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Te amo hasta los huesos

Summary:

Se aferró a su nombre y lo repitió como un mantra en su cabeza: Miles. Miles, Miles, Miles. Miguel, a quien rara vez la gente se le acercaba; a quien solían decirle que tenía una figura intimidante y una expresión agresiva, a quien Miles ya estaba guiando como un perro dócil tirando de su correa.


Cansado y sin nada más que esperar de la vida, Miguel decide pasar una noche bebiendo hasta desmayarse. Debido a la mala reputación del bar, no es nada nuevo que incluso menores de edad puedan colarse libremente con ganas de beber alcohol y pasar el rato, pero Miguel aun así se toma más minutos de los que debería en observar a un adolescente de tez oscura, con un rostro adorable, ojos enormes y brillantes. No hay nada extraño en ello, se dice a sí mismo, no tiene nada que ver en absoluto con las ideas intrusivas y oscuras que pasan demasiado tiempo en su cabeza. Es normal.

Notes:

El grupo Miguel x Miles en Facebook me convenció de subir esto con mi usuario y no en anónimo. La verdad, y considerando los tropes oscuros que saben me encanta abordar, este definitivamente se lleva el premio al más turbio, FDSJHK. Ojalá les guste (o no). 🫶

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En el momento en que Miguel lo vio, se enamoró de él al instante.

Todo empezó en un bar. Miguel estaba pasando por demasiadas cosas últimamente; su hermano lo odiaba, se divorció, perdió la custodia de su hija, apenas podía soportarlo. Y se sentía tan solo. Estaba sentado a la vista de la puerta, bebiendo un vaso de whisky, observando cómo la gente entraba y salía, y entonces allí estaba él.

Lo vio dirigirse directamente a la barra, el joven pidió dos tragos y se los bebió uno tras otro en un tiempo récord. Miguel se tomó el tiempo para disfrutar de la vista, observándolo desde su rincón en el lugar.

El joven, el niño (no había forma de que tuviera más de dieciocho años) era bonito, de piel oscura, con una figura magra pero delgada y ágil debajo de la camisa que se le pegaba al cuerpo, con un rostro angelical.

Miguel quería hacerlo llorar.

Se quedó de pie frente a la barra, aparentemente sin darse cuenta de la mirada indiscreta de Miguel, pero parecía ser alguien que estaba acostumbrado a que lo miraran. Tal vez incluso lo deseara, por la forma en que hacía alarde de su cuerpo, con los codos apoyados sobre la barra, alzando ligeramente su trasero. Claramente buscaba una conexión.

La gente iba y venía, el bar estaba lleno, pero todos estaban en el fondo de la mente de Miguel. Se movían en primer plano, una secuencia en cámara lenta se reproducía frente a él. El único cuerpo distinguible era el que estaba en la barra. Cuando el chico fue a usar el baño, Miguel se enderezó, bebió el resto de su bebida y se levantó cuando lo vio salir un minuto después. Miguel calculó el tiempo para que se cruzaran, y chocó deliberadamente contra él.

—¡Mierda! Lo siento. Creo que he bebido demasiado —puso ambas manos sobre los hombros del chico como para estabilizarse y este se tambaleó sobre sus pies. Encontrándose siendo cegado después por la brillante sonrisa que le regaló, acompañada de los ojos color miel más vivos que jamás había visto. Miguel apretó su agarre ligeramente, necesitaba estabilidad.

—Está bien, amigo —dijo el chico, e hizo un gesto para restarle importancia al accidente. Pero el interés era claro como el día debajo de la tenue luz del bar. Mierda. Miguel estaba perdido.

Miles.

Se presentó así, sin más. Miguel se aferró a su nombre y lo repitió como un mantra en su cabeza: Miles. Miles, Miles, Miles. Miguel se presentó a su vez, antes de que lo sujetaran del brazo y ser prácticamente arrastrado hacia la barra.

Zorra descarada.

Miguel, a quien rara vez la gente se le acercaba; a quien solían decirle que tenía una figura intimidante y una expresión agresiva, a quien Miles ya estaba guiando como un perro dócil tirando de su correa.

Le preguntó si quería una bebida, y ¿quién era Miguel para rechazar semejante oferta? Bebieron unas cuantas copas y no hablaron de nada en particular. Ambos sabían dónde terminarían al final de la noche. De vez en cuando Miles lo miraba, su cuello, su pecho, sus manos, y se lamía los labios. Miguel no quería nada más que tomarlo allí mismo, encima de la barra para que todos lo vieran. Quería mostrarles a todos que Miles ya era suyo. Como un animal hambriento con una presa a sus pies.

Miles tomó la mano de Miguel y la colocó sobre su cintura mientras ambos caminaban hacia el apartamento de Miles. Deslizó sus dedos por debajo de su cintura, sintiendo la piel suave y el escalofrío de Miles como respuesta. Miguel sonrió mientras permitía que lo arrastraran una vez más. El señuelo tiraba con fuerza, y no iba a soltarlo.

