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Fateful Fever

Summary:

Agustín siempre vio a Marcos como uno de los mejores amigos que la vida le había regalado, e incluso después que Marcos le confesase que estaba muerto con él, Agustín no tenía problemas en seguir considerándolo casi un hermano (ahora, había que ver cómo se sentía Marcos al respecto). Por más que quisiese, no podía ver a un amigo al que quería tanto de esa manera.

Claro, hasta que *tuvo* que verlo de esa forma. ¿Quién hubiera imaginado que un funeral, una fiebre persistente y una fiesta en la casa de Julieta lo hubiesen empujado a tal extremo? Agustín despidió los códigos que tenía en tan solo una noche.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La música ahogada de fondo no lo alteró en lo más mínimo, ni siquiera el frío del aire acondicionado en la nuca podía sacar de su mente su único objetivo.

Así que ahora, con la nariz a escasos centímetros de la verga de su amigo, inhaló con fuerza en su décimo intento de juntar toda su valentía. Esos labios rosas se partieron con el ruido de su propia baba, preparándose para cumplir ese último deseo.

 

" Esto es lo que él querría "

 

De rodillas frente a Marcos, un compañero tan cercano y con un amor más que obvio hacia Agustín, puso manos a la obra. Literalmente.

Pero alguien como Agustín, un ávido defensor de los códigos implícitos en las relaciones amistosas, no se trastabillaba un día al andar y terminaba en una fiesta en la casa de Julieta, con mínimo alcohol en sangre y con la lengua ocupada en dejar una cantidad morbosa y exagerada de saliva en la pija de su amigazo . De tremendo crack . Su amado bro . Porque después de todo, él no hubiese podido llegar a estar en esa pose si no hubiese sido por un llamado lejano. Una voz tan suave como un susurro, efímera pero inolvidable.

Su boca hacía tres días que estaba ocupada full-time con el termómetro. Si tenía suerte bajaba a 38° y podía aunque sea alimentarse, llorar, limpiar y volver a llorar, pero cuando la mayoría del tiempo los números en la pantalla eran 40° C solo ocupaba esas pocas energías en mirar al techo de su pieza.

¿Qué lo había llevado a tal estado? La simple respuesta acarrea un significado devastador: un funeral. El funeral de uno de sus amigos de tantos años, la despedida de quien tanto lo hizo reír y tantas veces hicieron macanas juntos. Recordaba cómo miró el cielo en plena ceremonia y una leve sonrisa se apareció en su rostro al mofarse de lo mucho que le costó distinguir una llovizna de sus propias lágrimas.

Había sido el último chiste por parte de Santi: un torrencial en su entierro. Quedarse cual soldado al lado del cajón mientras el mismo se movía como tráfico en hora pico.

El combo de la lluvia, sus alergias y sus bajas defensas lo llevó al estado en el que se encontraba, mimetizándose con la almohada y el colchón en su esfuerzo de resguardarse de un tiritar incesante. Y fue precisamente segundos después de revisar el termómetro, decorado con una bella temperatura para nada alarmante (unos muy tranquilos 42° C), que pudo escuchar como el viento le regaló un apodo que ya añoraba.

—¡Garrita! —se escuchó, dejando helado al pobre Agustín. Con fuerzas que hace horas buscaba tener levantó la cabeza y buscó, en las sombras e incluso detrás de ellas, al dueño de la voz. —. ¡Acá, boludo!

Si bien podía jurar que la voz había venido desde más lejos, la segunda vez que la escuchó pudo ver a Santi, tal y como lo recordaba, sentado muy pancho a un costado de su cama. No sabía qué decir, pero era lógico, por más elocuente que era Agustín ¿Cuántas personas logran escuchar una vez más a una amistad perdida? No muchas, eso estaba claro, pero para dejarle claro a su espectral amigo que su visita había sido lo mejor que le había pasado en estos días, tomó desesperadamente su mano.

—No te recordaba tan mimoso, eh. Te cambió bastante Marcos, y eso me pone re contento. Posta —susurró el finado, muy alegre para ser alguien que terminó de tan terrible manera. Agustín le sonrió y posó su frente en el dorso de la mano ajena, en parte buscando realzar la presencia de Santiago y por otra parte buscaba cualquier frío que pudiese calmar su temperatura. —. Ahora te vas a tener que anotar en Jiu Jitsu, vas a tener que levantar más de los tres tristes kilos que levantas ahora, vas a tener que criar músculo…

A Agustín no le sorprendió en absoluto escuchar a su gran amigo realzando las cualidades del otro, más sabiendo que lo hacía para ser lo más irónico y descansero posible. Sí, le parecía totalmente lógico que Santiago utilice lo que podía ser su última oportunidad de comunicarse con alguien vivo en cargosearlo a él con Marcos. Qué hijo de mil…

—¡Pará! falta que digás que te lo querés coger también.

