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Fue en un torneo, apenas 8 veranos y su padre finalmente había terminado de esperar para llevarla a la corte. La había instado de memorizar al derecho y al revés todos los estandartes de los 7 reinos y todos sus miembros importantes, aún era joven, pero habría varios primogénitos importantes en la corte y el tiempo era algo que uno no puede dar por sentado.
Su padre solo aparecía para cenar con ella y su madre, siempre en un silencio sepulcral, solo interrumpido para cuando él le comentaba algo a su madre sobre su día, muchas veces lo hacía cuando estaba molesto, la mayoría de las veces tenía que ver con algo sobre el príncipe Daemon.
Apenas unas lunas después, un torneo por la llegada del verano, su madre la preparo con el vestido más hermoso que había visto, también fue el más sofocante. Le dijeron que se relacionara con el resto de las niñas de la corte, cosa complicada cuando sientes tu piel arder y tenías que estar a cada rato limpiando, de la forma más disimulada, el sudor de tu cara.
El calor, el sudor, la mirada de sus padres, las voces incesantes de la cortes…era insoportable, ¿cómo es que sus padres pueden aguantar esto?
— ¿Estás bien?
Era una pregunta rara, ¿cómo estaba ella? No sabría decir. La niña al lado suyo no se parecía a nada que hubiera visto antes, ojos violetas y cabello platinado, con una expresión preocupada. La mirada de sus padres se hizo aún más intensa.
—Princesa Rhaenyra. —logro decir con la voz entrecortada.
—Sí. —respondió ella.
—Hace calor —era verdad, no solo era el ambiente y el poder sentir a sus padres respirándole en el cuello, estaba enfrente de la princesa, la persona más importante para relacionarse y no sabe que decir, por los Siete, podría largarse a llorar allí mismo y traerse más deshonra.
—Sí, no es maravilloso —respondió ella alegre, su vestido era bastante simple para ser el de una princesa, no tan ornamentado como el suyo—, bueno, para mí, ¿por qué aun llevas un vestido de invierno?
¿Tenía puesto un vestido de invierno? Era pura tela, sin pieles a la vista.
—No estoy usando un vestido de invierno, no es de piel. —apenas esa frase salió de su boca quiso arrancarse la lengua, adelantarse a su padre, el rostro de la princesa de arruga y siento mis ojos picando en lágrimas.
—¿Quién puede soportar las pieles? ¿Eres del Norte?
—No —respondió en un susurro que tuvo que repetir porque las voces no han hecho más que aumentar, la princesa ahora está muy cerca, demasiado como para ser decoroso—, soy del Dominio, Antigua; soy Alicent Hightower.
Ella me miro curiosa, con un ojo abierto tratando de dar sentido a mis palabras.
—Soy la hija de la mano, Otto Hightower.
La princesa entiende ahora y le sonríe de oreja a oreja, tomándole de la muñeca con una fuerza considerable la arrastra hacia otro grupo de damas que ostentan su edad.
Las únicas que prevalecen en su memoria son lady Jayne Arryn, prima de Rhaenyra por parte de su madre y lady Amanda Reed, una chica del Norte, la chica más extraña que había conocido hasta ese momento; siempre hablando en murmullos y jugando con cualquier insecto que encontrara, jamás entenderé porque la princesa insistía tanto en tenerla cerca o como permitieron que fuera una de las damas de la princesa.
Alicent aprendió a callar a temprana edad, los callosos dedos de su padre impartieron esa lección de forma contundente. Silencio en la cena, silencio cuando su madre o padre hacían algo que no le gustara, silencio ante los comentarios inapropiados de algunos mozos de la corte, en especial de ese aberrante bufón.
Pero sobre todo, callar ante Amanda Reed y toda su rareza. Casi había remplazado el habito de presionar sus cutículas hasta sangrar con morderse la lengua hasta que le costara hablar ante la salvaje norteña.
—No hay muchas especies de insectos haya en el Norte por las temperaturas, pero en el pantano tenemos algunas especias únicas como esta larva gricole.
Y lo peor es que la princesa la escuchaba, la escuchaba como si estuviera oyendo la historia del conquistador por primera vez. Antes de Alicent estaba Amanda y Alicent jamás pudo entender porque, nunca vio a dos personas tan opuestas querer converger una y otra vez, día tras día.
