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Conoce el sitio como la palma de su mano. Provoca un escozor en la garganta con el peso imperante de un sonido desdeñoso que se niega a proliferar, aún en su soledad. Los árboles que conoce tan bien le ceden la entrada a una oscuridad agradable, fría; por un momento, detesta la Visión Cryo colgada a su cadera, impidiendo que su piel sea capaz de ser besada por la frescura del bosque. Los grillos y los pájaros crean una sinfonía peculiar, una que, con un sonido desdeñoso desde el fondo de su garganta, podría dar por terminada. Sonidos desdeñosos de rabia contenida se desbordan en un suspiro y, derrotado, se recuesta en el pasto.
La tierra de los Ragnvindr es objeto de respeto y de cuidado para otros. Con honradez, aquellos que supieron de la tragedia de Crepus Ragnvindr procuran no fallarle a la memoria de un hombre que, en su facultad de empresario, hizo todo por ayudar a Mondstadt. Kaeya vio desde una tierna edad lo que significa la adoración al notar las miradas dirigidas a Crepus. Todos idolatraban su buen gusto, su magnánimo porte, la belleza de su difunta esposa, la perfección en su pequeño hijo.
Él adoró los frutos más dulces de la cosecha de la casa Ragnvindr. En su boca, no hubo algo más exquisito que el nombre que rodaba fuera de sus labios. Dos movimientos de su lengua, un cliqueo de su garganta y allí lo tenía: Diluc.
—Diluc...
El fruto más dulce se pudrió entre sus dientes. El bosque detrás del viñedo lo esconde de su fracaso, de la putrefacción. Kaeya tiene que girar sobre su costado para fingir que es capaz de ignorar las miradas de aquellos que se embelesaron con su padre adoptivo y con la obra de su vida, pasando por un viñedo de calidad envidiable hasta un muñequito viviente con el cabello besado por el fuego.
Se notaba a leguas que Crepus Ragnvindr no fue el arquitecto detrás de la creación de Kaeya. Siempre lo supo, siempre lo ha sabido. Era notorio en la peor de las formas. Carente de escrúpulos, desprovisto de sobria elegancia, forjado bajo conceptos que no entendía porque el flujo de su sangre lo impedía. Condenado a vivir con la pantomima de ser el Capitán de Caballería, Kaeya Alberich es su propio tipo de elegancia, de sobriedad y de pulcritud, pues reniega del apellido Ragnvindr. Crepus no tomó el pincel para cosquillear su piel con él y darle la belleza incandescente de Diluc, quien, aún en su perpetua seriedad, ilumina una habitación entera al entrar. El sol encerrado bajo carne humana... ¿Qué hacía Kaeya a su lado?
Atrapado por siempre en el tiempo, bajo escasas medidas en las que su vida corre, está condenado a contar cada eón extrañando al sol desde el vacío, como la estrella moribunda que es con dos movimientos de su lengua y un cliqueo de su garganta.
—Diluc...
La oscuridad lo recibe, el vacío lo saluda y besa sus labios más como un viejo amigo que como un amante y Kaeya lo entiende. Él no fue pintado para brillar.
En ese ínter en el que flota en la inconsciencia, encuentra el sentido de su vida, trazado por supernovas y galaxias siderales tras sus ojos, hallando silencio y... nada. Un mundo inmenso, la responsabilidad de que nueva vida comience y otros trillones se apaguen; el ojo en el cielo, inmortal, inamovible. Fue creado para controlar. Habría preferido ser pintado para brillar.
Khaenri'ah lo creó para controlar. A Kaeya le gusta el control. Después de todo, no puede controlarse a sí mismo. ¿Por qué no sujetar las pequeñas, estúpidas cosas que podrían darle entretenimiento en la eternidad? En sus dientes, el fruto más dulce de un hogar destruido no accede más a ser su cacería. Entonces, ¿por qué no salir de las matas de uvas y llenar su boca de otras delicias que, a pesar de no poderse comparar, pueden calmar su apetito?
Hambriento. Está hambriento, y ya no hay nada. Solo queda el recuerdo de un sol encerrado bajo carne humana acariciando su mejilla y lo baja de las estrellas con un cliqueo de su garganta y el cerrar de sus dientes.