A los pocos minutos de empezar a caminar, Miguel apartó la mano de la cintura de Miles y la metió en un bolsillo trasero, apretando su trasero a través de la tela de sus pantalones. No podían dejar de tocarse, lo que dificultaba su caminata y la hacía más larga de lo que debería haber sido. Se besaron frente a la puerta de Miles cuando finalmente llegaron al edificio, mientras Miguel dejaba que una de sus manos se deslizara entre las piernas de Miles. Solo se detuvieron brevemente cuando una vecina les gritaba indecencias al verlos antes de entrar por la puerta.

Miles lo pidió duro y Miguel estaba allí para complacerlo. Las uñas de Miles rasgaron la piel de la espalda de Miguel mientras lo embestían, Miguel adquirió un ritmo implacable. Los gemidos de Miles combinaban con cada empuje inquebrantable, era como música para sus oídos.

Y aun así, Miles, ávido de ello, gemía por más—: ¡Más rápido, más fuerte, Miguel, por favor!

Su dulce coño estaba volviendo loco a Miguel, la presión alrededor de su polla era un vicio, tan mojado y caliente. Miguel no pudo evitar aferrarse a su cuello expuesto. Lo lamió y lo mordisqueó, arrastrándose sobre él para morderle el hombro. Miguel nunca quería soltarlo. Deseaba que la forma de sus caninos en su piel dejara cicatrices. Necesitaba que Miles lo recordara para siempre.

Ya bien entrada la noche, cuando terminaron, Miguel nunca había deseado tanto ser un artista, y se había visto obligado a capturar a Miles después de lo ocurrido en una fotografía. En ella, la luz que entraba por la ventana capturaba su cuerpo en la oscuridad de la habitación. Casi pertenecía a un museo: su coño goteando con el semen de Miguel, Miles luciendo tan satisfecho.

Miles lo guio a la ducha con piernas temblorosas y se limpiaron juntos. Los suaves toques contrastaban con el sexo duro anterior. Miguel saboreó el toque de esos dedos, ligeros como una pluma, que bailaban sobre su piel, grabándolo en su memoria. A cambio, acarició a Miles suavemente, trazando los hermosos oscuros moretones que Miguel había dejado en su piel. Eran su regalo a cambio de haberle permitido poseerlo, por la sonrisa que le había devuelto en el bar.

Acostado entre sábanas limpias, Miguel abrazó a Miles contra su pecho; su corazón se apretó cuando se acurrucó contra él y suspiró serenamente.

Hacía tiempo que no dormía tan bien.

La mañana pasó demasiado rápido. Miles, que se había despertado antes que él, se escabulló de los brazos de Miguel sin que se diera cuenta. Dejó que Miguel durmiera hasta casi medio día. Ya estaba vestido, de pie en medio de la cocina, con un plato de cereal frente a su cara cuando Miguel salió del dormitorio.

—Lo siento —dijo sonando decepcionado, con el bocado a medio masticar—. Me llamaron para que llegara antes al trabajo.

Miguel se vistió y salió por la puerta momentos después. No pudo evitar sentirse un poco abatido por haber sido prácticamente empujado hacia la puerta. Pero lo compensó el rápido beso que Miles dejó en sus labios.

—¡La pasé muy bien anoche! ¡Fue un placer conocerte! —justo cuando cerró la puerta detrás de él.

Ni siquiera tengo su número.

Pero estaba bien. Miguel era paciente y ya sabía dónde vivía Miles.

Entonces, sin actuar en absoluto espeluznante, Miguel lo observó, memorizó sus horarios y esperó el momento oportuno. No tardó mucho en darse cuenta de que Miles tenía los miércoles libres y que todos los demás días solía visitar una pintoresca y pequeña panadería de camino.

Un miércoles por la tarde, Miguel provocó que chocaran nuevamente.

Miles se tambaleó y casi se cae. Parecía que iba a decir algo, pero cuando se dio cuenta de que era Miguel, cerró la boca de golpe. Sonrojado y confundido, dio un paso hacia atrás para no estar prácticamente en el espacio personal de Miguel.

—No esperaba encontrarte aquí —dijo, sonriendo, con la cabeza adorablemente inclinada hacia un lado, con un croissant en una de sus manos—. ¿Tienes la costumbre de atropellar a la gente?

Miguel se burló.

—No te atropellé —pero explicó—. Mi hermano vive por aquí y me habló de este lugar. Pensé en darle un vistazo, no tengo mucho más que hacer hoy —se encogió de hombros esperando que Miles mordiera el anzuelo. Miles, mordisqueando su croissant, tarareó de acuerdo.

—Bueno, si no estás haciendo nada —le dedicó otra de esas sonrisas cegadoras que Miguel ansiaba cada vez más con cada día que pasaba—. ¿Quieres follar? —le guiñó un ojo.

Miles le dio su número a Miguel esa noche, y ese fue todo el permiso que Miguel necesitaba.

Salían mucho juntos y follaban aún más.

Miguel se abrió camino en la vida de Miles, encajando en cada rincón de la misma. Se aseguró de estar presente en cada momento. Pasaba más tiempo en su apartamento que en su propia casa: “vives cerca de donde trabajo“, le dijo. Miles rodó los ojos con cariño ante la excusa, pero lo dejó quedarse.

