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En una isla remota, rodeada de aguas cristalinas y envuelta en un aire de misterio, se erguía una cabaña de madera desgastada por el tiempo. Allí, Dragon, líder de los Revolucionarios y conocido por su feroz lucha contra el Gobierno Mundial, enfrentaba una situación inesperada. A sus 34 años, estaba embarazado de cuatro meses, algo que jamás imaginó.
Reclinado en un sillón gastado, el peso de sus pensamientos lo abrumaba. La noticia de su paternidad lo había sumido en un mar de dudas. ¿Qué tipo de vida le podría dar a un niño? Un niño que, inevitablemente, sufriría por las decisiones que había tomado. Quería protegerlo del Gobierno Mundial, de la opresión, pero ¿sería suficiente? El pequeño ser que crecía dentro de él parecía pedirle respuestas que no tenía.
Crocodile, a sus 23 años, era audaz y decidido. Su carácter fuerte contrastaba con la vulnerabilidad que, en momentos como este, Dragon no podía ocultar. A menudo visitaba la cabaña para asegurarse de que estuviera bien. Su relación era compleja, un equilibrio inestable entre la distancia y la cercanía, pero esos momentos compartidos tenían algo especial: miradas cargadas de significado, silencios que pesaban más que cualquier palabra.
Dragon pasó una mano por su vientre abultado, sintiendo el leve calor que emanaba de su propia piel. Temor y emoción chocaban dentro de su pecho. Sabía que el mundo exterior no sería amable con su hijo; su legado revolucionario siempre lo perseguiría. Pero tenía a Crocodile a su lado. Y, aunque no lo decía en voz alta, eso significaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿Qué tipo de vida le daré? —murmuró Dragon, con la mirada perdida en el vacío. La culpa y el miedo lo consumían, hundiéndolo en pensamientos oscuros.
Crocodile lo observó en silencio, captando la tormenta emocional en su rostro. Después de un momento, se acercó y, con voz suave, dijo:
—No es tu culpa, Dragon. Nos dejamos llevar esa noche... pero no tienes que cargar con todo eso.
Las palabras de Crocodile resonaron en su interior. Dragon tragó el nudo en su garganta, luchando contra las lágrimas. La comprensión en los ojos de Crocodile le tocó profundamente.
—Yo también estoy asustado —admitió Crocodile, su mirada sincera—, mis sueños están destruidos, pero aún hay camino por recorrer. El destino es incierto para todos.
Crocodile se acercó y, con un toque de duda, rozó su mejilla con un beso suave antes de rodearlo con los brazos. Dragon se dejó envolver en ese calor inesperado, sintiendo cómo, por un momento, todo el caos desaparecía. Ya no estaba solo.
—Gracias —susurró, dejando que el alivio lo invadiera.
Crocodile le sonrió antes de separarse un poco para mirarlo a los ojos. Fue entonces cuando Dragon sintió algo inusual: los antojos comenzaban a aflorar.
—Por cierto... —Dragon bajó la mirada con una sonrisa tímida—. Creo que tengo algunos antojos… Mucha carne, algo dulce… Ah, y galletas. ¡Muchas galletas!
Crocodile soltó una suave risa, aliviando la tensión del momento.
—Lo que tú digas… Voy a conseguirte todo eso.
Ambos compartieron una sonrisa cómplice antes de que Crocodile se levantara para salir en busca de los antojos de Dragon.
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Crocodile regresó con una bolsa llena de los antojos que el revolucionario había pedido. Al entrar, su expresión habitual de despreocupación se suavizó al ver a Dragon sonriendo.
—Esto es lo que pediste —dijo Crocodile con un tono casi indiferente, pero su mirada revelaba un destello de satisfacción al verlo feliz.
Dragon lo miró con agradecimiento, sus ojos brillando de emoción. —¡Gracias! No sabes cuánto lo necesitaba.
Mientras comenzaba a cortar la fruta, un ligero sonrojo se apoderó de sus mejillas. La combinación de los antojos y la calidez del momento lo hacía sentir vulnerable pero feliz.
Crocodile se cruzó de brazos, tratando de mantener su fachada seria, pero no pudo evitar una leve sonrisa. —No es nada. Solo quería asegurarme de que no murieras de hambre —replicó con tono burlón.
Observó a Dragon mientras saboreaba la fruta, notando cómo la luz de la lámpara resaltaba el leve sonrojo en su rostro. El embarazo le daba un brillo especial, una calma inesperada que lo hacía ver más radiante. A pesar de las dificultades, había una paz en Dragon que era contagiosa.
Mientras Dragon mordía un trozo de piña, Crocodile no pudo evitar pensar en lo bien que se sentía ese momento. La idea de tocar el vientre de Dragon cruzó su mente. Era un gesto íntimo, pero sentía que había una conexión especial entre ellos que lo hacía apropiado.
—¿Puedo...? —Crocodile dudó por un segundo, su voz más suave de lo habitual.
