Work Text:
Era primavera. El tiempo en el que todo vuelve a florecer.
La primavera es vida.
Y es eso mismo lo que llegó a sus vidas.
Después de unas largas y complicadas temporadas, Hannah dió a luz a un hermoso bebé.
Liam. Ese era su nombre.
Por supuesto, ella lo había elegido, porque de no ser así, lo más seguro es que Sebastian le hubiera puesto el nombre de algún personaje de Cave Saga X.
Como sea, a pesar de la felicidad que trajo su nacimiento, el embarazo de Liam fue una montaña rusa de emociones. Y no solo por las hormonas. Sino que todos estaban preocupados por las bajas probabilidades de que él sobreviviera.
O incluso de que Hannah lo lograra.
Hannah no mantenía un cuidado especial de su salud aún antes de mudarse a la granja, y mucho menos después.
Ella no vivía, ella sobrevivía.
La falta de dinero, el estrés constante, los diferentes trabajos que requerían una gran cantidad de esfuerzo, la mala alimentación, las largas noches en vela que pasaba explorando los bosques por recursos, oh ¿Y mencioné sus frecuentes visitas a las cuevas?
Por suerte Linus y Marlon siempre estaban ahí para sacarla cuando caía inconsciente por sus heridas.
Aún conserva la cicatriz de la vez en la que Harvey la tuvo que operar de emergencia.
Debido a esto y a otros factores, era muy difícil que ella llegara a siquiera concebir. Y aunque Hannah tratara de ocultarlo, muy en el fondo le dolía.
Es por eso que Liam fue un milagro.
Al principio, fueron discretos no queriendo causar falsas esperanzas. Mucho menos a Robin.
Pasaron unas semanas
2 meses.
4 meses.
Y la pequeña figura en las radiografías sólo seguía creciendo.
En ese punto ya era imposible ocultarlo con tanta facilidad así como sus expectativas.
Durante esos meses, Hannah y todo el pueblo descubrió un lado de Sebastian que ni él mismo conocía. Un sobreprotector de lo peor. Pero tampoco se le puede culpar, es decir, cualquiera lo sería si tuvieran una aventurera por esposa como él.
Esta es una lista de las cosas que Hannah tuvo prohibido hacer durante el embarazo:
-No talar árboles.
-No dar caminatas tan largas.
-No crear bombas (demonios, Hannah, saca esas cosas de la casa, enserio).
-No pasar mucho tiempo bajo el sol y sin hidratarte.
-No montar a caballo.
-No encargarte de los animales grandes.
-No saltarte las comidas.
-No dormirte tan tarde por la noche.
-Nada de ir a la cantera, skull cavern, las minas o siquiera romper una roca. Ni siquiera mires tu pico. Tu espada te será devuelta hasta nuevo aviso.
Si llegas a desobedecer alguna de estas cosas, me voy a enterar y tus armas pagarán las consecuencias.
Con amor, Seb.
Hasta el día de hoy, la espada de Hannah sigue siendo un rehén. Ella la extraña mucho.
Y así pasó el tiempo: lleno de restricciones, felicitaciones, angustias y esperanzas. Ellos inconscientemente empezaron a desear lo que nunca habían considerado una posibilidad en su vida.
El día del parto fue toda una locura, pero esa es una historia para otro momento. Lo único que diré es que todo el mundo respiró al escuchar el agudo llanto proveniente del fondo del pasillo.
Ese día la familia creció un poco más.
Las primeras semanas Liam estuvo delicado, por lo que se quedó en la clínica. Incluso consideraron trasladarlo a un hospital de Ciudad Zuzu, pero cómo respondió bien al medicamento, ya no fue necesario.
"Es fuerte como su madre".
La habitación ya estaba totalmente equipada con lo necesario, cortesía de "tu abuelita favorita, Robin". Palabras de ella, no mías. La cuna de caoba contrastaba con las paredes color mantequilla que Sebastian terminó pintando a último momento. Ella tenía a Liam en sus brazos mientras estaba sentada en la mecedora que su esposo le había hecho. Supongo que algo debió de haber aprendido en todo el tiempo que vivió con una carpintera.
Liam era pequeño. Frágil. Tenía las mejillas regordetas de su madre, los ojos oscuros de su padre y una mata de cabello anaranjado cubriendo su cabeza. Se veía adorable durmiendo usando el pijama que Emily le había tejido.
Y lo era aún más considerando que no dejó dormir a sus padres la noche anterior.
Las ojeras de Hannah eran como cuevas debajo de sus ojos. No se había sentido así de consumida desde que llegó al pueblo, ¿O fue desde los exámenes finales de la facultad? No importa. Ella se estaba obligando a sí misma a no quedarse dormida por miedo de dejar caer a Liam, pero cada pestañeo que daba la tentaba a ceder a su cansancio. Por suerte, en el último cabeceo que dió apareció Sebastian para quitarle con cuidado a bebé de los brazos, y con un arrullo delicado lo postró de vuelta a la cuna. Por fin se había quedado dormido.
El hombre que vestía su usual capucha negra levantó a la castaña de su lugar para sacarla de la habitación.
—Deberías ir a dormir.
—¿Qué? No, debo de ir a regar los cultivos y darle de comer a los pollos, y ¡Ah! También- —Hannah se interrumpió a sí misma al sentir unas manos huesudas empujar su espalda.
—A dormir —espetó Sebastian.
—Pero…
—No. Yo me encargaré de eso, tú debes descansar.
