeña recién nacida. Su cabellera, igual que sus orejas y colas, eran de un castaño oscuro, casi negro. “Es hermosa…” Murmuro, acariciando con su garra la mejilla cubierta de pelo de su hija. Un ligero pelaje de color café cubría todo su cuerpo, rayas en los brazos y las piernas, tan similar a ella. Su cabello alborotado era clara herencia de su esposa, junto con esa pequeña nariz y las orejas castañas, la cola larga del mismo color. Volteo para ver a Ming, su compañera de vida, que le sonreía cansada por el parto. Era de una tonalidad mas clara, su piel de color cafe claro, como la crema. Se acerco, acomodándose en la cama ante la atenta mirada de la partera y se acostó junto a su amada. “Mira cariño, es igualita a ti.” Ming rio, recostando su cabeza en el hombro de su esposa, suspirando cansada, observando a la pequeña que había traído a la vida. Tenia los ojos cerrados, dormitando con su garrita entre los dientes. “¿Cómo la llamaremos?” Lexía se quedó unos segundos en silencio. “Viste sus ojos ¿No?” Murmuro por lo bajo, recordando como la pequeña había llorado en sus primeros momentos de vida y como la había mirado con esas coloridas pupilas. Ming asintió, sonriendo. “Son hermosos.” Su esposa río en acuerdo. “Y bueno, como tiene ojos similares, podemos llamarla como la heroína de la leyenda ¿Qué te parece?” Su compañera negó con la cabeza, resignada. Sabia la afición de Lexía por esa fantasía – era historiadora, después de todo – así que no era algo que no se esperara. “Puede ser. Siempre me pareció lindo su nombre…” Recibió un ronroneo alegre como respuesta. “Entonces esta decidido. Se llamará Catra.” -x- “¡¿Dónde se metió esa mocosa?!” Grito, histérica Lexía, recorriendo por enésima vez su enorme castillo. “Un segundo, un solo segundo me distraje.” Farfullo irritada, ante la divertida mirada de los guardias, que la observaban caminar por los pasillos hechos una furia. Su cola estaba esponjada, dando fuertes látigos contra el aire, sus orejas saltando ante cada mínimo ruido. Estaba en un bucle de preocupacion y miedo. Preocupada por su hija y aterrada ante la idea de que su esposa se enterara de su descuido. El atardecer estaba ya dejando de ganar por la noche. Su esposa solo llevaba un maldito día fuera del castillo ¡Y pasaba esto! “Si me matan por tu culpa Catra, te llevare conmigo…” Mascullo, deteniéndose de golpe al percibir cierto aroma familiar. Se acerco, olisqueando con su nariz hasta pararse al lado de una ventana que llevaba a un gran balcón. Empujo la puerta lentamente, escuchando con sus oídos desarrollados hasta el más mínimo ruido. Su olor la guio hasta la baranda y observo el gran árbol que estaba a una zarpa de distancia. suspiro, resignado De un ágil salto, se posó sobre el árbol y descendió como una experta, gracias a su lado animal. Cuando bajo, tocando el pasto, escucho esa suave risita traviesa que era la dueña de sus mas hermosas pesadillas. Se escondió contra el viento, agazapada como un depredador, dando paso tras paso sobre sus cuatro patas lentamente. Siguió el sonido y los restos de olor, hasta finalmente llegar a la fuente del ruido: una pequeña felina, llena de tierra, jugaba a atrapar las hojas que caían de un árbol. Tenia el cabello alborotado, de color café y sus ojos bicolores parecían destellar en celeste y dorado. La sola imagen hizo sonreír a Lexía, su corazón llenándose de un amor que solo una madre podía sentir. Pero esa emoción fue inmediatamente sustituida por la molestia. De su garganta nació un bufido, la única señal que percibió la niña, que se quedo quieto al instante. Seguramente su instinto gritándole que estaba en peligro. “¡Te pillé!” Lexía prácticamente se abalanzó sobre su hija, tomándola en el brazo y lanzándose al suelo de la espalda, levantándola con sus manos, dejando a la pequeña suspendida en el aire. "¡Mamá!" Grito Catra, tratando de escaparse, pero las garras eran poderosas. Trato de usar su táctica secreta: inclino las orejas hacia abajo, sus ojos abriéndose, soltando brillos encantadores y sus labios se torcieron en una mueca que indicaba arrepentimiento. “Ah no, maldita embustera. No soy tu mami Ming, yo no caigo en esa carita de borrego.” La verdad es que, si que caía, su enojo ya había desaparecido ante tanta ternura derramada, pero tenía que fingir ser la mamá mala. “Peeeero ¡Te juro que yo no quería!” Su madre la bajo, hasta posarla en su pecho lentamente. Catra, que era una niña inteligente, no hizo intento de escaparse. Al contrario, se acurruco, soltando suaves ronroneos ante el cálido olor y calidez de su progenitora. “Ah claro, así que el árbol te invito a escalarlo y terminaste aquí ¿O me equivoco?” Catra puso su cara mas seria. “Estas en lo cierto.” Lexía no pudo evitar reír, por mucho que lo intentó y su hija supo que había ganado. “Eh, pero no te libras del castigo y del baño ¿Oíste?” O eso creía la inocente pequeña. “¡Nooo! ¡El baño noo!” Casi empieza un berrinche, que fue rápidamente apaciguado por unos brazos que la envolvieron, Lexía parándose con ella acurrucada en su pecho. La gatita soltó suaves ronroneos, estirando las zarpas cuando la cola de su mamá le tocaba la cara, en un claro intento de entretenerla. Caminaron a paso lento, Catra soltando