Dos meses y medio después, Miguel llevó a Miles al bar de mala muerte donde se conocieron. Lo llamó una pequeña cita y esa noche le preguntó a Miles si quería salir con él (odiaba la idea de que Miles estuviera con otras personas, que perteneciera a otra persona). A Miles no le molestaba, de hecho estaba muy entusiasmado ante la idea y dijo que estaba pensando en preguntarle a Miguel lo mismo.

Después de eso, Miguel lo llevó a su casa en las afueras de la ciudad, un área donde la casa más cercana estaba quizás a un kilómetro de distancia o algo así.

—Tienes Internet aquí, ¿verdad? —fue lo primero que preguntó Miles cuando le mostró el lugar. Miguel rodó los ojos.

—Por supuesto que tengo Internet.

Desde entonces, se convirtió en una costumbre. Miguel pasaba la semana en el apartamento de Miles y el fin de semana la pasaban juntos en su propia casa. Miles dijo que disfrutaba mucho de sus fines de semana allí: “es tranquilo y acogedor, casi puedo oírme pensar”. Miguel estaba más que emocionado.

Quería que se quedara allí para siempre.


—Vamos, amorcito, lo estás haciendo muy bien. Sigue así, sí —Miguel frota suavemente su costado de arriba a abajo con una mano, mientras que con la otra sujeta con fuerza el muslo apoyado sobre su hombro, tratando de evitar que Miles se mueva más hacia arriba en la cama, pero sin dejar de dar embestidas profundas y constantes.

Miguel sabía que Miles estaba cerca de correrse, previo al orgasmo sus gemidos se volvían más débiles mientras cerraba los ojos con fuerza, perdido en la sensación. Su cabeza se inclinó hacia un lado, enterrando su rostro en las sábanas. Estaba a punto de llorar. Miguel ansiaba cayeran por sus mejillas, saborearlas.

—Mírame, quiero ver tu linda cara cuando vengas.

Sus brillantes ojos de ciervo intentaron abrirse. Su rostro se giró levemente y entrecerró los ojos para mirar a Miguel por un instante, pero rápidamente volvió a gemir entre las sábanas. No quería eso. Miguel ralentiza sus embestidas, volviéndose casi superficiales. No es suficiente para Miles cuando está tan cerca de correrse.

El rostro de Miles se gira bruscamente hacia Miguel, con los ojos llenos de lágrimas, que finalmente caen sobre sus mejillas oscurecidas por su sonrojo. Miguel se acerca, las limpia con el pulgar y se lo lleva a boca, saboreándolas. Gime alrededor de su dedo y detiene sus embestidas.

—No, no. Lo siento, Miguel, por favor —Miles se estremece, su coño resbaladizo aferrándose desesperadamente la punta de la polla de Miguel. Y luego, descaradamente, intenta alcanzar y frotar su clítoris, Miguel agarra su muñeca, chasqueando la lengua, justo cuando sus dedos necesitados lo rozan. Miles solloza mientras las lágrimas continúan cayendo. Miguel alcanza la otra muñeca de Miles, inmovilizando ambos brazos sobre su cabeza.

—No te muevas —Miles hace pucheros pero obedece, siempre lo hace.

Miguel lo embiste superficialmente una vez más, antes de retirarse por completo. Miles gime al sentir que su agujero se contrae, anhelando llenarse de nuevo. Las manos ásperas de Miguel se mueven suavemente para secar las lágrimas de su rostro, sosteniendo sus mejillas entre sus manos.

—Sabes lo que pasa cuando no me escuchas.

Miles se retuerce de emoción debajo suyo, y sonríe. Miguel no puede evitar reír y sacude la cabeza. Miguel se levanta de la cama, pero no se aleja demasiado. La cuerda que ambos han estado usando cada vez más últimamente no está muy lejos de su alcance. Era pequeña, solo para sus brazos. Ambos acordaron que era lo mejor por ahora y que irían aumentando su uso con el tiempo.

Miguel se detiene al final de la cama y se toma un momento para mirar su obra de arte. Miles es un hermoso desastre, reluciente de sudor y lágrimas, con su agujero húmedo y goteando. Su hermoso niño está justo donde pertenece.

Miles, como el buen chico que es, abre bien las piernas y deja que Miguel vea por completo sus pliegues relucientes y su clítoris hinchado. Es sublime, con las manos en alto sobre su cabeza, el pecho subiendo y bajando debido a su rápida respiración. Miguel le sonríe, acariciando su propia polla mientras regresa a la cama, sin perder más tiempo en atar las muñecas de Miles a los barrotes de la cabecera. Después de asegurar el nudo, le preguntó a Miles si estaba bien, quien con una sonrisa tonta en el rostro, asintió.

Buen chico —Miguel se inclina, mordisquea sus labios y baja hasta sus pequeños pechos, dejando marcas por todo el camino. Finalmente, Miguel se aparta con una última lamida y continúa mapeando el cuerpo de Miles con lengua y dientes.

Cuando finalmente está entre las piernas de Miles, sus delgadas rodillas se levantan instintivamente, rodeando la cabeza de Miguel y gime cuando hunde su rostro en su empapado calor, lamiendo su clítoris, finalmente dándole la atención que necesitaba.

