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Summary:

Cuando no podías dejar verte, cualquier instante de libertad era el regalo más preciado. Simplemente ser, sentir y amar se convertía en una experiencia nueva, deseada y jamás eterna. Y, por desgracia, incluso en la libertad se escondía el peligro de sentirse demasiado expuesto.

O de cómo Kid y Law se dejan perder en el ritmo de la noche para encontrar a otra pareja que los expondrá a la mayor tragedia silenciosa de sus tiempos sin saberlo.

Notes:

Vale, esta va a ser una obra durilla, pero prometo que trataré de poner los TW al inicio aunque también estén en los tags. Prometo que habrá luz al final del túnel.

Chapter Text

La fábrica conservera en la que trabajaba Law se encontraba a las afueras de la ciudad. Quizá el cielo estaba más despejado y las nubes no se concentraban sobre sus tibias cabezas, pero el olor a podrido del mar tampoco favorecía aquel barrio tan maltratado —como todos aquellos en los que solo vivían los pobres, los desharrapados, los marginados de la sociedad, los ajenos a las oportunidades que Estados Unidos supuestamente brindaba—. Por lo menos aquel día hacía un sol blanco y brillante, había marea alta y tenía comida preparada en su apartamento.

—Buenos días, guapo. ¿Qué tal la jornada? —saludó Kid a su novio en cuanto abrió la puerta del coche y se sentó a su lado. Le había guiñado un ojo, le había sonreído con complicidad y había girado su mejilla a la espera de un beso de bienvenida, pero nada llegó. Cuando volvió a fijarse en Law, este parecía absorbido por el asiento: manos despellejadas y flácidas sobre sus muslos, hombros hundidos, labios resecos y entreabiertos, ojeras pronunciadas, cabello negro grasiento y desordenado sobre su frente… Kid chasqueó la lengua y negó con la cabeza antes de apartarle el flequillo de la cara con la punta de sus uñas negras. Aquellos ojos de plata que tantas veces lo habían matado ni siquiera reaccionaron—. Ya veo que ha sido agotador. ¿Prefieres que entre en modo taxista?

—Por favor. —El leve suspiro que se escapó de sus labios fue suficiente señal para comprenderlo, pero Kid agradeció que verbalizase sus deseos en vez de dejarlo a su intuición. El olor del trabajo —del mar que quedó atrás, del pescado que había dejado de ser pez, de la sal que se había convertido en sudor— se había incrustado en sus ropas y en su piel. Kid ya había olvidado el auténtico olor de Law antes de comenzar a trabajar allí; y en realidad no valía la pena pensar así porque aquel olor—al igual que aquel Law— jamás regresaría.

El Chevrolet Impala no reaccionó hasta la tercera vez que Kid accionó el contacto, mas no volvió a quejarse en todo el camino. Renqueaba tras tantos años de uso, pero era un superviviente, como ellos, y ya estaba acostumbrado a adaptarse a la peor de las circunstancias con tal de seguir su camino. Pensó en encender la radio y dejar que la música disco llenase aquel silencio tenso con su magia y renovación, pero no parecía el momento. Ni siquiera el insistente rock and roll que se había popularizado unos cuantos años antes podría aliviar aquel aire tan cargado, por mucho que se tratase del género favorito de Law.  Al fin y al cabo, Kid tampoco se animaría aunque le pusiesen a LaBelle cantando Lady Marmalade si no había posibilidades de bailarla con toda la energía que merecía.

Si él fuese el Kid de antes, el salvaje, frenético y excéntrico Kid, no le habría importado que Law tuviese un día de mierda. Él mismo se habría encargado de desatascar el pozo en el que se había quedado atrapado sin importarle mancharse las manos en el camino. Quizá se debía a que siempre se había aprovechado de ser pelirrojo y parecer blanco, por lo que sabía fingir que no era mitad argentino y sobrevivir cuando la situación lo exigía. Era lo mismo con sentirse atraído por ambos géneros; siempre podía coquetear con mujeres durante una noche aunque no detuviese la gestualidad de sus posturas y nadie tendría claro cómo juzgarlo, en aquella eterna ambigüedad que lo protegía de las personas detestables. Por otra parte, Law era más reconocible: piel y acento portorriqueños, forma típicamente femenina y un pecho demasiado voluminoso para su gusto. Aunque el entrenamiento y el trabajo habían fortalecido y tonificado sus músculos, había recibido las suficientes amenazas para saber que no tenía escapatoria.