risitas cada vez que lograba agarrar la cola de su madre y esta, divertida, la obligaba a soltarla y repetía el proceso. Uno de los guardias la vio, levantado sus orejas y le dedico una sonrisa. “Oh, es un alivio que apareció. Le diré a los guardias que la buscaban que ya no tienen de que preocuparse.” La reina felina soltó un suspiro, resignada, Catra haciendo una mueca arrepentida entre sus brazos. En un intento de esconder sus emociones, trepo por la ropa de su madre y hundió su cara entre el cuello y la larga melena negra y ondulada de su progenitora. “Catra, debes disculparte”. La nombrada soltó un maullido lastimero, antes de levantar los ojos. Miro al guardia con sus pupilas bicolor, sus orejas ligeramente caídas. Perdón. El pobre jefe de los guardias casi tiene un paro diabético ahí mismo. “No te preocupes, princesa. Solo no lo vuelvas a hacer.” Y le regalo una sonrisa. Llevaba puesto una armadura brillante, con el emblema de la corona estampado en su pecho. "All Right." Respondió Catra antes de volver a refugiarse en el cuello de su madre. Se dejo mimar, siendo guiado a su habitación y no hizo – demasiado – ruido en su baño no deseado. A Lexía siempre le pareció divertido ese rasgo de su hija. En los Magicats solo existían dos tipos: los que amaban el agua y los que la odiaban. No existía punto medio y Catra, igual que su esposa, habían heredado esa fobia por el líquido. Era una lástima, con lo mucho que a ella le gustaba nadar. La arropo en su piyama de color azul con lunares por todos lados, y la llevo en brazos a su cama. “Mami ¿Puedo dormir contigo esta noche?” La sola vocecita de la niña de 6 años derritió el corazón de Lexía ¿Cómo podía existir algo tan lindo? Estuvo un punto de decir que no, después de todo, a ella ya Ming les había costado un mundo lograr que la pequeña durmiera sola en su habitación. Catra siempre había tenido una extraña fobia por dormir sola, una que les tomo años revertir – en parte. Pero los ojos de dos colores la miraban con tanto deseo, que solamente suspiro. “Solamente porque tu madre no esta ¿Bien? Y será nuestro secreto, si se llega a enterar mamá ambas estaremos en problemas” Lo último lo dijo con bastante verdad. Madre e hija se miraron solemnemente, unidas por el miedo que les impartía Ming. Por mucho que Lexía fuera la madre que fingía ser más estricta, su esposa era definitivamente la que siempre tenía la última palabra: era la mas permisiva, pero su NO era inamovible. Llevo a su pequeña hija en brazos hasta su cuarto, acostándose ambos en la cama matrimonial. Catra como cada noche, estuvo bastante inquieta, saltando en la cama y tirándose sobre el estómago de su madre, en un intento de que jugara con ella. Lexía tampoco tenía sueño, así que se divirtió persiguiendo a su hija por el cuarto, atrapándola y rodando en el suelo con ella. Estuvieron tanto tiempo así, que el cansancio las ataco por igual y probablemente se arrastraron a la cama. Lexía se recostó de espaldas, dejando que Catra se acurrucara en su pecho, ronroneando lentamente. Podia sentir su cola rozar su mejilla. “¿Mami?” “¿Mmh?” “¿Me contarías la historia otra vez?” Lexía sonrió, encantada, tratando de no cerrar los ojos y dejarse llevar por el cansancio. “Ya, pero la versión resumida. Que ya es tarde.” La pequeña felina se quitó encantada en su lugar, sentándose para volver a ver a su madre. Lexía la vio ahí, con sus ojos celeste y dorado brillando en la oscuridad, con el cabello café alborotado y las orejas inquietas. “Bien. Hace tanto, tanto tiempo, tanto que nadie sabe cuánto, existieron dos mejores amigas.” Catra parecía encantada, una sonrisa brillando en su boca. “Esas dos mejores amigas se querían muchísimo, pero una de ellas estaba destinada para algo mucho más grande…” “¡She-ra!” Grito Catra, levantando las zarpas. Lexia Río. “Exacto, una de ellas era She-ra y su deber era salvar el universo. Pero al seguir su destino, perdió a su mejor amiga en el camino… Y ambas se volvieron enemigas.” Catra parecía entristecerse, agachando las orejas. Lexía no pudo contenerse y amplió una mano, acariciando suavemente las orejas y riendo cuando la pequeña empezó a ronronear. “She-ra y su mejor amiga se querían mucho, mucho. Tanto, que aun siendo enemigos les era imposible odiarse. Hasta que un día, un enemigo aún más poderoso amenazo con destruir todo y ambas se unieron para salvarlo. Y en el momento en el que creyeron que todo se acabaría, ambas se…” “¡Besaron!” Volvió a interrumpir Catra, riendo. “¡Como mamá y tú!” Lexía se rio, tocándole la punta de la nariz con el dedo. “Exacto, como mamá y yo. Y así fue como ellas salvaron el universo. Se dice, que de ambas nació un pequeño felino, el primer Magicats. Una mezcla del poder de She-ra y las características felinas de su compañera de vida.” Catra parecía maravillada ante esa idea. “¿Significa que tengo el poder de She-ra?” Lexia se rio de ternura, atrayendo a su hija para darle besos por todo el rostro, ante la risa y los continuos ronroneos de la pequeña. “Si, todos los Magicats tenemos un poco del poder de She-ra. Especialmente los que descienden del linaje real. Como tu mamá.” Los ojos de Catra se abrieron emocionados. “¿Entonces yo igual puedo transformarme?” Nunca