Chapter Text
—Interrumpimos esta emisión radial para reportar que ¡llevamos doscientos sesenta semanas sin «Desviados» en la ciudad! Y les recordamos que El Presidente dará un anuncio importante el día de ma-
Y una mierda. Denki cambió la estación de radio de una patada en lo que rodeaba ferozmente con sus piernas las caderas de Hitoshi, quien lo sostenía por los muslos para que no cayera y apegando más sus cuerpos mientras sus bocas se besaban con desenfreno. En las notas musicales de la canción que ahora se reproducía por todo el taller se entreveraba el par de risitas burlonas que compartían sabiendo que ellos mismos eran esos Desviados de los que hablaban; sin embargo todos los demás en la ciudad eran demasiado tontos como para darse cuenta… Y qué bueno que así fuera, porque de lo contrario no podrían darse el lujo de comerse a besos con tal salvajismo por todo el lugar, chocando y tumbando las herramientas cada dos por tres, tropezar con las mismas, y acorralarse sobre el capó de los autos rotos.
Estos encuentros secretos llevaban poco más de un mes sucediendo: al atardecer, en el mero filo de la hora de cierre del taller mecánico de Shinso casi todos los días, pero no todos los días porque podría ser sospechoso… en especial para Awase, el colega de trabajo de Hitoshi que parecía ser el mayor metiche de todos los metiches en Metiche-Landia.
Y hablando de eso, la metiche-alarma de Kaminari se activó en el momento en que la puerta del taller rechinó como si alguien desde afuera estuviese apunto de abrir. De inmediato el besuqueo se detuvo y ambos muchachos quedaron petrificados ante el terror de ser atrapados. Viendo como el portón empezaba a subir dejando entrar los últimos suspiros del sol fue que les hubiera gustado que estos se sintieran igual de suaves que los que se colaban por el tragaluz del techo y teñían el lugar de un sutil anaranjado. No obstante, era todo lo contrario, pues cuanto más subía esa puerta de metal, más los rayos casi tajantes parecían querer exponerlos y castigarlos por pecar.
—Hombre, dice un señor ricachón que nos va a pagar el triple si tenemos su auto listo para mañana-... —Tal como advirtió la Metiche-alarma, era el mismísimo Yosetsu Awase, antes mencionado, quien dió un par de pasos dentro del local para darse cuenta de tal escena frente a sus ojos. Tan impactado que casi se le desprende su bandana en la cabeza, exclamó: —¡¿Qué carajo?!
—Entonces tomas esta pinza de acá y cortas un poco este cable de aquí y- ¡Oh, pero si es mi colega Awase!— Improvisaba Shinso una actuación mediocre intentando con todas sus fuerzas que tanto su voz como sus expresiones faciales salieran fluidas y naturales a pesar de que su corazón y el de Kaminari, quien a su lado hacía lo posible por seguirle la corriente con la cabeza metida bajo un auto cualquiera, estuviesen latiendo a mil por hora debido al miedo de estar tan cerca del fin, pues sabían que ser descubiertos y denunciados era un pase directo a ser humillados, encarcelados, torturados y hasta asesinados… porque así lo decretó El Presidente. —¿Desde cuándo estás ahí?
—¿Qué pasó aquí? Es un desastre, ¡Está todo en el suelo!
—¡Sí! lamento eso, es que Kaminari quería aprender un poco del oficio y pues… me- me emocioné enseñándole.
El recién llegado elevó una ceja y poniéndose las manos en la cadera se dedicó un momento a ojear al mencionado de arriba para abajo y viceversa: definitivamente no creía que ese muchachito quisiera aprender a ser mecánico, porque para empezar no se veía como alguien a quien no le importaría ensuciarse con grasa toda la cara, las manos o la ropa; y para terminar tenía vibras de que haría un lío de chispas y terminaría incendiando todo el lugar con su evidente torpeza.
Denki, en la mano contraria, se encontraba pensando que si al chico de la mirada juzgona le quitabas su bandana de la cabeza y le dabas a masticar un chicle de fresa estaría igualito a La Rosalía. Fue imposible que ese pensamiento aleatorio –pero para sí mismo ocurrente– no le provocara ganas de reír. Trató de suprimir esa reacción corpórea pues no era oportuno reírse en este momento en el que trataban de ser convincentes para esquivar la muerte, y cuando ya no pudo aguantar más lo tomó como una señal para retirarse de ahí. Se despidió agradeciendo a Shinso por tomarse el tiempo de "enseñarle las ciencias mecaniquísticas" aunque ni estaba seguro de si así se decía o siquiera de si existía ese término. En su defensa fue la primera mentira que se le ocurrió para posteriormente salir del garaje y que los dueños del mismo lo vieran subirse a su bicicleta e irse en dirección a esos feos muros grisáceos en las esquinas de la ciudad que siempre tenían pegados carteles con las reglas del Presidente como un recordatorio constante de "mantengan su cabello en su color natural o en su defecto, negro", "usar ropa de acuerdo al género asignado al nacer", "no vestir provocativamente", "ser felices y no fomentar la violencia" y para rematar en exceso grande un "hombres con mujeres y mujeres con hombres"
—¿Dijo "ciencias mecaniquísticas"?