Miles maldice cuando Miguel se detiene después de un minuto o dos, animándolo a continuar.

—¿Qué necesitas? —Miguel se sienta de rodillas entre sus muslos, con la mano apoyada en su propia polla, ignorando a Miles. Se acaricia lentamente, esperando a que deje de hablar tonterías y empiece a suplicar.

—M-Miguel, quiero… quiero tu polla dentro de mí —y, como si lo recordara después, agrega—: Por favor.

—Ya que dijiste por favor, tal vez lo considere. Pero tienes que demostrarme que lo deseas.

—¡La quiero, de verdad! —abre más las piernas sobre las caderas de Miguel tratando de acercarlo más. Pero Miguel es como un muro de ladrillos en el mejor de los casos, y no se mueve ni un centímetro—. ¡Por favor, por favor! Te miraré mientras te corres dentro de mí —Miles intenta frotarse contra su dura polla, pero apenas lo roza—. ¿Eso es lo que quieres, Miguel? ¿Quieres que te mire?

Sí. Sí, sí. Eso es lo que quiere Miguel. Quiere que Miles lo mire solo a él, en todo momento, en cada instante durante cada día.

—Miles, te deseo en mi cama todo el tiempo, quiero tenerte aquí para siempre. Te quiero atado hasta el cuello para que no te puedas mover. Quiero follarte hasta que te desmayes, y poder mirarte todo el día mientras tú me miras a mí.

Miguel se pone de rodillas entre sus piernas y frota su polla contra el coño húmedo de Miles.

—Eres tan hermoso, perteneces a un museo, eres arte puro —Miles lo mira con los ojos muy abiertos, las pupilas dilatadas y la boca abierta. Asiente con cada palabra de Miguel. Levanta la cabeza tanto como puede y Miguel se sumerge para recibirlo. Apenas podría llamarse un beso, es más dientes y mordidas mientras jadean en la boca del otro.

Ambos gimen al unísono cuando Miguel vuelve a deslizarse dentro de Miles. Una de las grandes manos de Miguel se posa sobre sus muñecas atadas, la otra lo sujeta con fuerza por la cintura. Miguel lame el cuello de Miles por un costado y succiona la suave piel, deteniéndose solo cuando sabe que habrá un moretón por la mañana, antes de morder con fuerza.

Miles eyacula alrededor de su polla con un grito, levantando las piernas temblorosas para rodear la cintura de Miguel. Pero Miguel presiona hacia abajo sobre la cama con ambas manos sujetando con demasiada fuerza los muslos de Miles. Le abre las piernas tanto como puede, tensándose mientras sufre espasmos alrededor de su polla, su coño abrazándolo con fuerza.

Miguel lame y saborea la sangre que gotea desde la marca de mordedura en su cuello hasta la clavícula. Sus embestidas se aceleran, descuidada y fuertemente, tratando de alcanzar su propio clímax. Miles se mantuvo tan quieto como pudo, retorciéndose ligeramente por la sobreestimulación en su coño, pero sus ojos nunca dejaron de mirar a Miguel. Dándole una última lamida a su cuello, apoyó su frente contra la de Miles, mirándolo fijamente.

Por favor, por favor, ven dentro de mí, Miguel sus piernas intentaron acercarlo más, aún si ya era prácticamente imposible.

Miguel llega al orgasmo un segundo después.

Se queda quieto por unos segundos mientras recupera el aliento, ambos respirando con dificultad, el pecho de Miles se contrae hermosamente debajo suyo. Miguel se mueve un poco, presionando su polla ahora suave dentro de Miles, deseando sentir su semen y la humedad de Miles a su alrededor. Finalmente, aleja un poco para admirar la combinación de ambos filtrarse alrededor de su polla. Miles gime y Miguel se retira reaciamente. Dios, cómo deseaba vivir dentro de Miles. Acurrucarse en su interior y nunca más salir.

Miguel pensó en dejar a Miles envuelto en el desorden de fluidos, pero se abstuvo. Miguel lo limpió, para después desatar sus muñecas de la cabecera, frotándolas delicadamente para relajarlo. Cuando Miguel se desliza en la cama a su lado, Miles suspira, ya medio dormido, empujándose contra el pecho de Miguel y envolviendo sus brazos alrededor de su cuerpo. Miguel los cubre con una manta y observa cómo Miles se queda completamente dormido, roncando suavemente en su cuello.

Más o menos una hora después, Miguel seguía despierto.

Estaba cansado y agotado, pero su mente no daba descanso. No podía dejar de pensar en lo que le había dicho a Miles en el calor del momento. Había estado pensando en eso desde el momento en que lo vio en ese bar meses atrás, hace casi un año. Cada vez que cerraba los ojos, solo veía a Miles. Miles atado a su cama, con los brazos en alto y las piernas abiertas, listo para usarlo.

Había sido tan paciente, dejando que Miles se acostumbrara a él. Y Miguel no quería nada más que mantenerlo a su lado para siempre. Quería atarle las piernas para que no pudiera moverlas. Ponerle un collar y correa para evitar que se fuera. Para que Miguel pudiera follarlo cuando quisiera. Mostrarle que no necesitaba a nadie más cuando tenía a Miguel para cuidar de él.