se le borraría de su mente la vez en la que su madre Ming, le mostro su enorme poder: la capacidad de transformarse en un felino gigantesco, mágico, poderoso, destinado a defender a su reino de cualquier mal que osara amenazarlo. Un legado heredado por cientos de generaciones, un vestigio de un poder inigualable, que se extinguió hace décadas. “Sí, hija. Tú igual, porque tienes su sangre. Ahora, a dormir.” Catra bostezo en ese momento, rascándose uno de sus ojos antes de asentir. Lexía le regalo un ultimo beso, antes de apoyar la cabeza contra la almohada, sintiendo como su hija se enrollaba en su pecho y empezaba a ronronear. Cerro los ojos, soltando un suspiro. Catra trato de cerrar los ojos, pero no podía dejar de observar la ventana, la luz de la luna entrando a la habitación. Era extraño, todas las noches era igual. Podía verla a veces, una sombra moviéndose en la oscuridad del cuarto, susurrando cosas que la asustaban, su instinto gritando de que algo no iba bien. "¿Mamá?" Lexía estaba media dormida, pero alcanzo a respondedor. "¿Si?" “¿She-ra me protegerá de la oscuridad?” La madre se quitó, no encontrándole sentido a la pregunta. Y estaba demasiado dormida como para intentar entenderla, asi que solo murmuro. "Sí, hija". Para Catra fue mas que suficiente. Cerro los ojos, dejándose arrullar por la respiración, y el ligero ronroneo de su progenitora. Su olor inundándola, la calidez embriagándola en un refugio que representaba toda su vida; una llena de tanta felicidad que la niña nunca podría imaginarse que algo malo podría pasarle. No cuando tenia a dos grandes madres guerreras, dispuestas a protegerla de todo. Pero era esa misma razón por la que ella atacó esa noche. No estaba la poderosa reina Ming, su sangre azul que le otorgaba habilidades que nadie era capaz de comprender; y la respuesta a todas esas incógnitas estaba dentro de esa pequeña niña. Dentro de sus venas corría un poder que aun no comprendía y que utilizaría. Fue cuidadosa, la oscuridad envolviendo delicadamente a Catra, tan lentamente, que Lexía apenas se movió al dejar de sentir el peso bajo su pecho. Pero el instinto de madre era poderoso, inimaginable en una felina, solo fue suerte que tuviera el tiempo suficiente para huir por la ventana, escuchando el bufido enrabiado de una madre desesperada. Seguramente oliendo su presencia en la habitación. Pero a ella no le importaba, porque entre sus brazos tenia a una Catra que dormitaba, ingenua a su destino. -x- Catra despertó sintiendo que algo no andaba bien. Recordaba estar dormida entre la calidez de su madre, pero a su nariz no llegaba el familiar olor a mamá. Humedad, frio, y una esencia negra que le grababa a sus mas profundas pesadillas. Abrió los ojos de golpe, sintiéndose envuelta por brazos que no reconocía y aterrada, empezó a maullar, rasguñando con sus uñas la piel a su disposición. “¡Ajá! ¡Maldita cría!” Fue lanzada con tanta fuerza al suelo, que tuvo que gritar al sentir el dolor en su pequeña cabeza, maullando por sus madres. Un gatito abandonado implorando por el lecho materno. Pero nadie llego, solamente frio, frio infinito y ese olor nauseabundo a oscuridad que le era familiar. Trato de ser valiente, como su mamá Ming y volteo a ver a su captora, mostrando los dientes y con las garras desvainadas. Era alta, su cabello negro parecía fundirse con la oscuridad, su máscara rojiza brillando en destellos aterradores. Le era familiar, tanto que fue consciente de que era ella quien la rondaba en las noches, caminando por su habitación, observándola, atormentándola en pesadillas. “Bueno niña, me presento. Soy Shadow Weaver. Su voz era fría, con un extraño tono dulce que le erizo la piel. “Tu nueva madre.” -x- Dolor-dolor-dolor ¿Cómo podía existir tanto dolor? Era ya rutinario, pero no podía encontrar la fuerza para soportarlo. Cada día su nueva madre la visitaba en esa habitación oscura, experimentando con su pequeño cuerpo, obligándola a absorber su magia oscura. Y el cuerpo de Catra parecía representar la antítesis a esa negrura, magia pura y limpia corriendo por sus venas: y el ser expuesto apenas a su opuesto era como vivir en carne propia un fuego abrazador. ¿Por qué la obligaba a sentir esa magia? Nadie tenia que explicarle para saber que no eran compatibles. Eran dos caras de una moneda. “Interesante…” Murmuro Shadow Weaver, viendo como la pequeña felina gruñía por el dolor, envuelta en las garras de su magia oscura. Le era curioso ver como su piel parecía teñirse de un color dorado brillante, una capa protectora que rechazaba su poder. ¿Qué pasaría si la expusiera cada día? -x- Nunca creyó que pudiera odiar. Sus madres siempre le habían enseñado a amar, a querer, a perdonar, guiándola por un camino bondadoso y pacífico. Pero ella era cruel, era un ser despreciable. La torturaba cuando no obedecía, quitándole el alimento, golpeándola o peor aún, exponiéndola a su asquerosa magia. Casi no recordaba lo que era el sol en su piel, llevaba tanto tiempo encerrada que empezaba a creer que esa era su realidad. La escucho, sus pasos lentos recorriendo los pasillos. La vio entrar, sus ojos brillando y mirándola fijamente con ese sentimiento nuevo que estaba experimentando. “Mira como vas evolucionando…” Su