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Hekay tenía la mirada perdida en algún punto del exterior. El sol iluminaba con fuerza la nieve acumulada en las calles y los tejados de la ciudad, pero los días se acortaban con rapidez, impidiendo que el calor fuera suficiente para derretir toda la nieve. Las luces de colores que iluminaban la calle se reflejaban en el manto blanco, creando diversos dibujos de colores. Un domingo ideal para quedarse en casa, disfrutando del calor de la calefacción.
El eco lejano de una canción navideña lo sacó de su trance. Hekay paseó la mirada por la mesa. En un lado tenía una pila de trabajos sin corregir de sus alumnos. Su ánimo empeoró con solo verlos. Delante de él, el libro de texto abierto y una hoja para apuntar las preguntas del examen que tenía que diseñar para evaluar el aprendizaje de sus alumnos. No había preparado ni una sola pregunta. Suspiró. Enseñar en el colegio ya no era lo mismo desde que Atem había entrado en la universidad. Su mirada se desvió hacia el anillo y comenzó a jugar con él mientras una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.
Más animado, decidió cambiar de actividad y corregir los trabajos que le quedaban. Sin embargo, pronto se borró su sonrisa. Los alumnos que tenía ahora no mostraban demasiado interés por aprender. No esperaba que mostraran la pasión de su Atem o la perfección de Kaiba a la hora de analizar el libro que les había asignado, pero ¿no podían esforzarse un poco más por ser originales? ¿No había nadie que aportara alguna idea que él hubiera pasado por alto o que demostrara que aquella lectura había aportado algo nuevo a sus vidas?
Solo había corregido un par de trabajos más cuando Hekay soltó el bolígrafo y se frotó los ojos, suspirando de nuevo. ¿Qué estaba haciendo con su vida? Cuando empezó a enseñar en el colegio fue por Atem. Deseaba formar parte de su futuro. Enseñarle de nuevo había sido la manera más sutil de hacerlo y habría sido más fácil para él en caso de que Atem no hubiera querido tenerlo tan cerca como antes. Ahora la idea era tan ridícula que le hizo sonreír de nuevo. Su rey no solo lo había cogido en su nueva vida, sino también en su cama. Recordarlo hizo que su pecho se llenara de calor. Sin embargo, ¿deseaba pasar el resto de su vida enseñando a adolescentes que mostraban poco o ningún interés por aprender?
El sonido de unos pasos familiares rompió sus pensamientos. Atem entró con una caja llena de decoraciones navideñas, con un poncho azul de lana y una sonrisa amplia. La mente de Hekay retrocedió unos meses en el tiempo, cuando Atem descubrió la existencia de esas prendas y el calor que le podían proporcionar en invierno. Desde entonces había comprado varios, pero su favorito siempre era el de color azul.
—¡Mira lo que he conseguido, meruti! Unos adornos perfectos para el árbol que aún no tenemos. ¿Me ayudas a ponerlos?
El entusiasmo que mostraba le hizo sonreír.
—¿No estabas preparando tus exámenes?
Atem se encogió de hombros y dejó la caja en el suelo.
—Siempre hay tiempo para la Navidad. Además, me ayuda a descansar un poco del estudio. Por cierto, ¿qué haces aquí sentado? ¿No deberías disfrutar de tu día libre?
Hekay miró de nuevo la mesa.
—¿Día libre? Tengo demasiadas cosas que hacer —murmuró, desanimado—. Me quedan todos estos trabajos por corregir y todavía tengo que seleccionar las preguntas del examen. Además, debería empezar a preparar las clases de enero...
Atem giró su rostro, obligándolo a girarse hacia él y mirarlo. Hekay sintió su piel hormiguear bajo la suave caricia de su rey mientras este le observaba.
—No es propio de ti, meruti. ¿Qué ha pasado con ese entusiasmo que sentías cuando me dabas clase?
Hekay cogió la mano que le acariciaba y la besó.
—Desapareció cuando te fuiste a la universidad —respondió sin mirarle mientras disfrutaba del contacto—. Ahora ya no hay alumnos que realmente deseen aprender. Solo estudian lo justo para pasar al siguiente curso.
Atem retiró su mano y se sentó sobre sus piernas. Hekay lo sujetó por la cintura mientras su rey le abrazaba por el cuello. Su cercanía calmó sus inquietudes, como siempre.
—Si no fueras profesor, ¿en qué te gustaría trabajar?
Buena pregunta. No podía dejar el colegio porque necesitaban el dinero. Atem no ganaba lo suficiente para mantenerlos allí mientras buscaba otro trabajo aunque el dueño les hubiera hecho un precio especial. Tampoco le parecía bien instalarse en la casa-tienda. Yugi necesitaba tener su espacio, igual que ellos.
—Mahado...
Levantó la mirada al instante. Atem le miraba como si supiera lo que estaba pensando.
—Olvídate del tema económico y dime en qué te gustaría trabajar.
—Pero si dejo de enseñar, no podremos…
Atem le interrumpió con un beso.
—Sé que te gusta tenerlo todo planeado antes de hacer nada. Solo quiero que respondas la pregunta.
Mahado repasó sus opciones.
—Volver a hacer magia, tal vez.
Atem sonrió.
—Como mago no tendrías rival y me encantaría verte en tus espectáculos. Sería una buena opción. Habría que pensar en los detalles, claro, pero eso se podría solucionar.
—¿Pero nos daría suficientes ingresos para vivir aquí? —preguntó poco convencido.
Atem lo miró pensativo.
—Si quieres buenos ingresos, tendrías que montar un buen espectáculo. Haré lo que pueda para ayudarte, meruti, pero en el remoto caso de que no llegara a funcionar, ¿hay algo más que te gustaría intentar?
—Guardaespaldas, tal vez...
A pesar de lo que acababa de decir, Hekay negó. Solo la idea de proteger a alguien con su vida que no fuera su rey, le retorcía el estómago. Atem levantó una ceja, curioso por el repentino cambio.
—Yo solo daría mi vida por ti, nesui. Por nadie más.
—Te lo prohíbo.
Hekay lo observó sorprendido durante unos instantes. Atem lo miraba con dureza y su expresión había cambiado por completo. Incluso su cuerpo estaba rígido. Hekay recordó entonces el dolor de su rey cuando vio al Mago Oscuro por primera vez y se reprochó sus palabras imprudentes.
—Lo siento, nesui. No quería decir que…
—Está bien —interrumpió Atem, levantándose de su regazo—. Eso nos deja con la idea de volver a ser mago. Déjame pensar en ello y buscaremos la manera de conseguirlo.
Hekay no apartó la mirada de su rey. Su expresión se había suavizado pero sus movimientos parecían rígidos. Atem se agachó para recoger la caja pero Hekay se le adelantó.
—Espera, te ayudaré a poner todo esto.
Atem asintió y se apartó, permitiendo que Hekay recogiera la caja de adornos.
—¿Has pensado ya cómo los vamos a colocar?
La pregunta tuvo su recompensa cuando Atem se volvió hacia él con ojos brillantes. Hekay sonrió mientras escuchaba la explicación entusiasta de su rey. Todavía estaban a principios de diciembre, pero parecía que Atem se había contagiado del amor de Yugi por esta tradición. En cambio, para Hekay solo se trataba de pasar más tiempo juntos. La decoración y los regalos eran secundarios.
Para él, la felicidad que irradiaba Atem era como la luz del sol para las plantas. Nada más importaba.
