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Control de daños

Summary:

Cuando su encuentro es interrumpido inesperadamente por ángeles, Azirafel y Crowley tienen muy poquito tiempo para hacer control de daños.

Notes:

[Notas del texto original]

Para Mackaley.

Esto fue escrito para Mackaley en el intercambio de regalos del O Lord Heal This Server. ¡Muchas gracias por todo lo que haces! Espero que te guste ♥

Un enorme gracias a Cham, que me hizo un beta rapídisimo de esto. ¡Eres increíble! ♥

Work Text:

1845.

Los Arcángeles entran en la taberna con la multitud a la hora del almuerzo. Están horriblemente fuera de lugar, sus ropas tibias réplicas de la moda actual sin un ápice de confección ni toque personal. La gente no se da cuenta, por supuesto, pues los ángeles así lo desean.

Azirafel tendría que haberse dado cuenta de que permitirse relajarse era una mala idea, que olvidar por un momento que ser visto junto a Crowley en público podía meterlos a ambos en terribles problemas.

Le gustaría decir que su primer instinto es tomar control total de la situación, pero la sorpresa lo lleva a mirar desesperado a Crowley en busca de una solución. Puede ver que el demonio ya está intentando buscar frenéticamente una forma de salir de este lío.

—Empújame —dice Crowley, las palabras a cuenta gotas en la comisura de su boca— a la mesa de bebidas.

—¿Qué? —Azirafel desaprueba la idea. En todos estos años desde que se conocen, el enfado nunca le ha hecho levantar su mano contra Crowley, y la sola de idea de hacerlo ahora, aun si solo es por aparentar…—. No puedo, de ninguna manera.

Gabriel ya los ha visto, lo que significa que las oportunidades para escapar, o para fingir una identidad equivocada, menguan rápidamente. Aun así, Azirafel está resuelto a encontrar una solución que no implique levantarle la mano a Crowley.

Hasta que Crowley agarra una pinta llena de cerveza de la mesa que tiene al lado y se la arroja sin ninguna cortesía a Azirafel, sobre su traje perfectamente aseado y su nuevísimo cravat de seda. El golpe es sólido y húmedo, haciéndole jadear más con impactado agravio que con genuina ira. Pero cuando levanta unos ojos terriblemente molestos y húmedos al demonio, se encuentra con una expresión que no está acostumbrado a ver en el rostro de Crowley; ni siquiera cuando discutían en Atenas, aproximándose a la filosofía y a la naturaleza humana desde extremos opuestos con una suerte de airada… no camaradería, pero sí familiaridad, al menos. Es una feroz suerte de determinación protectora, como si Azirafel fuese un polluelo al que Crowley se siente obligado a echar del nido por su propio bien.

Es eso, sobre todo, lo que le hace sentir un estallido de irritación frustrante, porque comprende perfectamente a qué está jugando el demonio. No es un idiota. Sabe lo que está en juego.

Los ángeles ya están demasiado cerca como para arriesgar una conversación, y la verdad es que Crowley no le ha dejado alternativa. Así que Azirafel, fruto más de un pánico silencioso que de un entusiasmo material, agarra las elegantes y anchas solapas de la chaqueta de Crowley y lo arrastra hasta la mesa que tiene detrás. Es, ciertamente, más un zarandeo que un empujón. Pero Crowley, mejor showman de lo que Azirafel suele reconocerle, se las apaña para hacer el molinillo con sus brazos para sugerir que Azirafel lo ha desequilibrado bruscamente. La mesa se sacude bajo el impacto, las copas chocando entre sí hasta que muchas caen, eligiendo tintinear contra el suelo de piedra y rodar en vez de romperse.