voz empalagosa la hizo erizarse, bufándole con rabia. “Sí, sigue sintiendo. Ódiame pequeña felina.” Llénate con emociones negativas. Quiza así dejes que mi magia te consuma. Catra estuvo tentada a lanzarse sobre ella, destrozarle la piel con sus filosas garras, pero su cuerpo temblaba, siendo el miedo aun mas poderoso. Porque su visita solo pudo significar algo. Y lo supo, viendo como la oscuridadaba entre los rincones de aquel cuarto, moviéndose lentamente, acercándose como una serpiente a punto de devorar a su presa. "Mamá." Murmuro llorando. Su mamá le había mentido She-ra nunca la protegida de la oscuridad. -x- Releía ese libro que conocía de memoria, pero era lo único que podía hacer en ese cuarto vacío. Solo podía guiarse por los días que pasaban cuando Shadow Weaver percibía o apagaba las luces de su cuarto, caminando en círculos para estirar los músculos. Había encontrado una satisfacción en el ejercicio, en estirar los músculos, en hacer sentadillas o abdominales. La única forma de liberar todo el estrés del encierro de sus flácidos músculos que ya no recordaban lo que era correr libremente. ¿Cuánto llevaba ahí? A veces creía que había nacido entre esas cuatro paredes. Los recuerdos de su vida anterior desaparecían con los años, siendo envueltos por la oscuridad que la absorbía un poco más cada día. Corrompiéndola, llenando la de ira, terror, y especialmente, un odio infinito que amenazaba con consumirla. Un odio hacia ella. La sentí, ya no necesitaba escuchar sus pasos para saber cuándo vendría. A veces creía que era por culpa de toda esa exposición a su magia, algo de ella se estaba impregnando lentamente en su ser. “Hola Catra”. Solamente bufo en respuesta, ni si quiero mirando a la maldita bruja. “¿Esta lista? Hoy quiero intentar algo nuevo…” Shadow Weaver llevó meses preparándose para este hechizo, una adaptación que ella misma había creado del original que los Magicats usaban. Según la tradición, los descendientes de la familia real a los 15 años fueron expuestos a un ritual para liberar su verdadero potencial de su interior. Por ciertos medios, había logrado recopilar la información suficiente para poder recrearlo y mejorarlo. Catra sintió un escalofrío. Algo era diferente. Su instinto le gritaba mas que nunca que algo pasaría. Y fue así. La negrura de Shadow Weaver la envolvió, creando un círculo mágico en el suelo que destello en colores morados, envolviéndola, ella siendo el centro de todo ese flujo negro. Algo despertó en su interior, en sus oídos retumbando un rugido poderoso, que gritaba en su interior. Pero no pedía salir, pedía que se detuviera. Aun no era el momento, era muy joven. Catragrito. Sentía que su cuerpo se transformaba, sus músculos rompiéndose, su carne destrozándose, siendo obligado a transformarse por lazos oscuros que la manejaban como un títere. Sangre empezó a caer de sus heridas abiertas, que se cerraban y volvían a abrir. Una agonía eterna, tan infinitamente dolorosa que Catra estuvo a punto de rendirse. A su mente llego un ligero olor, suave, dulce. Un vestigio de una vida pasada. Mamá. El grito fue desgarrador, pero se negó a perder la conciencia. No permitió que la oscuridad la consumiera y le robara lo único que aun podía decirse que era suyo: ella. Enfrento el dolor de sentir todo su cuerpo destrozarse para formar algo nuevo, un felino grande, majestuoso, teñido de un pelaje café. Estaba rodeada de negrura, su cuerpo inmovilizado, pero aun así Catra abrió los ojos. Shadow Weaver observa a la bestia de ojos multicolores. La hermosa pantera abrió su boca, mostrando sus colmillos teñidos en sangre que goteaba lentamente, y gruño amenazadoramente. La oscuridad la envolvía, queriendo devorarla, pero sus ojos seguían brillando. Todo era negro en ella, pero en sus ojos aun habia luz, luz brillante y dorada como el infinito sol. -x- Los años le enseñaron a Catra que el mundo era podrido y cruel. Solo era una niña el día en el que fue encerrada bajo el yugo de ese maldito demonio que se hacía llamar a su madre. No recordaba los años que llevaba encerrada, pero sabía que eran tantos que la memoria de una vida pasada le parecían lejana. A su mente apenas ya llegaron recuerdos de un castillo, de guardias, de camas cálidas y risas eternas. No, poco a poco todo se desvanecía, pero había algo que nunca podría borrar Shadow Weaver, por mucho que cada día intentara consumir la oscuridad. dos figuras, de orejas felinas, de cabellos negros y otra de color crema. Cálidas, increíblemente dulces, de manos suaves y ronroneos hipnotizantes. Y su olor dulce y lechoso, olor a hogar, a familia, a felicidad. Un lugar seguro. -x- ¿Por qué ella? ¿Por qué le hizo tanto daño? ¿Había hecho algo mal? Quiza todo era culpa de ella. Era una basura, un despojo desechado, como tantas veces ella la había llamado. No valía nada. Era un asco su existencia. ¿Por qué nació? Queria morir. Estaba cansada de esa vida. Pero cada vez que la sentí venir, se secaba las lágrimas. Cerraba los ojos y escondía cada inseguridad, cada onza de miedo en el interior de su mente y se paraba cual alta era. La esperaba con la barbilla en alto, una sonrisa sarcástica en su rostro, desafiándola con cada palabra, con cada gesto de su