Dragon levantó la vista, sorprendido pero curioso. —¿Puedes qué?
Crocodile se acercó un poco más y, con una mirada seria, preguntó:
—¿Puedo tocar tu vientre?
Dragon parpadeó, sorprendido por la pregunta directa. Pero en lugar de incomodarse, lo tomó como un desafío.
—¿Qué pasa? ¿Temes que te maldiga si lo tocas? —bromeó con una risa ligera, aunque su corazón latía más rápido de lo habitual.
Crocodile arqueó una ceja, sin perder su actitud desafiante. —Solo estoy asegurándome de que estés bien.
—Está bien —aceptó Dragon, sintiendo un cosquilleo en el estómago mientras Crocodile colocaba su mano sobre su vientre—, pero no te emociones demasiado.
Crocodile mantuvo la mano firme pero suave, mirando con seriedad a Dragon. —No me malinterpretes; solo estoy comprobando si tus entrenamientos están dando resultado —dijo con su típica arrogancia.
Dragon soltó una risa nerviosa. —Claro, como si eso fuera lo único que te importara.
Ambos compartieron un momento silencioso; la tensión entre ellos era acogedora, cargada de sentimientos no expresados. Aunque sus personalidades eran fuertes y desafiantes, había un entendimiento profundo en ese simple gesto.
—Esto es... extraño —murmuró Dragon.
—Extraño o no —respondió Crocodile sin apartar la vista de él—, no tengo intención de dejarte ir.
Después de un momento de conexión, Crocodile retiró lentamente su mano, rompiendo el hechizo del instante. Su expresión se tornó más seria mientras miraba hacia la ventana.
—Debo hacer un viaje lejos —dijo Crocodile, su tono grave—. Las provisiones se están acabando y no podemos permitirnos quedarnos sin comida.
Dragon sintió un pequeño tirón en su vientre al escuchar esto. La idea de que Crocodile tuviera que irse le causó una mezcla de preocupación y desasosiego. Sin pensarlo, acarició suavemente su vientre, como si buscara consuelo en esa acción.
Crocodile observó el gesto con atención, aunque no dijo nada. Algo en la forma en que Dragon se acariciaba el vientre le provocó una punzada de preocupación. Sin embargo, mantuvo su expresión impasible, intentando no mostrar lo que realmente sentía.
—Voy a arreglarme para partir —dijo finalmente Crocodile, dirigiéndose hacia su habitación para prepararse.
Dragon lo miró alejarse, sintiendo cómo el nudo en su estómago se apretaba aún más. —¿Cuánto tiempo estarás fuera? —preguntó con un tono que trataba de sonar despreocupado, pero su voz traicionaba su ansiedad.
—No lo sé —respondió Crocodile sin volverse, buscando sus cosas con rapidez—. Pero no te preocupes; siempre vuelvo.
Dragon se quedó en el lugar, sintiendo una mezcla de orgullo y temor. Sabía que Crocodile era fuerte y capaz, pero la idea de estar sin él por un tiempo le inquietaba más de lo que quería admitir.
Mientras Crocodile seguía organizando sus provisiones, Dragon tomó una respiración profunda y se acercó a él.
—Cuidado allá afuera —murmuró casi en un susurro.
Crocodile se detuvo a mitad de su movimiento, girando ligeramente la cabeza hacia Dragon, como si esas palabras hubieran calado más hondo de lo que quería admitir.
—Siempre lo estoy —respondió con su tono habitual desafiante, pero había una leve suavidad en su voz que solo Dragon podía captar.
—Te esperaré —dijo Dragon con firmeza, sintiendo que esas palabras eran más importantes de lo que parecían.
—Eso espero —replicó Crocodile antes de salir por la puerta, dejando a Dragon con una sensación mixta de anhelo y determinación.
Dragon se dejó caer en la cama, sintiendo el peso abrumador de la soledad envolviéndolo. Apenas habían pasado unas horas desde que Crocodile se fue, pero la ausencia de su presencia parecía llenar toda la cabaña. Se pasó una mano por el cabello, intentando sacudirse aquella extraña sensación que lo invadía.
Sus ojos vagaron por la habitación hasta detenerse en una camisa de Crocodile, colgada descuidadamente en la silla. Sin pensar demasiado, se levantó y la tomó entre sus manos.
Al acercarla a su rostro, el aroma familiar a tabaco y mar lo envolvió. Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios. Recordó las risas compartidas, las miradas cargadas de significado.
—¿Qué me está pasando? —murmuró para sí mismo, sintiéndose ridículo. Nunca pensó que algo tan simple como una prenda le traería consuelo.
Intentó convencerse de que eran las hormonas, que su cuerpo estaba jugando con su mente. Pero en el fondo sabía que no era solo eso. Crocodile había despertado en él sentimientos que jamás imaginó tener. La adrenalina de sus encuentros, el roce ocasional de sus manos, la forma en que Crocodile lo miraba cuando pensaba que él no se daba cuenta… todo se había ido acumulando hasta convertirse en algo más profundo.