Ellos discutieron todo el camino hasta la cama, lugar en donde Hannah cayó inconsciente apenas se recostó. Sebastian le quitó las pantuflas de los pies para después acomodar su cabellos lejos de su rostro, que era tan imperturbable como los lagos de la montaña. Hermosa, pensó para sí mismo, Hermosa y terca.
Sebastian se retiró sigilosamente de la habitación y cerró la puerta con tanto cuidado como si su vida dependiera de ello. La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, el que solo aparece a altas horas de la noche y el cual Sebastian conocía muy bien. De hecho, él echaba de menos sus noches silenciosas. Después de servirse una gran taza del café de anoche, fue encandilado por la luz en el momento que abrió la puerta. Coddy corrió al exterior apenas tuvo la oportunidad y Sebastian lo siguió de mala gana. El hombre pálido se puso su capucha y arremangó sus mangas.
Hoy se iba a ensuciar.
Lo primero que hizo fue alimentar a los animales, pues había descubierto que ellos son muy exigentes a la hora de su comida. De verdad, pareciera que las gallinas ocultaron sus huevos como venganza. Además tenía que ordeñar a las vacas, cosa que no le entusiasmaba mucho (por no decir nada).
Después debía de revisar los cultivos para quitar toda la mala hierba que se viera cerca, ponerles insecticidas, recolectar el fruto de los árboles y segar el trigo con la hoz. Una vez, Sebastian estuvo a punto de caerse del árbol de melocotones debido al sueño.
También debía de revisar los barriles de vino,
Las envasadoras,
Los estanques de peces,
Las trampas para cangrejo
Poner a funcionar las aceitadoras.
Reparar las vallas rotas
Recolectar la recina de los árboles
Limpiar los establos
Embotellar la mayonesa
Llevar los productos a Pierre's
Maldición, ¿Cómo es que hacía todo esto Hannah?
La cabeza de Sebastian daba vueltas ante la gran lista de cosas que tenía que hacer antes de que se acabara el día. Antes de la boda, ellos habían acordado que Hannah seguiría tomando la delantera respecto a la granja y que él se enfocaría en la programación, claro, él la ayudaría de vez en cuando y durante las temporadas altas, pero nunca de esta forma tan continua.
Era difícil.
Le dolía admitirlo, pero la verdad es que su esposa tenía mejor resistencia física que él. Ella podía aguantar horas bajo el sol cultivando, talando árboles o minando sin parar (lo cual no es para nada sano, pero ese no es el punto), mientras que para Sebastian, el simple hecho de estar expuesto al sol ya es una tortura: Sus piernas dolían al igual que sus brazos, el sudor se deslizaba por el fino contorno de su cara y el aire le faltaba.
Él no puede con esto. Lo detesta. Y a pesar de eso, lo sigue haciendo voluntariamente.
Hannah sabe esto, y es por eso que le ha insistido innumerables veces que la deje volver completamente a su trabajo sin tener éxito, pero él se refugia diciendo que ella debe de atender a Liam y cuidar de su salud.
Pero Hannah ya no se traga esa excusa.
El día transcurrió con aparente normalidad hasta que el sol se empezó a ocultar detrás de las colinas. Una vista maravillosa para cualquiera que observara desde el porche.
Sebastian estaba sentado en los escalones de madera, inmerso en todas las tareas que le faltaba realizar, tanto que solo se percató de que Hannah había salido para verlo cuando ella le tocó su hombro.
—¿¡Uh!?—se sobresaltó.
—¡Tranquilo! Vengo sola y sin armas —se rió ella—. Te traje la cena.
Puso una bandeja con un plato de spaghetti recién hecho. Olía delicioso a pesar de que Sebastian no tenía apetito.
—Gracias.
Ella le dió una linda sonrisa para después sentarse a su lado.
—¿Y cómo te fué? ¿Las gallinas no te dieron muchos problemas hoy?
Sebastian dejó de masticar.
—Ni me hables de ellas.
—¿Por qué? —chilló— ¡Mis niñas son un amor!
—Si, claro, lo que digas. Tengo mordeduras en todas las piernas gracias a ellas —respondió cínico.
—Seb, no seas tonto —lo regañó—. Las gallinas no tienen dientes.
Él la miró incrédulo, pero unos segundos después estallaron en una carcajada.
—Entonces, ¿La primera cosecha ya está casi terminada?
—Si, creo que estará lista en una semana.
—Perfecto.
La brisa refrescaba el ambiente, pero todavía se sentía el rastro de frío que el invierno había dejado a su paso. Esto le gustaba a Sebastian, pues era como una bocanada de aire por todo el calor que había soportado en el día. Pero no se podía decir lo mismo para Hannah. Ella tembló un poco y se abrazó a sí misma. Él dejó su plato vacío a un lado y la atrajo aún más cerca de él. Ella se sonrojó por el acto, pues no importa cuánto tiempo hubieran estado juntos, estar cerca del hombre que ama le sigue produciendo mariposas en el estómago. Es una linda maldición.
Hannah recostó su cabeza en su hombro y exhaló.
—Quiero volver al trabajo para el final de la cosecha.
No hubo una respuesta inmediata. Ellos habían sido puestos dentro de una pecera y poco a poco se llenaría de agua.
—Ya hemos discutido esto.
Muchas veces.
—¿Pero no crees que ya es momento?
—Harvey dijo que debías descansar.
—Lo sé —se despegó de él para mirarlo a los ojos—, pero hablamos el otro día y me dijo que podía hacer trabajos menores.
