Work Text:
Llevaba una vida estresante como cualquier adulto, pero últimamente se sentía con menos ganas de hacer nada, sentía ganas de acabar con todo.
Sufría una silenciosa depresión que día a día le causaba más estragos emocionales, ocultando sus penas en el trabajo y el alcohol con tal de no pensar y seguir viviendo un día más.
Tenía una gran deuda a sus espaldas, había perdido todo lo que amaba, sus trabajos no eran lo suficiente buenos, él no era lo suficientemente bueno...
Él era un inútil que no sabía hacer nada bien, un bueno para nada al que nadie amaba, y eso lo sabía bien... Su único amigo, por así decirlo, le decía constantemente lo ruidoso que era y siempre acababan en alguna pelea.
Al-Haitham era su único y mejor amigo... Su compañero de cuarto y su amor platónico, un chico que tras verlo envuelto en deudas y sin lugar a donde ir, le abrió las puertas de su hogar sin dudar.
A pesar de sus peleas tontas siempre lo cuidaba, se preocupaba por él y le hacía compañía en algunos días malos en donde quería estar en silencio.
Miró la hora y suspiró, eran las 5 de la mañana y no había despegado su vista de su proyecto. Un proyecto que cualquier otro arquitecto haría mejor...
Sacudió su cabeza y se dirigió a la cocina a por un vaso de agua. Para su sorpresa, ahí estaba Haitham haciendo el desayuno para él.
—¿Kaveh? ¿Otra vez despierto hasta tarde centrado en tu trabajo?— le preguntó el chico de cabellera plateada.
—Sí... ¿Tienes trabajo temprano hoy?— le preguntó para cambiar de tema, no le gustaba que se centrase en él.
—Sí, y tú deberías descansar un poco, eres muy malhumorado cuando no duermes bien— el rubio río levemente ante lo dicho por el de ojos turquesas y asintió levemente.
El día pasó y se encontraba con Haitham en la salita, estaban hablando de cualquier cosa, bueno, él hablaba y su compañero lo ignoraba.
—¡Hablar contigo es como hablarle a la pared!— se quejó y se fue a la cocina a beber una copa se vino mientras el de cabellera turquesa lo ignoraba.
Más el sonido de cristal rompiéndose lo sacó de su lectura momentáneamente, haciendo que suspirase. La falta de sueño del rubio seguramente habría hecho que tirase una copa sin querer.
Empezó a impacientarse al ver que el rubio no volvía, tampoco escuchaba el sonido de los cristales recogiéndose. Esas cosas, hicieron que se levantase de su sitio favorito del sofá y se fuera a la cocina al ver que hacía el arquitecto.
Sintió un mal sabor de boca al verlo agachado con un gran trozo de cristal en sus manos. El cristal lo había cortado, haciendo que un hilo de sangre cayese al suelo, y eso junto a la mirada rubí que estaba fija en su herida hicieron que algo despertase algunas alertas en su interior.
—¿Kaveh?— lo llamó con suavidad, aún con el malestar y sus alarmas sonando dentro de sí.
El rubio despertó del trance del que estaba y tras una disculpa, recogió todos los trozos con las manos desnudas, para luego irse directamente a su habitación sin mirar al escriba.
El de ojos turquesas se quedó mirando por donde se fue su amigo y dueño de su corazón, sentía que algo no estaba bien, pero no podía saber qué.
Distinto día, misma pelea.
Llevaban ya un rato peleándose, Kaveh nunca paraba de quejarse de todo y por todo y la verdad es que le cansaba.
—Kaveh, ¿por qué no te callas un momento? ¿No ves que me robas la tranquilidad y el silencio para leer? Molestas bastante— le regañó con enojo en sus palabras que, sorprendentemente, habían callado al rubio.
Kaveh por su parte quería llorar, sentía un escozor en su nariz y ojos. Pero no quería verse vulnerable ante aquel chico, así que en silencio se dirigió a su habitación.
Una vez allí, se encerró y se tiró en la cama para ahogar su llanto en su almohada.
Si el mismo Haitham lo consideraba una molestia, ¿quién lo apreciaría? No tenía a nadie, era una molestia para todos y lo mejor sería desapareciera y darles la paz que tanto ansiaban.
