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Invitación

Summary:

Cuando Lionel es invitado accidentalmente al casamiento del hermano de Pablo por creer que son pareja, éste último hace lo que cualquiera haría en su situación: proponerle continuar con esa mentira.

Un noviazgo falso, casamiento inminente e intensa familia pondrán a prueba una amistad que deberá decidir qué camino seguir.

Notes:

buenassss volví. scaimar un toque más #cliche pero bueno, soy débil por el fake dating, me puede. va a ser largo, todavía no determiné bien cuántos capítulos, pero espero que no demasiados.

un besito, disfruten la lectura
mucho mucho amor muac muac

Chapter 1: Casualidad

Chapter Text

— Bueno, la que me dijiste estaba cerrada. — anunció, dejando una bandeja de cartón envuelta en papel en la mesita ratona. — Así que pasé por una que estaba más lejos. No sé cómo estarán, se veía buena.

— ¿Qué trajiste? — preguntó Pablo, sentándose finalmente en uno de los sillones enfrentados a la mesita. A su izquierda había papeles, a su derecha tablets y, en manos, llevaba su mate infalible.

— De todo un poco en realidad. — respondió Lionel, levantando y rompiendo el papel frente suyo para liberar las facturas que había debajo. — Eh… algunas con crema pastelera, medialunas, tortita negra… lo que tenían.

Aimar levantó la mirada, sonriendo.
— ¿Cómo?

Scaloni parecía no entender.
— Lo que tenían, digo. ¿No te gustan? De dulce de leche creo que hay, por lo menos una.

— ¿Cómo que “tortita negra”, Lionel?

Silencio. El mayor sonrió y rodó los ojos al entender por dónde venía la mano.

— Se llaman tortita negra. — señala la masa con azúcar encima. — Esa, ¿ves? ¿O nunca las comiste?

— Ah, esa. — sonrió de lado, acomodándose un poco más en el sillón. — Te referías a la cara sucia entonces.

— Me niego rotundamente, — respondió, imitando a su compañero y sentándose cerca del respaldar de su respectivo sillón. — a decirle cara sucia.

— Ese es su nombre.

— Es horrible ese nombre.

Pablo fingió ofenderse, inhalando con fuerza. Finalmente dejó el mate en la mesita.
— ¿¡Cómo!?

— Lo que escuchaste. — se cruzó de brazos, bastante divertido con el show que montaban frente suyo.

— Vos sos horrible. A la factura me la dejas en paz.

— Eh, no me bardees porque me las llevo.

Scaloni amenazó, acercando su mano a la bolsa y recibió un rápido golpe suave en la misma, alejándola. Su risa fue casi inmediata.

— ¡Eh! ¡Las compré yo!

Aimar le sonrió, burlón. Agarró una medialuna y la dejó en su lado de la mesa antes de darse cuenta de que se olvidó el termo en la cocina.

— Agresividad e insultos. — negó con la cabeza Scaloni, sonriendo. — Ya no hay respeto en el ámbito laboral. Que triste.

— Dejá de llorar y come tu cara sucia de una buena vez. — respondió riendo mientras se paraba hacia la cocina.

— Cómo si el nombre "cara sucia" me fuera a dar ganas de comerlas. Que asco. — fue lo último que escuchó a sus espaldas.

Siguiendo a la izquierda de la mesita ratona, continúa su camino regresando a la cocina. En ella, busca por las mesadas de piedra oscura hasta dar con el termo plateado que yacía al lado de la pava eléctrica. La misma no estaba prendida.

Suspirando, chequeó que estuviera con agua la misma y la encendió, acomodándose contra la pared a esperar. Le molestaba un poco olvidarse de cosas cotidianas cómo esa. A veces, terminaba de usar una taza y la llevaba en la mano por varios minutos antes de recordar ir a lavarla o caminaba por habitaciones sin entender muy bien a qué había ido en primer lugar. Siempre fue un poco despistado, pero ahora lo sentía un poco más presente.

Sacudió su cabeza alejando sus pensamientos, no quería pensar que fuera la edad porque la respuesta a muchas cosas terminaba siendo la edad y no había mucho que hacer al respecto.

Sonó el timbre, sacándolo de su mente y obligándolo a levantar la mirada.

Se quedó quieto. Sonó de nuevo.

— ¿Esperabas a alguien? — preguntó su amigo desde el living.

Pablo se acercó, curioso.
— No.

Miró por el pequeño monitor que tenía de las cámaras de seguridad, encontrándose que afuera de esa misma puerta de madera oscura, estaba su hermano.

Frunció el ceño, aún mas extrañado, y abrió la puerta.

— ¡Pablo! — sonrió de par en par, antes de abalanzarse a abrazarlo.

Andrés era un poco más alto que él, a pesar de ser más joven, y llevaba el pelo bastante corto. Era castaño, pocas arrugas en su piel, ojos curiosos y su típica ropa de colores marrones. Ese día llevaba una campera con un marrón muy similar al capuchino, algo desgastada. Pablo no la llegó a ver muy bien, pero apostaría lo que fuera a que era de su padre.