rostro. Había aprendido a encontrar un alivio en toda su rabia al incordiar a esa mujer con sus gestos prepotentes, formando una personalidad orgullosa que era toda una fachada. Pero lo hacia solamente para buscar esa mueca molesta, irritada en sus ojos. Una forma infantil de devolverle, aunque sea una mínima parte de todo el dolor que le había dado. “Hasta que te aparece, bruja ¿A caso crees que tengo todo el día?” -x- Creía que sería un día como todos, así que ni se molestaría en levantarse de su cama. El sueño finalmente desapareció de su mente para su infinita angustia. A pesar de que nunca descansaba del todo, inundada por pesadillas eternas, al menos era mejor que su realidad. Observe el techo de su jaula que le era tan familiar, y volvió a contar cada línea, cada fisura que se sabia de memoria. Se quedo prendada en una que le grababa un poco a un oso, antes de suspirar. Medito entre las opciones que tenia para entretenerse. La bruja al menos había tenido la decencia de darle unos cuantos libros y en el último tiempo, hoja y papel. Sus palabras fueron: “Para que dejes de incordiarme con tus gritos nocturnos.” El solo recordar esas palabras la hizo reir. A veces, cuando despertaba de una pesadilla, me encontraba entretenido gritar sin razón o cantar alguna música infantil que aun era capaz de recordar. Sabia que la bruja vivía en un piso mas arriba y que la escuchaba, porque en más de una ocasión bajo para darle un castigo. Ni que ya le afectaran sus castigos, probablemente se había criado con ellos. Le era muchísimo mas satisfactoria la idea de molestarla y arruinarle una noche de sueño. Se levanto y fue en busca de las hojas y los lapices que eran su mas preciado tesoro. Tanto tiempo libre la había hecho desarrollar una habilidad innata en el dibujo, quizás un talento que siempre estuvo dentro pero que afino como una experta. Era su único medio para plasmar los recuerdos lejanos del mundo exterior, un intento desesperado de su cordura para no olvidar que existía algo más fuera de esas paredes. Trazaba con su lápiz cada mínimo recuerdo, desde los arboles hasta la lejana imagen de un castillo. Y especialmente, las dibujaba a ellas. A esas dos figuras que jamás desaparecerían de su mente. Ya ni grababa sus nombres, pero si podía plasmar sus ojos, sus orejas, su cola. Podía trazar cada detalle, porque siempre se aferraba a su recuerdo cuando creía que se rendiría: se esforzaba por recordar hasta la ultima peca, obsesionada por no olvidar. En sus peores momentos de soledad, creía que eran solo producto de su imaginación ¿Y si realmente llevaba desde que nació encerrada en ese lugar y había creado esas dos figuras para satisfacer su soledad? Madre. Pronuncio esa palabra suave, suspirando, creyendo escuchar en su mente una voz dulce, otra estricta y una risa infantil. Sus oídos escucharon un ruido lejano, seco, que le pareció extraño. No tenia idea de donde estaba encerrada, pero si que sabia una cosa: nunca habia ruido. Solamente los pasos, la existencia de Shadow Weaver. Siempre habían sido solo las dos, así que le pareció extrañísimo escuchar algo fuera de los familiares pasos de la bruja. Y lo peor es que no estaba cerca, no, sonaba lejano. Sus sentidos desarrollados se han afinado a niveles superiores a la media, llevando años forzándolos al máximo para tratar de percibir algo de la realidad. El ruido era tan extraño que Catra dejo todo lo que estaba haciendo, levantándose con las orejas en guardia. Escucho. Pac-pac-pac. Lejano, como… ¿Pesuñas? A su mente llego la imagen de caballos. Lejos, pero cada vez mas cerca. Su corazón empezó a latir desbocado. Sentía a Shadow Weaver, sabía perfectamente que estaba en la casa. Tantos años expuesto a su magia habían desarrollado un sexto sentido para sentir su existencia, así que supo que aún no percibía nada raro. Se mordió una uña, la expectativa, la emoción de sentir algo nuevo llenándola. Esperanza-esperanza-esperanza. Era la primera vez en años que sentía algo similar. Su bestia gruño, removiéndose en su pecho. Avisando de que algo se acercaba. Lo sentí en su interior, como si su bestia pudiera percibirlo. Alguien como ella. Jadeo, y su piel se erizo en el mismo instante en el que Shadow Weaver noto que algo iba mal. Pero fue demasiado tarde. Una bestia rugió, poderosa, un felino enrabiado que entró a esa casa escondida entre las infinidades de un bosque. Irrumpió como un tornado, furioso, sus colmillos listos para morder. Y fue mucho mas rapido, su magia latiendo, sintiendo como la oscuridad amenazaba con huir. Oh, pero no, no la dejaría irse. La última vez tuvo la suerte de que ella no estuviera cerca, esta vez no pasaría igual. Se abalanzo, rompiendo paredes, saltando por una ventana y atrapando con sus fauces la energía oscura, su magia envolviendo a Shadow Weaver, obligándola a convertirse en su forma humana. La bruja negra observa al felino de ojos dorados, gigante, majestuoso, despedia un aura blanca tan hipnotizante que la dejo sin aliento. Oh, nunca pensó que en sus años de vida volvería a sentir miedo, pero ¿Quién en su sano juicio no temblaría ante tal brillo? Uno que mostró un poder oculto, legendario, la herencia de un monstruo destinado a proteger. Ming estuvo a punto