Work Text:
Signos en los muros
narran la bella lejanía.
(Haz que no muera
sin volver a verte.)
Alejandra Pizarnik, “El Árbol de Diana”
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Estaba en un sueño; él lo sabía y se dejaba llevar suavemente como las dóciles embarcaciones sobre el río se entregan al capricho de la corriente. En realidad, era una salvación (y una extrañeza) encontrarse a sí mismo deambulando en los rincones de ese duermevela apacible, completo, casi dulce. Hyde advirtió una fascinante similitud entre aquel estado y el andar desaprensivo y liberado de los ronin, esos guerreros sin dueño y sin destino, que en un Japón más honorable y también más vetusto habían entregado su cuerpo, su espíritu y – por qué no – su alma, en pos del aura de realeza que latía en la sangre de sus señores. Hyde sentía un profundo respeto por aquellas leyendas tristes y solemnes que poca inspiración le cedían; en esos momentos, en esa transición interminable y dolorosa (uno siempre cree que los lapsos angustiantes y sombríos de la vida son, sencillamente, transiciones hacia otros estadios más generosos), él intuía una rara identificación con el insigne vagabundo de erráticos pasos, ausente de credos, de doctrinas, de ideologías, al que sólo le quedaba el exiguo y osado derecho de quitarse la vida. ¿Podría ser?
Tras el telón de sus ojos, el sueño latía intermitente, se prolongaba, batallaba en corredores blancos y negros en la vacilación de una flama cara al hálito mortal de la ventisca. Se rendía. Los sueños de Hyde siempre culminaban con un rito esplendoroso, insólito, algo melancólico, la inclinación tan suave del guerrero cuando sus rodillas se entierran en el bosque y la escena se adelanta al momento en que la carne es ajada por un puñal revestido. Hyde asistía a esa función decenas de veces… pero recordaba un único acto; retenía con especial fruición - porque nuestra naturaleza es sádica y umbrosa -, los episodios en que el kaishaku[1] escapa, corre vertiginosamente camino al pueblo y arroja su espada entre los pliegues de la inútil hojarasca; lo abandona, sangrante, a la lentísima muerte de su propio pulso. Ese hombre, su verdugo, rehúsa entusiasta a cortarle la cabeza y privarlo del dolor; huye sin dar ninguna excusa, sin decir una palabra, mirando hacia atrás de vez en cuando (los disidentes siempre miran hacia atrás cuando escapan… Hyde no entendía cómo era posible figurarse que no temieran a la persecución del sol y de las sombras). La última imagen es la de sí mismo, acuchillado, sofocado en la agonía y ungido en la sangre; el hombre cuyo deber era terminar este sufrimiento inconmensurable lo abandona, se desvanece, lo despoja del sueño eterno y le ofrenda un tránsito doloroso y perpetuo. Ese hombre que se va, lo hizo sin decir adiós.
Hyde despierta; no, no despierta, se instala en el borde tembloroso del fin de sus tormentos; la verdad lo desvela inyectándole insomnio en las mismas arterias que fueron heridas por un golpe mortal al corazón. Detesta esos sueños, pero detesta más aún la ausencia de ellos. Cuando mantiene abiertos los grandes ojos y los clava en un punto impreciso del cielo raso, se siente como el ciervo herido que clama por el regreso de su captor. Permanece largos minutos así, de espaldas al tatami, perforando la pared del cobertizo con furia y tímido resentimiento, evocando sólidamente los anuncios en los diarios, las palabras cínicas del conductor del show de las 7:15, las miradas réprobas de los gerentes de las disquerías. Sus pensamientos son circulares: no hay un sólo despertar en el que no se ría grotescamente cuando otro Hyde (el doctor Jeckyll, tal vez) atestigua: “Claro que no, yo no sabía nada”. En simultáneo, otro ritual comienza: Hyde sonríe, la línea de sus labios femeninos se expande tristemente, fantasea con una representación convincente de él mismo declarándose culpable en la corte de la moderna pureza. “...yo no sabía nada”; cierra los ojos mientras suplica hallar con las manos, en la fehaciente oscuridad, el relicario en donde yazca un licor soporífero, un extracto de amapolas. Pretende engañar al sueño: le ofrece a Hipnos[2] tanto su cuerpo como los gritos desconsolados que descargó sobre la almohada al recibir la funesta noticia.
