Chapter Text
23 de diciembre
Apartamento de Rei y Kazuki
Como era habitual después de una misión nocturna, Rei se encontraba durmiendo en aquella tina que definía como el escondite perfecto ante un posible ataque sorpresa que pudiese suceder si descubrían su verdadera identidad personificada en aquel aspecto de civil. Mantenía esa idea que le enseñaron con respecto a no mostrarse como realmente es sino todo acabaría siendo un desastre.
Desde que había nacido siendo de un rango inferior en una familia que representaba todo lo opuesto, fue su desgracia. A medida que crecía, lo reconoció a regañadientes cuando su antiguo “jefe” —ese que era su padre— jamás tuvo la idea de tratarlo como alguien débil.
Aunque no hubiese querido, él fue criado como si fuera un alfa, a pesar de ser un omega que era provocado por esos impulsos tan vagos de su propia naturaleza. Al principio le costaba adaptarse a ella, especialmente en esos momentos tan acalorados en los que la pubertad tocó a la puerta. Recordarlo aún lo hacía temblar. Habían sido demasiadas las palizas que recibió cuando tuvo su primer ciclo de celo en el que su cuerpo se sintió tan raro e insoportable.
Nunca esperó que el maltrato fuera tan malo, pero esa fue la forma en que el líder del clan Suwa le hizo aprender a la mala a guardar esas feromonas todas las veces que pudiera. Incluso cuando ardía en una fiebre que lo debilitaba por ese calor sofocante, jamás debía hacerlo notar.
Con los años, de alguna manera, logró suprimir sus propios instintos, cambiándolos por otros reflejos que esa ruda crianza de falso alfa le obligó a adquirir. Agradecía haberlos perfeccionado hasta el punto de que todos a su alrededor lo terminaron confundiendo con un beta, pues jamás las emitía.
Así había sido su vida por mucho tiempo: una rutina mortal en la que fingía ser alguien que no era bajo la fachada del "asesino perfecto" en cada misión que le asignaban. Hasta que, tras pensarlo durante tanto tiempo, decidió que era momento de probar algo diferente en otra orden de sicarios para demostrar que valía mucho más de lo que le habían hecho creer, o quizá rebelarse y alejarse, al menos un poco, de esas malas mañas que lo tenían agotado.
En un principio fue arriesgado, pero siendo rápido y teniendo un poco de suerte, entró a una organización que le permitió tener la oportunidad gracias a las capacidades que tenía. También le ayudó el hecho de que jamás dijo lo que realmente era para que nadie se opusiera.
Aunque a Rei, a estas alturas, ya no le importaba. Él solo quería que en la orden en la que estuviese lo llamaran cuando realmente lo necesitara. Por eso quería un ambiente que fuera diferente al que su arcaico regente, con todo eso de estar disponible las veinticuatro horas del día a cualquier lugar que lo pudiese mandar.
Últimamente le era inevitable recordar su pasado en estos días. Había experimentado muchos vaivenes desde que decidió irse por conveniencia. Al principio de este nuevo trabajo, debía observar a los sospechosos que le asignaban mientras su nuevo jefe, Kyutaro Kugi, lo probaba.
Sin duda, fue sencillo hacerlo. No le tomó tanto tiempo demostrar lo valioso que era, menos con el historial que tenía.
Por lo cual, cuando estuvo listo para unirse al grupo oficialmente, le dieron un compañero para que los trabajos futuros que le asignaran lograran ser menos protocolarios y sospechosos en ambientes turbios, por no decir que también fuesen más llevaderos.
Ese fue el pretexto que le dieron para que un tal Kazuki Kurusu —un alfa bastante presumido y dramático—, llegara a su vida.
A primera impresión no tuvo que suponer que lo era, pues aquel sujeto de aspecto dominante con su destacable apariencia de cabellos rubios, con solo verlo, se delataba. También se podría decir que en el momento en que los obligaron a trabajar juntos en su primera misión para probar su "química", él no dejaba de emanar unas feromonas con aroma a pan mezcladas con las de otra omega con la que, seguramente, se había acostado la noche anterior. Todo eso delataba que era un alfa.
Ese hombre era uno bastante vanidoso al que le gustaba fanfarronear como uno, y sumado con ese tono bastante burlón y presumido, no podía negar lo mucho que lo molestaba.