Con un suspiro resignado, deslizó la otra mano hacia su vientre, acariciándolo con suavidad. El gesto le salió natural, casi automático, como si buscara calidez en medio del caos que sentía.
—Esto no es lo mío… —murmuró, pero la sonrisa seguía en su rostro.
Era extraño sentirse así de vulnerable, pero tal vez no era algo malo. Por primera vez en mucho tiempo, anhelaba el regreso de alguien. Y cuando Crocodile volviera, tal vez, solo tal vez, se atrevería a decirle lo que sentía.
Se recostó de nuevo, sosteniendo la camisa contra su pecho.
—Espero que vuelva pronto… —susurró, dejando escapar una risa suave—. Si no, tendré que salir a buscarlo.
Crocodile se movía entre las sombras del bullicioso mercado, en su elemento. Con su característico aire de confianza, había conseguido una buena cantidad de provisiones: frutas frescas, carne curada y un par de barriles de ron. Sabía que Dragon no aprobaría sus métodos, pero la emoción del saqueo le llenaba de adrenalina. Después de todo, era un pirata. ¿Qué más podía hacer?
Mientras examinaba sus “ganancias”, un periódico volador le golpeó la cara de lleno, haciéndolo fruncir el ceño. Lo apartó con fastidio y estuvo a punto de ignorarlo, hasta que el titular en letras grandes llamó su atención:
"Un puesto de Shichibukai libre. La Marina busca nuevos reclutas."
Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios. "Vaya, esos idiotas no aprenden." La idea de postularse cruzó fugazmente por su mente. Ser parte de los Shichibukai significaría más poder, más recursos… pero también implicaría lidiar con la Marina y sus reglas. Y si había algo que detestaba, eran las reglas.
Sacudiendo la cabeza, enrolló el periódico y lo arrojó a un lado. Tenía cosas más importantes en qué pensar. Sus ojos se posaron en las provisiones y una sonrisa más sincera curvó sus labios.
—Esto debería ser suficiente para alimentar a mi dragón hambriento —murmuró para sí mismo, riendo suavemente. A veces, juraba que Dragon tenía un agujero negro en lugar de un estómago.
La idea de volver a casa y ver su reacción lo llenó de satisfacción. No solo traía comida, sino que también disfrutaba de esas pequeñas travesuras que hacían especial su relación. Le encantaba cómo Dragon intentaba mantenerlo en el camino correcto, pero también le gustaba ser quien rompía las reglas.
Con una chispa en los ojos, decidió que era mejor regresar antes de que la Marina empezara a hacer preguntas. Aceleró el paso hacia el puerto, dejando caer el periódico sin mirar atrás.
"Cuando vea la cara de Dragon al ver todo esto, valdrá la pena cualquier regaño." Y aunque sabía que podría haber problemas por la forma en que consiguió las provisiones, no podía evitar sentirse feliz. Porque, en el fondo, hacer algo por Dragon siempre le resultaba gratificante.
Ambos se pusieron a preparar una cena improvisada mientras compartían risas y anécdotas de sus días pasados; incluso Crocodile hizo algunas bromas sobre cómo había esquivado a los guardias del mercado. En ese momento fugaz, todo parecía perfecto: un pirata y un revolucionario unidos no solo por el amor, sino también por la esperanza en su futuro como familia.
Mientras la cena burbujeaba en la olla, el aroma especiado se mezclaba con la calidez del hogar que, de alguna manera, habían construido juntos. Dragon se permitió un instante de tranquilidad, observando de reojo a Crocodile, quien cortaba las verduras con movimientos precisos. Había algo casi hipnótico en la manera en que sus manos se movían, en la concentración que parecía poner incluso en los detalles más simples.
Pero entonces, la burbuja se rompió.
—¿Has visto la noticia del periódico?— preguntó Crocodile con aparente indiferencia. —Un puesto de Shichibukai está libre. No estaría mal considerar la oferta.
Dragon se quedó inmóvil, sintiendo cómo su corazón se encogía ante la insinuación.
—¿Y qué decidiste?— preguntó, intentando mantener la calma, aunque su voz lo traicionó con un leve temblor.
Crocodile giró ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando su reacción. Con un encogimiento de hombros, continuó con su tarea, sin darle demasiada importancia. —No es mi estilo seguir órdenes absurdas de la Marina,— dijo con su habitual desdén. Luego, tras un breve silencio, añadió en un tono más bajo: —Pero podría ser útil.
La cuchara en la mano de Dragon quedó suspendida en el aire.
—¿Útil para quién?— inquirió con un deje de preocupación.
Crocodile soltó una risa seca. —Para nosotros. Para ti. Para el bebé. Tener influencia en el Gobierno Mundial tiene sus ventajas.
Dragon sintió que algo dentro de él se retorcía.