A veces, simula que duerme. Esa condición ambigua entre el día y la noche, ese cruel interregno y ese tránsito lento en el acantilado de la ficción no son paisajes del todo desconocidos para el joven vocalista; su ánimo, siempre narcotizado, siempre extraño a la tierra, visita con frecuencia los dominios de la irrealidad. A Hyde le estremecen otras cosas: los flashes de las fotos no consentidas, las firmas escatimadas de ciertos dudosos mecenas, la mano invisible que amordaza su boca cuando llegan preguntas comprometidas que él fácilmente podría responder. Lo asusta, sobre todo, el vacío; la ausencia primordial a su espalda le engendra un dolor tan agudo y desesperante que lo paraliza. Cuando se reúnen (los tres, los comensales a esa mesa de víctimas traidoras), Hyde no canta: escucha sumisamente el diálogo de unas voces inflamadas por el rencor; sigue con la vista las idas, las vueltas, los cortes y reparticiones de una baraja de cartas que narra el destino de la flor expatriada. Él podría vaciar su taza de café importado y retirarse de aquella reunión sin mediar palabras, porque bastan las imágenes del pasado que, como diapositivas sucias, repiten centenares de veces en su memoria y en la de los otros el origen de su actual extravío; él podría asegurarse un lugar en el panteón de los fieles y secretos amantes si se inmolara también, impugnando, aunque sea, sus ridículos testimonios de desconocimiento; él podría – y en ese tiempo condicional se acentúa su amargo insomnio – haber tomado la fuerte muñeca del hombre que se fue y retenerlo, demorar su descenso del escenario, suspender una eternidad el roce de esas manos y entonces, sólo entonces, Hyde también podría dormir.
Durante un tiempo, él consideró factible la posibilidad de vivir en aquella réplica del mundo. Ocurrió en los minutos posteriores a la gran caída, cuando las horas se tornaron años longevos y las excusas revelaciones mentirosas. Mientras la inconveniente sirena pululaba sus rojos circulares y la policía le enseñaba con cuidado el precioso horse[3], el lomo blanco, las astillas finísimas de alucinación, la nube de tiza alrededor del casco y esa montura que era garante de un viaje analgésico y perfecto, él entrecerraba sus singulares ojos asiáticos y se rendía al sueño; olvidaba las voces, el crimen, la infalible precaución humana, los placeres prohibidos; relegaba el dinero, la fama, las notas musicales, las rosas que invariablemente habrían de marchitarse pero que él se empeñaba en resucitar. Tenía la sensación de haber estado tantas veces en esos lugares, frente a las amplias ventanas, rodeado de colores claros, sedado por el dulce aroma del almidón de los cojines, en ocasiones tarareando el silencio. Había plasmado esas visiones suyas en un video, ¿no es cierto? El grupo de cortos que alguien llamaría Siesta Films; Hyde había escuchado que esa expresión, ‘siesta’, remitía a un descanso temporal en mitad del día, en mitad de las cosas. Cuando todo estalló, él dormitaba: había regresado a la habitación pincelada de blanco, a los ensayos prehistóricos en los que muy de vez en cuando él exhibía su voz fluctuante, a la cama del hotel maltrecho y barato en donde se sabía objeto de una delectación voyeurista, a esos pocos cuadros deficientes que secretamente le había dedicado (a él, por supuesto). No cobró conciencia del tiempo y del espacio hasta más tarde, hasta mucho más tarde, cuando sufriría el alejamiento trasformándolo en un desenfreno más. Por entonces el sueño había relevado al valioso narcótico perdido: él se mojaba la punta de los dedos en el río Lete[4] como si fuera agua bendita. No pensar en nada, regresar a la habitación blanca y soñar dentro del propio sueño. Eso era felicidad, pensará Hyde; felicidad pura que, en otros momentos, podría ser pura desgracia.
Ahora detesta dormir. Cuando lo hace, por aburrimiento o por resignación, visita la escena de muerte en el bosque y se castiga por no poder encarnarla. Algo de ridícula cordura lo mantiene en el límite con la destrucción gradual por medios ficticios, pero ya no se acerca al establo del caballo blanco; tiene miedo de llorar pese a que el odio debería suministrarle furores de asesino. Con los ojos abiertos clavados en el techo Hyde ríe, fascinado: el dolor lo hace experimentar, paradójicamente, la emoción que contiene esa milésima de segundo antes de un viaje, 3 o 5 minutos de nada y luego la paz, la respiración deprimida, los receptores colapsados; el dolor es un narcótico poderoso de acción infinita.
Antes, hubiese sido imposible inyectarse esa sustancia. En aquella época, Hyde era demasiado feliz. (Aunque siempre había intentado aparentar cierta decadencia y algo de falsa desolación, y tal vez fueron sus gestos trágicos, su mirada usualmente afectada, el halo de consternación en torno a sus facciones miríficas, los pretextos que lo acercaron a él). Pero ya era tarde, muy tarde; tarde para pintar una máscara sobre la faz del crimen, tarde para mostrarse precavido e inteligente, tarde para recoger las migajas de esa lealtad insulsa que él mismo había descuartizado. “Claro que no, yo no sabía nada”.