—¿Qué? No lo sé, Hannah —suspiró pesado y se rascó la cabeza.
—Vamos Seb —habló con dulzura—, tarde o temprano tengo que volver.
Alcanzó su rostro con la mano y lo acarició suavemente con su pulgar. Él vaciló, sintiéndose tímido por su toque, pero la duda no salía de sus ojos.
—Además —siguió ella en voz baja—, tal vez puedas pasar más tiempo con Liam.
Hace tiempo que Hannah conoce a su esposo, y eso implica saber identificar todos sus pequeños gestos.
Es por eso que supo de inmediato que algo andaba mal cuando su mirada se congeló por un segundo.
Casi imperceptible.
Pero pasó.
—¿Seb?
Sebastian evitó su mirada y se refugió en la cómoda vista de la tierra, pero eso no lo hacía sentir más tranquilo. Él sabía lo que se avecinaba.
—Vamos, ¿Qué pasa?
—Es solo que… —tensó su voz—. Creo que lo mejor sería que tú te quedarás con él por ahora.
—¿Hasta cuándo?
—No lo sé —jugó con sus manos—, tal vez hasta el verano.
Hannah no podía creer lo que escuchaba.
—¿Qué? ¿Estás bromeando? No, no puedo —espetó—. ¿Y qué va a pasar con tu videojuego? ¿Lo vas a aplazar por tanto tiempo?
—Solo es una temporada. Y no lo dejaría por tanto tiempo, trabajaría en él en mis ratos libres —suspiró exhausto.
—¿"Ratos libres"? —ella resopló sarcástica—. Apenas y te veo por la noche ¿Y me dices que ahora ni siquiera podré tener eso? Mira —trató de calmar su tono de voz—, aprecio lo que has hecho hasta ahora con la granja, en serio… Pero ahora necesito tu ayuda con Liam en casa.
Sebastian volvió a apartar la mirada. Estaba acorralado. El ambiente se había vuelto tan asfixiante y pesado cómo lo sería en verano.
Él quería escapar de ahí.
—...No puedo.
Hannah quedó en silencio procesando lo que acababa de oír.
—¿A qué te refieres?
De nuevo hubo una ausencia de respuesta, obteniendo únicamente la vista del perfil del hombre a su lado con sus ojos vagando. Consternados.
—...
—¿Es por Liam?
Fue un impulso. Una corazonada que ella rezaba que no fuera cierta.
Pero con cada segundo que transcurría sin respuesta, más se le hundía el corazón.
—¿Sebastian? —su voz se quebraba.
Sus hermosos ojos verdes empezaban a inundarse de lágrimas, como una lluvia en el Bosque Tizón. Él palpó el dolor que cargaba su voz, y fue un golpe directo al pecho.
—Hannah…
—Solo responde —exigió.
Él se mordió la lengua. No sabía qué hacer. Qué decir. No quería lastimarla diciéndole algo de lo que ni siquiera estaba seguro.
—...Supongo que tiene sentido —resopló temblorosa al verlo—. Tú nunca vas a verlo por ti mismo… T-Tampoco pasas mucho tiempo con él.
Hannah apretó sus puños al punto de dejar sus nudillos blancos. Él quiso detenerla para evitar que se hiciera daño, pero ella se apartó de inmediato.
Su habla era inestable al igual que su cuerpo. Ella solo se inclinaba cada vez más para el frente, no queriendo que Sebastian viera su rostro lleno de lágrimas que se negaba a que salieran. Aún en estas situaciones, sigue conservando su orgullo.
Sebastian estaba hecho piedra. Congelado en el tiempo y con sus ojos fijos en su esposa, sabiendo que todo lo que decía era cierto. Quería hablar pero las palabras no salían, estaban amarradas con hilos invisibles a su lengua.
—Ni siquiera te he visto tenerlo en brazos ni una sola vez- Yoba. Ugh-. Ahora lo sé.
Con un quejido ahogado se quebró por completo. Una mujer considerada por muchos alguien valiente e intrépida, llorando desconsolada en su porche.
—¿Qué es lo que sucede? Te veías tan emocionado como yo al principio. Pero d-desde que volvimos a casa has estado diferente. Distante. Pensé que tú querías esto tanto como yo, pensé-
Hannah alzó su rostro hacia el de Sebastian para terminar su oración, pero se detuvo en seco al verlo claramente: La culpa y la angustia escrita en toda su cara.
—Sebastian… —trató de encontrar el valor para hablar— ¿Tú querías a Liam, no?
Sebastian seguía en un transe tratando de averiguar qué estaba pasando ahora mismo. Él escuchó la pregunta, pero no la entendía. ¿"Querer"? ¿Qué es exactamente eso? ¿Yo quiero a Liam?. Pero para su desgracia, ese no era el mejor momento para pensar sus palabras ya que Hannah tomó su silencio como una respuesta. Una muy mala.
"No puedo creerlo" murmuró sintiendo cómo su estómago se revolvía ante la idea, y se levantó inestable de su sitio no soportando ni un poco más del supuesto aire fresco de afuera.
—Espera, deja te explico-
—No me toques —se alejó de él como si huyera de una peste.
Dolió.
Demasiado.
Ellos nunca habían discutido de esta forma y fue apenas ahora que Sebastian se estaba dando cuenta de la gravedad de la situación.
—Hannah-
Y se escuchó un agudo sonido.
Unos llantos.
Hannah corrió hacia adentro de la casa sin esperar al hombre de cabello negro, el cual fue detrás de ella.
