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Language:
Español
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Published:
2023-07-24
Words:
1,004
Chapters:
1/1
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2
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359

Primavera

Summary:

Lucy daba vida a Narnia todos los días, como en aquel preciso momento, en el que el invierno se descongeló y la primavera floreció nuevamente, y las flores en Cair Paravel se abrieron con inquietud, al igual que el corazón en el pecho de Edmund, y aquella era una sensación que no quería nombrar y que supo que siempre había estado ahí, y que ni siquiera la vuelta a Inglaterra muchos años después podría borrar de su memoria.

Work Text:

 

Cuando Lucy lloraba, el invierno parecía volver a asentarse sobre Narnia como una sombra inquieta. Sucedía con cierta frecuencia cuando eran niños todavía, y había noches en las que las pesadillas y la nostalgia de su antiguo mundo la acechaban con garras afiladas. Solían ser Peter y Susan quienes se encargaran de consolarla, no Edmund, nunca Edmund, que vigilaba todo a distancia, lo suficientemente cerca para ver las lágrimas empapando el rostro de ella, y para sentir el frío caer de pronto en el aire, pero no era un pecho cálido en el que ella pudiera acurrucarse. Los latidos de Edmund no habrían sido, de todos modos, tranquilizadores de forma alguna.

Sin embargo, era probablemente a Edmund a quien más le aterrorizaban esos momentos, pues los recuerdos del invierno eterno estaban más frescos en su mente y el mordisco del hielo y el frío del viento nevado hacían que, aquellas noches, se sumieran en sueños inquietos y volviera de vez en cuando, por la madrugada, a las habitaciones de Lucy para verificar que se hubiese calmado.

Conforme los años pasaron, menos frecuentes se hacían dichos episodios. Pero Lucy era, en una palabra, salvaje, lo cual significaba que sus emociones jamás se esconderían detrás de ninguna máscara, sin importar si era alegría desbordante o aquel terrible invierno. Edmund se permitió bajar la guardia, salvo en aquellos momentos en los que algo sucedía, una discusión con el señor Tumnus, con Peter o incluso con Susan, y Edmund volvía a mantenerse en vela, siempre a la sombra, oculto al resplandor del fuego, donde él pudiera verla hasta que se quedase dormida y sólo en ese momento, sólo ahí, el calor volvía a Cair Paravel.

Al menos, cuando Lucy lloraba, Edmund sabía que estaba triste y que una vez sacada toda la emoción, algo sencillo como un paseo por el bosque cercano o la luz dorada del sol entrando a raudales por el salón, tan similar al suave pelo de Aslan, bastaría para tranquilizarla. Sin embargo, había algo peor que el llanto de Lucy, algo que podía estrujar el corazón de Edmund aún más fuerte, como una prisión que amenazaba con permanecer cerrada para siempre. Porque ella era toda energía y no estaba hecha para la quietud, o para el silencio.

Así que ver a Lucy tan quieta como una fría estrella nocturna lo aterrorizaba.

En aquella ocasión, eran los primeros días de la primavera, pero al ver a su hermana pensativa y silenciosa, sentada en los jardines amplios y hermosos, Edmund sintió el frío invernal volver a recorrer su espalda como una lanza afilada y amenazadora.

Lucy estaba sola. Sin ninfas, doncellas o alegres criaturas rodeándola. Edmund no se acercó, sino que se quedó a una distancia prudente, esperando. Ella era una reina en todo su esplendor, pensó mientras la miraba. Y no tenía que ver con altiveza o la elegancia que caracterizaba a Susan, sino con la forma en que ella parecía ser parte del mundo que la rodeaba, suave como la brisa entre los árboles altos, inquieta como la corriente de los mares, un fuego esperanzador e hipnotizante alzándose de entre el hielo.

Ella estaba nerviosa. Edmund podía decirlo por la forma en que mordisqueaba su propio labio inferior. Y a pesar de estar lejos, casi podía verlo en su mirada. Él se debatió. Debería ir hacia ella, preguntar si había una forma de quitar el velo de la angustia que cubría su rostro, porque eso hacía un buen hermano. Y Edmund quería, más que cualquier cosa, ser un buen hermano para Lucy.

Había apenas decidido dar un paso hacia ella cuando vio otra figura aparecer en el jardín. Era Susan, regia y determinada. Edmund se detuvo, diciéndose que ella ahora estaba en buenas manos, que no existía una razón por la que él tuviera que quedarse. Y, sin embargo, era como si una pared invisible le impidiera irse.

Susan apresuró el paso en el último tramo hacia Lucy. Y cuando la más pequeña de las mujeres vio a su hermana mayor, no dudó en echarse a sus brazos.

“Oh, Lu”, escuchó que Susan decía. “Tu doncella me lo ha dicho. No tengas miedo, es algo natural y no estás sola”.

Lucy exhaló y la preocupación pareció abandonar su cuerpo en un segundo.

“Pensé que estaba herida”, dijo. “Estaba muerta de miedo. ¿También te sucedió a ti?”

Susan asintió gravemente.

“Escucha, no será la última vez. Tienes que aprender sobre ello, ¿de acuerdo? Debí habértelo dicho antes, pero sentí mucha vergüenza…”

La intuición le dijo a Edmund que aquella conversación era algo que no debía estar escuchando. Y él se dijo a sí mismo que lo único que pretendía era asegurarse del bienestar de su hermana.

“¿Es algo de lo que debo avergonzarme, Su?”, inquirió Lucy. Podría ser una joven mujer, pues años habían pasado desde que llegasen a Narnia por primera vez, pero seguía, en ocasiones, manteniendo aquella inocencia y pureza que todos en Cair Paravel estaban dispuestos a resguardar con sus vidas, como aquel que se enamora de la luz de la luna y desea, sin remedio, atesorarla por siempre.

Susan negó.

“No, Lucy. Las cosas eran diferentes en Inglaterra, ¿recuerdas? Pero aquí no tienes que avergonzarte por ello. Ven, querida. Te daré todo lo que necesitarás de ahora en adelante, y esta noche celebraremos”.

“¿Celebrar?”

Susan sonrió. Algo en el pecho de Edmund se agitó al comprender.

“Ahora podrás dar vida, Lu, si eso es lo que alguna vez deseas”.

Pero él sabía que sin importar si ella era una mujer o una niña, Lucy daba vida a Narnia todos los días, como en aquel preciso momento, en el que el invierno se descongeló y la primavera floreció nuevamente, y las flores en Cair Paravel se abrieron con inquietud, al igual que el corazón en el pecho de Edmund, y aquella era una sensación que no quería nombrar y que supo que siempre había estado ahí, y que ni siquiera la vuelta a Inglaterra muchos años después podría borrar de su memoria.