Así, día tras día y humillación tras humillación, el ánimo de Law se había agriado y Kid dejó de ser alguien ambicioso con los sueños claros. A veces el silencio era la mejor forma de comunicarse: no había insultos ni temas complicados que tratar. En el Impala solamente estaban ellos dos y sus respiraciones desacompasadas; nadie podía hacerles daño desde allí, nadie podía juzgarlos a aquella velocidad y distancia.

Kid se permitió posar una de sus manos maltratadas y callosas en los firmes muslos de Law, los palmeó con cariño y esperó su reacción. Pronto los dedos de su novio se entrelazaron con los suyos, los acogió entre ellos y los iluminó el fuego de Vesta. Aunque no pudiese apartar la vista de la carretera y de la suave lluvia que oscurecía el cielo de la urbe, sabía que Law ya estaba más tranquilo, menos agotado y tan resplandeciente como siempre.

—Ojalá pudiese sostener tu mano siempre que tuviese ganas de ello… En un instante consigues que mis palmas hiervan y se derritan sobre las tuyas. —Kid echó un rápido vistazo a sus dedos entrelazados sobre la palanca de cambios. Por mucho que se moviese, Law no desistía y se aferraba a él; su piel dejaba de estar congelada tras tantas horas manipulando alimentos frescos o congelados y regresaba al hogar, al lecho caliente que era la totalidad del cuerpo de Kid en cada instante de contacto.

—Ya sé que soy ardiente, amor, pero no es necesario que avives mi fuego a mitad de camino a casa. —Ante su contestación, Law resopló. Ninguno estaba de humor para ponerse tórridos, pero Kid había conseguido hacer reír a su novio —por mucho que tratase de disimularlo con un suspiro— y, por lo tanto, ya había cumplido su misión—. Hoy me han dado la noche libre en el bar, así que quizá podríamos hacer algo especial si te ves capaz de seguirme el ritmo.

—Oh, ¿y qué será esta vez? ¿Ir al cine y resguardarnos en las sombras? ¿Un elaborado picnic en nuestro propio apartamento? ¿Alguna cena en la casa de acogida de alguno de nuestros hermanos? ¿O vamos a colarnos en el hospital abandonado y domesticar una rata? —A pesar de la calidez de su tacto, el resentimiento y cansancio en la voz de Law aislaban el aire de aquel vehículo de los dos cuerpos que allí se encontraban sentados. En algún momento aquella burbuja estalló y por fin su novio volvió a respirar—. Yo solo quiero tener una cita normal contigo: quedar en Central Park, reconocernos en la distancia, sonreírnos, saludarnos con un abrazo y un beso, caminar de la mano hasta algún estanque apartado y hacernos fotos con las ardillas y los patos, compartir un perrito caliente, que cada uno lo esté comiendo por un lado diferente y encontrarnos en el centro, con un beso asqueroso impregnado de kétchup que te ordenaría limpiar rápidamente. Solamente deseo ser un humano enamorado sin temor a las miradas ajenas o las represalias… y ni tú ni nadie podéis ofrecérmelo.

Law, el eterno pensador, habría hecho palidecer a la obra más famosa de Rodin. Su ceño fruncido, su concentración, su mentón levantado por sus nudillos con gesto reflexivo…; era tan melancólico como bello —convertía en vogue hasta el más pequeño de los gestos— y Kid sintió el deseo irrefrenable de detener el coche en cualquier acera y besarlo hasta que se le derramasen todas las sonrisas de aquellos labios tan tensos. En su lugar, su cerebro tomó el control de la situación y se preocupó por su reacción.

—¿Ha pasado algo en el trabajo, guapo?