—Hannah, por favor —suplicó.
—Ahora no —rechazó sin mirarlo.
Ella llegó a la habitación y cerró la puerta detrás de ella, pero Sebastian se lo impidió, deteniéndola con su mano permitiendo que en una pequeña abertura se lograra apreciar la expresión de urgencia plasmada en su rostro.
—Por favor.
—No hay nada que hablar.
PUM.
La vista de frente de su cara le encogió el corazón: su ceño fruncido, su mandíbula contraída, sus ojos convertidos en ríos…
Con la decepción en ellos.
¿Qué mierda hice?
Hannah sabía que Sebastian no había tenido buenas experiencias con eso de la paternidad. Tanto por su padre biológico cómo por su padrastro. Pero evitar a tu propio hijo recién nacido era algo muy extremo. Hannah le quiso dar tiempo para asimilarlo dejándolo encargarse de la granja, pero ya había pasado un mes y su disposición no parecía cambiar. Ella esperaba que Sebastian se abriera para hablar del tema, o al menos que ella misma lo abordara de la mejor manera posible.
Pero esto había sido un desastre.
La ansiedad, el resentimiento y la frustración que llevaban embotelladas dentro de ella por tanto tiempo habían explotado en un tornado que no pudo controlar.
Debí haberlo hecho mejor.
Pude haberlo hecho mejor.
¿Qué voy a hacer?
Tenía miedo.
Miedo de que Sebastian se enfadara por no dejarlo explicarse.
Miedo de que en verdad él nunca quiso a Liam.
Miedo de que ellos no hubieran estado listos para dar este gran paso.
Miedo de que esto hubiera sido un error.
¿Error?
No, no, no, no, no, no, no, no… Eres todo menos un error. No es tu culpa.
Nuevamente, los sentimientos dolorosos invadieron a Hannah mientras arrullaba a su hijo, sentada en la mecedora que su esposo había hecho él mismo.
Pero lo que más le aterraba de todo era que la abandonaran.
Que él se diera cuenta de que tal vez este no era su lugar y se fuera lejos.
"Lobo solitario" huh.
Si, supongo que lo eres.
Las lágrimas corrían una detrás de la otra y ella las limpiaba desesperadamente en un intento por conservar la compostura. O lo que quedaba de ella.
En ese momento no quería verlo. Se desmoronaría apenas escuchara su voz.
Pero irónicamente, eso también era lo que más quería en ese momento.
Quería que él cruzara esa puerta, la mirara fijamente con esos orbes de obsidiana que tenía, se acercara y la abrazara con fuerza, como si fuera a perderla y le repitiera una y otra vez:
"No me iré."
Ella lo necesitaba.
Sebastian estaba en su habitación.
Habían pasado alrededor de unos minutos.
Los malditos 4 minutos más largos de su vida.
¿Qué había pasado?
No tenía que ser así.
Sebastian miró al techo mientras estaba acostado en la cama. Las sábanas eran de un color arena las cuales había escogido Hannah. Ella se suele encargar de los interiores, por eso, cada rincón de esta casa le recuerda a ella: El papel tapiz del pasillo, la alfombra en el baño, las sillas del comedor, el cuadro feo de la sala de estar…
En todo está ella.
Cerró sus ojos pues empezó a sentirse vertiginoso, y fue entonces que pudo sentir ese familiar aroma en el aire: vainilla y cerezas.
Él abrió lentamente sus ojos. Todo estaba borroso.
Estaba llorando.
Gotas cristalinas y amargas se deslizaban y se perdían en su cabello muestras que un doloroso nudo se formaba en su garganta.
La amo.
La amo demasiado.
"¿Tú querías a Liam?"
Sebastian quedó en blanco meditando en esa pregunta.
Cuando Hannah le dió la noticia, casi se ahogó con su café. No porque se opusiera a la idea, sino que porque nunca lo habían considerado seriamente.
No estaba ni fuera ni dentro de los planes.
Estuvieron tan ocupados con las citas médicas y preocupados por el bienestar del bebé y de Hannah, que la emoción quedó en segundo plano. Pero todo cambió el día que le contaron a Robin. Ese día ella los abrazó y lloró como nunca la habían visto hacer. Ese día fue el que los regresó a la realidad y les dejó en claro que iban a ser padres. A partir de entonces, él empezó a notar a su esposa más entusiasmada por la idea de un bebé, por eso le pidió consejo al doctor Harvey para prevenir posibles accidentes, y a pesar de que a Hannah no le gustó nada al principio, terminó aceptando.
Fue de mala gana, Sebastian lo sabía.
Pero aún así lo hizo.
Y en todo el tiempo en el que la conocía, nunca la había visto tan radiante de felicidad.
"¿Por qué?"
Porque ella ama a ese bebé.
"¿Por qué?"
Porque es su hijo.
No…
Es nuestro hijo.
Y aquí es donde radicaba el problema.
Él se había encargado de la granja desde que nació Liam.
No porque sea un buen esposo tratando de cuidar a su esposa que recién acababa de dar a luz. No.
Es porque no soporta la idea de estar adentro.
Ya ha pasado un mes desde el nacimiento de Liam. Lo usual es que como padre estuviera ansioso por pasar tiempo con él, mirarlo mientras duerme, querer cargarlo, sentir un apego incondicional a él, etcétera.
Pero Sebastian no sentía nada de eso.
Porque, cada vez que miraba la puerta de la habitación de Liam, un escalofrío recorría su columna vertebral.
Estaba aterrado.