Realmente, no le gustaba para nada estar tan cerca de su nuevo socio del crimen ni esa personalidad tan elocuente. Mas debía fingir que no lo notaba, ni mucho menos que le afectaba esa esencia tan embriagante, ya que no podía dañar esa idea que todos tenían de su persona con eso de que era un beta.
Pensó que lo harían mal y trabajar con ese tal Kazuki no duraría más de una misión; esperaba que así fuera. Sin embargo, para su mala suerte, habían logrado congeniar bien, al punto que tuvieron que seguir trabajando mano a mano. Terminó aceptando a regañadientes esa orden.
De un éxito tras otro, terminaron convirtiéndose en un dúo definitivo con el paso de las misiones, lo cual provocó que tuviesen que verse más seguido, prácticamente todos los días a causa de esas misiones largas que requerían recopilar datos en trabajos de campo.
Tanto así, que su nuevo jefe, viendo que se repetía la rutina, terminó obligándolos a vivir juntos para que fuera todo más. Así fue como habían estado viviendo estos tres años. En un inicio, Rei quería que fuera una broma. Quería que su compañero se equivocara y los separaran, pero era demasiado meticuloso con su cerebro que no tuvo alternativa.
Y, como él era la fuerza, necesitaba de esa mente maestra para saber cuándo emplearla.
Al menos, buscó verle un lado bueno y la única ventaja que vio de eso era que tenía un sirviente que le daba comida gratis, ropa limpia, videojuegos siempre que quería... No era algo que agradeciera, pero tampoco era algo que pudiera despreciar del todo.
Al final, como todo lo que venía a su vida, se terminó acostumbrando a esa rutina hasta ese día en que la relación tan corriente que tenían cambió para siempre.
Ninguno lo hubiera anticipado, pero desde que ese momento tan íntimo ocurrió, Rei admitía que había dejado de dormir plácidamente como solía intentar hacerlo.
Por mucho que trataba, no podía.
Apenas cerraba los ojos, su cuerpo comenzaba a sentir el cosquilleo y terminaba reviviendo una y otra vez en su mente aquel recuerdo en el que su ciclo de celo —junto al de su compañero mercenario— se dejó llevar y envolverse bajo las sábanas.
No esperaba que su primera vez hubiese sido de una forma tan inusual que ahora, cada vez que lo recordaba, lo hacía sentir extraño.
Aunque fuera inexpresivo, no podía negarse a sí mismo que aquel encuentro casual —cargado de mucho calor y desenfrenada adrenalina que le provocaban sus propias jerarquías alfa y omega— pasó de una manera que jamás pensó que podría experimentar: tan salvaje… tan intensa… y tan placentera.
Jamás pensó que su primera vez sería así… De hecho, nunca creyó que pasaría y mucho menos que hubiese sido con un hombre. Aunque eso realmente le importaba.
En ningún momento se le pasó por la cabeza el hecho de tenerla o no. Él jamás salía de casa como para provocar que su cuerpo quisiese hacerlo con alguien, pero, de tanto tiempo fingiendo ser algo que no era, él a veces olvidaba que era un omega que podría ceder. Y como uno que convivió con un alfa bastante dominante en feromonas, era cuestión de tiempo para que cayera en esa tentación por los deseos de su naturaleza.
No obstante, mantenía esa idea. Hubiera preferido mil veces que sucediera tarde y con alguien más, muy lejos de este apartamento.
Estuvo toda la madrugada metido demasiado tiempo dentro de su cabeza asimilando la realidad que ni siquiera se percató en qué momento amaneció. Seguramente debió suceder en un parpadeo, por lo que se sentó en la bañera con su cabello de color azabache todo alborotado para observar a la nada, intentando que su mente se quedara en la misma forma mientras se espabilaba.
Rei continuaba sintiéndose agotado con todos estos cambios hormonales que nunca había experimentado. No sabía qué hacer y esas sensaciones eran lo único que se cruzaba por su mente desde hace un mes. En verdad, quería que acabase
Después de todo, desde la mentira de que era un beta, con ese alfa se desmoronó; sentía que todo en su aburrida y monótona vida se había arruinado.
Él se sentía un completo tonto por haberse descuidado y dejarse llevar por su lado omega, que no pudo evitar resistirse a cautivarse al olor de su compañero. Se acostumbró demasiado a él, incluso en esos periodos mortales de rut, a tal punto que hizo que sus propios instintos —esos que había mantenido en calma durante tanto tiempo— lograran despertar en un anhelo insaciable y ocasional que quería drenar ahora.