—Wani…— lo llamó suavemente, usando aquel apodo que reservaba solo para los momentos más íntimos. No quería sonar como si lo estuviera juzgando, pero la inquietud le arañaba el pecho. —No quiero que sientas que debes hacer esto por nosotros.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Crocodile se detuvo por completo. Sus ojos afilados se encontraron con los de Dragon, y por un instante, no hubo rastro de arrogancia en su expresión. Solo una intensidad cruda, sincera.
—No estoy renunciando a nada,— dijo con firmeza, cada palabra cuidadosamente medida. —Si decido hacerlo, será porque quiero. No porque sienta que es una obligación.
—Pero si lo haces, estarás atado a la Marina…— Dragon tragó saliva, intentando ordenar sus pensamientos. —Y eso va en contra de todo lo que eres.
Crocodile dejó el cuchillo sobre la mesa con un leve "clic". Dio un paso hacia él, su voz más baja, más cercana.
—Escucha, Dragon. No me importa lo que piensen los demás. No me interesa la política barata de la Marina ni jugar a ser su perro faldero. Pero lo que sí me importa es lo que estamos construyendo aquí.— Su mirada descendió un instante hacia el vientre de Dragon antes de volver a subir. —Eso es lo único que realmente cuenta.
El aire se volvió más denso entre ellos. Dragon sintió un nudo en la garganta, una mezcla de alivio y temor que no sabía cómo manejar. Por un lado, le reconfortaba saber que Crocodile no estaba dispuesto a cambiar por nadie. Pero por otro… sabía que era un hombre impredecible.
—Solo quiero lo mejor para ti,— susurró finalmente Dragon, su voz teñida de vulnerabilidad.
Crocodile esbozó una sonrisa ladeada y, con una suavidad casi inaudita en él, apoyó su mano en la mejilla de Dragon, acariciándola con el pulgar.
—Y lo mejor para mí es esto.
Dragon cerró los ojos un instante, inclinándose apenas en el contacto.
—Prométeme que no te dejarás arrastrar por cosas peligrosas,— dijo, su tono más firme esta vez.
Crocodile soltó una risa grave y le dio un leve golpe en el hombro.
—¿Yo? Nunca.
Dragon suspiró, sabiendo que la respuesta era una mentira descarada. Pero, al mismo tiempo, también sabía que Crocodile siempre volvía a casa.
Y por ahora, eso era suficiente.
La noche había caído, envolviendo la cabaña en un silencio acogedor. La cena había dejado tras de sí el aroma de especias y fuego cálido, y ahora Dragon, vencido por el cansancio, reposaba en el sillón con su vientre suavemente redondeado, reflejando el milagro que llevaban dentro. Su respiración era tranquila, su semblante relajado, y Crocodile se detuvo por un instante solo para observarlo.
Después de lavar los platos con rapidez —más por costumbre que por gusto—, se permitió un raro momento de quietud. Sentía una satisfacción extraña al haber contribuido, aunque fuera de manera simple, a la tranquilidad de aquel refugio temporal que llamaban hogar.
Su mirada regresó a Dragon. Algo en la imagen frente a él le removió el pecho: la manera en que su cabello oscuro caía sobre su frente, la curva sutil de sus labios, la forma en que una de sus manos descansaba inconscientemente sobre su vientre.
Sin pensarlo demasiado, se acercó con sigilo, asegurándose de no hacer ruido. Se inclinó y, con una facilidad que contradecía su fuerza, levantó a Dragon en brazos. El cuerpo del revolucionario se acomodó contra el suyo con naturalidad, como si perteneciera allí. Crocodile sintió el calor que emanaba de él y, por primera vez en mucho tiempo, la calidez se instaló también en su pecho.
Justo cuando estaba por cruzar la puerta del dormitorio, Dragon se removió levemente y entreabrió los ojos. Su mirada, aún perdida entre el sueño y la vigilia, tenía un brillo especial, un destello de algo que Crocodile nunca había visto en él con tanta claridad.
—Wani... —murmuró con voz adormilada, su tono cargado de una dulzura tan genuina que lo desarmó por completo—. Me alegra que seas tú de quien me haya enamorado…
Las palabras quedaron suspendidas en el aire entre ellos, suaves, sinceras, una confesión tan simple como demoledora. Crocodile sintió un vuelco en el corazón. No era un hombre que se dejara llevar por sentimentalismos, pero aquello... aquello lo hizo sentir algo que nunca había experimentado antes.
Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible.
—Yo también estoy feliz —susurró, permitiéndose, por una vez, hablar con total sinceridad—. Nunca imaginé que esto podría suceder.
Al llegar al dormitorio, lo depositó con cuidado en la cama. La luz de la luna se filtraba a través de la ventana, tiñendo de plata la piel de Dragon, resaltando su serenidad. Crocodile se quedó inmóvil por un instante, como si estuviera memorizando cada detalle.
Luego, sin pensarlo demasiado, se inclinó y besó su frente con una ternura que lo tomó por sorpresa incluso a él.
—Duerme, lo necesitas —susurró, su voz más suave de lo habitual.
