Chapter Text
Era un día nuevo en la isla Kuraigana, un páramo sombrío en medio del mar. Perona, una residente de este lugar, se encontraba aburrida en su habitación repleta de peluches y colores rosas en suelo y pared.
Podría confundirse con una niña pequeña, sin embargo, se trataba de una veinteañera amante de cosas tétricas y los fantasmas.
La muchacha de cabello rosa, como de costumbre, estaba jugando con sus muñecos y hablando con ellos sentada en su cama. Movía el peluche de oso y lo agitaba y hacía rebotar como si de un animal real se tratase, mientras ella reía por sus propias ocurrencias.
Movía los pies en la cama, encontrándose boca abajo chocando un peluche de fantasma contra el otro entre sonidos de pelea y risas. El ambiente era relajante, a pesar de ser plena madrugada.
En teoría debía estar durmiendo; de hecho, en el fondo temía que Dracule Mihawk, el dueño de aquel castillo donde ella se hospedaba, la descubriese haciendo ruido aún despierta. Seguramente se pondría furioso, pero... «¡Eso sería divertido! Si se enfada podré verlo con esa cara tan linda que pone de molestia», pensaba Perona, sonriendo como estúpida. Sí, tenía un crush en ese silencioso hombre, ya no era capaz de negarlo más.
Cada vez que lo veía a la hora de almorzar o cenar no podía mirarlo al rostro, tenía que distraerse haciendo bromas a Zoro o discutiendo los dos para resistir la tentación de mirar a ese hombre sentado a su lado. Sentía que le quitaba el aire cuando lo oía hablarle; simplemente estaba enamorada. Y aún no se había confesado, obviamente. De hacerlo podría juzgarla y le aterraba esa idea.
Perona creía que para él se trataba de algo como una hija, quizás la veía así. Después de todo, él la trataba con amabilidad, pero hasta un límite. Sabía dónde detenerse o qué no decir para no cambiar la relación entre ambos. Y tampoco es que ella quisiese incomodarlo confesando que le atraía, sólo se sentía así. Quería decirlo, era un peso en su corazón.
Aún así, aquel día como cualquier otro volvió a guardarse sus sentimientos y se encerró en su habitación a jugar hasta altas horas a escondidas. No salió en ningún momento, no quería cruzarse con él y que le dijera algo. Cada segundo la estaba matando. La pregunta era: ¿Cuándo se rendiría? Perona quería saber cuánto aguantaría antes de decir lo que sentía, antes de besarlo con todas esas ganas que la estaban destruyendo.
La chica hizo un mohín, suspirando frustrada para sí misma y tirándose sobre la cama sin fuerzas, agotada de tanto pensar. Los peluches cayeron a su alrededor y antes de poder estirar un brazo a agarrarlos oyó cómo llamaban a la puerta.
Una parte de ella observó en dirección al sonido con molestia, pero otra la hizo abrir los ojos de par en par con alarma, ¿Acaso era Mihawk? Maldijo en voz baja, pensando en dicha posibilidad y apresurándose a guardar los muñecos en sus estanterías y cajones. Sudor caía por su frente mientras tomaba respiraciones profundas y se abotonaba el pijama, queriendo estar presentable ante él. Aún así, sabía que estaría molesto, como siempre que la veía.
Con dudas y timidez abrió la puerta y al ver que, en efecto, ese hombre que rondaba su mente se encontraba allí, mirándola en medio del oscuro pasillo con esos ojos brillantes de halcón, sintió su corazón caer al suelo. «Oh dios, es él, es él», pensó, tragándose su orgullo y valor y casi perdiendo las ganas de atenderlo.
–¿Por qué estás despierta? ¿Sabes la hora que es?.–Preguntó con el ceño fruncido y mirándola fijamente.
«Me está hablando, me está hablando», balbuceó Perona en su propia cabeza, incapaz de reaccionar ante la presencia del espadachín. Por supuesto, él sólo ladeó ligeramente la cabeza a un lado, aún mirándola casi a punto de fulminarla; en lo absoluto se inmutó por la clara expresión de sorpresa y nerviosismo de la joven. No era la primera vez y probablemente tampoco la última en la que hacía travesuras en su casa. Y en su hogar nadie iba a tratarlo como un idiota.