—Kaeya...
Abre los ojos. La estrella que vaga por el mundo terrenal encuentra al sol encerrado bajo carne humana, brillando aún cuando el manto nocturno amenaza con consumirlos a ambos y dejarlos encerrados en este bosque que todos respetan, que solo él tiene la osadía de ofender porque no pertenece allí.
No debería estar allí. La obra maestra de Crepus Ragnvindr lo mira con una expresión... indescifrable y, por algún motivo, sus nervios se encienden de vuelta y trata de levantarse de la cama de flores y pasto en la que cayó rendido en su dolor.
Diluc alza una mano enguantada y Kaeya, por algún extraño motivo, obedece. Su huída se queda en un intento y, a pesar de que la ansiedad y el terror acumulados antes de su pequeña siesta se han adormilado, el dolor en el pecho sigue allí. ¿Diluc lo escucha? ¿Puede oírlo? ¿Será que se respeta tanto a la tierra de Crepus Ragnvindr porque está conectada a ellos? Si Diluc Ragnvindr supo que Kaeya estaba allí, sería por algo. Quizás la magnífica criatura olió el vacío que corre por sus venas hasta este lugar, entre árboles y musgo.
Diluc no lo amenaza, no lo intimida con su infinito calor entre tanta frialdad. Por un momento, detesta la Visión Cryo colgada a su cadera, impidiendo que su piel sea capaz de ser besada por la calidez de Diluc Ragnvindr recostado a su lado.
Estupefacto, Kaeya solo puede mirarlo en su tortuoso descenso a su lado.
—No ahora. No empieces ahora —advierte de un «ahora» del que Kaeya no es participe.
El Capitán traga saliva y, sin dejar de mirar a Diluc, se recuesta una vez más, no pudiendo evitar el querer freír sus pupilas por mirar por demasiado tiempo al sol. Gira sobre su costado una vez más para poder encarar a Diluc, quien, boca arriba, expone su rostro a las copas de los árboles y a Kaeya a su cuello pálido.
Qué fácil sería hacer estallar al fruto más dulce del Viñedo del Amanecer, a la fruta que nadie pudo alcanzar, la obra maestra de Crepus Ragnvindr. Qué fácil sería llevar su mano al encuentro con la yugular por la que viaja fuego, hermoso, incandescente, capaz de iluminar toda una habitación... Todo un bosque.
—¿Recuerdas... aquella vez que padre nos enseñó a montar a caballo?
Kaeya lo mira.
—Yo estaba muy asustado y, aunque tú tenías curiosidad, notaste que me temblaban las rodillas y ya no quisiste subir al caballo...
Lo recuerda. Padre... Crepus Ragnvindr se burló de ambos muchachos diciendo: «Mondstadt tendrá una gran caballería con dos niños que le temen a los caballos».
Sonreiría solo para guardar apariencias o diría que no tiene idea de lo que Diluc está diciendo, pero tampoco es tan tonto como para hacer algo así, dadas las circunstancias. Un trozo del cielo bajó para darle, en la oscuridad, la calidez del sol; el astro que estaba fuera de su órbita notó la tristeza en su soledad, vagando en el vacío, y decidió sentarse un momento a sanar esa soledad. Por ende, solo puede mirar. Pequeño, como un niño, dobla las rodillas hacia su vientre y usa una mano para tocar el pasto mientras la otra le sirve de apoyo a su cabeza a punto de estallar en preocupación.
Diluc no toma el silencio del vacío como una ofensa, y por supuesto que no. ¿Por qué el sol se preocuparía por la oscuridad?
—No soy un buen jinete... Es decir, mi técnica es... Creo que soy bueno técnicamente hablando. Pero soy incapaz de crear una conexión con algo tan fuerte y tan libre como lo es un corcel... Pensé en eso cuando llegué aquí. Después de todo...
No continúa. Kaeya también sabe porqué no lo hace. Con Diluc Ragnvindr a su lado, ha aterrizado sus emociones, incluso si estas continúan corriendo descarriadas bajo su piel como caballos indomables.