Azirafel tiene medio segundo para registrar las miradas satisfechas en el rostro de sus compañeros celestiales antes de que Crowley le devuelva el empujón, con diferencia más entusiasmado, pero claramente indicando que deberían fingir algún tipo de forcejeo. Se agarran mutuamente, las expresiones más violentas que sus puños. Crowley le quita de un manotazo el sombrero a Azirafel con una suerte de descuidado desdén, y Azirafel no puede evitar devolverle el gesto de igual manera…

O eso habría hecho. Solo que al mismo tiempo Crowley se estira, inclinándose hacia atrás, la espina dorsal tensa, y la mano de Azirafel no alcanza la costosa ala del sombrero de Crowley. En su lugar, aterriza con más fuerza de la que espera en la rasa superficie de la mejilla de Crowley.

El sonido es asombroso, vivo y claro, y no está preparado para cuán alto suena. Es suficiente para mover la cabeza de Crowley a un lado, para torcerle las gafas al levantarle la mandíbula, la breve huella fantasmal de los dedos de Azirafel brillante en la piel de su rostro. Observa la garganta de Crowley tragar, observa sus ojos cerrarse con fuerza y volver a abrirse con un suave pestañeo.

Las palabras parecen haberle abandonado.

El corazón de Azirafel se catapulta a su garganta, sintiendo cómo el tremor del golpe viaja por su brazo como una onda expansiva, la palma caliente y después el hormigueo y después cómo se cierra en un puño lleno de culpa. Quiere disculparse por instinto y medio empieza la frase. Solo para quedar oculta bajo el grito desaliñado de Crowley:

—¡Cómo te atreves! —está tan perfectamente cronometrado que sabe que es a propósito. Ahora el pub entero les está mirando, bebidas abandonadas, encontrando claramente la idea de una inminente pelea mucho más interesante. Los ángeles se han detenido a varios metros y Azirafel no está seguro de poder hablar. Crowley se sigue quejando y Azirafel está seguro de que dice disparates; deben serlo, porque no puede oír nada de lo que dice.

—Azirafel, ¿te está molestando este demonio? —Gabriel parece haber decidido que ahora es el momento adecuado de intervenir.

Crowley vuelve a golpearle el cabello y Azirafel no sabe cómo responder a eso, sinceramente. El mundo parece torcerse en un ángulo extraño.

—Yo… Estaba a punto de sacarlo fuera y asegurarme de que no vuelve a importunar este establecimiento. —Extiende la mano y agarra del codo a Crowley, dándole unos cuantos tirones por aparentar. Azirafel no está seguro de poder agarrar adecuadamente a Crowley en el estado en el que se encuentra, pero no sabe qué otra cosa debería hacer—. Aguando la cerveza, probablemente —dice con un movimiento de cabeza, provocando considerable desasosiego entre los clientes.

—Si necesitas ayuda fulminándolo…

—No, no, yo… Yo me ocupo. Un uno a uno, algo así, para que aprenda a comportarse... —Azirafel comete el error de mirar a Crowley, la forma en que su mejilla ahora está salpicada de color. Le despoja la boca de toda humedad, ese rubor como una marca— apropiadamente. —La palabra es poco más que un soplo de aire.

No es consciente de nada excepto de la rígida lana de la chaqueta de Crowley bajo su puño mientras lo lleva afuera, al mucho más frío aire del callejón que hay detrás del pub, de golpe echando terriblemente de menos su sombrero. Su corazón le palpita sin control en el pecho y no suelta a Crowley durante un largo segundo, hasta que el demonio tira de ambos para descansar contra el muro de ladrillos, húmedo con la condensación de la vida al otro lado.

—Crowley, lo siento tanto…

El sonido que Crowley hace en respuesta es gutural, tan profundo que toda palabra desaparece de la lengua de Azirafel. La mano del demonio se alza, retirándose las gafas con dedos finos, una pierna posándose contra su mejilla, y Azirafel tiene que preguntarse si aún dolerá.

—Aún están ahí dentro —termina diciendo Crowley, las gafas colgando de sus dedos, tan poco sujetas que se podrían caer. Se aclara la garganta, una vez, dos—. Deberías pegarme otra vez, por aparentar.

El estómago de Azirafel da un vuelco ante la tranquilidad con la que dice eso.

«Deberías pegarme otra vez».