Por su parte el escriba empezó a sentirse incapaz de leer su libro con tanto silencio, se había acostumbrado a los parloteos de su amigo y ahora su mente viajaba una y otra vez a esa mirada que reflejó dolor por sus palabras dichas.
Suspiró y se dispuso a hacer la cena favorita del arquitecto en señal de disculpa. Sabía que no saldría de su habitación hasta bastante tiempo después, pero al menos esperaba que lo comiese cuando saliese.
Tras despertar a la mañana siguiente, se encontró con la cena del rubio sin tocar sobre la mesa. Eso lo hizo suspirar pensando que se había quedado dormido en su escritorio nuevamente mientras trabajaba hasta tarde.
El día en el trabajo transcurrió como siempre, lo único fuera de lugar eran algunos académicos que murmuraban más de lo normal.
—¡Señor escriba, espere un momento, por favor!— lo llamaron mientras se dirigía a su casa. Suspirando internamente, se paró y se fijó en aquél académico.
—¿Pasa algo?
—Me han dicho que usted comparte casa con el señor Kaveh... Uno de sus clientes vino muy enfadado preguntando el porqué no se presentó a la cita...— explicó.
—¿Kaveh no se presentó al trabajo...?— pensó para sus adentros mientras miles de señales de alerta resonaban en su interior.
—¿Señor escriba...?
—Kaveh está enfermo hoy, quizás es por eso que no fue a la cita con su cliente— mintió y se dirigió a su casa dando por terminada la conversación.
Una vez en su casa encontró las llaves del rubio junto con su maletín, eso significaba que no había salido a ningún lado.
—Kaveh, espero que tengas una buena escusa-...— empezó a regañarlo al ver una figura en la cocina, pero allí no había nadie, simplemente fue su mente imaginando cosas.
Suspiró con frustración y se dirigió a la habitación del rubio, pegando en la puerta para llamar su atención o despertarlo... Más no abrió.
Eso lo impacientó levemente, así que volvió a llamar a la puerta, cada vez más fuerte esperando alguna respuesta... Una respuesta que no obtenía.
Con toda la intención de regañar al de ojos rubíes, abrió la puerta de la habitación dejando ver nada más entrar, el cuerpo del chico sentado en el suelo y con su espalda apoyada contra la cama.
Al lado del cuerpo del chico había un pequeño objeto afilado manchado de sangre y tras ver eso, se fijó mejor en el cuerpo de su amigo:
Tenía un gran corte en su garganta del cual salía aquél elixir de la vida que caía por su blanca camisa desde su cuello. También de su boca salía aquél líquido carmesí y sus ojos carmesí estaban abiertos y sin aquél brillo que solían tener.
—¿Kaveh...?— lo llamó con suavidad con un remolio de emociones dentro de su interior.
No podía creer lo que sus ojos veían, era una escena que nunca había surcado por su mente.
Sabía de los problemas que tenía el rubio, habían acabado dormidos juntos en la misma cama varias veces debido a las pesadillas y ataques de odio que le daban por las noches donde el arquitecto sólo podía llorar hasta caer rendido.
Y ahora, frente a él, se encontraba el cadáver del chico que amaba, aquél chico que robaba sus silencios y le daba vida a su hogar.
¿Por qué lloraba? Siempre se consideró una persona que era capaz de mantener sus sentimientos a raya, que no le veía sentido a todo esto de los sentimientos... Y aún así, ahora se encontraba llorando como un niño por la muerte de alguien que se juró a sí mismo proteger y cuidar como cuidó de él su abuela hasta los últimos días de su vida.
A pesar de todo, la vida siguie y eso él lo sabía mejor que nadie. Así que se encontraba tomando una pequeña copa de vino mientras leía uno de sus libros en la salita.
Llevaba una semana intentando concentrarse en aquél libro, pero cada día, a cada momento del día, esperaba ver a cierto rubio parloteando de cualquier cosa a su lado, a veces, hasta creía verlo sentado en el escalón frente a su casa debido a que se había dejado las llaves...
Cerró el libro sin poder sacar de su mente al fallecido, pensaba en irse a algún bar o cafetería a leer, allí el bullicio le daban más tranquilidad que este silencio que reinaba en su casa.
—Quién diría que acabaría odiando tanto silencio...— se preguntó.