Sin duda, continuaba estando decepcionado de lo que había pasado y de que, a estas alturas, aún no podía tener esos impulsos bajo control. Intentaba no culparse, porque creía que no era del todo su culpa, sino más bien de ese tonto alfa por no mantener en control ese lado animal feroz que cargaba encima.
—¡Ya llegué! —escuchó anunciar a la persona en la que estaba pensando. Esa voz lo sacó de sus pensamientos, haciéndole darse cuenta de que era momento de levantarse y salir del sitio de siempre—. ¿Aún estás durmiendo, Rei?
Dejó que el silencio fuera la respuesta.
No tenía ánimos de contestarle y mucho menos de oírlo parlotear.
Con todo lo que había estado pensando mientras se espabilaba, de la nada se comenzó a sentir extraño. Posiblemente nada importante. Por esa razón no le prestó atención a ese cosquilleo. Prefirió más bien concentrarse en lo que estaba del otro lado y lo que oyó desde donde estaba era un sonido familiar, como si su compañero estuviera rebuscando algo entre unas bolsas al mismo tiempo que abría y cerraba los cajones de la cocina.
De seguro guardaba lo que trajo mientras sacaba algunos ingredientes para hacer el desayuno.
Pensar en eso último, inesperadamente, provocó una extraña sensación parecida a la que estaba sintiendo en su organismo, como si no le apeteciera comer. Sintió como un nudo se le formaba en el estómago; se revolvió un poco de imaginar el sabor de la comida que pudiese preparar.
La sensación era inexplicable, mas no le tomó importancia. Mucho menos cuando recordó que tenía un videojuego que terminar desde hace días. Ningún malestar extraño le impediría no jugarlo ahora y, si se estaba enfermando o teniendo su celo de omega, no lo detendría de estar postrado en la sala durante un buen rato para no hacer nada.
Esa fue la motivación que, pese a la fatiga repentina, le dio el impulso para levantarse y salir de la bañera. Aunque no quería hacerlo. Por alguna extraña razón, quería seguir durmiendo más de lo que estaba acostumbrado. Pero tenía que iniciar su rutina y fingir un poco de normalidad.
Así que, con esfuerzo y pasos lentos, se acercó a la puerta para abrirla y salir.
—Buenos días —saludó con indiferencia, mientras olía las feromonas de pan recién horneado que soltaba aquel hombre de hebras rubias en su presencia.
Antes no le importaba, pero desde aquel encuentro reconoció que su compañero las emitía a propósito. A lo mejor era porque quería marcar territorio, como incitarle a caer en sus deseos.
Rei creía que Kazuki era demasiado ingenuo si pensaba que iba a caer para volver pasar por ese encuentro tan intimo que tuvieron. Sin embargo, a pesar de negarse, debía admitir que esa era la primera esencia que no le incomodaba o, mejor dicho, que no le repugnaba como la de su padre o la de los muchos otros alfas con los que trabajó alguna vez. Indudablemente, disfrutaba de sentirla sin inmutarse. Por lo cual, dejándose envolver un poco por ella, terminó enfocándose en lo que iba. Se abrió paso hacia la estancia hasta llegar a donde se encontraba el televisor para encender su consola y ponerse a jugar.
Fue así como el denominado “asesino perfecto” se sumergió en su mundo para intentar aparentar que vivían la misma situación rutinaria de siempre.
Una vez que lo hizo, ahora era el turno de su compañero empezar su día mientras él tenía su vista clavada en la pantalla.
Aquel alfa sabía que cuando aquel omega se encerraba en sus videojuegos, lo terminaba de ignorar por completo, tanto que no se percataba de lo que pudiera hacer o de la manera en que lo pudiese estar viendo ahora desde el otro lado de la habitación.
Para ese hombre de jerarquía dominante era una nueva perspectiva tan fascinante. Una en la que lo observaba disimuladamente, con cierto interés. Era una tan curiosa que le resultaba inevitable quedarse ensimismado por la peculiaridad de ese hombre opuesto a su naturaleza y dejarse llevar por esos pensamientos que había estado teniendo desde el día en el que sus ciclos de celo se fusionaron y acabaron enredados bajo las sábanas.