Miles suspiró en sueños y se acercó más a Miguel, frotando su pelvis ligeramente contra su polla. Al mirar hacia abajo, Miguel se dio cuenta de que estaba duro como una roca, de nuevo.

Se movió lentamente. La mano que rodeaba la cintura de Miles se acercó lentamente a su dolorida polla. Se tomó por la base y contuvo un gemido. Miguel fue cuidadoso, Miles odiaba que lo despertaran en mitad de la noche, se ponía de mal humor por la mañana y le enviaba miradas de enojo a Miguel.

Así que Miguel fue lento y cuidadoso mientras se posicionaba en la entrada de Miles. Todavía estaba resbaladizo y dócil, deslizándose hacia adentro a un ritmo dolorosamente lento, deteniéndose cuando se movía demasiado rápido y continuando cuando se calmaba. Observó su rostro de cerca en busca de cualquier signo de que se estuviera despertando. Cuando Miguel tocó fondo, se mordió los labios con fuerza, conteniendo un gemido. Se contuvo de moverse más, esperando a que su corazón dejara de latir salvajemente. Cuando Miguel se calmó lo suficiente, movió su brazo sobre Miles, permaneciendo dentro de él por la noche y saboreando su calor.

Besando la frente de su amante, se quedó dormido.

Después de esa noche, cada vez que tenían sexo, Miguel les sugería que hicieran algo más excitante para darle un poco de vida al acto sexual. Miles se tomaba su tiempo para pensarlo y Miguel lo dejaba, esperando el tiempo que fuera necesario. Pero al final, siempre cedía, igual de ansioso por probar algo nuevo.

Una noche, en brazos de Miguel, con los dedos trazando patrones en su piel, le confesó que siempre había querido ser más aventurero en lo que se refiere al sexo, pero que no sabía cómo pedírselo a sus parejas anteriores. Miguel frunció el ceño ante eso, parejas anteriores, algo dentro de Miguel se estremeció con feroz agitación.

Miles aún era un adolescente y la idea alguien más estuviera alguna vez con Miles, que alguna vez hubiera estado tan profundo en sus entrañas como lo había estado Miguel. Lo enfureció. Miguel presionó sus labios con fuerza contra los de Miles. Reprimió esa sensación por un momento, bloqueándola y concentrándose en el chico debajo suyo. De todos modos, ya no importaba ahora que Miles era suyo.

Poco a poco pasaron de simplemente atar las muñecas de Miles a la cabecera a atarle también las piernas.

Algún tiempo después, Miguel empezó a dejarlo atado a la cama mientras él realizaba otras actividades. Se sentaba en el sillón de la esquina y leía un libro, de vez en cuando mirando sobre las páginas para contemplar el cuerpo agitado de Miles. Al principio hacían esto durante cinco minutos, luego diez, luego treinta minutos. Finalmente, Miguel comenzó a salir de la habitación por completo y hacer las tareas de la casa, cocinar o limpiar, luego entraba en la habitación y se quedaba mirando a Miles, que le rogaba, ansioso, necesitado y sucio. Miguel se quedaba allí de pie, al borde de la impasibilidad, y eso volvía loco a Miles.

Cuando Miguel desataba a Miles, lo limpiaba, le masajeaba los músculos adoloridos ​​y lo abrazaba mientras se quedaba dormido. A veces, Miles necesitaba más y Miguel con gusto le metía los dedos y devoraba su coño hasta que se corría por enésima vez ese día.

Finalmente, Miles pudo estar atado durante una hora. A Miguel le dio un poco de vértigo que Miles no pudiera irse, que dependiera de Miguel, que confiara tanto en él, que hiciera esto con él.

Miguel estaba en la cocina preparando la cena para la noche cuando sonó el temporizador de su teléfono y comenzó a vibrar en silencio. Guardó los platos y se lavó las manos, tomándose su tiempo. Se aseguró de mantener la calma mientras entraba en la habitación y se encontraba con un Miles sudoroso y retorciéndose en las sábanas. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Sus hermosos ojos miel se abrieron de golpe cuando escuchó el sonido de los pasos de Miguel.

—¡Miguel! ¡Miguel, por favor!

Miguel se acercó a la cama y pasó sus dedos por su cabello húmedo de sudor.

—Sí, amorcito, ¿qué pasa? —dijo con ligereza.

Miles se sonrojó y emitió un gemido bajo y prolongado desde su garganta. Incapaz de moverse más de un centímetro, se estremeció.

Tengo que orinar —murmuró, como si se avergonzara de una función corporal normal. Miguel continuó pasando los dedos por su cabello, desenredando algunos nudos con cada pasada.

—Entonces hazlo —respondió Miguel simplemente.

—¿Qué? —balbuceó Miles, con sus ojos muy abiertos mirándolo con un dejo de aprensión. Lentamente sacudió la cabeza—. ¿Qué? ¡Por favor, no, Miguel! ¡No puedo! —tiró de la cuerda que le sujetaba las muñecas y la cabecera se sacudió violentamente. Miguel chasqueó la lengua.

—Sí, puedes —sujetó la muñeca de Miles y con el pulgar frotó suavemente la piel—. Está bien, no me importa.