El silencio que siguió a la pregunta fue suficiente respuesta. Por suerte o por desgracia, Nueva York siempre ofrecía agradables atascos si deseaba contemplar el moreno rostro de su novio, pero los ojos grises evitaron los suyos, reptaron por las ventanas y huyeron hacia el escaparate de una tienda cualquiera de ropa, aunque ambos supiesen que no se la podían permitir —respirar ya era una victoria en sí misma—.

—Si no quieres hablar del tema…

—Hoy vino el jefe de producción para una inspección de nuestro trabajo y usó mi antiguo nombre como una decena de veces. Cuando por fin había conseguido que todas en el trabajo tuviesen claro quién soy, su forma de actuar provocó que las demás hiciesen preguntas de nuevo y me llamasen de la forma que él lo hizo… Además, hoy no coloqué adecuadamente las vendas del pecho y me he provocado una infección con el roce.

—Mierda, debí echarte una mano esta mañana.

—Kid, llegas de trabajar cuando yo me marcho y necesitas dormir, así que no empieces. Es mi responsabilidad vendarme bien.

—¡Y la mía como novio es cuidarte!

Su declaración fue ahogada por el pitido ensordecedor del coche que se encontraba detrás de ellos en el atasco, mas aquello no aplacó la rabia en los ojos castaños de Kid, no hasta que una de las gráciles y frías manos de Law moldeó el contorno de su pómulo derecho y envolvió su mejilla con la ternura de un amante prohibido. Su sereno rostro de bronce brilló con el corte de su sonrisa blanca y, antes de que pudiese componer una producción lingüística adecuada, Law juntó sus labios. Fue un simple roce —blando y suave como las nubes de los sueños que jamás alcanzarían—, con la disculpa silenciosa en sus ojos de plata y una promesa de aventura en la medialuna dorada de sus labios.

—Ni siquiera tú te puedes encargar de todo al mismo tiempo, amor. Ya hemos tenido esta conversación.

Y a pesar de lo trágico del mensaje, el caballo de guerra de Kid se apaciguó. Este pudo tomar el control de su propia mente y del Impala y dirigirse a su hogar ahora que el atasco había desaparecido ante sus ojos.

—Aun así, hay algo que puedo hacer por ti.

 

La vida adulta —y precaria— era incompatible con casi todo, pero dedicarse al ocio nocturno lo complicaba todavía más. Law y sus turnos de mañana o tarde y Kid y sus turnos de noche. Si ambos no se hubiesen marchitado, podrían haber compuesto una canción sobre el sol y la luna y la imposibilidad de amarse más allá del eclipse.

Y, al contrario de lo que cualquiera de ellos hubiese pensado, la ausencia y la clandestinidad también instauraban rutinas. Huir, buscarse entre el gentío y jamás poder conectarse —no era necesario un beso de fuego; solo un abrazo, unas manos entrelazadas, un peso cómodo sobre el hombro ajeno…— los estaba consumiendo poco a poco. Las estaciones avanzaban, pero en ellos perduraba el eterno Otoño.

Ante un océano de dificultades, quizá la complicación extra podría servir de balsa. Por lo menos por una noche, por un instante en el que los astros se alineaban a su favor y los dejaba florecer sin miedo al juicio de Dios, merecían vivir.

—No estoy seguro de esto, Kid. Estamos rodeados de blancos…

—Pero tan maricones como tú. ¡Vamos, será divertido! ¡Permítete ser libre por una noche!

Madonna sonaba en los altavoces de la discoteca, los focos parpadeantes y las luces azules aportaban una penumbra interesante y los cócteles eran tan coloridos y llamativos como la indumentaria de algunos de los presentes. Gracias a su trabajo de camarero, Kid había tenido posibilidades de oír sobre aquel local gay y había reprimido aquella información hasta que Capricornio —el peor signo del zodiaco posible— recibió un gran impulso de Saturno y por fin le otorgaron un día libre.