¿Andrés? — correspondió al abrazo, alejándolo luego de unos segundos. — ¿Qué hacés acá?

— Venía a visitarte y a traerte algo. — sonrió, mirando sobre su hombro. — ¿Puedo pasar o estás ocupado?

— Estoy en una reunión. — contestó. Su hermano parecía estar un poco triste ante su respuesta, por lo que la reformuló casi de inmediato. — Eh… si podés más tarde paso por tu casa a tomar unos mates, ¿querés?

— Voy a ser rápido, lo prometo. — insistió. — Es que después tengo que ir al centro a comprar y voy a terminar muy tarde.

Pablo lo miró, dudoso. Andrés tenía la particularidad de conseguir lo que quería, independientemente de los esfuerzos ajenos. Tenía una mirada compradora, y Aimar no terminaba de determinar si hacía efecto por ser su hermano mayor o porque naturalmente aquél hombre era habilidoso en hacerse escuchar.

— Dale, pasa. — terminó rindiéndose. — Tengo visitas, así que podemos hablar en la coci-

Andrés se adentró a la casa de inmediato y, a los segundos, escuchó:
— ¡Ah, Scaloni!

Pablo se sonrojó y cerró la puerta, yendo al living. No era que su trabajo fuera sorpresa ni mucho menos, pero él nunca presentó a sus compañeros con su familia.

Primero que nada, porque en su mayoría todos vivían en Río Cuarto y era más que improbable que coincidieran en una reunión o algo por el estilo. Y segundo, porque no entendía en qué contexto los presentaría. Pablo era bastante reservado y tímido en cuanto se trataba a su familia, por lo que las juntadas grandes con presentaciones no le llamaban la atención en lo más mínimo.

Además de que su hermano estaba absolutamente fascinado con la selección y usaría cualquier momento posible para hacérselo entender a Pablo. Nunca le pidió que le presentara a nadie, más seguramente lo había pensado.

Así que, con todo eso en mente, el que haya caminado más rápido de lo normal para llegar al living de su propia casa, intentando evitar lo inevitable parecía algo completamente entendible.

Cuando los vio, Lionel estaba parado y saludando con un apretón de manos a Andrés, quién lo miraba con un muy poco camuflado interés.

— Perdón yo- no quería interrumpir pero era, es algo muy importante que tengo que darle a Pablo. — sonrió él. — Me llamo Andrés, por cierto.

— Andrés, es un gusto. — sonrió el mayor. Pablo aguantó una risita al ver la misma expresión profesional que llevaba en las ruedas de prensa. — Decime Lionel, por favor.

— Ah, si. — sonrió, bastante emocionado. — Lionel. ¿Pablo te habló de mí? ¿Le hablaste de mí?

Se giró a su hermano mayor, quien lo miró sorprendido.
— Eh, si, si. Mi familia, si. Un poco si que les conté.

— Pablo es muy profesional, — vuelve a Lionel, sacudiendo más su mano. — de lo único que habla es del trabajo y de vos, es impresionante. Muchas gracias por lo que estás haciendo en la selección, es formidable.

Scaloni desvió un poco su mirada cuando Andrés habló, conectando con Pablo. Éste casi lo podía escuchar hablar a través de la misma, por lo que se sonrojó y negó con la cabeza riendo.

Asumió que ya era hora de intervenir y se acercó un poco, tomando a su hermano del hombro.
— Andy, decime qué me ibas a contar porque estábamos trabajando sobre partidos muy importantes.

— Ah, sí. La discusión que estábamos teniendo es ciertamente algo interesante e importante. — aportó Lionel, sonriendo de lado.

Pablo se acercó más y lo golpeó con el codo suavemente.
— Dale, te digo en serio.

— Te estoy diciendo en serio también. — rió bajito. — ¿O querías hablar de otra cosa? Tu hermano acá me confirmó cuáles suelen ser tus conversaciones y tampoco nos alejamos mucho.

Volvió a golpearlo.

— ¿Qué? — respondió riendo inevitablemente, acariciandose el brazo golpeado.

Vos sabés. — intentó evitar una sonrisa el menor.

Andrés, quien estaba frente suyo, los miró en silencio por un rato.

— Pablo me-me abrís? Me olvidé lo que tenía que darte en el baúl.

El de rulos, recordando la presencia de su hermano, asintió sin dudarlo y volvieron a la puerta. La abrió, esperó que lo buscara y volvió.

— Perdón, ¿tenés una lapicera?

Scaloni sacó una de la mesita ratona y se la dejó. Andrés le agradeció, alejándose para escribir algo con ella. Minutos más tarde, y con miradas confundidas de los amigos entre ellos de por medio, vuelve el Aimar menor con una sonrisa y regresa la lapicera que pidió.

— Bien, esto tenía que traerte Pablo. — sonrió, extendiendo sus manos.