–¿Me has oído, Perona?.–Cuestionó alzando la voz, cruzado de brazos y casi irritado de que la mocosa, a sus ojos, lo estuviese ignorando.
Oír su nombre saliendo de los labios irresistibles de ese hombre la hizo derretirse, mas no lo mostró. Fingió no saber nada y estar confundida, encogiéndose de hombros, a lo cual Mihawk se acercó a tomarla del hombro. Dicho gesto sorprendió de forma considerable a Perona, pues no se imaginó contacto físico en un lugar tan íntimo.
–Esta es mi casa.–Dijo, haciendo énfasis en el "mi".–Y en mi casa hay normas. Tienes que estar durmiendo. A menos que quieras consecuencias...
Los ojos amarillos del hombre se oscurecieron ligeramente a modo de amenaza, pero esto lejos de aterrarla la hizo calentarse terriblemente. No podía más; los latidos de su corazón la estaban volviendo un caos y estar cerca de él la iba a acabar haciendo desmayarse en el acto.
–¡Pero estoy en mi derecho de hacer lo que quiera!.–Exclamó Perona, sacando su lado de mocosa inmadura a la luz. En parte le resultaba divertido provocarlo, a pesar de sus ansias de comerle la boca allí mismo.
–...¿Derechos? ¿Tú? Te colaste en mi casa, si quieres que te lo recuerde.–Murmuró, casi con rencor, pero no realmente. Sólo estaba cabreado de que esta mocosa se atreviese a llevarle la contraria.
–B-bueno...¡Pero qué más podía hacer! ¡Fui traída aquí sin querer! ¡Yo no quiero estar aquí, odio esto!.–Gritó fuera de sí y agitando los peluches del suelo, tirándole uno a Mihawk sin pensarlo, por mero impulso.–¡Odio tus estúpidas normas!
Perona no pudo seguir su griterío, pues tan pronto el peluche del oso rebotó contra el hombre este lo tomó y soltó de vuelta al suelo, sin inmutarse por nada. Aunque sus ojos la seguían mirando con la misma expresión decepcionada y molesta, ¿Estaba siendo sincera después de todo este tiempo? Apenas había pasado un año desde que ella apareció y aún si la acogió, ¿Así se lo agradecía?
–Mocosa.–Soltó en un gruñido, casi con la voz ronca a causa de la ira que sentía. Cómo se podía atrever a decir esas palabras en su propio territorio. Cómo podía...
Perona alzó la cabeza para mirarlo, algo preocupada de haberlo ofendido de verdad, ya que solamente estaba jugando a verlo furioso, no obstante, esta vez parecía haberlo sacado de sus casillas y eso la comenzó a asustar.
La mano diestra de Mihawk que descansó antes en uno de los hombros de la chica ahora se aferró a su cuello, haciéndola ahogar un grito de sorpresa y miedo. Sus ojos se abrieron otra vez de par en par y lo miró suplicante, encontrándose de nuevo con esa mirada fulminante que sentenciaba su destino. A pesar de que sabía qué tanto podría apretar el agarre, sólo apretó ligeramente, lo suficiente para oírla entrar en pánico y saber que se arrepentiría de su comportamiento.
–Quiero que te disculpes. Ahora.
–¡Suéltame, suéltame!.–Gritó con esa voz aguda y estridente suya, haciéndolo enfurecer más incluso. Su temperamento usual era calmado y esta niña lo estaba convirtiendo en una bestia. Tal vez esa era su intención desde el inicio.
–¡Entonces discúlpate!.–Le exclamó de vuelta, haciéndola temblar de miedo y algo más, sonrojándose inevitablemente, gesto que no le pasó desapercibido y alzó una ceja.–¿Por qué te sonrojas?...–Una repentina sonrisa burlona lo hizo soltar una ligera risa, cosa que molestó a Perona.–No me digas que buscabas esto porque te gusta que te agarren así, Perona. Eres una niña muy mala.