Es por esto que había dejado a Hannah en la línea de fuego y él se había retirado a la (no tan cómoda) vida granjera, brindándole su apoyo a lo lejos.
Soy un cobarde.
Un cobarde que se quiso hacer el valiente al pensar que podía tener una vida feliz con una familia.
Ni siquiera soy capaz de ver a mi propio hijo, Yoba.
Soy patético.
Las lágrimas siguieron corriendo sin piedad y el desconsuelo lo llevó de la mano hacia el agujero negro en su mente. Voces dentro de él le gritaban cosas, cosas desagradables, tristes, desconsoladoras. Y entonces la desesperación lo atacó. El aire le faltaba, quería escapar, correr, salir de ese lugar, así que se levantó de la cama y tomó una bolsa en la que metió todo lo que pudo en ella. Habían varias sudaderas y camisas con tonos derivados del negro, pero antes de que pudiera cerrarla, notó una prenda que rompía con el patrón de colores.
Era una camisa de Hannah.
Sus ropas solían mezclarse a veces. Tal vez así es como llegó ahí.
No era una camisa llamativa más allá de la frase en una esquina y de su color amarillo.
Amarillo …
Hace unos días Liam tenía encima una mantita amarilla.
¿Qué estoy haciendo?
Cayó al piso en un golpe seco y miró atónito su bolsa llena de ropa.
¿De qué estoy escapando?
¿Realmente estaba pensando en eso? ¿Lo iba a hacer?
Trató de calmarse y respirar profundo.
Supongo que es una mala costumbre que tengo… Desaparecer cuando las cosas no van bien huh.
Desaparecer…. Huir…
Abandonar.
Más allá de Robin, Sebastian nunca consideró a Demetrius un ejemplo a seguir (al menos no por gran parte de su vida), pues siempre lo había hecho sentir desplazado, ignorado y despreciado.
Si tuviera que ser como ese hombre, preferiría nunca tener hijos para que no sufrieran lo mismo que él.
Pero había una persona que odiaba aún más que a Demetrius.
A su padre.
Él nunca lo conoció, de hecho, Robin nunca le habló mucho de él a su hijo, solo le dijo que su padre se había ido cuando tenía 3 años. Fue una época dura para ella hasta que conoció a su actual esposo y reformó su vida.
Así que, ¿Qué pasaría con Sebastian?
¿Iba a ser un intento de padre como Demetrius?
¿O solo se iría como lo hizo su padre?
Aunque a juzgar por la escena anterior, parecía inclinarse más a la segunda opción. Eso le revolvía el estómago.
Continúo pensando mientras seguía en su lugar con la camiseta enrollada en el puño. No sabía qué hacer.
No sabía cómo iba a criar a ese niño.
Cómo le enseñaría lo bueno y lo malo.
Cómo lo haría una buena persona.
Cómo lo haría sentirse querido y valorado.
Él no tenía ni idea de cómo hacer para que su hijo no terminara siendo como él.
No tenía ni idea de cómo ser padre.
Y eso lo aterraba aún más.
Sebastian siguió sentado ahí un rato más sobre las frías maderas mientras tenía la cabeza metida entre las rodillas y sin intenciones de soltar la camisa amarilla.
Respiró.
Exhaló.
Una y otra vez, hasta que la tormenta se apaciguó.
Hannah.
Debía de verla, tenía que verla, pero no sabía qué decirle.
¿"Oye, lamento haberte hecho creer que no quería que nuestro hijo naciera. Te amo"?
No importa qué diga, me va a matar.
Él estaba muriendo por saber qué hacer con su crisis de paternidad, pero ahora lo más importante era su esposa.
Sin saber por dónde comenzar, optó por primero levantarse del piso y devolver la ropa a los cajones. Estaba aplicando el mismo método que utilizaba para las tareas de la granja: "Primero lo que puedo hacer, después lo que se me dificulta, y al final lo que no quiero hacer."
La ropa perfectamente doblada ahora estaba arrugada y hecha bola. Sebastian no se molestó en siquiera ponerla en orden el cajón, más bien la arrojó distraídamente sin decidirse en si sería peor o mejor acabar pronto.
Solo bastó con mirar al frente para descubrir que lo ideal hubiera sido terminar hace unos 5 minutos.
Un silencio sepulcral los inundó, y era tan denso que apenas se pudo reconocer el vago "¿Sebastian…?" que murmuró Hannah.
Los ojos de ella saltaron de los de él hacia sus manos.
Oh.
La sangre se le heló.
—Ha-Hannah, no es lo que crees —trató de explicarse de inmediato imaginando escenarios que iban de mal en peor—. Lo juro, yo-
Se escucharon fuertes pisadas corriendo por las maderas del piso. Una nube de cabello color caramelo lo interrumpió, abalanzándose sobre él y casi haciéndolo caer. Sus delgados pero fuertes brazos lo apretaron tan fuerte que apenas y le permitían respirar, pero aún así no se apartó. Mucho menos cuando la sintió contraerse.
—No te vayas —susurró.
—Hannah…-
—¡No te vayas! —repitió.
Su mejilla se pegaba contra su pecho, totalmente indispuesta a soltarlo. Tal vez si se descuidaba él desaparecería en el aire, sus partículas se colarían entre sus dedos y lo único que ella podría hacer sería observar impotente.
Por fin saliendo de su bloqueo mental, Sebastian abrazó su delicado cuerpo contra él. Fuerte. Devolviendo la misma firmeza con la que era sostenido, en tal vez lo que fue su manera de darle seguridad.