Dragon sonrió débilmente antes de rendirse al sueño. Y mientras Crocodile lo observaba en la quietud de la noche, comprendió, con una certeza abrumadora, que su vida nunca volvería a ser la misma.
La responsabilidad del futuro pesaba sobre sus hombros, pero por primera vez en mucho tiempo, no le temía. Porque, en medio del caos y la incertidumbre, había encontrado algo real.
Un hogar.
Una familia.
Y, por primera vez, se permitió imaginar un futuro donde no estuviera solo.
Los meses habían pasado, y Dragon estaba en su octavo mes de embarazo. La cabaña, antes un simple refugio temporal, se había convertido en un hogar cálido, lleno de amor y complicidad, pero también en un campo de batalla emocional. Las hormonas hacían estragos en Dragon, volviéndolo más sensible y susceptible a cualquier comentario o situación, y Crocodile, aunque curtido en las dificultades, aún estaba aprendiendo a navegar esos cambios.
Esa tarde, el mundo exterior parecía distante. Acurrucados en el sofá, Dragon descansaba sobre Crocodile, su vientre presionando suavemente contra el pecho del pirata. Sus dedos jugaban distraídamente con la tela de la camisa de Crocodile, mientras el silencio entre ellos se sentía cómodo, casi hipnótico. Era uno de esos momentos de calma que Crocodile nunca se habría imaginado disfrutando antes de conocerlo.
Sin embargo, una idea comenzó a germinar en su mente. Quizás no era el mejor momento, pero tampoco quería ocultárselo.
—Oye, Dragon... —murmuró Crocodile, midiendo sus palabras.
Dragon alzó la cabeza levemente, mirándolo con esa mezcla de amor y desconfianza que siempre lo hacía ver demasiado perceptivo para su propio bien.
—¿Qué pasa? —preguntó, su voz suave pero atenta.
Crocodile sostuvo su mirada un instante antes de soltarlo sin rodeos:
—Doflamingo me ha estado contactando. Quiere que me una a sus filas.
En cuanto las palabras dejaron sus labios, supo que había cometido un error.
La expresión de Dragon cambió al instante. Sus ojos se entrecerraron, su cuerpo se tensó contra el de Crocodile y la atmósfera se cargó de algo denso e impredecible.
—¿Qué? —su tono era gélido, pero también tembloroso—. ¿Esa cacatúa rosa?
Crocodile apretó los labios, reprimiendo el impulso de soltar una carcajada ante el apodo. Quizás no era el mejor momento para bromas.
—Es solo una oferta, nada más —dijo, intentando sonar despreocupado—. No tengo intención de aceptarla, pero creí que debías saberlo.
Dragon se separó abruptamente de él, su mirada oscureciéndose con una mezcla de incredulidad y rabia.
—¿Por qué no me dijiste antes? —su voz temblaba ligeramente, y Crocodile supo que no era solo enojo, sino algo más profundo—. ¿Acaso crees que no puedo manejarlo?
Crocodile sintió la presión aumentar. Pocas veces lo veía así, y menos aún con esa vulnerabilidad al borde de su furia.
—No quería preocuparte —admitió con sinceridad—. No pensé que reaccionarías así…
—¡Por supuesto que reaccionaría así! —Dragon se levantó del sofá con un esfuerzo torpe, frustrado tanto por la conversación como por su propio cuerpo pesado—. ¿Tienes idea de lo que significa que él te busque? ¿Después de todo lo que ha hecho?
Caminaba de un lado a otro, su respiración agitada, y Crocodile supo que debía detener la tormenta antes de que se saliera de control.
—Dragon, escúchame —su voz fue firme, pero sin dureza—. Te amo a ti y a nuestro hijo. Nada, ni Doflamingo ni sus malditos juegos, cambiarán eso.
Dragon se detuvo. Sus hombros aún estaban tensos, su mirada encendida, pero su respiración se volvió más pausada.
Crocodile se puso de pie con calma y se acercó a él, tomándolo suavemente por las muñecas.
—Sé que no confías en él. Pero confía en mí —susurró.
Los ojos de Dragon se suavizaron, aunque el recelo seguía ahí, aferrándose a los rincones de su mente.
—Solo... prométeme que no te dejarás arrastrar por sus juegos —murmuró al final, su voz más baja, más agotada.
Crocodile asintió sin vacilar. —Lo prometo.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso con el peso de sus emociones. Dragon suspiró y, como si todo el cansancio de la discusión lo golpeara de golpe, apoyó su frente contra el hombro de Crocodile.
—Odio cuando tienes razón —musitó con fastidio, pero sus brazos se enredaron en la cintura del pirata con naturalidad.
Crocodile sonrió contra su cabello, sin necesidad de responder.
No importaba cuántas tormentas enfrentaran, mientras pudieran volver a esto: a ese refugio que habían construido juntos.