Pablo se acercó a recibir el sobre en las mismas. Era blanco con decoraciones celestes en sus esquinas y una bellísima caligrafía en dorado que, en el medio, dictaba;

“ Pablo Aimar,
Queremos que nos acompañes en este día tan especial. Por favor, confirma tu asistencia.
•°•°•°
Victoria & Andrés ”

Emocionado, abrió un poco y leyó el interior donde estaban la fecha, lugar y horario. Intentó aguantar las lágrimas, ya que sabía todo lo que suponía el tener esa carta en sus manos. Sonrió y guardó la invitación con cuidado.

— Ay, Andy. — no pudo evitar acercarse y envolverlo fuertemente con un abrazo. — ¿Cómo no voy a confirmar mí asistencia? Ahí voy a estar, hermanito.

Andrés sonrió y correspondió con la misma fuerza el abrazo. Luego se soltaron y se giró a Scaloni, quien lo miraba sonriente.

— ¿Te vas a casar? — el Aimar menor asintió con la cabeza. — Felicidades, Andrés.

No respondió más que levantando su mano derecha, revelando otro sobre.

Era idéntico al que le había dado a Pablo, pero esta vez con algo escrito en lapicera azul. Para sorpresa de todos, se lo extendió a Lionel.

Éste lo tomó, algo confundido. Pablo miró con el ceño fruncido a su hermano menor.
— ¿Qué-

— Espero verlos ahí. — sonrió una última vez, antes de dirigirse a la puerta de salida. — Ya no molesto más, tengo más invitaciones que entregar. ¡Buena suerte en el trabajo!

Pablo y Lionel aún miraban estupefactos la última invitación que entregó. Saliendo de su confusión, el de rulos se dirigió rápidamente a la puerta, cerrandola detras de él. Andrés ya se estaba subiendo a su auto.

— Andy eso-eso qué-, que hiciste por-por qué — se acercó a su ventanilla, apurándose al hablar.

— Ah, sí. Es que te venía a traer la tuya y cuando lo vi me dio un poco de cosa no haberle traído una. Encima en su cara… se sentía mal. Así que le di una de repuesto que tengo.

— Andy-esto, Andrés no tenías qué, — suspiró, buscando calmarse. Estaba completamente rojo por alguna razón y a su hermano le estaba resultando sumamente divertido. — no tenías por qué hacerlo. Lio iba a entender que no lo invitaras, lo conociste hoy.

— No te hagas problema, Pablito. — sonrió, prendiendo el auto. — De verdad. Con Vicky contemplamos el número de personas y siempre ando con un par de invitaciones vacías por si alguien se me ocurre a último momento. No sabes la cantidad de amigos que me había olvidado en la lista oficial.

Ríe, negando con la cabeza.
— Soy medio colgado. Pero bueno, lo resolvimos con esto, y hoy justo ando con un par de sobra. Así que no te hagas problema, te dejo trabajar tranquilo.

Pablo se alejó un poco, aún no entendiendo del todo lo que acababa de pasar. Su hermano lo saludó una vez más y se fue, acelerando. Él lo vió irse, estático. Tenía que decirle a Lionel que no fuera.

Se dio unos minutos para pensar bien qué palabras usar antes de abrir la puerta. Al ver la cocina, notó que con todo ese movimiento no escuchó la pava eléctrica, pero ya debía estar lista. Tomó su termo, lo llenó de agua, y continuó hasta el living.

Cuando llegó, su amigo había vuelto a sentarse en el sillón turquesa, justo frente al naranja en el que estaba él.

— Bueno, ese es mí… — suspiró, sentándose enfrente. — mí hermano. Es un poco intenso a veces, pero solo a veces.

Lionel seguía viendo la invitación. Ahora a su mismo nivel, y a pesar de estar leyendo al revés por dónde estaba sentado, alcanzó a divisar que las letras desprolijas en azul dictaban Lionel Scaloni.

— No es necesario que vayas, en serio. — negó con la cabeza, arreglando la yerba del mate para cebar. — Te dije, es algo intenso. Le voy a devolver la entrada, no pasa nad-

— Voy a ir.

Ambos se miraron en silencio. Pablo, con un termo en la izquierda y un mate en la derecha a punto de cebar, y Lionel, acariciando el papel texturado del sobre con su pulgar.

— ¿Cómo?

— Me invitó. Voy a ir.

Pablo lo miró extrañado. No entendía nada.

— Pero, ¿por qué?

— Tengo una invitación. — la levanta, sonriente. — Puedo ir.

— ¿Pero querés ir? — soltó, anonadado por la decisión. — Son épocas complicadas, todavía tenemos que ver el tema del mundial y el amistoso con Emiratos, y la logística cuando lleguemos a Qatar es… es mucho.

Lionel bajó la mirada, abriendo nuevamente el sobre y leyendo la carta dentro.
— El casamiento es antes, aparentemente. Tenemos tiempo.

— Lio-

Pablo. — lo interrumpió. Se miraron. — No te hagas problema, en serio. No me molestaría ir. Tu hermano me pareció simpático y tampoco quiero rechazar una invitación así, me daría pena.

Aimar se tensó un poco y bajó la mirada, cebando el mate. ¿Qué estaba pasando?

— Además, — continuó, acercando su mano y agarrando una tortita negra. — creo que subestimas lo mucho que me gustan las mesas dulces. O la comida en general.