Con todo el buen humor que le había entrado en el cuerpo, Agustín alargó esa última 'a' en 'pará' para enfatizar que solo le estaba devolviendo la cargada a su amigo. ¿Cómo se iba a imaginar él que Santiago, el amigo que conocía hace décadas, ahora le iba a esconder la cara con los cachetes colorados?

—Q-que está bien igual, quién soy yo para decir con quién querés estar. O con quién querías, mejor dicho. —intentó arreglar Agustín, convencido de que quizás, en esa lengua pisciana filosa, había herido sin querer un sentimiento de Santi que él no conocía hasta ese momento.

Pero Agustín habló primero con su corazón, empático y amoroso en proporciones que ocasionaban desastre en los azúcares, para luego hablar con ese agudo oído de quien sabe buscarle la quinta pata al gato:

—No me digas que viniste por él, y no por mí —respondió, quizás con un toque de veneno. Ahora que se había puesto esa idea en la cabeza, todos los presentes supieron al instante que no se la iban a poder sacar. 

Su pregunta flotó, y flotó, y podía arriesgarse a decir que se perdió en la pieza, porque no escuchó nada más por parte de su amigo. Cuando se quiso girar para volver a revisar su temperatura, ahí recién lo escuchó:

—¿Estás enojado porque nunca te dije nada?

—No… no, ¿Por qué enojado? No es asunto mío con quién querés estar vos. Y si querés estar con Marcos… eh, bueno, vere— vere que puedo hacer. 

—¿Cómo querés que esté con él? —lo interrumpió Santi, incapaz de mirarlo a los ojos.

—¿Eh?

—Que cómo querés que esté con Marcos si estoy muerto, Agustín. Eso. 

Agustín se sintió un poco mal, una puntada en el pecho era lo menos que se merecía ante la estupidez que dijo. Había herido a su amigo, y ahora se sentía como una basura. Claro, ¿qué iba a hacer su amigo que, por vueltas de la vida, había perdido por siempre su cuerpo físico? Por un breve instante pensó en rescatar el cajón de su amigo, pero si llegaba a llevar a Marcos justo al lado de una tumba profanada seguro que—

—Sí que podés hacer algo.

—¿Eh? ¿Cómo? —contestó con esperanza, eliminando ese último pensamiento macumbero que se le había ocurrido.

 

—Si estás vos con él… Nosotros somos hermanos, si somos prácticamente la misma persona ya. Así que si vos estás con él—

—Morite devuelta.

¿Qué MIERDA me estás pidiendo? Le iba a contestar, incómodo y colorado a más no poder, pero una súbita tos lo obligó a doblarse al medio mientras se cubría la boca con la sábana.

Así, cada vez que se recuperaba de sus ataques de tos o de su catarata de mocos, Santi aprovechaba a meter bocado con el tema. Intentó ser agresivo, pero Agustín se dió la vuelta y amenazó con dormirse, así que probó con hacerle ojitos y bebotearle hasta que Agustín se cansó. Ahora solo le revoleaba los ojos y bufaba, seguro se hubiese cruzado de brazos si no estuviese ocupado tapándose la boca.

—¡Dalee, che! ¡No tenés que estar con él, es chuparle la verga nomás! Dale, no me mirés así, no te estoy pidiendo que le entregués el orto ¿O si? Unos besitos de buenas noches, pero en lugar de dárselos en la frente se los das en el frenillo.

Se instaló un nuevo silencio en la habitación, roto única y exclusivamente por la respiración silbante de Agustín en un estado semi-difunto. Claro, el difunto completo era otro.

—¿Vos tendrías paz si yo hago esto?

 

Exhaló, ya que había vuelto a la realidad y se dio cuenta que no podía esquivar el asunto. Abrió la boca y liberó las bolas de su amigo con un 'ah' , recordando por segundos la rugosa textura en su lengua antes de levantar la mirada.

Y ahí estaba él, con su cuerpo separado en dos partes radicalmente distintas, opuestas incluso. La parte baja eran las piernas de Marcos separadas al máximo con los pies firmes en el piso, esos pelos rubios no se veían (Agustín los sentía perfectamente cada vez que apretaba con fuerza los muslos gigantes del hombre que consideraba casi un hermano ) pero estaban bañados en la luz rosa fluorescente de la habitación de Julieta. Él se rehusaba a admitirlo del todo, pero en parte le apenaba ver la verga dura a más no poder que, por el tiempo que había gastado distrayéndose con otras partes, temía que la iluminación lo estuviese engañando y rogaba que esa pija no esté tan roja.