La princesa era una persona tan…vivaz, siempre moviéndose y preguntando, curiosa por el mundo fuera de los muros de la fortaleza roja y dispuesta a consumir toda información que se le proporcionase del exterior.
Ahí es donde Alicent consiguió infiltrarse, le ordenaron que no hablara, la princesa le rogaba que lo hiciera.
La historia de los Ándalos siendo recibidos en Antigua por la casa Hightower, los primeros en arrodillarse ante la estrella de los siete. La princesa siempre ha dejo de entrever su falta de Fe, no hubo septa que haya podido obligarla a rezar en un septo por más de unos breves minutos, pero viniendo de sangre conquistadora supongo que también encuentra encanto en la historia de los Ándalos.
Le habla de Antigua, su amado hogar, donde creció y donde dejo al resto de sus hermanos. “No son relevantes por ahora” había dicho padre cuando le preguntó porque no podíamos traer a Gweyne y al resto.
La princesa la escucha más que nadie, se queda con ella en las lecciones de bordado escuchándola atentamente contar sobre cosas de su hogar e infancia.
La reina Aemma por primera vez voltea a ver a Alicent cuando por quinta vez consecutiva encuentra a su hija donde se supone que ella debía estar, escuchándola en silencio mientras bordaba.
—Parece que tu hija resulto ser una buena influencia—felicita la reina a su madre quien se muestra honrada, tropezando un poco ante el alago de la reina. Padre también la felicita esa noche, la arropa antes de dormir y le dice que está haciendo las cosas bien.
—Sigue así. —esa frase la perseguirá el resto de su vida.
La princesa la lleva enfrente del árbol de dioses, sin Jayne o Amanda a la vista, le dice que tiene un regalo.
—Casi pierdo los dedos haciéndolo, pero madre dice que está bien para ser la primera vez.
Un bordado, sus puntos son toscos y dejan a entrever la falta de experiencia, los Siete saben que su madre no dudaría en tirarlo al fuego y decirle que vuelva a comenzar. Una torre verde con una llameante flama roja, en el medio de la parte de abajo hay dos figuras tan mal bordadas que son irreconocibles.
—Se supone que somos tú y yo—aclara la princesa—, siempre hablas de tu casa y no me he podido sacar eso de la cabeza así que aproveche para hacerte algo como una especie de recuerdo.
Alicent no puede expresar palabra ante el gesto de la princesa, por primera vez mira detenidamente sus dedos y puede notar la serie de puntos rojos, ella parece notar su mirada.
—Además, ahora combinamos. —dijo ella tomando juntando sus manos para compararlas. Alicent quiere llorar, pero sabe que no sería apropiado, así que se muerde la lengua.
—Gracias, princesa.
—Rhaenyra.
Rhaenyra era la persona que la hizo sentir más vivaz en toda su vida.
Les muestra el bordado a sus padres y decide hablar por primera vez en una cena, su madre la felicita y su padre solo le asiente con la cabeza.
“Sigue así” escucha retumbar en su mente.
Rhaenyra la invita seguido a pasar el rato, en su mente se felicita “Soy una de las damas de compañía de la princesa”. Jayne se muestra indiferente ante su presencia y duda que Amanda se haya dado cuenta, no puede recordar ni una sola vez en que la haya mirado directo a los ojos.
El tiempo pasa y Alicent comienza a dejar de extrañar Antigua, estaba experimentando emociones que nunca pudo cuando estaba en su hogar. Se la había instado a hacerse amiga de su prima mayor, lady Lyne Hightower, pero la diferencia de edad fue demasiado evidente, siempre le costó seguir el ritmo de la conversación y dudaba que ha su prima o el resto de sus damas les haya importado tratar de ponerla al corriente.
Con Rhaenyra es diferente, se siente bien estás cerca de ella, la deja hablar todo lo que quiera y la detiene delicadamente cuando ve sus cutículas.
Rhaenyra se había convertido en alguien especial en la vida de Alicent, lástima que ella no parecía sentir lo mismo.