—¡No! No, no puedo —jadeó y su voz se rompió. Miguel apartó la mirada de sus muñecas para ver que Miles había empezado a llorar. La polla de Miguel se tensó en sus pantalones—. ¡No puedo, Miguel, nonono, la cama! ¡Realmente necesito orinar, la arruinaré!

Resoplando, Miguel soltó sus muñecas, giró sobre sus talones y salió de la habitación. Miles sollozó y el sonido resonó en el pasillo.

Pero en realidad sólo iba al armario que estaba a unos pasos de la puerta del dormitorio. Miguel agarró una pila de toallas y regresó a la habitación en cuestión de segundos. Miles estaba casi sollozando, su cuerpo temblaba. Miguel colocó varias toallas debajo y alrededor de él y se subió a la cama para arrodillarse entre las piernas abiertas de Miles.

—No puedo, Miguel, no puedo —dijo arrastrando las palabras. En ese momento no estaba seguro de si se refería a que no podía orinar en la cama o a que ya no podía contenerlo.

—Tranquilo, amorcito —murmuró, rozando con la mano sus pliegues y acariciando su agujero resbaladizo para luego subir a su clítoris—. Está bien, déjalo ir.

Gimió tan exquisitamente, fuerte y entrecortado entre sollozos.

Miles prácticamente convulsionó con su orgasmo, orinando una fuerte ráfaga sobre la mano de Miguel. Un poco salpicó sus rodillas, pero a él no le importó en absoluto, lo acarició amorosamente hasta que terminó, dejando que sus dedos se hundieran en la entrada de su coño empapado, empujando hasta que convulsionó de nuevo y se corrió sobre sus dedos otra vez.

Cuando Miguel miró a Miles a la cara, el chico parecía por completo destrozado, con la cabeza inclinada hacia atrás y casi babeando.

—Buen chico, Miles —ronroneó Miguel, dándole palmaditas en el costado. Su cuerpo se contrajo cuando volvió a mirarlo, con ojos nublados y felices.

Miguel se inclinó sobre su cuerpo y lamió su boca dejando que sus lenguas se rozaran perezosamente. Miles no hacía mucho más que dejar que Miguel lo devorara por completo.

—Lo hiciste muy bien, Miles, muy bien. Te amo tanto.

Miles asintió y le dedicó otra de esas sonrisas cegadoras. El corazón de Miguel se apretó en su pecho.


Ahora Miguel y Miles prácticamente vivían juntos. El tiempo que pasaban separados era generalmente porque ambos estaban en el trabajo, pero fuera de eso, estaban completamente pendientes el uno del otro.

En realidad no tienen mucho sexo durante el tiempo que pasan en el apartamento de Miles y, si lo hacen, no es nada parecido a lo que hacen cuando están en casa de Miguel.

La mayoría de las veces son muy... domésticos, diría Miguel, está seguro de que Miles estaría de acuerdo. Salen después del trabajo a hacer las compras, a veces piden comida para llevar cuando no tienen ganas de cocinar. Miran muchas películas en el sofá ridículamente cómodo de Miles y se acurrucan el uno contra el otro antes de ir a dormir. Miguel preferiría que Miles se quedara en su casa, Miguel incluso lo mencionó vacilante una vez cuando Miles estaba medio dormido en sus brazos. Miles lo recordó al día siguiente en el desayuno.

—¡Vives muy lejos! —en realidad no, Miles estaba siendo demasiado dramático—. No tengo idea de cómo te las arreglas para quedarte aquí —Miguel se encogió de hombros, pero Miles dijo que lo consideraría si logra conseguir un trabajo desde casa.

Estaban en el sofá viendo una película. Miles estaba tumbado sobre él y Miguel estaba sentado en la esquina. Miguel no podía concentrarse en el final de la película. El teléfono de Miles había estado sonando varias veces seguidas mientras escribía rápidamente con una sonrisa. Miguel quería arrancarle el teléfono de las manos y preguntar a quién le estaba enviando mensajes y por qué, pero se contuvo. Su humor empeoraba cada vez más cuanto más tiempo pasaba Miles con el teléfono.

Finalmente, Miles inclina la cabeza hacia atrás para mirarlo y dice—: ¡Voy a pasar el fin de semana con mis amigos! Por supuesto que estás invitado, realmente quieren saber con quién paso tanto tiempo...

Miguel dejó de escuchar; de repente, su mundo se tornó borroso.

No se da cuenta de que está distraído hasta que Miles gira suavemente su rostro hacia él.

—¿Estás bien? —preguntó, con preocupación en todo su suave rostro.

Miguel parpadea. Aparta la cabeza de ese tierno agarre y Miles retira las manos mientras Miguel mira sus dedos; están sucios con manchas de colores grises, azules y violetas. Porque a Miles le gusta pintar. Miguel sintió una pesada opresión en su pecho, a menudo, y más de lo que le gustaría admitir, soñaba con apartar esas manos, esos brazos, de su cuerpo. Sueña con eso casi todas las noches, Miles tumbado en la cama, sin brazos ni piernas. Nada que pudiera usar para escapar de él. Miguel sacude la cabeza con fuerza. Es solo un sueño.