No hay insectos en el cómodo departamento de Shibuya; Hyde cree ver una mosca carbonizada por la luz del foco y se deleita en el morboso placer de apreciar un final que no acaece. ¿Cómo no sentirse culpable? Se latiga; los sueños no omiten, después de todo, la tenue sonrisa de aquel hombre al escuchar sus palabras, la condescendencia inmerecida que tuvo para con su deserción. Y entonces el castigo: en cada sueño Hyde tantea ciegamente la oscuridad y escucha su propia voz y sus propias letras, las mezcla, las pulveriza, las decodifica hasta dejarlas irreconocibles; él mismo recibe su canto como si fuera el de otro y en los momentos claves (en los que, por ejemplo, repite 9 veces una confesión extranjera preguntándose si alguien en toda la audiencia notará lo desgarrado de su amor) hace una pausa para triplicarlos, con el ansioso proyecto de enloquecerse. Y finalmente se pregunta: ¿bastaban las metáforas para encubrir el pecado?, ¿fue muy sencillo, muy osado, muy egoísta jugar con los secretos?, ¿el mundo sólo quiere oír frases desleales? (…a cambio de la salvación de ese hombre, ¿él habría sacrificado su arte veraz?)
Shhh... la noche es fría y es tan tarde; sería hermoso continuar en aquel descanso por unos minutos más (sólo por unos minutos más), y no abrir los ojos a la habitación nublada, las hojas en blanco, los potes de vidrio con restos de fruta y ese centenar de piezas que muy de vez en cuando, con los imperceptibles movimientos de las placas sobre las que están situados los islotes de Japón, caen desde el borde izquierdo de la pequeña mesa hasta la alfombra. En aquel lugar, los restos del incidente: el rudo esqueleto de un Cessna 185, el fuselaje color caqui de un Mirage F-1 español y más allá, en el regazo de un almohadón de felpa, las alas incompletas, flexibles, inofensivas de un Ki-84-Ia. “La muerte inminente”[5], repite Hyde, en susurros equilibrados, como los de una máquina, y recuerda el vuelo del portentoso avión experimentando el remolino de temores y esperanzas sórdidas que habrían de tener miles y miles de seres humanos. Se detiene en las alas, esas alas bellas. Él tiene una especial predilección por las simbologías del albedrío, la soltura, la libertad, pero sabe muy bien que todos aquellos significantes son empuñados por las masas, y las masas (en su condición de mayoría), rara vez no le añaden a un ideal la imbatible cualidad de fetiche. Aún así, las dóciles alas de ese avión – unas alas de muerte – lo alejan del tortuoso desvelo; como el aficionado frente a una obra maestra, Hyde no comprende su interés y su anhelo, pero no lo cuestiona: le basta saberse admirador eterno de los pliegues, las ondulaciones, las elípticas, las plumas, los tonos inapreciables que adquiriría cualquier perfil aerodinámico a contraluz. Lo suyo era un enamoramiento tenaz e infrecuente por las formas, abandonando los vapuleados contenidos, y aquello era extraño, sí, era extraño, porque de él se esperaban digresiones filosóficas y soliloquios a la luz de la luna; no devociones infantiles por objetos degradados.
¿Y qué más da? Hyde reza puerilmente, numera el tiempo, agradece a esta vigilia por descubrir en ella a un reemplazo del cruel tirano que escribe el libreto de los sueños opresivos. Enseguida se arrepiente (la contrición es hija de la culpa), porque ya conoce el paso inmediato en la liturgia: el cansancio va a vencerlo de un momento al otro y él albergará la sedienta ilusión de poder dormir como antes, cerrar los ojos como antes, desperezarse en la helada mañana – como antes – y devanar ese primer pensamiento sin que él (su espectador) lo sepa: “Tu presencia a mi lado hasta que despierto”. Y nada de eso ocurrirá. Muy por el contrario, antes de adormecerse por completo Hyde distinguirá el movimiento aletargado de sus pies camino al patíbulo, luego la noche de recuerdos y por último la escena del bosque (la balsámica promesa que aseguraba la escena del bosque), unos minutos más y la herida profunda, rabiosa, sólo letal cuando el hombre que debía escocerla, se va.