de destrozarle el cuello, sin dudar un solo segundo, pero la voz de su esposa gritando en la lejanía la despertó de su mundo: se había dejado cegar tanto por la rabia que todo el mundo exterior había dejado de existir. Pero ¿Podrían culparla? Buscando, siempre buscando, sin descanso, su instinto gritando por encontrarla, a ella, a su adorada y preciada cría. Su bestia reclamaba ante su incompetencia de no protegerla. “Suéltala Ming. Sería un castigo muy piadoso el darle una muerte rápida.” La voz de Lexía era fría como la hoja de una espada. Tenia razón. No se merecía un final tan piadoso. Volvió a gruñirle, su bestia enfurecida ante la idea de dejarla ir, pero pudo dominarla, dando unos pasos atrás. Los guardias no tardaron en lanzarse sobre Shadow Weaver, y colocaron unas esposas – supresores mágicos – para impedir que huyera. La reina no tardo en volver a transformarse, la pantera reducirse lentamente en destellos dorados, mostrando nuevamente la dulce imagen bondadosa de Ming: no muy alta, su cabello de color crema, sus ojos dorados que brillaban. Una respiración agitada logro que todos voltearan la mirada, especialmente las reinas que se encontraban aturdidas. Conmocionadas por finalmente encontrar a la que tanto habían odiado por años enteros. Era un guardia, las miraba con los ojos brillantes, jadeando por haber tenido que correr tan rápido. Pero sus palabras fueron como prender una luz en medio de la oscuridad. “La encontramos. ” El corazón de Ming dio un vuelco ¿Viva? ¿Su hija aun estaba viva? Había asumido que… Pero su instinto fue mas poderoso que su mente, lanzándose a correr al interior de la casa, siguiendo por su olfato los rastros de sus soldados. Se detuvo frente a una escalera, que no dudo en bajar, a sus oídos llegando un bufido rabioso, un gruñido amenazador, algo ronco, maduro, pero que le grababa tanto a una pequeña felina. Prácticamente empujo al pobre soldado que le tapaba la vista, y entro sin dudar, estando rodeado por un olor tan dolorosamente familiar que casi se larga a llorar ahí mismo. Catra estaba furiosamente a la defensiva, tratando de esconder su miedo detrás de una capa de agresividad. No había visto a nadie de su especie por tanto tiempo, que mas de una vez creyó que era la única: no, creyó que lo único que existía era ese cubículo. Ver a un felino como ella, parado, vestido de una brillante armadura y con un escudo trazado en el pecho que le era familiar, fue mas de lo que pudo soportar. Su instinto adolorido le gritaba que todos eran enemigos, no siendo capaz de reconocer a nadie. Así que no dudo en bufar como una bestia salvaje, arrinconarse contra la pared mostrando los dientes, uñas desvainadas, lista para transformarse – por muy doloroso que fuera – para defenderse a muerte. Pero fue ese olor lo que la hizo congelarse en su lugar. Aspiro la dulce esencia, sin poder creer que algo así existiera ¿No era solo algo producto de su imaginación? La busco, sin atreverse a moverse un paso, pero el gruñido de su garganta deteniéndose, reduciéndose con lentitud. Sus ojos se detuvieron frente a una figura que apenas grababa, una que llenaba todos sus dibujos. Achico los ojos, detallando las orejas color crema, la larga cabellera que parecía envolverla, los ojos dorados con pequeñas arrugas entre ellos, la pequeña boca que recordaba siempre con una sonrisa. Creyó estar viendo una visión ¿Cómo si no, el producto de su imaginación, que tantas veces había dibujado, estaba parado frente a ella? Era imposible. Había asumido para dejar de herirse, que ella y la otra – la mas alta, quizás mas estrictas, pero igual de dulce – simplemente no podían ser reales. Se negó a moverse, su cuerpo congelado ante la imagen de la reina Ming, que lloró al verla. Tan, tan grande, no había rastros de su dulce pequeña a la que había amado. Solo estaba una adolescente, alta como su esposa, con ese pelaje café que tanto adoraba. Podía ver la marca de nacimiento en su cuello, su olor tan, pero tan igual, pero a la vez maduro. Sus ojos bicolores que la seguían en sueños – y pesadillas. No pudo contener el llanto. “¿Catra?” La nombrada se tensó, sus músculos relajándose lentamente. La respiración se le cerro en la garganta. "¿Mamá?" Esa palabra que casi había olvidado, pero que siempre seguía ahí, en el fondo de su mente. La reina Ming se acerco lentamente, como si aun no pudiera creer que finalmente la había encontrado. Sus pasos fueron tortuosos para ambas, finalmente deteniéndose a solo un palmo de distancia. El olor de ambas se entremezclo, fundiéndose como lo vieron hace tanto, tanto tiempo atrás. “Estas tan… Grande.” Murmuro la felina mayor, estirando una mano, rosando delicadamente la mejilla de Catra que no hizo amago de huir. Incluso se pudo sentir la caricia, girando el rostro, un ronroneo naciendo desde lo más profundo de su garganta, seco, como si llevara siglos sin salir a la luz ¿Cuándo fue la ultima vez que sintió el tacto cálido de otro humano? No lo grababa. “¡Catra!” La voz eufórica de Lexía las sobresalto a ambas. La mujer las miraba sin poder creerlo, sus ojos celestes impregnándose con la figura ya crecida de su pequeña cría. Miro a su esposa, que la miraba con los ojos llorosos y la misma dulzura destilando