Los ángeles probablemente se irán como vinieron, y no tendrán motivos para buscar a Azirafel. No iban a saber lo que pasó aquí. Abre la boca para decirle esto a Crowley, pero descubre que no es capaz de verbalizarlo. Los ojos de Crowley son afilados, el amarillo extendiéndose por ellos completamente de una forma que hace mucho que no ve. Están fijos en él. El aire frío le muerde un poco las mejillas, y no puede evitar preguntarse si el calor que ha dejado atrás se ha desvanecido.

Crowley no le pide cosas, y aunque técnicamente aún no lo ha hecho, Azirafel descubre que ya lo conoce lo suficientemente bien como para verlo.

—¿Estás seguro? —Se escucha a sí mismo preguntar. Crowley no está pidiendo otra simple copa de vino. Apenas se han tocado, y… de golpe se pregunta si alguna vez han llegado a tocarse siquiera, buscando frenéticamente en su mente algún momento, un choque de manos, un beso como saludo… ¿Un roce? ¿Algo?

La idea de que la primera vez que Azirafel le haya puesto las manos encima a Crowley haya sido para pegarle es una revelación alarmante. Dolería bastante más si Crowley no pareciera tan súbitamente dispuesto, algo en su interior enroscándose y extendiéndose bajo su piel. El más que evidente hecho de que quiere sentirlo otra vez.

—Sí. Azirafel.

No me hagas pedírtelo por favor.

El pensamiento le impacta tanto que Azirafel levanta una mano al instante, cogiendo solo un poquito de impulso antes de estamparla contra el rostro de Crowley. El sonido es más suave, pero de alguna manera más presente, un chasquido que resuena a través de la fría tarde. La cabeza de Crowley se mueve menos esta vez, una mueca apareciendo con el movimiento, los ojos muy abiertos, su pelo perfectamente arreglado cayendo sobre su ojo. Esta vez Azirafel ha registrado su calidez, la ligera aspereza de su piel.

—Oh. —Descubre su mano aferrándose el pecho. La enormidad de lo que está haciendo muy evidente de golpe.

No está del todo seguro de qué hacer hasta que Crowley busca su mano, poco preparado para lo rápido del movimiento. Largos dedos se deslizan hasta su muñeca, la envuelven y tiran de ella, llevando su mano palpitante al rostro de Crowley. Descubre sus propios dedos presionados contra el rubor floreciendo ahí, sintiendo el ardor en él con un pequeño y tembloroso jadeo de sorpresa.

La tercera vez que se tocan y ya le ha superado.

—¿Lo harías otra vez? —pregunta Crowley con un apretón, la novedad de su tacto tan abrumadora que Azirafel solo puede graznar un asentimiento.

Y entonces el tacto desaparece, y Azirafel queda colgando del momento. Hasta que vuelve a levantar la mano.

Esta vez es más seco, el impacto arrancando un siseo de Crowley, y la culpa que eso conlleva es caliente y súbita; pero la expresión en el rostro de Crowley es una suerte de furioso deleite. Azirafel respira hondo y le abofetea otra vez. El sonido quebrado que hace Crowley lo paraliza, y no puede controlar la forma en la que su corazón palpita dentro de su pecho. Ese calor que está dejando en Crowley también está, de alguna manera, colmándole a él.

—La mayoría se besa, sabes —Azirafel se descubre susurrando, sorprendiéndose antes siquiera de terminar de decir las palabras.

Crowley ladea la cabeza con diversión, su sonrisa tan grande que Azirafel sabe que a él también le ha sorprendido su valentía. Qué roja está su mejilla. Azirafel se pregunta si palpita tan intensamente como la palma de su mano. Se descubre esperando que así sea.

—Los ángeles se han ido —dice Crowley en voz baja.

—Sí, me di cuenta. —Azirafel no se opone cuando Crowley busca de nuevo su mano, la lleva hasta su rostro y le permite extenderla ahí, el pulgar cayendo justo sobre su boca. La piel está muy caliente, la delicada llama de su hormigueo. Desliza los dedos sobre ella, sintiendo dónde cede y dónde el hueso mantiene el calor.