Kazuki, estando tan cerca de Rei, aceptaba que en su interior comenzaban a florecer nuevos sentimientos y sensaciones que no creería que tendría por alguien como él, en un enfoque más íntimo. Aunque no lo reconociera en voz alta, con todo lo que pasaba por su mente, hacía que, sin quererlo, desprendiera sus propias feromonas cada vez con mayor fuerza y frecuencia que antes cuando estaba con su compañero, sobre todo ahora que estaban solos, con toda la intención de atraerlo, como aquella vez.
De verdad, seguía sin poder creerlo.
No obstante, solo se estaba dejando llevar por su propia esencia en el aire. También por ese olor tan agradable a pudin —diferente a lo usual— que liberaba aquel hombre sentado en el sofá que lo ignoraba. Admitió para sí mismo que era la primera vez, en mucho tiempo, que el aroma de un omega le era agradable.
Para él, no era una esencia nociva ni irritante. Solo era dulce y deleitante. Tan disfrutable, que lograba hacerlo sonreír sin que se diese cuenta, mientras ambos se dejaban llevar por ese acogedor silencio.
Como cada uno estaba en lo suyo realizando lo de siempre, no tenían que dirigirse la palabra. Simplemente, como opuestos, se dejaban llevar por sus propias naturalezas. Kazuki podía decir que la de Rei se notaba más que antes, pero le agradaba.
Al menos era otra forma de saber que estaba presente sin la necesidad forzada de intercambiar alguna que otra frase cuando debían tratar temas puntuales del trabajo.
Pero a veces para Kazuki era aburrido que esa fuera la única forma que tenía de escuchar a Rei decir algo sin que ninguno se sintiera incómodo o sin tener miedo a que él —como alfa— se le escapara decir que quería tenerlo como antes, o que dejara más evidente de lo habitual sus indirectas y su fragancia dominante que alejara más a su compañero después de lo tonto que fue con él en su primera y única vez.
A estas alturas, aquel hombre que se encontraba cocinando debía aceptar que nada en el mundo haría que pudiera olvidarlo. Por eso seguía preguntándose si algún día volverían a revivir aquello, aunque sabía que la posibilidad se alejaba cada vez más por culpa de la actitud que tenía ese sujeto con su secreto. Ese mismo que se empeñaba en ocultar a la fuerza, por toda la vergüenza que le causaba y que le impedía siquiera darse la oportunidad de aceptarse a sí mismo, porque se ridiculizaba por lo que era.
Sin embargo, sus propios deseos egoístas solían ser más fuertes.
Él tenía tantas ganas de rememorarlo que incluso, tontamente, pensaba en chantajearlo si se presentaba la oportunidad. Pero sabía que, si lo hacía, no llegarían a nada. Mucho menos si terminaba comportándose como antes, como todo un tonto, y era consciente de que, por haber actuado de esa forma, ya había perdido demasiado.
Entonces, al reconocerlo, prefirió desechar esa idea. No debía jugar con cartas pasadas en algo que posiblemente acabaría de la misma manera si seguía ese camino.
Por esa razón, debía seguirle el juego de fingir que nada había pasado.
A fin de cuentas, antes de hacer aún más tensas las cosas entre ellos, prefirió enfocarse en lo importante.
—Rei. Tenemos asuntos del trabajo que discutir —informó el hombre que se encontraba en la cocina buscando llamar la atención la persona que estaba sentado en el sofá de la sala jugando con mucha concentración—. Kyu-chan quiere que hagamos un trabajo especial por Nochebuena. Me mencionó que nos recompensara pagándonos el doble por hacerlo durante las fiestas.
—Ujum.
Kazuki suspiró ante esa indiferencia. La detestaba muchísimo, pero era la única manera, aunque vaga, que tenía de escuchar los monosílabos de Rei.
Sin embargo, comprendía, en parte, que aquel hombre denominado el asesino perfecto, con quien había compartido muchas misiones, se comportaba así porque venía de un linaje estricto. Uno al que no le importaba cuándo tenía que cumplir con esa misión tan peligrosa ni si le pagaban más de lo necesario.
Para Rei, solo era trabajo.
Kazuki no lo veía desde el mismo punto. Pero, al final, solo era un recado más que tenía que hacer porque sí, y por esa razón sabía que no debía darle vueltas si de eso vivían.