Una fantasía poco práctica.

—Todo bien, solo me duele la cabeza —Miguel se levanta—. Tengo que ir al baño —y se aleja. Al entrar, enciende la luz y se estremece. Había cambiado las bombillas recientemente después de que Miles se quejara de que las anteriores eran demasiado tenues. Ahora, el blanco fluorescente de ellas era cegador.

Realmente le duele la cabeza. El dolor detrás de sus ojos se manifiesta de repente.

Miguel mira el espejo y observa sus cepillos de dientes, uno rojo y otro azul, colocados en una vieja taza de café desportillada. Miguel gira el cepillo azul para que las cerdas toquen el rojo.

Le tiemblan las manos. Se pregunta cuándo empezó a hacer eso.

Al principio, cuando empezaron a salir, Miles pasaba el rato con sus amigos con frecuencia, siempre invitaba a Miguel a pasar el rato con ellos y él siempre decía que no. Y eso estaba bien. De verdad. Por supuesto, Miguel lo odiaba, pero Miles aún no era suyo, al menos no por completo. En ese momento, Miguel aún no le había pedido que su relación fuera oficial porque no quería asustar a Miles.

A medida que pasaban los meses y se iban acercando más, Miles hablaba cada vez menos de sus amigos o de cualquier otra persona. Su fin de semana se convirtió en algo exclusivo de Miguel. Cuando Miguel empezó pasar tiempo en el apartamento de Miles, este dejó de hablar por completo de otras personas.

Entonces, ¿por qué ahora?

Miguel se aferró al borde del lavabo y trató de calmar la ira que lo quemaba por dentro.

¿Por qué Miles necesitaba a sus amigos cuando tenía a Miguel? No lo entendía, ¿no le bastaba con él? ¿No le había demostrado cuánto lo amaba? ¿Qué más podría querer?

Sacudió la cabeza como un perro enojado, pero no logró acallar esos pensamientos. Se echó agua fría en la cara y se la imaginó quemándole. Cuando finalmente se miró en el espejo, sus ojos estaban oscuros, las gotas que le corrían por la cara caían en la cerámica del lavabo.

Se tomó un momento para simplemente respirar.

Pasó un rato con él de pie en el baño, simplemente respirando y tratando de calmarse, después de que sintió que no destruiría el edificio a su alrededor, se enderezó, cambió su expresión a algo presentable, apagó la luz y salió del baño.

Miles lo estaba esperando en la cocina demasiado pequeña que tenía su apartamento. Cuando se acercó a Miguel, le tendió un vaso de agua y unas pastillas para el dolor de cabeza.

Miguel le agradeció, tomando las pastillas y el vaso de agua de un solo trago. Dejó el vaso en la encimera detrás de él y se volvió hacia Miles, lo abrazó con fuerza y ​​se inclinó hacia él para hundir su rostro entre la unión del cuello y su hombro. Inhalando su familiar y reconfortante aroma. Miles tarareó con simpatía.

—¿Vamos a la cama?

Miguel asintió, con el rostro aún oculto en el cuello de Miles.


El mediodía del sábado, mientras Miles pasaba el fin de semana con sus amigos haciendo quién sabe qué cosas (no preguntó, no podía hacerlo), la mente de Miguel y él mismo no dejaban de dar vueltas. Estaba hecho un desastre. Sus pensamientos eran un caos. No podía evitar pensar en qué pasaría si Miles se diera cuenta de que estaba mejor sin él. ¿Y si nunca volvía con él, hacía las maletas y se marchaba sin dejar rastro?

Mierda. ¡Mierda, mierda, mierda! No, ¡no podía permitirlo!

Miguel dejó de caminar y se detuvo en medio del pasillo, a medio camino del dormitorio. Gimió, frotándose la cara con ambas manos, presionando sus ojos con fuerza contra sus palmas, creando una explosión y remolinos de colores en la oscuridad, luego haciendo su cabello hacia atrás con sus manos.

El domingo, Miguel sintió que sus frágiles cimientos se derrumbaban.

Miguel se presentó en el apartamento de Miles esa noche a las dos de la madrugada. Abrió la puerta con la llave de repuesto que le había dado unas semanas después de pasar más tiempo en el apartamento de Miles que en su casa, ya que normalmente era el primero en irse a trabajar. Dejó sus botas en la puerta y avanzó sigilosamente por el pasillo, con el corazón palpitando en su pecho con fuerza.

El alivio que sintió al ver un bulto familiar cubierto por una manta que subía y bajaba lentamente, era casi eufórico.

Se quitó la ropa, la arrojó al suelo y se quedó solo con sus bóxer. Se metió bajo las mantas y se acurrucó detrás de Miles, inhaló y se relajó al instante. Envolvió al chico dormido con sus brazos y no pudo evitar apretarlo amorosamente contra su cuerpo. El temblor en sus manos persistía mientras sostenía a Miles, saboreando el momento.

Miles se estremeció y un momento después, escuchó un quejido. A Miguel realmente no le importaba haberlo despertado, no le importaba que estuviera de mal humor. Al menos estaba allí. Dándose vuelta en sus brazos, Miles entrecerró los ojos en la oscuridad y frunció el ceño. Su mirada era casi idéntica a la de un gatito enojado. Miguel sonrió y se inclinó para besarlo entre las cejas. La expresión de Miles se transformó en confusión.