—No me iré —susurró contra su cabello—. Lo juro. No me iré.
La noche se hacía más espesa a través de la ventana. Sus brazos dolían y sus ojos no paraban de derramar lágrimas, pero había algo reconfortante en ese abrazo. El calor que residía entre ellos era razón suficiente para no querer apartarse.
Porque en parte no querían hacerlo.
No quería separarse y afrontar al otro de frente. No, todavía no.
Es por eso que las palabras florecieron fuera del campo de visión del otro. O mejor dicho, las disculpas. Para que crecieran con valentía, y así, pudieran soportar los abrasadores ojos del otro.
—Lo siento —murmuró contra su pecho Hannah.
Esta era la séptima vez que lo repetía.
—Yo también lo siento —contestó por lo bajo Sebastian.
Esta también era la séptima vez que lo repetía.
Él bajó su cabeza a la altura de la oreja de ella, y suspiró lentamente. El aire tibio se deslizó hasta el cuello de Hannah y le produjo cosquillas. Ella tomó dos puñados de la sudadera de Sebastian y hundió su rostro en su pecho.
Olía a detergente, cítricos y a humo de cigarrillos .
Al principio sintió el impulso de preguntar, pero de manera rápida alejó la idea. Ella sabía que su marido se esforzaba por dejar ese mal hábito, pero que había veces en las que recaía.
Pero no se rendía.
Esa era una de las cosas que más amaba de él.
Sin importar qué, él sigue intentando.
Ella siguió reflexionando en silencio, hasta que sintió una mano fría apartar un mechón de cabello de su rostro. Fue un toque fantasma, tan delicado como él siempre se los había dado.
El aire a su alrededor ya era un poco más ligero.
—Hannah…
Pero por alguna razón, oír su nombre hizo que se le detuviera el corazón.
—...Yo no…huh… —luchaba por unir sus ideas de manera correcta.
Ella reconoció sus nervios y deslizó sus manos hacia su espalda para trazar leves círculos en ella, con la esperanza de que eso lo tranquilizara un poco, lo cual funcionó en parte.
—Está bien… —dijo en voz baja.
Él se mordió el labio con resignación.
—No. No lo está.
Sus palabras estaban llenas de desprecio hacia sí mismo. Este podría ser el momento más decisivo de toda su vida, y aún así no lograba expresarse adecuadamente. Así que, reuniendo todos sus pensamientos y emociones, para luego comprimirlos en unas palabras, Sebastian tomó todas las fuerzas de su interior con la esperanza de que su sentir fuera recibido con claridad.
—Te amo… Te amo más que a nada que haya conocido —su corazón latía en sus oídos—, y quiero tener un futuro contigo.
Al instante, Hannah alzó la mirada, rompiendo el pacto silencioso que ellos habían acordado. Examinó su rostro con los ojos bien abiertos, como si repitiera el momento para asegurarse de que no escuchó mal.
Las estrellas en los orbes de Sebastian resplandecían con adoración, y sus pálidas mejillas que estaban acompañadas por su cabello, largo y oscuro como el plumaje de un cuervo, estaban salpicadas por un bello rubor cereza.
Las lágrimas pincharon de nuevo sus ojos.
—¿De verdad…? —apenas pudo pronunciar.
Las palabras se le atoraron en la garganta y Sebastian solo pudo asentir contra la frente de ella apretando la mandíbula.
—Yo no sé nada —su voz se ahogó— y no sé si seré suficiente para hacerlos felices a ti o a ese bebé…
Con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil, tomó el dulce y sonrojado rostro de Hannah entre sus manos de marfil.
—Pero quiero serlo. De verdad quiero.
Hannah sostuvo sus manos bajo las suyas y cerró los ojos con fuerza tratando de contener una tormenta que pedía a gritos salir, y pensó que lo había logrado, hasta que los finos y pálidos labios de Sebastian plantaron un casto beso en su frente. Tembloroso.
Y entonces, con un gemido, de nuevo cedió al llanto.
Pero no era una tormenta abrumadora y llena de desesperación como antes.
Esta era aliviadora y refrescante.
Era una brisa de primavera.
El sonido de la madera crujir era hipnotizante al igual que la danza que bailaba el fuego. Dos manos fuertes abrazaban al cuerpo esbelto a su lado.
Faltaba poco para la medianoche y ellos dos estaban recostados sobre el sillón que apenas era lo suficiente ancho para ambos, pero por ahora no querían volver a su habitación.
Hannah suspiró lentamente sobre el pecho de Sebastian, pensativa: los latidos constantes de su corazón la lograban arrullar al mismo tiempo que una manos enredosa acariciaba su indomable cabello con cariño. Todo estaba mucho mejor, o al menos así se sentía.
Hannah abrió los ojos al sentir unas yemas de dedos rozaron suavemente su mejilla y arrastró su rostro hacia arriba.
—Lo siento, ¿Te desperté? —susurró él.
—No… —negó levemente con la cabeza—. No estaba dormida.
Él tarareó en voz baja en reconocimiento y continuó peinando los ondulados cabellos entre sus dedos.
—¿Lo dijiste en serio?
No lo preguntó con intención de dudar de su nivel de compromiso, sino para confirmarse a sí misma lo que ya sabía.
Para hacerlo mucho más real.
—Cada palabra —susurró.
Ella se rio y chilló como una colegiala enamorada. Como si no hubiera estado llorando de desesperación hace una hora. Ella se acurrucó más cerca de él, a lo cual Sebastian no se negó.