Tiempo después mientras hablaban en el árbol de los dioses hablando de todo y nada, Amanda intenta explicarle a Rhaenyra y Jayne sobre los Dioses Antiguos y sus historias, Alicent hace oídos sordos, no necesita esa información en su vida por lo que su mirada empieza a vagar, ve el rojo cabello de Jayne que se a despeinado por el viento, las mejillas regordetas de Rhaenyra adornada con una nariz respingona y una mirada de total deleite y al foco de esa mirada, Amanda Reed, nota el opaco cabello de la chica y que incluso está algo encorvada.
Quizás debería volver al Norte, ningún joven de la corte le gustaría casase con ella. Entonces nota algo en la bolsa de piel que ella siempre trae, algo que sobresale tímidamente.
Un bordado, un poco más prolijo, de color verde y distingue la figura de un cocodrilo. El emblema de la casa Reed.
Siente sus uñas presionar y sus dientes podría romperse, cada segundo que pasa observando ese bordado una nube negra se cierne sobre ella instándola a perder todo decoro para finalmente aclararle a “lady Reed” como se supone que funcionan las cosas y como sus pretensiones son mayores que las de su rango.
“Sigue así” la frena de realizar tal acto, por una vez está agradecida con su padre. Mira a Rhaenyra quien se muestra fascinada por lady Reed, se ve tan feliz que duele, algo feo en sus entrañas se instala, algo que no puede dar nombre pero sabe que no puede quedar ahí.
Esa noche por primera vez le habla a su padre “Amanda Reed le está enseñando a la princesa sobre los Antiguos Dioses, creo que ella es su favorita”. Su padre es lo suficiente astuto como para captar el mensaje.
El padre de Amanda Reed la llama de regreso a su hogar, un matrimonio con algún rivereño sin importancia, la joven acepta con decoro su deber, se despide de las tres y deja algo entre las manos de Rhaenyra que no puede llegar a ver.
Cuando se para enfrente de ella por primera vez la mira los ojos, Amanda Reed tiene los ojos grises, tan vacíos que siente que puede ser consumida por ellos. Un escalofrió recorre su columna y siente la necesidad de huir.
“El árbol lo ve todo, Alicent, ten cuidado de subir demasiado alto”
Palabras sin sentido de una joven carente de él.
Amanda se va y nunca vuelve a la corte.
El hermano de Jeyne Arryn muere años después y ella tiene que regresar al nido de águilas.
Alicent tiene 11 veranos y se despierta todas las mañanas con la alegría de saber que es la única dama de compañía de Rhaenyra Targaryen.
La reina Aemma incita a su hija a volver a llamar a otras damas para hacerle compañía, nombres como Laena Velaryon o Cassandra Barathion resuenan.
“Ellas son familia, estoy segura que podrás formar un gran lazo con ellas” Son palabras de persuasión para que Rhaenyra ceda, Alicent se siente atacada, ella no es familia, pero es la hija de la mano, pertenece a una casa importante y ha sido la única en sacar carcajadas de la princesa. No se necesita sangre para hacer eso, solo…
Aunque decir que es la única capaz de hacer sonreír a Rhaneyra sería mentir, su tío, Príncipe Daemon, es la persona favorita de Rhaenyra, ella misma se lo ha repetido múltiples veces.
Nunca ha estado en presencia de él, a pesar de su fama de Lord del Lecho de Pulgas, parece ser un hombre reservado para todos que no posean una gota de su sangre. Pero Alicent siente que lo conoce tan bien como Rhaenyra, su padre habla fuerte y constante de él, más cuando hace acto de presencia en la corte.
Alicent conoce la cara que Daemon no se atreve a mostrar a Rhaenyra.
Reza a los Siete para que le den fuerzas para mantener la verdad dentro de su ser, la vergüenza de permitir vivir aquellas mentiras a Rhaenyra es más soportable que la idea de ser la causa de sus desdicha.
Alicent es una dama de alta alcurnia, no importa los comentarios viles que algunos cortesanos de la corte osan propagar. Ella vive para servir a su casa, a su esposo y a su reino. Aún no está casada pero sabe que pronto su padre comenzara a buscar el mejor candidato posible, su madre ya le ha advertido sobre no esperar nadie de una gran casa, su tío Hober tiene 3 hijos varones y 4 hijas. Ella sirve a su familia complaciendo a la princesa y haciendo feliz a la reina, ella sirve al reino al proteger a Rhaenyra de las depravaciones de su tío.