De este modo, siguió con su labor culinaria y terminó de preparar aquel desayuno compuesto de arroz, té verde, pescado y una sopa de miso. El olor de esos dos últimos alimentos de pronto se concentró en el ambiente, haciéndose tan fuertes y notorios que llegó hasta la nariz del hombre que se encontraba en el sillón, provocándole así una reacción repentina.
Por mucho que intentó aguantar el asco, Rei no pudo. Por su garganta subía la cena de anoche, queriendo salir, así que no tuvo de otra que levantarse de golpe de donde estaba sentado y a paso veloz dirigirse en dirección al baño, donde terminó vomitando dentro del retrete. Aquello acabó siendo un reflejo a causa de las náuseas tan repentinas que le dieron.
A Kazuki esa reacción le pareció muy extraña. Más que nada porque era la primera vez que veía ese involuntario tan natural en su socio mercenario a primera hora de la mañana.
Algo malo debía estar pasándole.
Por lo que, con rapidez, apagó la cocina para acercarse al sanitario a auxiliarlo. Estando del otro lado de la puerta, quiso pasar siendo inoportuno por invadir su espacio personal, pero se dio cuenta de que su compañero se encerró, ya que, al intentar girar la perilla, se percató de que le puso seguro.
—¿Estás bien? —preguntó, mas lo que escuchó como respuesta fue aquel sonido de arcadas—. ¡Rei! ¿Estás bien?
Intentó forzar el pórtico. Le era ineludible no hacerlo con cierta brusquedad si su instinto alfa reaccionaba por voluntad propia al estar en la presencia de un omega que creía que podía estar indefenso.
Esa actitud se convirtió en una escena bastante molesta para quien estaba dentro en el baño, escuchando la desesperación desde su posición, mientras esa sensación desagradable de ascos recorría todo su cuerpo. Pensar otra vez en la sopa y el pescado le hizo devolver lo último que le quedaba de la cena anterior.
Estar con esas náuseas lo hizo cambiar todos sus planes de vivir un día tranquilo. Sentía que esto no se le pasaría, por lo cual buscó llevarlo de la mejor forma posible. Tenía que ser rápido para salir de ese embrollo. Aunque no entendía bien del todo por qué tuvo aquel repentino malestar si no había comido nada que pudiera haberle caído mal.
Recapacitó un poco. Tal vez por fin la esencia a hogaza de Kazuki le estaba afectando como lo hacía la de todos los alfas que había conocido. Posiblemente era eso.
Así que, cuando terminó de devolver todo lo de la noche anterior, se aproximó al lavamanos a enjuagarse la boca para así salir del sanitario. En el momento en que abrió la puerta, se topó con su compañero y esa cara que expresaba toda preocupada.
Ambos se vieron por unos segundos.
Toda esta situación hizo que la primera palabra que a Rei le viniera a la mente fuera que era irritante por actuar de esa forma tan desesperada. No lo soportaba, y luego de ese pensamiento por el que se quedó en las nubes, se dio cuenta de que aquel hombre que vino a su supuesto rescate seguía ahí parado, esperando una explicación de su parte, y él no tuvo una mejor idea que decirle:
—Seguro son tus feromonas. Huelen horrible —soltó el omega no muy seguro de sus palabras.
Esa contestación no convenció al alfa. Al contrario, lo confundió todavía más.
—Oh, pero ¿no es raro? Quiero decir, antes no te provocaban eso.
—Debe ser porque, como antes olías a cualquier omega que te provocaba o a la que le sacabas información, tu aroma seguro pasaba desapercibido como para afectarme —expuso enojado, como si se sintiera celoso por las acciones que hace ese lado tan básico de su compañero. Realmente, con ese tono tan suspicaz con el que le expresó esa réplica, logró hacer que ese hombre de pie frente a él volviera a quedarse pasmado, por no decir que también a él mismo cuando se percató de que lo alegó de esa forma. Decidió ingeniar una mejor respuesta—. O simplemente fue tu comida. A lo mejor, te pasaste de condimentos en algo. Sabes que suelo ser quisquilloso con eso.
Eso sonó a una declaración más común relacionada con la forma de ser de Rei, pero Kazuki en el comentario anterior notó ciertas inquietudes relacionadas con su vida privada e íntima con otras mujeres de jerarquía pasiva.