–¡No pienso disculparme, dije lo que pienso! ¡Eres un viejo amargado!.–Dijo tratando de soltarse de su fuerte mano y enterrando los dientes en su piel, desesperada, pero lógicamente no bastó y sólo recibió una carcajada de ese hombre estúpido que la calentaba.
–Entonces es verdad lo que sospechaba, ¿Te gusto, Perona?.–Preguntó juguetón, sabiendo lo que hacía y acercando más a la muchacha pelirosa, que intentaba esconderse en vano de sus ojos brillantes.
–¡N-claro que no, idiota! ¡Te odio, te odio mucho!.–Decir eso la estaba haciendo sentir culpable y mal, pues para nada era lo que pensaba, pero no quería admitirlo; le avergonzaba que él supiera su debilidad y tomase ventaja de ello.
–Si me odiaras no te pondrías tan roja.–Murmuró en un hilo de voz, casi rozando su aliento los labios de esa joven bajo su agarre.–Si es cierto entonces mírame a los ojos y di cuánto me odias, Perona.
Perona resistió, sin embargo, lo hizo. Sacando todo el valor que le quedaba y tomando aire profundamente, cruzó la mirada con la suya y se quedó helada en el sitio al ver lo cerca que estaban el uno del otro. Apenas era capaz de pensar o reaccionar, ahora sabía lo que deseaba y habiendo llegado tan lejos no podía desaprovechar la oportunidad.
–Te odio mucho.–Dijo ella casi en un susurro, viendo la sonrisa provocativa de Mihawk aparecer nuevamente. Él sabía que era mentira, esta mocosa era tan obvia.
–Entonces es mutuo.–Respondió en un suave suspiro contra sus labios antes de besarla con un ansia voraz, quitándole toda posibilidad de replicarle o quejarse.
El agarre en su cuello desapareció y en su lugar el espadachín más fuerte del mundo la tomó en brazos y la apoyó en la cama rosada donde la princesa fantasma dormía sola. Esta ocasión estaría acompañada por nadie más y nada menos que su amado.
Perona trató de recobrar el sentido pero resultaba inútil. Sus ojos se cerraron en cuanto los labios de los dos se unieron y la lengua de Mihawk se frotó y entrelazó con la suya, casi buscando devorarla entera, haciéndola ahogar gemidos de placer por la sensación. Tanto tiempo había deseado esto y por fin estaba ocurriendo; se sentía como un sueño.
Las manos del hombre recorrieron su cuerpo cubierto por el pijama, soltando los botones uno a uno con calma hasta dejar su pecho al descubierto y, a continuación, sin dejar de besarla y robarle el aliento, descendió una mano a tocar sus senos y pezones, apretando estos últimos con algo de fuerza sólo por verla retorcerse y agitarse bajo él. Resultaba divertido que actuase así después de lo tanto que dijo que lo odiaba, pero sabía que era una mera mentira; esta chica estaba loca por él, era tan evidente. A los segundos rompió el beso, dejando un hilo de saliva colgando de las lenguas de ambos, el cual él al menos limpió relamiéndose.
–Si tanto me odias, me puedo marchar ahora mismo.–Susurró con los ojos entrecerrados y esa sonrisa juguetona plasmada, aún tocando con ligeros pellizcos sus pezones, escuchando los gemidos de Perona inundar la habitación, a lo cual decidió hacer un gesto de silencio con un dedo.–No hagas ruido. Zoro está durmiendo. A menos que quieras que sepa lo que eres.
–¡N-no, no te vayas, maldito, idiota!.–Empezó a gritar alarmada y sólo oírlo reír en respuesta la hizo volverse loca de vergüenza, lanzando una patada al aire que él esquivó sin problema.–...¿Qué? ¿Q-qué soy?
Mihawk guardó silencio un instante, bajando a su cuello a darle besos y lamidas de arriba abajo, sintiendo cómo ella tragaba saliva y su pecho se movía sin parar del nerviosismo. Le resultaba fascinante cómo se ponía con algo tan leve como esto a su parecer.