Después de la partida de Amanda la princesa está más apagada y se distrae muy seguido como su dama no puede permitir eso. La lleva hasta el septo, enfrente de la estatua del padre y le dice que recen por Amanda, para que llegue bien a casa y para su matrimonio sea fructífero.
Rhaenyra duda como siempre que le piden rezar, pero su fuego está atenuado y obedece. Alicent no reza por Amanda, reza para que esto nunca termine.
Se convierte en una especie de tradición, Rhaenyra parece encontrar cierto consuelo en el septo, recorriendo las estancias y admirando los 7 altares. No reza tan seguido pero su presencia es toda una victoria para Alicent.
—Jamás pensé que vería tal milagro. —comenta en chiste el rey Viserys al enterrase en la cena las múltiples incursiones de su hija al septo, Alicent siente un calor que se extiende por todo su pecho y la hace sentir algo mareada.
No es hasta que la reina Aemma vuelve a estar en labor de parto que Rhaenyra vuelve a rezar, es de noche y está lloviendo, pero Rhaenyra la manda a llamar para ir al septo, dice que los gritos son peores que nunca.
Ambas se arrodillan en el altar de la madre, rezando por la vida de la reina, se turnan también en el altar de la doncella. Rhaenyra tiene lágrimas en sus ojos y sus mejillas están rojas. Alicent no reza, solo mira a Rhaenyra rezar desesperada mientras es alumbrada por la velas del templo.
Alumbramos el camino.
Se siente en ese instante como si los Siete le estuvieran hablando y ahora entiende su propósito.
Ella es la mejor amiga de la princesa, Rhaenyra es su mejor amiga.
Y entonces escucha la plegaria de su amiga.
—Si es un varón prometo que no peleare en casarme con él.
Oh, esa aberrante tradición Targaryen, en las profundidades de los septos de Antigua se escuchan las oraciones de aquellos hombres piadosos que ruegan a los Siete un castigo.
Rhaenyra no puede casarse, muchos menos con su hermano, ella no puede permitirlo.
Alicent se pone a rezar, que el bebé muera en el vientre de la reina, que salven a Rhaenyra de tal aberrante unión.
Los Dioses la escuchan y le conceden sus deseos, la reina vive pero el bebé no. Trata de esconder su sonrisa en las sobras de su cuarto donde solo la luz de la luna es testigo de sus pecados.
Pero los Dioses requieren una retribución por lo que hizo, ahora lo entiende mejor ahora. Cometió un sacrilegio, pedir la muerte de un infante que aún no era culpable de nada.
Los Dioses le arrebatan a su madre y después le arrebatan su vida. La reina Aemma vuelve a quedar embarazada y está vez va a rezar sola, no tiene la cara para enfrentar a Rhaenyra sin arrodillarse y confesar todo.
La reina muere, pero el bebé vive. Cuando la noticia llega, abraza a su amiga, sollozos descontrolados y lágrimas de alegría se camuflan en el caos que significo aquel torneo.
Los Dioses son crueles, ni los Targaryen que afirman estás cerca de ellos pueden salvarse, la reina muere por nada. Rhaenyra es obligada por la debilidad de su padre a terminar la ceremonia, ella no tendría que hacer tal cosa, por primera vez siente un odio profundo por el rey Viserys.
Crueldad y justicia, pides la muerte de un bebé y pierdes a tu madre; pierdes a tu madre y hermano y los Dioses te dan una corona. Alicent es la encargada de preparar a Rhaenyra, se ve perfecta, una imagen digna de un cuadro que ella estaría dispuesta a pintar para admirarlo el resto de su vida.
Su padre…es cruel, no cree que sean los Dioses está vez, es su padre que finalmente ha encontrado al candidato perfecto. Es interesante, Alicent siempre supo que se casaría, pero nunca ha pensado en eso, el deber que tiene con su reino, con su princesa la han hecho olvidar su deber con su esposo.
Es una tortura la espera, sabe que todo saldrá a la luz y que los Dioses le quitaran lo último que le faltaba, el último castigo por su pecado, le arrebataran a Rhaenyra.
Dicho y hecho.
Caer de la gracia de su princesa y alzarse como reina es quizás una de las ironías más grandes de la historia, los trovadores deberían escribir una canción sobre esto. Aún no sabe si debería ser un ritmo animado para bailar en el estupor de la fiesta o una melodía tranquila que acaricia el alma lentamente ante de arrancarla por completo.
