Chapter Text
El Infierno es un lugar un tanto abrumador.
Los dolidos gritos de agonía, los incesantes susurros y los lamentos de las almas en pena era, cuando menos, tedioso para quienes se encargaban de ellas. Eso sin tomar en cuenta el calor abrasador. Pocas cosas solían cambiar y, dejando de lado los aposentos del Diablo, la decoración tampoco era la gran cosa.
Por eso King Dice solía darse descansos, de no más de cinco minutos.
Él se alejaba, procurando que ninguno de los demonios o sirvientes del Diablo le vieran retirarse de sus dominios. Le gustaba respirar el aire fresco, sentir la brisa que lo alivianaba; pero en especial le gustaba percibir cómo la luz del sol se desvanecía poco a poco cuando este se ponía en el horizonte.
Lamentablemente para él, las cosas no estaban yendo muy bien que se diga. Desde que aquella taza se había salido con la suya por primera vez, la vida de King Dice estaba cayendo empicada. Había perdido su empleo en «Lanza los Dados» y su jefe se había vuelto más iracundo, más que de costumbre
Aunque había algo de lo King Dice no podía culpar a Cuphead en lo absoluto.
Para cualquier lector, este podría ser tomado como un hecho sin importancia, una nimiedad, algo cuyo impacto en la vida de quien lo padeciera tendría una relevancia defectible.
Pero estamos hablando del mismísimo Diablo aquí.
Así que ese día, a solo una media hora de que el sol se ocultara por el oeste, King Dice miró hacia los lados con casi cada paso grácil que diera. En el Infierno no existía ni siquiera una hora de descanso. Aun así: «La lealtad de los lacayos del Príncipe de la Oscuridad es ilimitada». Ver a King Dice en andadas no correspondidas habría sido informado al Diablo en apenas un parpadeo, y eso era justo lo que él procuraba evitar a toda costa.
Al no notar ni un alma —tanto en el sentido literal como metafórico—, King Dice desbloqueó la cerradura y empujó con lentitud los enormes portones que separaban el Infierno de la Tierra. Acomodando la entrada de regreso, no dudó en caminar unos cuantos pasos. Las rocas cambiaban un poco de tono y forma conforme se alejara, la brisa soplaba refrescándolo y el suelo se sentía muchísimo más fresco que con anterioridad.
King Dice decidió, solo por esta vez, alejarse un poco más. Aunque su cuerpo y su alma estuviesen por siempre unidos al Infierno por cadenas invisibles y un muy tangible contrato, le agradaba darse la falsa ilusión de pensar: “Sí, podría irme de aquí cuando quisiera”.
Abejas volaban con anhelada libertad, danzarinas, rodeando unas cuantas flores. King Dice decidió descansar un poco sus piernas y —después de tratar de acomodar su traje para que se ensuciara lo menos posible— se sentó a contemplar las flores —en este caso: girasoles— con sumo detalle, apoyando sus manos bajo su barbilla y sus codos en sus piernas flexionadas.
King Dice soltó un suspiro apesadumbrado, y extendió su mano, pensando si quizá, tan solo quizá, estaría bien dejar a su amor no correspondido en el azar de los pétalos de una simple flor. Cuando las yemas de sus dedos índice y pulgar estuvieron a punto de sujetar el tallo para arrancarlo, de imprevisto…
—D´uh, yo no haría eso si fuera tú.
Un grito —no muy masculino que se diga— salió con fiereza de los labios de King Dice, a la par que se levantaba por el sobresalto. Giró su cuadrada cabeza y contempló, sentado en lo que antes había sido su diestra, a Henchman: el secuaz del Diablo.
—¡¿Qué?! —gritó King Dice, entre aterrado y ofendido.
Por un lado, aterrado de haber sido descubierto en su autoproclamado descanso; y por el otro, ofendido de que alguien que —según sí mismo— está exactamente al mismo nivel que él en la escala del Infierno, ni un escalón más y ni uno menos, siquiera le sugiriera qué podría y qué no hacer.