—¿Puedo? —no está seguro de poder verbalizar lo que quiere.

—¿Cuándo te he negado yo algo? —le dice Crowley, algo brusco, pero hay sinceridad e impaciencia, y luego una inclinación de cabeza.

Azirafel se inclina hacia delante y presiona su boca en esa mejilla roja, los labios delicados sobre la quemazón.

Crowley inhala en una larga y temblorosa respiración, lo que le da valentía suficiente para besar la piel apropiadamente, para añadir presión en ella, sentir su palpitación. ¿Cuántas veces se han tocado ya? ¿Cinco? ¿Siete? Se descubre preguntándose si esto estará liberando presión de una presa o si la estará resquebrajando, esperando a que el muro ceda.

No tiene que preguntárselo. Él ya lo sabe.

Lo sabe.

—Crowley.

Crowley gira la cabeza y Azirafel tiene esa brillante y cálida boca bajo la suya, presionando de una forma que se siente instintiva. ¿Qué iba a hacer sino responder? Con una mano en la mejilla de Crowley, la otra entrelazada como puede alrededor de los dedos que descansan sobre el muro. Puede oler su aroma, áspero e intenso. La caliente aridez de serpientes bajo una colonia costosa. Todo en él es cálido, pero la mejilla debajo de su mano arde.

Honestamente, Azirafel no está seguro de si esto cuenta como un beso o muchos besos cuando no paran de separarse para pronunciar en voz baja el nombre del otro, para acariciar la explosión de color en una mejilla o presionar dedos en la boca del otro, para sisear palabras cariñosas que Azirafel sigue silenciando porque aún no es tan valiente. Aún no.

—Ángel, permíteme, por favor. —El beso que sigue a las palabras es fuerte, como si Crowley estuviera castigándose por pedir permiso.

—Lo que sea —dice Azirafel en respuesta, e inmediatamente sabe que es lo más temerario que jamás ha dicho. Pero Crowley parece cobrar vida con sus palabras, agarrándole el rostro con ambas manos y besándole con fuerza, partiendo sus labios y, oh, su sabor suave e intenso, después de todo este tiempo. Azirafel no tiene la experiencia para igualarlo, pero le corresponde lo mejor que puede.

Hasta que Crowley se aparta, jadeando, la extensión de su garganta tragando, sus ojos salvajes.

Antes de que Azirafel pueda hacer preguntas, Crowley ha caído de rodillas, apartando los extremos de la levita de Azirafel. La posición deja poco lugar a la duda de lo que pretende… y Azirafel se da cuenta, de golpe, de que su cuerpo está ya más que emocionado, temblando un poco con cada susurro de tela. Lo que había sido un agradable murmullo de fondo súbitamente se vuelve algo muy evidente y exigente. No puede hacer más que jadear, exhalando palabras en voz baja que no son en absoluto quejas, apretando el hombro de Crowley.

¿Suele uno pedir permiso para que le… le hagan…?

Crowley no le deja alternativa, en cualquier caso, deslizando ya largos dedos por su pantalón, deshaciendo cierres y botones, sacándole los faldones de la camisa y apartándolos a un lado. Azirafel siente vértigo ante lo rápido que han pasado de los besos al libertinaje. Pero su mano aún puede sentir la forma de la mejilla de Crowley, y supone que después de seis mil años conteniéndose se les puede perdonar por saltarse… un considerable número de pasos en lo que podría llamarse un cortejo.

Después de eso ya no puede pensar más, porque Crowley sisea una queja sobre su carísima ropa interior francesa y amenaza con abrirla a tirones si no se saca la polla.

Eso debería molestarle más, pero el aire se le atraviesa en la garganta ante la idea, ante la imagen. Medio le tienta negarse y dejar que pase, pero descubre que seguir conversando está fuera de sus capacidades en este momento y empieza a desatar rápidamente.