Ni siquiera puede mirarla a los ojos, durante toda la planeación de la boda es su padre quien toma el mando, Rhaenyra ni se presenta para el ensayo.
Todo ese tiempo se siente como una bruma que peleaba por asfixiarla, tiene que empezar a usar guantes por órdenes de su padre.
“Sigue así”
Llega el día de la boda y está esperando a sus damas para arreglarla, pero los Dioses se apiadan de ella, Rhaenyra se apiada de ella, la boda es el día más importante en la vida de una doncella y Rhaenyra quiere compartirlo con ella.
Alicent se ve radiante caminado hacia al altar, no por su amor al rey sino porque ha cumplido su deber con éxito. Una reina Hightower, una hija por la cual sentir orgullo, una mujer digna de la mirada de su amada.
Y es a unos pasos del altar donde Alicent se da cuenta de la verdad, la verdad que llevaba negando en lo más profundo de su alma, aquel pecado por el cual los Dioses no han parado de castigarla.
El rey la mira afable, Alicent piensa que es un trato justo, ser la esposa de Viserys a cambio de estar siempre con Rhaenyra. Es un trato justo a sus ojos.
Vuelve a equivocarse, se acuesta con el rey, da a luz a un hijo, su padre está contento y aun así Rhaenyra no la mira.
Viserys habla de buscar al pretendiente más adecuado, Alicent hierbe de tal forma que podría rivalizar con la llama del difunto terror negro. ¿Quién es adecuado? ¿Quién podrá preocuparse por Rhaenyra más de lo que ella lo hace? ¿Quién en este reino sería capaz de sentir algo más fuerte que la agonía que siente Alicent cada día al pasar por el bosque de los Dioses?
Nadie.
No Jason Lannister.
No Laenor Velaryon.
No…Daemon Targaryen.
Quiere gritarle a su esposo lo inútil de su búsqueda, Rhaenyra es una llama salvaje, imposible de sofocar, solo ella pudo por breves momentos atenuar el fuego de la futura reina.
Y sigue equivocándose, Rhaenyra no puede mirarla y si lo hiciera no la miraría con los mismos ojos con los que Alicent la mira. Para cuando nace Helaena está dispuesta a conformarse con la mirada de antes, la mirada de una amiga.
Pero no la pone fácil, nada fácil.
Los rumores se esparcen rápido, Alicent debe actuar aún más rápido, debe cumplir con su deber, debe proteger a la princesa.
Rhaenyra la volvió a mirar al día anterior, con los mismos ojos que la miraron el día en que llego a ese torneo hace muchas lunas. Ahora la mira diferente, asustada, Alicent no sabe si le gusta o no.
Quiere confiar y volver al tiempo atrás, sumergirse nuevamente en la tranquilidad del bosque de los Dioses y al calor de su princesa.
La horrible boda llega y la verdad le escupe en la cara.
Alicent está tan cansada de los Targaryen.
Roba todas las miradas en la boda de Rhaenyra, la boda verde, un calor en su vientre aparece cada vez que recuerda que el día más importante de la vida de Rhaenyra estará siempre ligado a ella.
Y se vuelve una constante a partir de ahora, Rhaenyra solo la mira de una sola manera, aún sigue sin saber si le gusta o no. La maternidad la va ablandando y su fuego se va atenuando, los dos bastardos y los que le siguen son una condena para el reino, reduciendo a la futura reina a la imagen y semejanza de su rey.
Quizás Rhaenyra vea lo mal que hizo al apartarla de su lado, Alicent nunca hubiera permitido que ninguno de esos pecaminosos nacimientos sucedieran.
Por más que su alma sude sangre hubiera ido hasta el final para ayudar a Rhaenyra a traer al mundo hijos legítimos, quizás ahí ellas finalmente hubieran encontrado un puente en común en aquellas trampas en las que fueron colocadas.
No la mira con furia o desprecio, desde hace un tiempo apenas la mira, demasiado enfocada en cualquier otra persona, hasta parecería que su padre la suplanto como la persona más odiada para Rhaenyra.
Tampoco hay amor, todo se lo llevan esos codiciosos bastardos.
Al final no hay nada para ella.
“Lo eres todo para mí, ¿por qué no puedo ser tú todo?”