Aterrorizado por un espectro familiar Hyde se incorpora, empalidece, las definidas líneas de los pocos muebles del departamento se cierran sobre él y lo recuestan otra vez sobre el futón; ha tomado un cigarrillo de los repartidos en cinco cajas de 20 unidades, lo suspende entre los labios y aspira a través del filtro imaginándolo encendido. Por la mínima grieta que deja la presión de su boca en el lado derecho, el aire de esa habitación real hierve su cuerpo hasta obligarlo a prender el tabaco y llenarse venenosamente de él; inhala las exquisitas partículas mefíticas como si bebiese de un trago la cura a su aflicción. No sería justo que la ceremonia terminara, recuerda Hyde, porque nada certifica que el dolor y la insondable nostalgia no fueran secuelas de una culpabilidad que no da tregua, que lo persigue con especial interés en los corredores de la fantasía, una vez sumergido en el mar de las pesadillas. Lo menos que puede hacer es aprobar el castigo; quizás al arañar la demencia ya no examine si se trata o no de querer mediocremente.
Tan rápido, tan tumultoso, piensa Hyde. Tiene la frenética impresión de haberse salteado el último capítulo, esa coda traumática y necesaria, el acto de la despedida, y aquello le parecía terrible, más deprimente que la invitación al escándalo que se les ofrecía sin misericordia en cada pantalla y cada periódico, más patético que ese gesto – medieval y dramático – de quitar de los aparadores los resabios de su voz antes del duelo.
(Y sin embargo, lo intriga fuertemente qué será de ese cotizado talento suyo en el que jamás creyó ni apremió; siente una alegre curiosidad a la expectativa del recuento de apuestas sobre su imagen anónima y sus confesiones - es hora de admitir que son confesiones - melódicas. Tiene el decepcionante presentimiento de que serán muchos los benefactores dispuestos a borrar por completo el pasado, y eso le arranca un comienzo de llanto. Pero siempre habrá alguien, se ilusiona Hyde, alguien que lo entienda, que lo sepa, alguien que escuche entrelíneas y comprenda que detrás del lujoso teatro se distinguen los jirones de su tristeza).
De repente, piensa en sí mismo: tiene los labios resecos, las uñas sucias, los brazos cansados; supone ojeras bordadas a su rasgos equívocos y lastimaduras rojizas en el marco de sus pupilas inertes. Se hunde en el firme colchón y llama al sueño; lo llama porque es insostenible temer al olvido. (¿Y si ya no conserva recuerdos sino a través de ese ir y venir surrealista?)
¿Qué es lo más vívido que puede reconstruir, en los preludios a la escena (la gran escena) del bosque? La deslumbrante farsa que habían emprendido una semana después del arresto, ¿no es cierto? En aquella conferencia, los tres lucían cabizbajos, débiles, afectados. Hacían esfuerzos por hablar e imprimir falsos acentos de entusiasmo a los breves discursos, simulaban una honestidad matemática en cada respuesta y sonreían (ah, eso era lo más indescriptible de todo), sonreían como lo hacen los sobrevivientes engarfiados a la tabla mohosa y derruida que flota sobre un mar hambriento. Hyde no pronunció palabra más que dos o tres veces, sólo cuando fue estrictamente necesario, y pese al alud incesante de murmuraciones que despertaba y despertaría en el próximo tiempo, se hizo de una apariencia acerada, íntegra, llena de recia y glacial animosidad que contradijo – una vez más – las facciones de seda grabadas en su rostro indefinible. Él sabía a ciencia cierta lo que sucedería, conocía los detalles del porvenir como una pitonisa leía la fortuna en los versos de los dioses. Todo proseguiría su camino, nada cambiaría. Excepto las estaciones, claro: primero el invierno, luego la primavera, el verano y finalmente el otoño; las estaciones iban a sucederse (como lo decía aquella voz suya confinada al abismo) y entonces, Hyde le diría adiós a la persona que amaba una y otra y otra vez...
(Él solía decir que la escena no cambiaría pero Hyde tendía a creer que era más bien la expresión de un deseo. Cuando le tocaba solfear esa frase, “the scene will never change”, a menudo Hyde llevaba la cabeza hacia atrás e intercambiaban una mirada huidiza, accidental, propia de los que son cómplices de un anhelo que nunca han formulado expresamente).
....y volverían a actuar, a incitar al público en un recinto inmenso, a frecuentar la vida ociosa y acaramelada que llevaban hasta entonces. Los seguidores renovarían sus ofrendas de inusitada fidelidad y ellos tendrían en la mano esas licencias a las que se habían autoexcluido para hacer un poco más creíble la fachada de enemigos de lo proscrito; todo proseguiría su camino, nada cambiaría. Era lógico: no puede construirse la felicidad sino sobre cimientos de desesperación, y Hyde lo sabía, sabía que el amor locura pronto se convierte en un tonto juego de espejos o en una manía triste.