su ser. Catra no pudo contener la sonrisa, esa misma voz que la perseguia en sueños. Siempre en modo de juego, a veces molesta, pero sin nunca perder ese toque juguetón, lleno de energía. Lexía no pudo contenerse, por mucho que lo intentó. Prácticamente se lanzó sobre Catra, envolviéndola con desesperación entre sus brazos, en un intento de hacerse creer que esto era real. Catra no se atrevió a mover un musculo, su cola erizándose. Hubiera rasguñado, mordido, si no fuera por ese ronroneo familiar, esa calidez del ultimo recuerdo fresco que tenia. “¿She-ra me protegerá de la oscuridad?” "Sí, hija". Las lagrimas lograron caer por su rostro. Trato de contener el hipido, avergonzada por ser vista en tal estado débil, pero era algo mucho mayor a su fuerza de voluntad. Escondió el rostro en ese cuello, que en antaño le había parecido tan grande, poderoso, su lugar seguro en donde jamás nadie podría lastimarla. Y finalmente, había vuelto. Ming le acariciaba la larga cabellera, notando lo seca que estaba ¿Cuándo fue la ultima vez que alguien la cepillo? Observe la figura delgada, demasiado para su gusto, cubierta de harapos. Le permitió a su esposa disfrutar el momento, su lado curioso sobrepasándola. Empezó a recorrer la habitación, notando lo pequeño que era: solo una cama que parecía de todo menos cómoda, un pequeño escritorio precario lleno de hojas y libros. Se acerco, tomando un boceto, conteniéndose en no largarse a llorar. Era la imagen de un bosque, extrañamente sombrío por el carboncillo, pero en el fondo, dos figuras difuminadas. No podía verles el rostro, pero reconocía las orejas de su esposa y las propias. Volteo los ojos, acercándose nuevamente a las figuras que se abrazaban con desesperación. “¿Hija?” Catra se sobresaltó, repentinamente consciente de que había algo más que su madre, que se negaba a soltarla. La inseguridad la envolvió. Las recordaba, su instinto gritándole que eran familia, pero no sabía absolutamente nada de ellas. Aun así, valiente como era, levanto el rostro lentamente, mirando a su otra madre que la observaba cálidamente con una sonrisa. “¿Cuánto llevas encerrada aquí?” La pregunta la tomo con la guardia baja. Se separo un poco de su madre, nunca rompiendo el contacto en su totalidad. Lexía la miró con la misma curiosidad. “No se…” La voz era ronca, con un toque juguetón que seguramente saldría a la luz en cualquier momento. “¿Cuánto tiempo paso desde… ¿Que me fui?” La reina Ming se mordió el labio inferior. “Ocho años, Catra, llevamos ocho años buscándote.” La respuesta no fue exactamente dolorosa para Catra. De hecho, se sorprendió de que fuera tan poco. Ella sintió que llevaba encerrada toda una vida entre esas paredes. Se inclino de hombros, restándole importancia. “Entonces eso llevo aquí.” El silencio fue incomodo. Su cola látigo en un gesto inconsciente, pero se ruborizo cuando la cola de Lexía la envolvió, entrelazándolas en un dulce movimiento apaciguador. Era tan raro estar con otras personas… Pero eran ellas. No podía sentirse del todo incomoda. “¿No ha salido?” La voz de Lexía sonaba extrañamente calmada, pero todos percibieron ese tono amenazante, rabioso escondido entre líneas. Eso hizo sonreír a Catra. “No, nunca. La bruja creyó que me escaparía. Lo cual era cierto.” Y se volvió a inclinar los hombros. Las reinas se miraron, tratando de no dejar entrever la pena que las estaba embargando. Sentían que habían fallado en su deber como madre. Y lo peor es que dudaba que eso fuera la peor parte de todo ese tiempo, tan largo, tan eterno para las tres. Pero Lexía no quiso traer más tristeza al momento ¡Era un momento feliz, después de todo! Tomo a su hija de las manos, arrastrándola lentamente. “Ven, ahora puedes salir.” Las orejas de Catra se levantan, sus ojos brillando. Su cola se agito, aun siendo sostenida suavemente por la de su madre, y se dejo guiar a paso lento. Se detuvo justo a la entrada de la puerta sin creer lo que estaba por pasar ¿Cuánto había añorado salir, ver que había mas allá? ¿Ver algo diferente a sus 4 paredes tan familias, pero tan odiadas? Su otra madre se paró detrás de ella, sosteniéndola por los hombros, acercando su rostro a su cuello. “Estarás bien.” Era una promesa. Ahora ellas la protegerían. Suspiro, emocionada, finalmente dando el ultimo paso. Observe el pasillo oscuro, las escaleras, algo decepcionada de no encontrar algo mas maravilloso, pero aun asi todo era interesante. Nuevo. Subió a paso lento, levantando cada pie, llegando al piso superior y notando lo osco de la decoración. Bronceado, bronceado Shadow Weaver. Pero el extraño brillo que entraba por las ventanas la hizo pestañear, ajena a esa luz, tan diferente a la precaria ampolleta que iluminaba su cuarto. Se acerco como hipnotizada, como una polilla atraída por la luz. Se quedo sin aliento, ninguna imagen que habia recreado podia compararse con el color verde del bosque. Respiro el aire limpio que se filtraba por la ventaban entreabierta. Finalmente era libre. -x- 3 años después. Golpeo su carroza con tanta rabia contenida, que casi parte la rueda de metal. "¡Maldita sea! ¡Te juro que esta vez si te hago leña!” Amenazo con rabia, apuntando a su medio de transporte como si fuera otra persona con