No tiene tiempo de sentir vergüenza por los groseros movimientos del órgano más exigente de su corporación, porque Crowley le ha levantado los faldones y le está agarrando de la base de una forma que le hace balancearse hacia delante, medio atrapado ya por la adorada y familiar curva de la boca de Crowley. Se descubre dentro, deslizándose sobre la húmeda longitud de su lengua, el calor en el interior de la mejilla de Crowley estremeciéndole de tal manera que tiene que apoyar las manos en los ladrillos del muro. Se siente delirante, el placer extraordinario, en carne viva comparado con la dulzura que durante tanto tiempo ha sentido cuando Crowley está cerca. Ambos se enredan en algo que él apenas y puede sostener.

Azirafel comete el error de bajar la mirada, de observar la estrecha tirantez de los labios de Crowley rodeándole, la intensidad de sus ojos fijos, mirando hacia arriba…

Suplicando.

Ahoga el pensamiento, pero ya se encuentra bajo su influencia deslizándose aún más profundo. Es hermoso, su demonio; hermoso y agudo y perverso.

Opina que los dos son demasiado torpes y demasiado nuevos para que esto dure. Pero hacer otra cosa que no sea dejar a su forma física disfrutar de la pura emoción humana del acto parece algo terrible. Mueve la mano desde el muro hasta la mejilla de Crowley, siente cómo el demonio gruñe cuando el frío del ladrillo se asienta. Sigue tan increíblemente roja, marcada de manera tan hermosa. Azirafel quiere ser el único, el único por siempre.

Crowley se separa de él, sostiene la corona de su pene con la lengua y lentamente gira el rostro, deja que las gotas de líquido preseminal manchen la roja huella de su mano, y Azirafel contiene un aliento totalmente innecesario y tiembla.

Es hasta demasiado fácil enredar una mano en el cabello de Crowley, sujetarlo, mover las rodillas a un lado hasta que queda casi sosteniendo su rostro contra los ladrillos. Su otra mano trabaja un ritmo torpe, uno que se ha llegado a consentir solo unas pocas veces. Crowley permanece donde ha sido colocado, los ojos entreabiertos, en su garganta un siseo que le recorre como una vibración. La cabeza ruborizada del pene de Azirafel está casi tan roja como la extensión de la mejilla de Crowley mientras rezuma y le embadurna y finalmente da un brinco contra su piel y escupe líneas de semen, salpicando un lado del rostro de Crowley. La zona en la que la primera bofetada había ido a parar veteada con su deseo.

Crowley gime, un sonido bajo en su pecho, todo su cuerpo tensándose, su cuello estirándose donde Azirafel lo mantiene clavado. Su boca se abre con un jadeo húmedo que se desvanece en un gruñido hasta que desaparece. Sus pupilas están tan dilatadas que son casi redondas.

—Crowley. —La voz de Azirafel tiembla viendo cómo las últimas gotitas van a caer sobre la mejilla de Crowley, antes de soltarse el miembro y acunar en su lugar el rostro de Crowley. La calidez en él es pegajosa, su mandíbula castañeteando bajo la caricia de su pulgar, y debería ser desagradable, debería ser repugnante. En su lugar hay algo tranquilizador, algo calmante en sostenerlo así. Todos los sabores del tacto manifestándose en el rostro de Crowley.

Tras un instante, Crowley se aclara la garganta y Azirafel da un paso atrás, arreglándose la ropa lo mejor que puede con mejillas encendidas y piernas temblorosas.

Con una mueca, Crowley hace un gesto que le deja con una apariencia menos indecente y bastante menos pegajosa mientras se pone en pie.

No está seguro de cómo lo van a hacer para mirarse a la cara. Pero resulta que es fácil.

Crowley toma su mano y la levanta, aunque esta vez deja un beso en la palma antes de llevarla a su mejilla, aún caliente, considerando que todo rubor ha desaparecido.

—¿Cenamos, ángel?

Azirafel sonríe y rodea el brazo de Crowley con una mano, y se deja guiar.