Esa misma noche, la tensión aún flotaba en el aire como un eco silencioso de la discusión anterior. Crocodile intentaba no pensar demasiado en ello mientras se movía con cuidado, tratando de salir de la cama sin despertar a Dragon. Pero apenas giró el cuerpo, sintió una mano firme sujetando su brazo.
—¿A dónde vas? —susurró Dragon, su voz cargada de preocupación y un toque de celos apenas disimulado.
Crocodile dejó escapar un suspiro silencioso, sintiendo una mezcla de ternura y exasperación.
—Solo voy al baño —respondió con calma—. No te preocupes.
Dragon lo soltó con cierta reticencia, pero no sin antes fruncir el ceño y suspirar con resignación.
—Está bien… —murmuró, aunque su mirada seguía mostrándose reacia.
Crocodile se incorporó y cruzó la habitación en silencio, sintiendo el peso de la mirada de Dragon siguiéndolo hasta que cerró la puerta. Mientras el agua corría sobre sus manos, dejó escapar un suspiro más profundo. Sabía que las hormonas lo volvían más sensible, más protector… más temeroso. Y aunque entendía la raíz de todo, también sentía la presión de sostenerse firme, de ser el ancla en medio de la incertidumbre.
Un mes. Solo un mes más, y tendrían a su hijo o hija en brazos.
Pensó en ello mientras se observaba en el espejo. La idea aún le resultaba irreal. Nunca se imaginó en esta posición: siendo padre, construyendo un hogar. Y sin embargo, la anticipación se había colado en su pecho, llenándolo de una emoción desconocida. No solo esperaba al bebé, también esperaba descubrir en quién se convertiría él mismo.
Cuando regresó a la habitación, encontró a Dragon incorporado, con la mirada perdida en la ventana. La luz de la luna se filtraba a través de los cristales, iluminando su rostro con una suavidad casi etérea. Crocodile sintió un nudo en la garganta; Dragon nunca había lucido tan vulnerable y, al mismo tiempo, tan hermoso.
Se acercó sin hacer ruido, pero Dragon pareció sentirlo.
—¿Todo bien? —preguntó Crocodile en voz baja.
Dragon giró la cabeza, su expresión reflejando un mar de pensamientos.
—Sí… solo estaba pensando en cómo será todo cuando llegue el bebé —susurró.
Crocodile tomó asiento junto a él, observándolo con detenimiento.
—Yo también lo he estado pensando —admitió—. Estoy ansioso por conocerlo… o conocerla.
Una sonrisa ligera cruzó los labios de Dragon, pequeña pero sincera. Su mano buscó la de Crocodile con una necesidad silenciosa, y este la tomó sin dudar.
—Prometo que intentaré ser menos posesivo… —murmuró Dragon, desviando la mirada con un deje de vergüenza—. Es solo que me asusta perderte en medio de todo esto.
Crocodile apretó su mano con suavidad.
—No vas a perderme —dijo con convicción—. Estamos en esto juntos.
Dragon asintió lentamente, permitiéndose creer en esas palabras.
—Gracias… —susurró después de un momento de silencio—. Espero que nuestro hijo o hija herede tu coraje.
Crocodile sonrió de lado.
—Y tu determinación —añadió—. Será fuerte como nosotros.
Dragon le sostuvo la mirada, y por primera vez en toda la noche, la tensión desapareció por completo. Se recostaron nuevamente, esta vez con el corazón un poco más liviano.
Y mientras el silencio de la cabaña los envolvía, la promesa de un futuro juntos latía en cada latido compartido.
El parto no había sido nada bonito, y Crocodile sabía que era un recuerdo que preferiría borrar de su mente. Afuera, la tormenta arremetía con fuerza; la lluvia caía a cántaros y el mar parecía desbordarse, como si la naturaleza misma reflejara el caos vivido esa noche. Pero él entendía perfectamente por qué el clima estaba así: Dragon había comido una fruta del diablo que le permitía controlar el clima, y su poder se había desatado en el momento más crítico.
Recordaba vívidamente cuando, en medio del dolor y la confusión, Dragon le había confesado que había ingerido la fruta por accidente, creyendo que era una simple fruta normal. La incredulidad lo había invadido en ese instante. ¿Cómo podía ser tan descuidado? Pero al verlo luchando por dar a luz, cualquier reproche se le atragantó. Era un momento sagrado y aterrador al mismo tiempo.
La anciana que los ayudó era un recurso al que Crocodile había recurrido con extrema reticencia. No le gustaba pedir ayuda, menos aún confiar en desconocidos. Pero Dragon la necesitaba, y él no iba a arriesgar su vida por orgullo. La mujer, con su sabiduría y técnicas poco convencionales, había sido fundamental para traer al mundo a su hijo.
Ahora, en la tranquilidad posterior a la tormenta, Crocodile se sentó junto a Dragon, quien, a pesar del agotamiento, emanaba una energía indescriptible. El llanto del bebé resonaba en la cabaña como una melodía nueva y hermosa.