la que estuviera conversando. Volvió a posicionarse detrás, empujando con toda su fuerza el objeto hasta que finalmente, con un grito de júbilo, libero las ruedas que llevaban atrapadas en ese agujero. Por un descubierto, demasiado sumergida en sus pensamientos, no habia notado el obstaculo hasta que ya fue tarde. Se sacudió las manos del polvo, satisfecha, encaminándose a la parte delantera con una sonrisa deslumbrante. El corcel de color crema, la volteo a mirar con sus ojos extrañamente expresivos. "¿What? ¡Lo logré!” El animal relincho, casi sarcásticamente. “Oh vamos Swift Wind, no seas aguafiestas.” Agito la mano, espantando los gestos de su extrañamente humanizado compañero. Era el caballo mas maldito mente inteligente que había conocido en su vida, y probablemente había crecido a su lado. Se subió a la parte principal de la carreta, tomando las riendas. “Ya, finalmente podemos continuar ¡En marcha!” El relincho del caballo lo pudo interpretar como: y por favor, no me guíes de nuevo a otro agujero. Simplemente soltó una risa divertida por lo bajo, notando como finalmente volvían a avanzar. Observo como el camino era recto, sin nada que pudiera incordiarla, así que aprovecho el momento para entrar a su carroza. Revisado su mercancía, aliviada de que nada estuviera roto – en general eran un montón de antigüedades con gran valor monetario, que había reunido en sus viajes. Toco sus pertenencias personales, dando un poco de orden en todo el caos que se había formado. Su cola inquieta rozo una prenda tirada en el suelo, que no tardo en agacharse para tomar y colocar en su lugar. Miro su trabajo, satisfecha antes de sonreírse con orgullo. El relincho de su compañero la hizo blanquear los ojos. “Puedes guiarnos perfectamente por unos minutos.” Exclamo alto, sus orejas moviéndose ante la respuesta, un bufido cansado y resignado. Río divertido, acomodándose la coleta. Se pregunto ¿Cómo sería su hogar? Llevaba mucho tiempo sin volver a su tierra de origen, su reino, demasiado centrado en sus viajes por todo el mundo. Tomo un viejo diario, uno que había podido encontrar de pura casualidad, originario de su pueblo. Era antiguo, de hace años atrás, pero una de la poca información que había logrado rescatar – sin contar lo que podía saber solo preguntando – y observar las páginas. Era de hace dos años atrás y anunciaban la celebración de la futura reina. Su ritual de inicio, en donde finalmente se transformaría en su herencia. La primera vez que había leído la noticia había casi gritado. Se había perdido un hecho histórico. Su padre le había hablado tanto de la transformación de la actual reina Ming, que había soñado toda su vida con presenciar algo similar. Pero no, justo tuvo que estar al otro lado del mundo cuando sucedio. Ella y su estupida suerte. Tomo una zanahoria de entre sus verduras, convirtió un mordisco, abriendo el diario que ya se sabia de memoria, pero siempre se entretenía en leer cuando estaba aburrida. Nuevas leyes, impuestos que bajaron, la clásica sección de noticias trágicas – asaltos, un pequeño asesinato que resultó ser un suicidio – cosas típicas. Nada realmente de su interés, fuera de la tabla nueva y actualizada de los precios del oro, la plata y el cobre. Todos los reinos de Eheria tienen precios diferentes en los metales preciosos, y ella como comerciante siempre tenia que estar atenta. Por mucho que no fuera ni remotamente tan buena para los negocios como lo había sido su padre – en más de una ocasión la terminaron estafando con palabras amables – podría vivir bastante bien. La pequeña fortuna que su padre le había heredado al morir y sumado a lo que había acumulado los últimos años, le era más que suficiente para vivir cómodamente – y hasta con lujos. No es que fuera algo que Adora le ilusionara en gran medida. Salió finalmente del interior de su carruaje, sentándose en el puesto de manejo y tomando las reinas, mordiendo su zanahoria distraídamente. Llevaba viajando por el mundo desde que tenía memoria – su única familia, su padre, la había instruido en ese arte – y ni si quiere sabia que era tener un lugar fijo. No es que se quejera, adoraba viajar, conocer gente, vivir aventuras. Hacer nuevos amigos, era una vida encantadora. Pero en el ultimo tiempo se le antojaba quedarse quieto, quizas hasta instalarse. La voz de Glimmer sonó en su mente. “Te estás volviendo vieja, Adora. ” Mordió su zanahoria con fuerza ¿Qué se creía esa estúpida princesa? Que solo fuera la heredera del reino de Bright moon no la hacía tener razón en todo. ¡Solo tenía 21 años! No estaba vieja. “No estoy vieja.” Murmuro inconscientemente. Relincho Viento Veloz. “¡Oye, maldito animal!” Farfullo unas palabras, molesta con todos. En el fondo sabía que exageraba, recién estaba en la mejor época adulta, pero no podía quitar ese deseo de asentirse. O a lo mucho, pasando una temporada, quizás compre una casa con una pequeña parcela. Beber en los bares, hacer pulsos con desconocidos, quizas hasta meterse en alguna pelea de borrachos. Conocer vecinos, reírse y disfrutar de rostros conocidos. La idea sonaba tan tentadora en su mente. Observo el camino, anhelando finalmente llegar a Halfmoon, el reino de todos los Magicats del mundo. Su hogar.