La parte de arriba era otro cuento. Ningún color rojo se traducía en fuerza y vigor, ya que la cintura de Marcos tenía las marcas con arañazos extensos productos de sus propias manos. Al ver por primera vez un avance por parte de Agustín estaba horrorizado ante la idea de que quizás,  si jalaba de esos cabellos oscuros culpa de la excitación incontenible, el más bajo lo abandonaría para no retornar jamás. Así, toda expresión del deseo feroz de Marcos había sido trasladado a su cuerpo: una cintura con marcas en forma de luna, pectorales con sus manos grabadas, pezones duros como balas, el pelo revuelto y los labios partidos con saliva que a duras penas lograba que no se escapase.

Agustín vio todo eso sin escalas, los cachetes rojos y los ojos que amenazaban con irse a la parte de atrás de su cabeza, y sufrió por un momento de un apagón cerebral. Hasta que, para empeorar las cosas en su pobre cerebro, sintió la mano de Marcos acariciarle la mejilla con una sutileza desmedida.

—No— no tenés que hacer nada que no quieras, Agus. —lo consoló, pensando en la posibilidad de que el objeto completo de su devoción se estaba arrepintiendo de concederle este gran deseo.

Agustín, un hombre que responde con hechos más que con palabras, cumplió finalmente el último deseo de su mejor amigo: abrió la boca para tomar el glande y, siendo un putón de aquellos, chupó con ganas la puntita. Sí, como si fuese el chiste promedio de Polémica en el bar, se lanzó de lleno a succionar el glande y acariciar el frenillo con la punta de la lengua. Qué pícaro que resultó ser, eh.

Al sentir mayor confianza (o al lograr disociar mejor de la inexplicable vergüenza que estaba sintiendo) decidió respirar por la nariz y seguir un poco más. Metérsela un poco más. Y lo que aún no se animaba a meterse, lo tomó con esa mano pequeña que tenía. 

No se animó a levantar la mirada para ver al crack de la vida. Pero escuchar un golpe seco contra el colchón le sirvió para asumir que el pobre cristiano estaba dando lo mejor de sí para no gritar. Eso, o que había muerto sobre el colchón.

Su ego era su talón de Aquiles, y ver que en su primera vez chupando pija ya tenía al otro semi-desmayado en la cama lo hizo confiarse un poco de más. Al poco tiempo de haber pasado del glande, intentó meterse otro cacho más y… bueno… 

¡¡Bluuuurgh!!  

 

Si bien pudo retractarse al completo, no llegó a correr la cabeza del todo para, aunque sea, arruinarle la alfombra a Juli. Así que hizo eso: le vomitó el muslo entero a Marcos. Gracias a Dios no eran pedazos de comida, solo esa amarilla y ácida bilis.

Agustín, en una situación así, hubiera muerto en el acto. Hubiese hecho un pozo para esconderse ahí mismo por el resto de su vida.

—¿Estás bien, Agus? ¿Agu—. Oh .

Cumple sus sueños quien resiste. Sin siquiera limpiarse bien la boca que hasta le quemaba, Agustín volvió al rodeo retomando desde el punto exacto donde había dejado.

Sí, la boca le quemaba. Sí, era capaz de sentir ese gusto ácido volver a su garganta, pero retirarse en ese momento sería peor que jamás haberse animado.

Con mucho esmero logró relajar esa garganta de una buena vez, aunque era mejor prevenir que curar se dijo a sí mismo mientras tomaba con la mano lo que quedaba fuera de su boca.

Pensaba sacarla por completo y volver a darle piquitos a la cabeza, o podía también lamerla de arriba a abajo, o quizás sería mejor pasar la punta de la lengua en ese arrugado espacio entre medio de las bolas. Luego de ponderar su futuro accionar, decidió—.

Nada, no pudo decidir nada. La mano de Marcos le acarició el pelo con un toque más de brusquedad con un espasmo pélvico llegó al orgasmo. En su boca. Sus manos sintieron un leve palpitar, pero su garganta ahora estaba sintiendo cómo el semen de uno de sus más grandes amigos caía con cuidado.

Marcos volaba en una nube de pedos post-orgásmica, las primeras ideas que rondaban su mente era saber con qué iba a limpiar el piso luego de que Agustín no solo vomitáse, pero de seguro también escupiría su leche para dar fin así a lo que consideraba una de las mejores noches de su vida. Mas ante todo, lo que Marcos necesitaba con urgencia era contacto .