—Lo hiciste increíble —susurró Crocodile, tomando la mano de Dragon entre las suyas—. Estoy tan orgulloso de ti.
Dragon sonrió débilmente, con los ojos llenos de lágrimas, pero también de felicidad.
—No sé cómo lo logré… fue todo tan abrumador.
—Fue tu fuerza —respondió Crocodile con suavidad—. Y ahora tenemos a nuestro pequeño aquí con nosotros.
La anciana se acercó y les entregó al bebé envuelto en una manta suave. Crocodile sintió un nudo en la garganta al ver al pequeño en los brazos de Dragon. Era un niño perfecto, con una cabecita cubierta de cabello oscuro y unos ojos grandes y curiosos.
—¿Qué nombre le pondremos? —preguntó Dragon, con voz temblorosa pero llena de ternura.
Crocodile meditó por un instante. Este nombre llevaría consigo sus esperanzas, su historia, su amor.
—¿Qué te parece si lo llamamos Luffy? —dijo de repente—. Es un nombre fuerte y lleno de vida.
Dragon lo repitió en un susurro, probándolo en sus labios.
—Luffy… me gusta.
Mientras sostenían a su hijo entre ellos, la tormenta afuera comenzó a calmarse. Las gotas de lluvia se volvieron suaves, como si el mundo celebrara la llegada del nuevo miembro de su familia.
Sin embargo, los días que siguieron al nacimiento de Luffy no fueron tan idílicos como imaginaron.
Las noches se convirtieron en una batalla interminable de llantos, pañales sucios y desvelos. Cada vez que Luffy se despertaba, su llanto resonaba en la cabaña como una alarma incesante. Crocodile y Dragon se turnaban para calmarlo, pero el cansancio comenzó a acumularse en sus cuerpos como un peso insoportable.
—¿Por qué no puede simplemente dormir? —murmuró Dragon una noche, con Luffy en brazos, balanceándolo en un intento desesperado de calmarlo.
—No lo sé… —respondió Crocodile, con ojeras profundas y la voz arrastrada por el agotamiento—. Quizás le preocupa algo.
Dragon suspiró frustrado. Había pasado nueve meses esperando este momento, soñando con la paternidad, y ahora, enfrentado a la realidad, se sentía completamente abrumado.
Para su sorpresa (y molestia), Crocodile notó algo curioso: Luffy parecía tener un claro favoritismo hacia él.
Cada vez que lo tomaba en brazos, el pequeño se calmaba casi al instante. Crocodile no podía evitar sentirse orgulloso de ese vínculo especial, pero Dragon… Dragon lo veía con una mezcla de incredulidad y celos.
—¿Cómo es posible que le guste tanto estar contigo? —preguntó Dragon una mañana, su voz teñida de reproche—. Yo fui quien lo llevó durante nueve meses.
Crocodile sonrió con suficiencia.
—Tal vez tiene buen gusto.
Dragon bufó, mirándolo con una mezcla de exasperación y diversión. Pero en su interior, la situación lo frustraba.
Las noches continuaron siendo un reto. Intentaron todo: arrullarlo, mecerlo, envolverlo en mantas suaves. Nada parecía funcionar.
Hasta que, una noche particularmente agotadora, Dragon explotó.
—¡No puedo más! ¿Por qué no puedes simplemente dejar de llorar? ¡Soy tu padre también!
Luffy parpadeó y luego rompió en un llanto aún más fuerte.
Crocodile soltó una risa ahogada ante la escena.
—Tal vez deberías intentar cantarle algo —sugirió, sin poder contener la diversión en su tono—. Dicen que les gusta la música.
Dragon lo fulminó con la mirada, pero en su desesperación, decidió intentarlo. Respiró hondo y comenzó a tararear una melodía suave, una canción antigua que apenas recordaba.
Para su sorpresa, Luffy comenzó a calmarse.
Crocodile lo observó en silencio, y por primera vez en días, Dragon se sintió verdaderamente conectado con su hijo.
A pesar del caos y los desafíos, estaban aprendiendo a ser padres.
Con el tiempo, encontraron su ritmo: turnándose en las noches, apoyándose cuando uno se sentía abrumado. No tenían todas las respuestas, pero estaban dispuestos a aprender juntos.
Y así, entre risas, lágrimas y noches interminables, comenzó su viaje como familia.
Los meses avanzaron, y con ellos, la dinámica familiar comenzó a transformarse. Luffy, que al principio parecía tener una preferencia clara por Crocodile, ahora mostraba una conexión especial con Dragon. Era un cambio sutil, pero significativo. Dragon había asumido el papel de alimentador principal, y no con un biberón como muchos padres harían, sino que se había comprometido a alimentarlo de la manera más natural posible: a través del pecho.
Al principio, la idea le parecía algo extraña. Sin embargo, con el tiempo se dio cuenta de que ese momento era más que solo alimentación; era un vínculo profundo entre padre e hijo. Mientras Luffy se aferraba a él, sus ojos inocentes brillaban con una mezcla de curiosidad y confianza. Dragon se sentía tranquilo al verlo así, disfrutando de cada instante en el que podía mirarlo a los ojos y sentir que estaba haciéndolo bien.