Antes de que pudiese titubear de nuevo, Kid tomó la mano de Law y le sirvió de guía a su propia libertad. Tras tanto tiempo evitando los ojos de la gente, ya no sabía desenvolverse en aquellas situaciones, mas el genio indomable de Kid regresaba con los recuerdos de su etapa groupie y, a pesar de dominar la música pop en aquel establecimiento, el baile animaba a las fieras a regresar a su estado natural.

Por mucho que Law tratase de mantenerse tieso, Kid se contoneaba a su alrededor, tiraba de sus muñecas y lo incitaba a fusionarse con su vaivén. Ya fuese con sus antiguas chaquetas de cuero o con sus actuales crop tops, el pelirrojo sabía cómo moverse —y cómo alentar a una presa a entrar en la boca del lobo—. Le sonreía así, con la esperanza y fe de un Santo, chasqueaba los dedos al ritmo de sus hombros saltarines y ni siquiera su propia melena podía cortar la conexión de sus ojos. En algún momento, Law se dejó contagiar, tentar y convertir en un hombre más en aquella pista multicolor. Brincaba y dominaba el aire siguiendo el ejemplo de su novio; jugaba con sus pies y lo hacía reír con susurros subidos de tono para desconcentrarlo y nivelar sus habilidades. En definitiva, se permitían vivir por una noche. Sin vigilar sus espaldas a cada instante, sin desaparecer entre la multitud, sin negarse el tacto por miedo a incendiarse.

Nadie mostraba interés en ellos, ni siquiera cuando sus cuerpos se fueron acercando y unos labios gritaron por sus compañeros. Aquella fue la primera vez que se besaron en un público que no se redujese a los hermanos y padres de acogida de Kid. No fue un beso mágico ni el inicio de un nuevo torrente de emoción en sus cuerpos; fue uno más, como todos los que vinieron antes y los que vendrían después. Aun así, ambos desviaron la vista hacia los demás bailarines de la pista y comprobaron que el mundo seguía exactamente igual, que a nadie le importaba lo que ellos hiciesen y que existía un futuro en el que un segundo beso era posible. No fue un beso mágico, mas sí una experiencia nueva y desconcertante.

—¡Esos fueron unos pasos sensacionales, pelopincho!

Aquella voz los sobresaltó, ubicada entre la nada misma y la barra de la discoteca. Kid no supo de dónde salió, pero identificó rápidamente al culpable: había un chico —quizá un par de años más joven, pero los rostros aniñados engañaban— con los codos apoyados en la barra, la cabeza ladeada, una sonrisa desbordante en los labios, cabello alborotado y oscuro a juego con sus enormes ojos y mucho más moreno que la mayoría de los ocupantes del local. Por su aspecto, también era latino.

—¿Puedo unirme? No me he cruzado hasta ahora con nadie con quien me pueda sentir a gusto de verdad. Aquí como mucho hay alemanes o italianos… —Por el acento, supieron que su lengua nativa no era la misma que la suya. Aunque hablasen todos en inglés su sistema fonológico era muy diferente, nasal y vibrante —sus balas giraban en el tambor antes de ser disparadas—. Kid era horrible para identificar acentos, pero la voz de Pelé en la Copa del Mundo del setenta llegó como referencia. 

—Siempre que puedas seguirnos el ritmo… —indicó Kid antes de que su pareja pudiese protestar, con una sonrisa curiosa—. Somos Kid y Law, por cierto.

—A mí me podéis llamar Luffy.

De alguna forma, el recién llegado desprendía una energía y una diversión que consiguió contagiar e hidratar los secos brotes del sentido del humor de Law. Cuando Luffy sonreía, el brillo se reflejaba en los ojos de plata de su novio. La rigidez, la prudencia y la tensión habían desaparecido por completo y, como si siempre hubiesen estado destinados a ello, se coordinaban y complementaban cual cabezas de Cerbero vigilando la entrada a un paraíso que las demás personas de aquel local jamás podrían tocar.

—Te mueves bien, chico. ¿Te dedicas a dominar la noche todos los fines de semana?