—Ibas a arrancar esta flor, ¿no es así? —preguntó Henchman, sosteniéndola con las palmas de sus manos. Al instante, un rostro ofendido surgió en el centro del girasol, y este cruzó sus hojas a forma de brazos—. Lamento el malentendido, pequeña. —La flor aún parecía molesta. Esta soltó un quejido y desvió la mirada.
King Dice quedó boquiabierto. Él no tenía ni idea de que aquella flor, a la cual estaba a punto de arrancar desde el tallo, y a la cual planeaba arrancarle los pétalos, era un ser vivo. Es decir, sí, él sabía que todas las flores son seres con vida —a excepción de las artificiales, pero esas son de otro tipo—; lo que él no sabía era que era un ser con consciencia, al igual que la suya.
Supuso que esa era una desventaja de vivir en un mundo en el que algunos objetos tienen vida y otros no.
Pero de inmediato su mente dejó de recorrer sitios polvorientos mientras hace análisis sin sentido, y se concentró en lo más importante en ese instante: Henchman.
Al reflexionar de lo que había hecho no le quedó de otra que arrodillarse en el suelo y unir sus manos en posición de plegaria.
—¡Por favor, no se lo digas al Diablo!
Henchman enarcó una ceja, no muy seguro de a qué se refería King Dice (o de a quién le estuviera rezando, pues, después de todo, las almas de ambos estaban condenadas a desenvolverse en el Infierno por toda la eternidad).
—¿Decirle qué? —respondió él, inafectado.
King Dice separó sus forzados párpados, y miró a Henchman a los ojos.
—Eh…, que salí del Infierno sin el permiso de él, por supuesto.
Henchman se lo pensó. Hizo un ademán con su brazo restándole importancia mientras hacía una expresión despreocupada y desviaba la mirada.
—No te preocupes por eso. El Diablo no dirá nada. Yo salgo todo el tiempo. —Henchman se tomó una pausa mientras King Dice colocó la palma de su mano en su pecho, incapaz de controlar sus pulsaciones—. Además, esta no es la primera vez que lo haces —dijo como si nada.
King Dice rió gracias al nerviosismo y se incorporó, sacudiéndose la tierra de su traje. Pronto, esta vez gracias a su impresión, comenzó a reflexionar las palabras dichas por Henchman, y soltó:
—¿C-cómo lo sabes?
—Oh, te veo en el espejo todo el tiempo.
King Dice se quedó sin palabras unos instantes; para luego decir:
—Y… ¿realmente nunca se lo dijiste al Diablo?
—¿Tendría que haberlo hecho?
King Dice frotó todo su rostro, y separó sus manos para suspirar, todo mientras aún soltaba alguna que otra risa inquieto.
—Se está poniendo el sol. Tal vez deberíamos regresar —dijo King Dice. La situación se estaba tornando un tanto incómoda para él.
—Lloras mucho cuando sales del Infierno.
Verdes irises se materializaron de inmediato alrededor de las pupilas de King Dice; a la vez que su mandíbula caía unos milímetros.
—Lo lamento… Tal vez fue grosero de mi parte decir eso —susurró Henchman, sosteniendo su cola y desviando la mirada mientras realizaba un puchero.
King Dice cubrió su rostro con vergüenza mientras sus ojos volvían a la «normalidad». Henchman prosiguió:
—No es que quisiera mofarme… Pero, en verdad, si tienes algún problema, soy todo oídos —afirmó apuntando hacia sus peculiares orejas—. Prometo no burlarme ni nada por el estilo.
King Dice volvió a sentarse en el suelo de tierra y césped. Ya le importaba poco la integridad de su traje. Él seguía cubriendo su rostro con sus manos. Henchman no dudó en tumbarse en su diestra de regreso (después de todo, ser quien está a la diestra es su peculiaridad), e incluso palmeó un tanto su espalda con suavidad e intenciones de consolarlo.
La respiración del más alto seguía agitada; había momentos en los que Henchman ya no estaba seguro de si se trataban de sollozos o de si King Dice se estaba hiperventilando.