Esta es la parte del bosque donde los árboles fueron tallados con mensajes pequeños, sus nombres, dibujos improvisados y de calidad desprolija. Conoce el sitio como la palma de su mano. Provoca un escozor en la garganta con el peso imperante de un sonido desdeñoso que se niega a proliferar, porque este es el lugar de su infancia.
Se acurruca en su propia mano, trata de invocar el sueño, pues el dolor en el pecho sigue allí. Aún con este amenazándolo con arrebatarle el aliento y devolverlo a la nada, dice:
—Si tú les tenías miedo, yo les tenía miedo. Eres Diluc Ragnvindr... ¿Cómo no asustarme... por lo que te asusta a ti?
Diluc Ragnvindr lo ve; astro rey mirando a una estrella moribunda. Pero ¿qué no los soles mueren también? ¿Qué no brillan, fallecen con ello y se rompen a pedazos en su intenso fulgor? Diluc Ragnvindr lo ve e imita su postura. Sus hombros angulares le dan una dimensión que hace a Kaeya sentirse aún más pequeño. No carece de fuerza, de una técnica letal al pelear y una fortaleza formidable, mas su cuerpo no presume de ello como lo hace el del hombre que quema al pasto con el cabello envuelto en fuego, hermoso, perfecto, pintado a mano por Crepus Ragnvindr.
—Y ahora, eres Capitán de Caballería...
—Varka se llevó mis caballos...
Diluc sonríe. No lo hace, pero Kaeya lo siente. La única estrella en su ojo nota la tensión en el labio ajeno, una mueca a medias que reconoce, pues es el escondite de una risa melódica y bella, una que Diluc Ragnvindr, el pequeño sol del Viñedo del Amanecer, escondía de diplomáticos y alcurnia en las tierras de su padre.
—Sí... Un caballero sin caballo... Pensé que tenías uno personal.
—No suelo sacarlo a trotar. Permito que viva en el establo.
—Se pondrá triste si no te ve.
—Sí, claro...
Conoce bien este lugar. Es el bosque de su infancia, donde fue un pirata, un rey, un sabio de Sumeru, un guerrero tribal de Natlán. En presencia de Diluc Ragnvindr, ¿quién es Kaeya Alberich? ¿Quién es en su ausencia? Diluc Ragnvindr busca, con dedos envueltos en cuero, a los de Kaeya Alberich. Índices y anulares se rozan y viajan unos por encima de otros con tanta extrañeza y tanta naturalidad al mismo tiempo que Kaeya tiene la respuesta.
En el bosque de su infancia, en Teyvat, Kaeya Alberich es la luna que persigue constantemente al sol que es Diluc Ragnvindr, nunca encontrándose, pero siempre detrás, siempre allí, en el vasto vacío. Kaeya Alberich no es el recipiente de la eternidad; es un satélite que, sin la tibieza de un astro que lo guíe, no podría saberse completo.
La luna persigue al sol. Su frente toca el pecho de Diluc una vez que terminó de arrastrarse como un gusano miserable a su encuentro, encuentro que Diluc permite al rodear a Kaeya con uno de sus brazos.
—Tengo mucho miedo...
Le teme al vacío, a la nada. Es un satélite, no un manto oscuro plagado de promesas de eternidad. Es una luna que encontró su órbita, y la perdió. Bajo traiciones y pretensiones ajenas, abandonó las tierras de Crepus Ragnvindr y es su obra maestra lo que le dio fin a tanto dolor provocándole uno mayor, uno terrenal en su facultad de dueños y señores de su pequeña galaxia.
—Diluc —dos movimientos de su lengua y un cliqueo de su garganta—. Diluc...
—Shhh... —la mano en su espalda le da un ancla, una órbita segura donde puede exhalar en paz e inhalar un inolvidable perfume amaderado. Toma su tiempo para responder, pero lo hace con una certeza que termina por diluir el miedo de Kaeya en una inquietud tácita, del tipo que obliga a los hombres a buscar soluciones—. No sé qué me estás escondiendo, Kaeya. Me has traicionado, hecho un daño irreparable... Pero ¿cómo no asustarme por lo que te asusta a ti?