—Eh…
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Con el primer café que Hitoshi bebió la mañana del día siguiente cayó en cuenta de que aún estaba en el taller, acababa de pasar ahí la noche completamente en vela junto con Awase trabajando arduamente en arreglar el auto por el que el señor ricachón dijo que les pagaría el triple. Sintiendo el agridulce sabor de la cafeína entrando en su sistema recordó cuán largas y lentas pasaron las horas gracias a que su compañero, por alguna razón que desconocía, no había querido dirigirle la palabra en ningún momento y no hacía más que mirarlo a sus espaldas de forma duramente analizante en un silencio torturador, pues hasta la radio se quemó por estar encendida tantas horas, creando una tensión en el ambiente tan palpable que podía cortarse con una uña. No con un cuchillo o con tijera, no: con una uña. Así de palpable.
En ese momento supuso que probablemente se debía a que Yosetsu quería concentrarse para lograr el trabajo a tiempo y así obtener la paga. Sin embargo, cuando ya el lujoso auto yacía arreglado tras haberlo dejado como nuevo hasta con tiempo de sobra en el reloj y aún así la tensión no se disipaba y podía apostar que los ojos ajenos que sentía en su nuca estaban a punto de crearle un agujero de tanto mirarlo, comenzó a pensar que se debía a otra cosa, pero… ¿a qué?
—¿Ya oíste? Hay rumores de que los Desviados están planeando entrar a la ciudad. —habló de repente por primera vez en más de ocho horas el chico de la bandana, y sus palabras cayeron tan pesadas sobre los hombros del ojeroso que este último pensó "que mejor regrese a no querer hablarme", tragó saliva y, fingiendo demencia, respondió:
—¿Qué dices? Yo no me guío por rumores, creo que tú tampoco deberías. Sabes que es imposible que entren aquí.
—Kaminari...
—¿Qué tiene? Seguro está en su casa ahora, durmiendo, como deberíamos estar nosot-
—Creo que es uno de ellos.
Bastó con apenas oír esa oración para que Hitoshi de la nada tomara conciencia de cuan caliente estaba su propio café, pues la taza que sostenía empezó a arder cada vez más entre sus manos, se le resbaló y terminó quemandolo al salpicarse en su piel, acabando hecha pedazos en el piso de concreto. La culpa ni siquiera era de la taza, sino de sus nervios que se volvieron tantos que lo traicionaban. Y aunque se quejara del dolor, eso no alcanzó para que Awase dejara de hablar:
—No creas que no me di cuenta que hay algo raro en él y en su fascinación hacia ti, ni del hecho de que está aquí casi todos los días con una nueva excusa para encerrarse contigo.—Dijo.
—Pero ¿qué estás insinuando? por Dios… —El otro fingió ofenderse, aprovechando su nueva quemadura al usarla para irse de escena y evadir así este tópico en particular: —iré a lavarme la mano con agua fría, no tengo ganas de seguir escuchándote.
—Hablo en serio, Shinso. No quiero que nos relacionen con las cosas raras que se dicen sobre él, podría afectar el negocio.
El mencionado detuvo su intento de escapar luego de solo dos pasos. Se volteó a mirar a su compañero pero esta vez no pudo disimular su miedo al momento de cuestionar:
—¿"Cosas raras"? ¿Qué tipo de cosas raras?
—... —Awase soltó un suspiro pesado seguido de un relamerse sus propios labios y posar las manos en la cintura con frustración y un poco de decepción al notar el pánico en los ojos ajenos, pues si lo que suponía no fuera verdad, entonces su amigo no debería verse así de asustado. —Mira, hermano, yo no sé si lo que estoy pensando sea cierto, realmente espero que no lo sea y me esté equivocando… pero no quiero verlo más aquí.
—¿Qué? Oye, solo somos amigos, ¿cómo puedes-
En el medio del miedo y la sorpresa, Hitoshi no mentía. Sí, eran amigos… pero como dice la canción: los amigos no se besan en la boca.
—Si él regresa a poner un pie en este garaje o cerca de ti y yo me entero, no tendré otra opción más que delatarlos. Y no me va a importar que hasta el mismísimo Presidente sepa de lo que están haciendo.
Un escalofrío azotó los músculos del muchacho ante aquel inesperado ultimátum.