El sol ya se había puesto hace unos instantes; y estrellas adornaban el firmamento con aleatoriedad.
Cuando el diafragma de King Dice redujo un poco la velocidad y la fuerza de sus contracciones, él habló:
—¿Sabes guardar un secreto?
Henchman quedó en silencio. Sus ojos habían aumentado el doble de su tamaño. Se mordió el puño, halando un tanto su guante mientras sus ojos apuntaban zonas imprevisibles del paisaje.
—Uh… La verdad es que nunca me habían contado uno. Ja, ja. —Cuando se atrevió a mirar a King Dice al rostro se percató de que este le devolvía una mirada decepcionada y cansada ya desde hacía un rato.
King Dice soltó un suspiro derrotado mientras frotaba su nuca. Volvió a limpiarse los restos de las lágrimas que pudiesen quedar y dijo:
—Este es un secreto importante. Nadie debe saberlo; eso incluye a…
Hizo una extraña especie de ademán. Henchman parecía confundido; pasaron unos segundos más y finalmente cayó en cuenta.
—¡Pero… él…!
—Está bien. —King Dice se levantó—. No tienes por qué saberlo. No tengo por qué arrastrarte a todo esto.
—¡E-espera! —La mano de Henchman sostuvo el antebrazo de King Dice, evitando que este se retirara—. D´uh… Prometo que él no lo sabrá. —Sostuvo su mano derecha sobre la zona izquierda de su pecho y alzó la izquierda en una palma firme—. Ya sabes… A menos que sea realmente un problema el cual él nos pueda ayudar a solucionar.
—¿«Nos»?
—¡Por supuesto! Un problema tuyo es un problema nuestro también —afirmó con una sonrisa sincera.
—Más bien yo soy el problema con el que tienen que cargar —susurró King Dice sobre su hombro.
—¿Dijiste algo?
King Dice suspiró por vigésima vez aquella noche. Miró a Henchman a los ojos y solo vio inocencia y honestidad.
—Si te dijera que estoy enamorado del Diablo, ¿qué dirías?
Henchman se turbó al instante. A pesar de que estaba oscuro, King Dice habría jurado que su piel se había tornado un par de tonos más pálida. Sus pupilas ya no estaban ahí; blancas escleróticas dentro de sus cuencas y nada más. Su aura había cambiado tal y como cambian las estaciones en un par de meses.
—Diría… que estamos en la misma situación.
Solo grillos grillando y el rozar de hojas contra hojas habría sido posible de escuchar en aquel instante. Hasta sus respiraciones y pulsaciones, que bien podrían haber estado aceleradas, más bien parecían haberse detenido en seco.
King Dice no podía creerlo. ¿Él también tenía un amor no correspondido por el Príncipe de las Tinieblas? Por un lado, una parte de su ya rota alma se alegraba. ¡Compartir el dolor es el mayor placer para cualquier ser con vida! Pero, por otro lado, ¿y qué si la parte de «no correspondido» no era del todo precisa?
No era un secreto para nadie que el Diablo toleraba muchísimo más a Henchman que a King Dice. ¿Quién era el que lo animaba cuando no estuviera en su mejor momento? ¿Quién era el que le llevaba el desayuno, el almuerzo, la cena, y a veces el aperitivo casual de almas al sitio en el que se encuentre? ¿Quién era el que ya había contemplado cada rincón que el Diablo frecuentase y quien ya se sabía de memoria cada uno de sus pasatiempos y preferencias?
King Dice no. Eso era seguro.
Una ráfaga de seguridad por la seguridad de Henchman —acompañada de inseguridad por su propia seguridad— cruzó el pecho de King Dice como si ningún ropaje le cubriera.
—Uh… ¿Señor King Dice?
¿Cuándo habían regresado las lágrimas?
—No, no estamos en la misma situación.
—¿A qué se refiere? —Henchman se acercó unos pasos. Un poco tembloroso, sus manos se habían unido en la zona de su pecho.