—Diluc —solloza con aquellos sonidos desdeñosos que procuró evitar desde su entrada al bosque, pues las respetables tierras de Crepus Ragnvindr no merecen las lágrimas de un traidor de su calaña, de un satélite disfrazado de oscuridad—. Perdóname. Tengo mucho miedo, yo no sé qué...
—Yo tampoco sé qué haremos. Pero haremos que Mondstadt esté a salvo, tú y yo. Este es tu hogar, Kaeya. No puedes fallarle, no voy a permitir que lo hagas. Te odiaré en serio si lo haces, ¿me oíste?
—No me odies. Por favor, no me odies...
—Ya basta... Ya basta, Kae —su tono pierde firmeza, como una vela al fuego, y escurre en una cálida sensación que inunda los oídos de Kaeya, el espía de Khaenri'ah, para permitirle santuario a sus lágrimas—. Tienes que proteger a Mondstadt. A cambio, yo te voy a proteger a ti.
Kaeya lo mira en una moción tan rápida que ni Diluc es capaz de apartar su brazo a tiempo. Sus lágrimas caen al pasto en las tierras de Crepus Ragnvindr y el sol del Viñedo del Amanecer las aparta con un pulgar amable, haciéndole saber que sus palabras no son simples artimañas, sino una promesa que guarda en el fondo de su corazón. Kaeya, la luna destinada a perseguirlo, persigue los labios del hombre que fue un noble, un conquistador, un poeta y un caballero en el bosque que ambos conocen bien y, en su boca, encuentra la calidez que su Visión Cryo trató de arrebatarle.
Diluc corresponde con cuidado; sus órbitas colisionan de forma extraña, pero natural, tomando la cintura de Kaeya para invitarlo de vuelta al pasto para que sean las tierras de Crepus Ragnvindr las que beban sus lágrimas mientras sus suspiros aplacan su dolor.
Kaeya Alberich llegó hasta allí en un ataque de pánico, convencido de que prefería morir en el bosque antes de ver el dolor en la mirada del único hombre que ha amado una vez que su traición se consume; la muerte póstuma de su pequeña galaxia. Es ese mismo hombre quien, con besos suaves y caricias firmes, lo convence de lo contrario. Diluc Ragnvindr calienta su cuerpo con mordidas en sus labios y, no, dioses, no. Kaeya Alberich no lo traicionaría.
Los brazos del Capitán envuelven el cuello de Diluc. En respuesta, el magnate abraza la espalda de Kaeya. Se unen cómodamente, algo extraño y natural. Al final, es el aire lo que evita que prosigan, mas no pretenden separarse demasiado.
El dolor en el pecho sigue allí. Su corazón le pide respuestas, un motivo para no dudar ni sentirse desfallecer con cada pequeña promesa de protección o de traición. Pero Diluc debe de quitarle el cabello del rostro con una mano gentil, y su corazón se calla para embelesarse por él. Como lo hacía de niño, solo puede perseguirlo, admirarlo, envidiar su calor y desearlo. Es un astro celoso, uno que persigue al sol y hunde el rostro en su cuello para besar su manzana de Adán, para morder su yugular, para paladear su colonia.
—Kaeya... —un cliqueo de su garganta y el cerrar de sus dientes; la destrucción de un traidor y el nacimiento de un amante.
La única estrella en su rostro se esconde tras su párpado, expulsando un jadeo poco atento para indicar que escucha, mas no que atiende a lo que Diluc dice, dejando claro este hecho con un:
—No ahora. No empieces ahora.
Diluc sonríe. Esta vez, lo hace en serio, para que el cielo estrellado lo pueda ver. Kaeya no lo permite, el astro celoso. Se endereza sobre Diluc para tomar su mejilla y obligarlo a mirarlo, encontrándose con que Diluc ya lo hacía. Su corazón, como una vela al fuego, se derrite. El miedo pasa a segundo plano; ya tendrá tiempo para odiarse, para rehusar de la sangre que corre por sus venas y su lugar en esta pequeña galaxia. Ahora, su objetivo es perseguir a Diluc. Esa es su función, como la luna que persigue al sol.