El calor entre ellos era acogedor, cómodo.
Por eso le retorcía por dentro tener que sacar el tema de nuevo.
—Sí quiero a Liam.
Hannah se quedó en blanco mirando a su pecho con tristeza.
—Lo sé… Y lamento haberlo dudado.
—No fue tu culpa, fue la mía —dijo—. Me alejé sin razón… Era normal que lo pensaras.
Ella deslizó su mano hasta su rostro. Quitó los mechones ébanos que caían víctimas de la gravedad sobre su rostro que era como un campo cubierto de nieve, y con su pulgar, trazó la constelación de pecas que había en sus mejillas que rápidamente se calentaron bajo su toque.
—Eso ya no importa —dijo en voz baja—. Lo importante es que ya todo está claro, ¿No?
El asintió. Pero la vacilación seguía en sus ojos.
—¿Y qué pasará…? —rompió el pequeño silencio que se empezaba a formar— ¿Qué pasará si no soy un buen padre?
Sebastian era un adulto, pero ahora desde el punto de vista de Hannah, era un niñito perdido y aterrado.
—¿Eso es lo que te preocupa?
—Es solo que… —continuó—. Yo no tengo idea de qué se supone que debo de hacer —habló pausado y nervioso.
Ella resopló divertida.
—¿Y tú crees que yo sí? Cariño, yo no sé lo que estoy haciendo la mayoría del tiempo.
Él la miró incrédulo. Inocente. Tratando de ignorar el hecho de que lo había llamado con uno de esos apodos melosos que ella sabía que lo avergonzaban a morir.
—¿Es así?
—Si, así que no te preocupes de más. Aquí estaré a tu lado —sonrió cálida.
—Pero… —insistió—, hay muchas personas que no deberían ser padres ¿...Qué tal si yo soy una de ellas?
Ella pasó sus dedos por su cabello hasta llegar a la parte de atrás de su cuello, y pudo sentir cómo se estremeció. Fue lindo.
—¿Cómo estás seguro de eso?
—No lo estoy —hizo una pausa—. ¿Pero qué tal si no se me da bien? ¿Y si se me cae mientras lo sostengo? ¿O si se enferma y no sé cuidarlo?
La mente de Sebastian de nuevo le presentó escenarios tan remotos como lo estaba la Luna.
—Para empezar, yo te mataría si se te cayera, pero—pensó un poco—, estoy segura de que serás un buen padre.
—¿Cómo lo sabes?
Se encogió de hombros.
—Solo lo sé.
Sebastian miró la inmensidad que residía en los brillantes ojos de la mujer a su lado; lo miraba con cariño acompañado de una seguridad sin fundamentos. Y aunque aún había dudas que calaban hondo en su subconsciente, por ahora esto le bastaba.
Esa sombra que lo tenía atormentado se había hecho mucho más pequeña.
Abrió los ojos de golpe.
Todo estaba en total oscuridad a excepción de la leve luz proveniente de la chimenea ya extinta. Su corazón latía al cien y por alguna razón le faltaba el aire.
Era otra de sus pesadillas.
Respiró hondo mientras trataba de calmarse a fin de no despertar a Hannah que estaba justo a su lado y cuyas suaves respiraciones intentó asimilar. Un minuto después lo logró.
No recordaba de qué trataba su pesadilla. Si era el vacío infinito, el sujeto que lo perseguía, la reunión familiar anual, o simplemente esta noche su mente se había puesto en especial creativa. Pero sin importar qué fuera, lo había dejado muy agitado.
Intentó sumarse a Hannah nuevamente a sus maravillosas horas de sueño, pero la inquietud se lo impedía, por lo que, con extremo cuidado, salió del sofá y se integró a la cocina.
No hay nada mejor que un café a las 2 de la madrugada.
Guiándose por la pequeña luz roja que emitía el foco de la cafetera, pudo presionar el botón de encendido. El agua comenzó a burbujear y el olor amargo del café se elevaba junto a las nubes de vapor que humedecían su rostro en una caricia.
Seguía cansado, con los ojos pesados pero incapaz de descansar. Pensó en dar una vuelta en motocicleta ya que eso lo solía relajar cuando despertaba en medio de la noche, pero después de procesar lentamente la idea, decidió que eso no sería lo mejor. En especial por lo que había pasado.
Tomó una taza que no reconocía y sirvió el café en ella. Disfrutando de la paz que reinaba en los pasillos, él se dedicó a vagar sin un rumbo fijo por toda la casa, tal vez solo con el propósito de mirar por las ventanas y apreciar el paisaje nocturno.
Tal vez pronto aparezcan las luciérnagas.
A Hannah le gustan.
En una ocasión, ella le había dicho que ver las pequeñas luces tan cerca de ella, le hacía sentir como si pudiera tocar las estrellas. Fue muy lindo. Y digo que lo fue porque acto seguido, Sebastian le mostró una imagen del insecto de más cerca.
Él rio perezosamente con sus labios besando su taza mientras seguía observando el exterior.
La profundidad de la noche hizo que pudiera sentir el fantasma de la nostalgia abrazarlo por detrás, su mente pensaba en todo, en nada y a la vez no llegaba a ningún lado. Él miró a lo largo del corredor sin saber con exactitud qué buscaba, pero después de divagar un poco, su atención se detuvo en una puerta en especial.
Liam había estado especialmente callado. Hannah le dijo que era un milagro que se hubiera quedado dormido tan profundamente y que probablemente se debía a su frecuente falta de sueño.