Crocodile observaba desde el marco de la puerta, con una sonrisa en el rostro. Lo que antes era un entorno tenso y lleno de incertidumbre ahora se había convertido en un hogar lleno de amor y complicidad. Ver a Dragon alimentando a Luffy le llenaba de orgullo; nunca habría imaginado que su compañero revolucionario pudiera mostrar una faceta tan suave y tierna.
—Mira cómo te mira —dijo Crocodile con un tono juguetón—. Creo que tienes un pequeño admirador.
Dragon sonrió, sintiéndose un poco abrumado por la ternura del momento. Era raro que alguien como él, conocido por su fuerza, se sintiera tan vulnerable ante un pequeño ser humano. Pero Luffy tenía esa capacidad; su inocencia desarmaba hasta al más duro.
—Es fácil ser su admirador cuando me necesita —respondió Dragon con modestia—. Pero me alegra saber que estamos formando algo.
Crocodile se acercó un poco más, cruzando los brazos mientras observaba la escena. Sabía que aunque su papel era diferente al de Dragon, estaba igualmente involucrado en esta aventura de ser padre. A veces se encontraba cambiando pañales o tratando de calmar los llantos del bebé cuando Dragon estaba ocupado. Aunque siempre lo hacía con un poco de reticencia y humor, cada risa o mirada de Luffy le recordaba lo importante que era su presencia en la vida del pequeño.
La atmósfera en la casa era cálida y llena de risas, pero en el fondo, Dragon sabía que las sombras del mundo exterior no estaban muy lejos. Aunque disfrutaba cada momento con Luffy y Crocodile, también era consciente de sus responsabilidades. Había un ejército que dirigir, una lucha por la libertad que no podía ignorar.
Mientras Crocodile sostenía a Luffy en sus brazos, el pequeño balbuceaba feliz, sonriendo y estirando sus manitas hacia su papá. Dragon lo miró con ternura, sintiendo un tirón en su corazón. Su hijo era un verdadero diablillo, y a pesar de su corta edad, ya mostraba un favoritismo hacia Crocodile que lo hacía reír y al mismo tiempo le causaba una punzada de celos.
Cuando Crocodile finalmente regresó a Luffy a su cuna, Dragon sintió que el momento de hablar había llegado. Se acercó a Crocodile con la mente llena de pensamientos contradictorios. Sabía que no podía seguir ignorando la realidad de su situación; el mundo no se detendría porque él quisiera disfrutar de su tiempo con Luffy.
—Hey —comenzó Dragon, su voz grave resonando en la habitación—. Necesito hablar contigo.
Crocodile se dio cuenta de que algo pesado pesaba sobre los hombros de Dragon. Su expresión cambió, ya no era solo el papá divertido que jugaba con Luffy; ahora era el líder revolucionario que debía tomar decisiones difíciles.
—¿Qué ocurre? —preguntó Crocodile, buscando en los ojos de Dragon respuestas a esa inquietud palpable.
Dragon respiró hondo, sintiendo cómo la preocupación lo invadía. No quería separarse de Luffy; cada vez que miraba a su bebé, sentía una conexión tan intensa que le costaba imaginar un mundo sin él. Pero las circunstancias bajo las cuales Luffy había sido concebido no podían ser ignoradas. Era un niño nacido en medio de una guerra, y eso traía consigo consecuencias.
—Sabes cómo está la situación —continuó Dragon—. La lucha por la libertad no se detiene, y hay decisiones difíciles por tomar. No puedo simplemente quedarme aquí mientras el mundo se desmorona.
Crocodile frunció el ceño, comprendiendo la carga emocional detrás de las palabras de Dragon.
—Entiendo lo que dices —respondió con calma—. Pero ¿qué significa eso para nosotros? ¿Para Luffy?
Dragon sintió cómo la angustia crecía dentro de él. No quería dejarlo, pero el peligro era real. Miró a Crocodile con ojos empañados por la duda y el dolor.
—Solo hay una persona en quien puedo confiar —murmuró con voz temblorosa—. Mi padre... Garp.
Crocodile asintió lentamente. Garp era un hombre de principios, alguien que sabía proteger. A pesar de sus diferencias, Dragon sabía que su padre no dudaría en cuidar de Luffy.
—Será lo mejor para él —susurró Dragon, con la voz rota—. Aunque me duela...
El silencio entre ellos fue pesado, cada uno luchando contra su propio dolor. Crocodile colocó una mano en el hombro de Dragon, brindándole apoyo.
—Lo amamos —dijo—. Y por eso debemos hacer lo correcto.
Dragon sintió que el corazón se le partía, pero sabía que Crocodile tenía razón. Dejar a Luffy con Garp sería el sacrificio más grande de sus vidas... pero quizás la única manera de garantizar su futuro.