—¡No lo estamos! —gritó, más para sí mismo que para Henchman. El secuaz del Diablo se apartó un paso, nervioso—. ¡Por supuesto que no lo estamos! ¡Tú me superas por millas! —Miró a Henchman. La desesperación se reflejaba en sus irises, los cuales ya habían regresado, y reflectaban la luz por las gotas albergadas en ellos; ya ustedes podrán imaginar de qué—. Pero reconozco que es un alivio. —King Dice soltó un suspiro; a diferencia de todos los demás, este era forzado, muy forzado—. Ahora tú puedes confesarle tus sentimientos al Diablo y yo…
—¡¿Qué?! —gritó Henchman, genuinamente aterrado—. ¡Oh, maldito infierno! ¡Por supuesto que no!
King Dice quedó confuso. Sus conjeturas se habían apoderado de su consciencia por un buen rato.
—¿A qué te refieres? ¡El Diablo te adora!
Henchman volvió a sujetar su cola y desvió la mirada. Sus párpados caían un poco.
—No es así, ¿de acuerdo? Soy su secuaz. Yo lo admito: paso más tiempo que tú con él, y amo eso. Quizá no me grita tanto, ni me amenaza tanto, ni me… golpea al igual que a ti. ¡Pero eso no quiere decir que me adore ni nada por el estilo! A decir verdad, siento algo de envidia hacia ti.
King Dice se alteró. ¿Pero qué estaba diciendo él? ¿Por qué envidiarle? ¿Siquiera estaba consciente de las palabras que salían de su boca o solo estaba intentando —inútilmente— parecer modesto ante él?
—Sé que te preguntas por qué. —King Dice reaccionó en sorpresa—. Él… habla de ti, a veces. Me dice las esperanzas que tiene en ti. Siendo sincero… Je. Sé que el Diablo se molestaría mucho si te cuento esto, pero… En fin, él está empezando a dudar de si en verdad será capaz de obtener el alma de esa taza. —Hubo una pausa. La brisa se había detenido—. No lo malinterpretes: el Diablo necesita esa alma como si fuera oxígeno, pero, luego de tantos esfuerzos inútiles, aunque él no lo admita… creo que ha empezado a dudar de sí mismo.
—Así que… crees que soy más capaz de obtener el alma de Cuphead; y si lo hago…
—Obtendrías su respeto y admiración —prosiguió Henchman—. Y quizá incluso su…
—¡Pero no puedo hacerlo! ¿Sabes cuántas veces lo he intentado ya? —exhaló ya con frustración—. ¡Te juro que ese niño tiene a mil ángeles de la guardia trabajando las veinticuatro horas del día y los siete días de la semana!
—Cuphead no es un niño.
—¿Eh? —King Dice enarcó una ceja—. ¿No lo es?
—En lo absoluto. Tiene veintitrés.
Hubo un silencio incómodo.
—Oh… ¿En serio? Pensé que tendría como once o doce…
—Nah, solo es pequeñito —dijo Henchman, juntando su índice y su pulgar sin llegar a tocarlos.
King Dice soltó una fugaz risa.
—Supongo que eso me ayuda a sentirme un poco menos inútil —dijo King Dice. La presión en su pecho se había calmado; y el nudo en su garganta se había ido hace un buen rato.
Ambos sonrieron. ¿Desde cuándo esta conversación se había vuelto tan casual?
—¿Te parece si regresamos ya al Infierno? El Diablo se molesta si no le sirvo su cena a tiempo.
King Dice se dio cuenta de que el tiempo se había ido volando junto con la brisa. Un sentimiento de terror había regresado. Presuroso, temeroso, tomó la mano de Henchman y afirmó.
A pesar de que ambos se veían calmados a primeras, ambos temían de su futuro. ¿Qué sería de sus sentimientos ahora? Ninguno de los dos quería comenzar una rivalidad ahora. De lo contrario: ¡ni siquiera se habían detenido a pensar jamás en la mínima posibilidad de la existencia de un rival!
Y más aún:
«¿Por qué mi rival tiene que ser alguien tan agradable?», pensaron ambos a la vez, aún con sus manos unidas.