Sebastian la observó con detenimiento y apretó la taza de cerámica en sus manos. Su mandíbula se tensó, no por el motivo usual de temor, sino que esta vez la culpa y la vergüenza tomaban las riendas de sus acciones.
O tal vez siempre estuvieron al mando, pero usaban al temor como máscara…
Sebastian no pensó mucho en la cuestión. Era muy tarde para plantearse preguntas difíciles.
Dió media vuelta con intenciones de regresar a la sala de estar, pero sus piernas no se movían.
Liam está dormido.
Fue una pequeña idea que flotaba en su mente, que como luciérnaga en la oscuridad, no podía dejar de mirar.
De nuevo, vio la puerta de madera a unos escasos pasos de él y su corazón empezó a apretarse en su pecho.
Él caminó hacia ella y giró el pomo de la puerta bajo su mano con suma delicadeza. No se veía casi nada dentro, pero él pudo encontrar forma a las figuras ocultas debido a su mapa mental del lugar. La luz de luna se colaba por la pequeña abertura de la puerta y logró visualizar la cuna en medio de la habitación.
No sabía por qué estaba haciendo esto. Pero de alguna extraña manera, el tan solo ver escasamente el lugar en donde descansaba su hijo lo reconfortaba un poco. Como si eso fuera lo que necesitaba.
Si podía hacer esto, era imposible que odiara a su hijo, ¿no? Era algo de lo que se trataba de convencer.
Sebastian dio un bostezo silencioso, sintiendo que el sueño volvía a él, y lentamente volvía a cerrar la puerta.
Pero un pequeño y casi inaudible quejido lo detuvo en seco.
Un sentido de alerta se activó en su interior y no movió ni un solo músculo de su cuerpo.
Lo último que necesitaba era que Liam despertara de su sueño reparador junto al de su madre, la cual, lo mataría a él por despertarlo después de tanto esfuerzo.
Sebastian rezó a Yoba, y maldijo por lo bajo cuando los pequeños quejidos aumentaron su volumen.
Ya sin ninguna opción, el hombre entró a la habitación y cerró la puerta detrás de él, con la esperanza de que no saliera la mayor cantidad de sonido posible. Encendió la lámpara cerca de la cuna pues la luz que proporcionaba la luna por la ventana no era ni de cerca suficiente y dejó atrás su preciado café.
De alguna extraña manera, los pequeños quejidos de Liam se detuvieron por un momento al ver el familiar rostro de Sebastian, pero solo por un momento.
Entrando en una desesperación confusa, Sebastian se vio obligado a improvisar: Con sus manos huesudas buscó la mejor manera de tomar al niño junto a su manta, está no era una noche particularmente fría, pero aún así no quería arriesgarse.
¿Cómo hacía esto Hannah?
Tal vez debió de prestar más atención cuando su esposa se levantaba a atender a su hijo, pero el sueño le ganaba y se quedaba dormido de pie en el marco de la puerta, despertándose ocasionalmente cuando Hannah le pedía algo.
Tuvo un poco de nervios al no saber cómo acomodar a la criatura en sus brazos, pero poco a poco y con mucho cuidado logró conseguir una posición que consideraba cómoda mientras se maldecía a sí mismo por haberse metido en esta situación tan difícil.
Queriendo tranquilizar a Liam, lo arrulló lentamente entre sus brazos.
Liam no era muy pesado, pero Sebastian sentía temblar sus manos, temiendo que en cualquier momento se le resbalara por sus dedos, así que ejerció todo el autodominio que tenía sobre su cuerpo con tal de que sus extremidades adormecidas no cedieran.
Esta era una situación anormal. Una la cual este hombre no hubiera imaginado hace un par de horas.
Tal vez este es un sueño.
El ruido se había esfumado y se preguntó si Liam había vuelto a quedarse dormido, por lo que observó su pequeño rostro enrojecido en busca de alguna señal, y como si él lo supiera, hizo un sonido con su boca.
Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Sebastian.
—¿Qué pasa? ¿No me dejarás dormir? —susurró él.
De repente los quejidos volvieron y él, sin poder aguantar más su cuerpo, se sentó en la mecedora cerca de ellos.
Lo arrulló nuevamente, tapándole un poco más con su manta su cuerpo, y en su corazón se empezó a reproducir una melodía que llegó hasta sus labios. Era dulce, casi como un murmullo improvisado y hecho especialmente para este momento.
El silencio absoluto que tanto disfrutaba seguía ahí, pero acompañado de la calidez y suavidad de la respiración de Liam, y no pudo evitar pensar en el rostro de Hannah.
¿Este es mi hijo?
Era una cuestión tonta, pero todavía no le cabía en su interior.
No comprendía el hecho de que él era el causante junto a Hannah de la vida de un ser tan bello.
Era algo que le parecía tan distante y ajeno a él, pero que sin embargo, ahora estaba justo frente suyo.
Pero ya no había vuelta atrás.
Ahora debía de cumplir el contrato no escrito que firmó y cuidar de este niño. Seguía teniendo miedo, estaba aterrado, pero supuso que eso era parte de la experiencia.
—Perdóname si me equivoco —susurró casi inaudible en medio del imperturbable silencio—. Pero te prometo que me esforzaré…
No hubo otra respuesta a su juramento aparte de más tiernas respiraciones.
Las piernas le seguían temblando al pensar en los errores atroces que podía cometer.
Pero si podía ver este lindo rostro todos los días, entonces tal vez eso lo haría un poco más valiente.
Ya no voy a huir.