Le queda un consuelo. En secreto, ha tomado los votos del acólito que se ha marchado; de ahora en más, Hyde continuará la tradición oscura, descreída, agridulce y viciosa de su amor ridículo. Forjará una religión monolítica: adorará miles de demonios en homenaje a uno solo. Llevará símbolos de disidencia, cruces estropeadas, grandes cadenas que, como grilletes, le abrazarán el cuello; reemplazará la máscara de niña indefinida por la del hipócrita enlutado, ese que por temor a ser herido guarda el velo debajo de la ropa. Vestirá de negro, como lo hacía él, pero jugará al detective y alterará también esos tributos; cuando esté solo, tal vez, tenga oportunidad de mostrar algún vestigio de su fe y enseñar su jaula, su piel palidísima, las flores perfectas sobre su mausoleo y los restos del castillo gótico de tapices aterciopelados que a él le hubiesen gustado. Estar solo es como radiografiarse, piensa Hyde[6].
Cuando la mañana despunta, él aprieta los ojos con fuerza e inclina la cabeza hacia atrás; se incrusta el lecho de plumas y cortinas negras en la nuca y objeta esa decisión fatal que lo priva de un final honorable, vía decapitación. En el bosque, sus oídos no comprenden otro sonido más que el de la piel hendida por su propia wakizashi[7], del mismo modo en que, en las futuras presentaciones, el rumor detrás de su espalda – el rumor del vacío y la traición – ensordecerá todo apasionamiento. Hyde avanza en el sueño, se apresura a destriparse atrozmente como si en el fervor de ese gesto purgase su falta y espera a franquear la puerta hacia otra realidad, sabiendo que el espejismo prosigue y que él ya no tiene intervención. Nunca vislumbra, aunque sea, el miserable podio de llegada; obtiene, en cambio, la oscura percepción de que el amor por una persona, aún siendo tan desgarrador, no suele ser sino un maravilloso accidente pasajero, menos real que las predisposiciones y opciones que lo anteceden y sobreviven a él. Ruega por la aparición de un sicario que lo libre de la sangre y el dolor, y entonces, Hyde llega a la más espantosa de sus ilusiones: la que le muestra el rostro desnudo del escolta que desertó y arrojó lejos la espada, la que acusa al verdugo insidioso y reproduce las cisuras interminables en su vientre rasgado. En el sueño, el rostro del kaishaku es el de Sakura.
[1] Kaishaku: en el ritual de suicidio por destripamiento (seppuku), se denomina kaishaku al encargado de garantizar la muerte mediante un golpe certero que decapite al suicida. Tradicionalmente, es utilizado en los seppuku de grandes señores. El rol del kaishaku es ocupado por una persona de gran estima o cercanía emocional con el suicida, aumentando esto la dificultad de la ejecución y al mismo tiempo, asegurando la efectividad de la misma, dado que la muerte por destripamiento es en sumo dolorosa y tardía. La pérdida de sangre, por otra parte, cuando es mucha se interpreta como una deshonra.
[2] Hipnos: para la mitología griega, dios del Sueño, hermano de Tánatos (dios de la muerte), al que a menudo ayudaba dando muerte a los mortales mientras dormían. En el arte, Hipnos aparece como un hombre joven, desnudo y alado que descansa en una cama de plumas y cortinas negras. Lleva en las manos un cuerno de opio, un tallo de amapola, una rama de la que gotea el rocío del río Lete y una antorcha invertida. Su nombre está fuertemente asociado con la muerte.
[3] “Horse”: del inglés, caballo. Nombre vulgar para referirse a la heroína refinada, la que tiene el aspecto de un polvo blanco y muy ligero.
[4] Río Lete: del griego Lếthê, ‘olvido’. Lete es uno de los ríos del Hades; beber de sus aguas provocaba un olvido completo, a fin de que las almas dejasen a un lado su antigua vida (y en especial su estadía en el Paraíso) y pudiesen reencarnar.
[5] Ki-84-Ia: uno de los modelos más exitosos para el bando japonés durante el ataque a Pearl Harbor. A partir de allí el avión comenzó a ser conocido como “la muerte inminente”.
[6] Uno de los tantos juegos de palabras de este relato. “Radiografiarse” alude al hecho de examinarse a uno mismo y también al primer disco solo del protagonista, Roentgen. Wilhelm Röntgen fue el descubridor de los rayos X.
[7] Wakizashi: puñal corto, de mano, utilizado como arma para realizar el sepukku. Solía envolverse una tela blanca a su mango a fin de no manchar más allá de la hoja.