En el estado vulnerable en el que estaba, a Marcos le urgía un roce con otro ser humano. Necesitaba abrazarse con todas sus fuerzas a la cintura del otro, estaba seguro que moriría si no enterraba su cara en el cuello de él, si no tocaba sus cabellos, si no llenaba de caricias la espalda ajena. Marcos era capaz de sufrir una muerte súbita si no besaba a Agustín en ese instante, incluso si estaba a punto de escupir su semen.

Frente a Marcos, Agustín estaba enfocado en la tarea de limpiarse las comisuras con la mano… y con la boca abierta. Marcos miró el área que los rodeaba sin encontrar prueba alguna del escupitajo del otro. Y así, casi muere por sexagésima vez en la noche: Agustín se había tragado hasta la última gota, y en su cara no había señales de asco o incomodidad. Es más, tenía su usual expresión neutra.

Con su insaciable sed de mimos y atención, sumándole ahora su corazón deshaciéndose de amor por Agustín como todos los días desde hace años, Marcos solo necesito un manotazo rápido para traer de un saque al enano a su regazo. Tardó incluso menos en comenzar a atacar su cuello a besos.

—Agus, te a—. Uh, eh… Ah, Agus. —jadeaba Marcos cuando no estaba dándole besos rápidos al cuello del otro, pero nada de lo que salía de su boca tenía el más mínimo sentido. Agustín, aún atontado por estar volviendo lentamente a su ser habitual, simplemente se dejó amar por el otro.

Eso, claro, hasta que escuchó un insistente golpeteo en la puerta. Agustín quedó helado, no así Marcos que seguía en la no tan silenciosa tarea de comerle el cuello a besos.

—¿Quién carajo estará ahí adentro, culiado? —preguntó Maxi desde el otro lado de la puerta, apoyándose contra la pared que daba a la pieza.

—Está Tini con otro —lo jodía Cone, que estaba apoyado en la pared al igual que su amigo. —. Nah mentira, debe estar con dos en el depto.

—Sos gracioso vos, eh. ¿Estás seguro que no está Coti con otro culiado ahí? —le devolvió Maxi, pero como los dos eran cordobeses, terminaron a las risotadas. —. Bueno, volvamos che. No le quiero cagar la fiesta a alguno. 

Así, luego de esperar un rato largo para que se vayan los cordobeses, Agustín logró su cometido de escapar de esa habitación. Sí, aceptaba que había dejado un poco colgado a Gino (literalmente se había liberado del agarre del otro y echado a correr, dejando a Marcos aún en la pose anterior), pero la vergüenza le estaba volviendo lentamente al cuerpo y no aguantaba verle esos hermosos ojos verdes un segundo más.

Se escapó hacia el patio muy disimuladamente, o eso creía. Se abrió paso bailando (o mejor dicho: empujando gente con la cadera) hasta que por fin llego. Encontró un rinconcito con pasto y se sentó, contemplando por vez primera el fumarse un pucho, pero descartó la idea por ser tan tonta. Pero así como una parte de su cuerpo hormigueaba en un extraño sentimiento naciente, también sonrió melancólico. Lo logró, fue más allá de su pudor y consiguió cumplir la última voluntad de su tan amado amigo. Con lágrimas en los ojos, se besó las manos y elevó ese beso al cielo. Esperaba que Santi por fin esté donde él quiera estar, pero que esté feliz y por sobre todo orgulloso de haber dejado este plano sin tareas pendientes.

Cuando sonó su celular, aún atontado y con la voz ultra tomada, se le dió por atender sin ver quién le llamaba.

—Boludo, al final me vuelvo más temprano porque no encontré ni mierda acá. No solo no encontré ricarditos sino que también me quedé sin nafta. Qué hijos de puta.

¿Eh?

—¿Santi? ¿Sos vos, Santi?

—No Agustín, soy el big. Tenés que ir a nominar. Sí boludo, ¿quién más voy a ser? Hace dos semanas vine buscando Ricarditos acá a la concha del mono y no encontré nada. Desocupame la casa, duende infiel.

Así como si nada cortó. Su amigo, que tan muerto lo creía, le cortó la llamada. Su amigo de la infancia, que por días había llorado, estaba en quién sabe dónde queriendo comprar Ricarditos. Santiago, que había venido a él en forma fantasmal para que le trague hasta la última gota de leche a su amigo, le había dicho duende infiel.

Sintió el ruido de pisadas sobre el pasto, y luego un cuerpo que se sentó a su lado. Él seguía mirando su celular, incrédulo. Una mano se apoyó con suavidad en su pierna, hasta que escuchó una voz suave que le habló con todo el cariño del mundo:

 

—Agu...

Notes:

marcos: you fucked me so good that i almost said i love you