Era extraño. Tenía tantas preguntas que hacerle por ese comportamiento.
Sin embargo, por más que quiso hacerlo, no pudo decirle algo más con respecto al tema.
Aquel hombre con el que intentaba tener una conversación consiguió apartarlo, pasando así de él. Siguiéndolo cada uno de sus movimientos con la mirada, se percató de que su compañero se encaminó en dirección al comedor para sentarse. Sabía que cuando él hacía eso era porque quería empezar con los pendientes que le había mencionado relacionados con la misión que les asignaron lo antes posible, y con este contratiempo, más impaciente estaba porque ya ninguno tendría un día tranquilo.
El alfa exhaló. Luego de darse cuenta de que no tenía más nada que hacer, volvió a la cocina a servir la comida en los platos y llevarlos a la mesa para hablar con calma de lo que tenía.
Dejó el desayuno del omega delante de él y pudo darse cuenta de que este tuvo nuevamente una renuencia evidente de asco. Intentó disimularlo tapándose la nariz, pero no funcionó. Ante eso, aquel hombre, todo preocupado, pensó que volvería a vomitar por la manera en que cubrió su boca, pero notó que lo ignoró, metiéndose parte del arroz para intentar pasar ese mal sabor.
—¿De qué trata la misión?
—Lo mismo de siempre —le respondió comiendo parte del pescado mezclado con la sopa para que su compañero no se mareara con esos alimentos—. Debemos ir a una fiesta a la que nadie no ha invitado, colarnos y matar al líder de la mafia que casi nunca está en la ciudad.
—Ujum.
—Kyu-chan quiere que se haga en esa fecha porque es la única ocasión en la que está ese sujeto en la ciudad —siguió explicándole, mientras desayunaba—. Haremos una infiltración sorpresa con un Santa, un pastel como señuelo y tú serás el factor sorpresa que se encontrará oculto en la parte de abajo del carrito en el que estará mi creación culinaria que nos hará pasar desapercibido —le indicó de forma simple.
Estuvieron por unos minutos en silencio. Su acompañante dejó de pronunciar algo por el hecho de que mantenía la mirada en dirección a otro ángulo de la mesa, como si quisiera ignorar toda la comida que estaba en su plato mientras aguantaba soltar la arcada de hace un rato.
—Bien, si eso es todo, prepararé las armas.
Rei se levantó dejando más de la mitad de la comida sin probar. Ese comportamiento era tan impropio de él. Era una que continuaba llamándole la atención a Kazuki. Después de todo, por muy picante o condimentada que fuera algunas veces, él se la comía sin quejarse más por hambre que por otra cosa.
Esta vez ni siquiera tomó el té para llenarse el estómago con algo.
—¿Seguro que te sientes bien para ir?
—Sí, de no ir, Kyutaro sospecharía de lo que no debe.
—¿Y qué? No tiene nada de malo que lo sepa a estas alturas. Sobre todo, porque le harías ver lo bien que lo has llevado hasta hora —mencionó el alfa, queriendo no dejar de tener la conversación que el omega tanto evitaba—. Es bastante sorprendente que alguien de tu clase en situaciones así pueda…
—No empieces otra vez con ese tema. Debes dejar de insistir con eso cuando ya te he dicho muchas veces que no pienso contarte mi vida —le cortó el tema.
El omega, expuesto por su naturaleza e invadido por aquel repentino malhumor derivado de ese extraño malestar, se dirigió al televisor para apagarlo. No tenía ánimos de seguir jugando ni de mantener esa charla forzada —de quién sabe qué— con ese alfa, con el fin de hacerlo caer en juego.
De verdad necesitaba despejarse después de una mañana bastante movida. Así que salió a la terraza para fumar un rato antes de ir a cumplir con las obligaciones que tenía respecto a la misión asignada.
Mientras él volvía a aislarse del mundo, su compañero, una vez que terminó de comer, recogió los platos que había preparado con esmero para ambos. Luego, se dispuso a lavarlos sin dejar de dar vueltas al asunto en su cabeza.
Kazuki sabía que Rei era así de antipático. Sin embargo, desde ese momento en el que su naturaleza se manifestó por completo el mes pasado, algo en su comportamiento había comenzado a cambiar. Pequeñas actitudes, casi imperceptibles, lo hacían actuar tan diferente… y Kazuki quería entender cuál era la razón.