Los besos pronto se convirtieron en mordidas que fue dejando de un lado a otro de su cuello y se extendió hasta su clavícula y hombros, causándole gritos agudos que no podía controlar o callar. Los gemidos siguieron saliendo conforme sus manos dejaban su pecho y descendían por sus caderas, tocándolas con ambas manos y haciéndola soltar suspiros, hasta que estas se detuvieron en sus muslos, los cuales apretó algo fuerte, marcando territorio. Ahora que sabía de sus sentimientos, no había más remedio, tendría que marcarla como suya. Aunque no era como que hubiese más hombres en aquella isla. Era más un simple capricho suyo.
–Si sigues gritando, Zoro sabrá lo puta que eres.–Dijo Mihawk en un momento, mirándola como si la desafiase a gritarle por esa palabrota, mas lo cierto es que le gustaba cómo sonaba.
–Entonces seré tu puta.–Contestó segura y eso causó otra risa al espadachín.
–Si es lo que deseas.–Murmuró antes de volver a lo que hacía y tocó con los dedos la parte interna de sus muslos e ingle, haciéndola suspirar fuerte y caliente, gimiendo en respuesta cuando sintió de la nada su pantalón corto ser bajado y los dedos rozarse con su clítoris.
–¡Sí, es lo que quiero!.–Gritó cegada por la lujuria y gimiendo fuerte de nuevo cuando los dedos de Mihawk apretaron y juguetearon con esa bolita sensible de su interior.–¡Dios, sí, sí!
Sus dedos presionaron más y se movieron en círculos, haciendo que Perona se retorciera en el sitio, apretando con las uñas las sábanas y moviendo las caderas desesperada. Los jadeos y gemidos escapaban de sus labios y el rostro casi siempre molesto de la muchacha se halló terriblemente rojo por la vergüenza y esfuerzo. Mihawk disfrutó las vistas mientras la masturbaba, preguntándose cómo podía una niña tan tonta como ella provocarlo y llevarlo al límite tan fácil.
–¡Por favor, por favor no pares, por favor!.–Pedía moviéndose cada vez más deprisa y retorciéndose entera, echando la cabeza atrás, fuera de sí.
–Debería parar, por lo mala chica que sueles ser y fuiste antes.–Dijo con media sonrisa sin detenerse, actuando lo más rápido que era capaz y sintiendo que su chica estaba por acabar.–Pero por esta vez lo dejaré pasar.
Un grito sin aire fue su respuesta a estas palabras y en segundos Perona se corrió, dejando los dedos de Mihawk mojados por su esencia, los cuales él observó tranquilo y limpió metiéndolos en su boca. La respiración agitada de la princesa fantasma se fue relajando con el pasar del tiempo y mientras se recuperaba y volvía en sí, el espadachín ya se había levantado, haciéndola ahogar un sonido y tratar de alcanzarlo con una mano.
–No te vayas.–Suplicó, incapaz de centrar la visión todavía pero aún así sabiendo que él estaba mirándola.
–¿No me odiabas tanto? Voy a dejarte descansar.–Respondió dirigiéndose a la puerta.
–¡No, no te odio! Yo- yo te amo.–Confesó finalmente, creyendo que lágrimas la harían un caos, pero el orgasmo la había logrado relajar lo suficiente para contenerse. Al menos por ahora.
Mihawk esbozó una sonrisa maliciosa, pero suavizó la expresión.–Lo sé. Descansa bien, Perona.
Y sin decir nada más apagó la luz y abandonó su cuarto, cerrando la puerta tras de sí y haciéndola emitir un quejido frustrado. ¿Se iba así sin más? Ese idiota. «Te odio, te odio, te odio, ¿Cómo puedes dejarme así? Imbécil, estúpido», balbuceó frustrada contra la almohada, aún en la misma postura y situación en la que él la dejó. Molesta, gruñó y se enterró en la suavidad de su almohada, quedándose dormida un rato después, soñando con ese abrazo que quiso y no fue capaz de recibir de su amado ojos de halcón.