—Oh, ¡qué va! —De alguna forma, Luffy podía entender los murmullos de Law incluso entre el bullicio, con sus ojos negros clavados en una gota de alcohol en sus labios—. Comencé a deambular más cuando conocí a mi pareja y prácticamente paso los días aquí dentro. Es un buen ambiente y ponen buena música.

—Espera, ¿has abandonado a tu pareja durante una hora entera?

—¡No es para tanto! Estamos acostumbrados a separarnos y localizarnos cuando es necesario —aclaró con un encogimiento de hombros. Su sonrisa era tan inocente y decidida que Kid no podía detectar ninguna clase de mensaje oculto. O, por lo menos, no tuvo el tiempo de reacción necesario antes de que Luffy siguiese hablando—. ¡Ahora que lo dices, voy a presentároslo!

Y se desvaneció, fagocitado por los cuerpos danzantes que se acumulaban y complementaban en la pista. Kid dirigió una rápida mirada a Law y le dedicó una sonrisa antes de unir sus frentes—. Me gusta, aunque sea idiota.

—Quizá sea porque te sientes identificado… —murmuró él sobre sus labios. Quiso ocultar una breve risa, pero el pelirrojo atrapó su caja torácica con las manos y la hizo estallar con cosquillas. Siempre era un extraño espectáculo ver a Law siendo tan puro, tan abierto y claro con sus sentimientos y emociones. En aquel instante sentía que podría convencerlo de todo, que serían capaces de destruir el mundo de una patada con tal de salirse con la suya.

—¿Me prometes que no te enfadarás si te propongo algo? —Normalmente replicaría al instante con alguna broma cruel, pero allí, lánguido entre sus brazos y con la cabeza estirada hacia el suelo, un brillo juguetón destelló en sus ojos—. ¿Qué te parecería proponerle un trío?

—Tiene pareja, Kid.

—Y también te tiene ganas, Law.

—¿Quieres que sea un rompecorazones?

—Técnicamente el rompecorazones sería Luffy.

—¿Y dónde piensas esconder a su pareja?

—Eso que lo decida él.

Ambos se miraron fijamente, con las cartas sobre la mesa y algunos centímetros de separación entre los labios anhelantes. Con aquella luz intermitente, la sombra de Kid se extendía como una neblina insaciable.

—¿Y si… se sienten decepcionados y se enfadan conmigo?

—Pues entonces sacaré la navaja.

—Oh, te acabo de imaginar completamente desnudo y, en una cartuchera de las películas western, un cuchillo en vez de revólver.

—¿Era sexy? Porque eso sonó sexy.

—Eres tú, Kid. Siempre será sexy.

Cortaron las risas con un beso, con otro, con un abrazo, con otro, con un empujón, con otro, y, cuando quisieron darse cuenta, la pasión los dominaba por completo en medio de la pista azulada de la discoteca.

—Uy, ¿interrumpimos algo?

—Cuando preguntaste, lo hiciste —gruñó Kid, pero no se negó a separarse de su novio. Observó al Luffy recién llegado y a su acompañante, un blanco cualquiera de Europa: rubio, ojos azules, porte elegante con un traje impecable, arrugas de pensar y fumar y, eso sí, una ceja rizada que de alguna forma estaba a la moda—. ¿Este es tu chico? Me lo imaginaba más joven.

—Y yo a ti más latino —replicó el rubio automáticamente. Sus ojos lo analizaban con interés, al igual que a Law. A pesar de ser mayor que todos, parecía más perdido y curioso de conocerlos. Una suave sonrisa de interés brotó de sus labios como señal de presentación y, a pesar de que no poseía ninguna clase de acento, Kid supo que era francés. Solo un francés podía ser tan cortante y amable al mismo tiempo sin haber ningún motivo para ello de por medio—. Yo soy Sanji. Encantado de conoceros. ¿Que os parecería mover la diversión a un nuevo lugar?

Era atractivo, carismático, elegante pero, de alguna forma, cercano. No había ni un atisbo de maldad en su rostro, y aun así no era nada inofensivo. La sonrisa centelleante de Sanji dejó claro todo lo necesario para que se contagiase por los labios ajenos.