—¿Qué pasa? —murmuró.

—Nada, vuelve a dormir —Miguel levantó la manta y se acomodó a su lado. Miles arrugó la nariz, pero por lo demás obedeció, demasiado cansado como para cuestionarlo. Resoplando, se acurrucó en el calor de Miguel y se quedó dormido poco después.

Temprano por la mañana, Miguel se despertó y vio a Miles trazando patrones sin sentido en su pecho. El sol que se filtraba a través de las persianas cerradas le daba justo en los ojos. Miguel tomó su mano curiosa y la levantó para poder rozar sus labios con sus nudillos. No dijeron nada, solo disfrutaron de la presencia del otro.


Miguel tuvo ese sueño, otra vez.

Rozó sin pensar sus pies contra los de Miles, como para comprobar si seguían allí. Miles le preguntó por qué había ido a verlo anoche y Miguel se encogió de hombros, miró su desayuno y dijo que lo extrañaba. Miles se rio entre dientes y lo abrazó fuerte.

—Yo también te extrañé, Miggy —besó a Miguel y le dijo que dormir sin él le resultó extraño, que estaba contento de que Miguel hubiera venido.

El resto de la semana transcurrió tan tranquilamente como siempre, más una sensación extraña y persistente debajo de la piel de Miguel, junto con pesadillas incesantes en las que Miles huía de él. A veces se despertaba en silencio, a veces ahogando un grito, pero todos esos sueños terminaban de la misma manera.

Miguel se ponía nervioso cuando estaba lejos de Miles, revisando constantemente su teléfono y abriendo la aplicación de ubicación que había descargado recientemente. Convenció con éxito a Miles de que también lo hiciera el lunes por la noche, después de que vieran un segmento en las noticias sobre una serie de secuestros a una ciudad de distancia de ellos. El ícono de Miles nunca se movía de su lugar de trabajo y Miguel lograba relajarse lo suficiente un rato, solo para ponerse ansioso nuevamente una hora después y tomar su teléfono.

Miguel solo se calmaba cuando Miles estaba con él.

Si Miles notó que Miguel estaba un poco más unido a él de lo habitual, no dijo nada al respecto.

Ese sábado por la noche en casa de Miguel, cuando finalmente tuvo a Miles para sí mismo, no pudo evitar ser un poco más intenso, más rudo durante el sexo. Su agarre era fuerte, casi aplastante. Sus embestidas dejaban moretones. Pero Miles lo tomó todo como siempre lo hacía. Tan obediente, infaliblemente maleable en sus manos. Tan, tan perfecto en todos los sentidos. Al desatar a Miles, se aseguró de ser extremadamente suave con él. Lo movió con delicadeza, usó sus toallas más suaves para limpiarlo, compró costosos aceites aromáticos para masajear sus músculos adoloridos. Se aseguró de demostrar su amor con cada movimiento y toque.

Miguel necesitaba que Miles supiera lo que significaba para él. Pero estaba aterrado también.

La caja en el ático ocupaba un gran espacio en el fondo de su mente.

A la mañana siguiente, Miguel se despertó primero. Miles todavía dormía, roncando y babeando ligeramente sobre su almohada, lo que a Miguel le pareció adorable. Se levantó, caminó hacia el otro lado de la cama y apartó las sábanas de las piernas de Miles. Se quedó allí un rato, mirándolas, eran tan hermosas como todas las demás partes de Miles, delgadas, ágiles y suaves. No estaba seguro de cuánto tiempo permaneció de pie allí, mirándolas, pero cuanto más tiempo permanecía allí, más sentía que se le helaba la sangre, su corazón latía descontroladamente, incluso comenzó a sudar.

Esa sensación nauseabunda regresó multiplicada por diez.

Pero tenía que hacerlo.

Miles se movió ligeramente, sacando a Miguel de su aturdimiento. Volvió a colocar las sábanas sobre Miles y salió al pasillo, tiró de la cuerda que bajaba el ático y subió las escaleras.

La caja estaba apartada en una esquina polvorienta. Se acercó para después agacharse sobre ella, la abrió y miró dentro haciendo inventario. Todo seguía allí, la anestesia, las jeringas, los guantes, la sierra.

Cuando Miguel empezó a tener sueños en los que le quitaba las extremidades a Miles, los pensamientos intrusivos no dejaban de perseguirlo. Se metían en su cabeza y no lo dejaban en paz ni un instante, a veces, luego de ver todos los artilugios, terminaba vomitando por la mañana. Pero aun así pensaba en eso a menudo. Compró los objetos para tratar de calmar su fantasía delirante. Nunca tuvo la intención de usarlos. Simplemente le gustaba subir al ático para tener un momento de tranquilidad, sacar los objetos, inspeccionarlos y soñar con cómo los usaría si pudiera.

Tiró de su cabello con fuerza con ambas manos, y maldijo.

No podía soportarlo más, tenía que hacerlo. Si quería quedarse con Miles para siempre, era una obligación. No podía vivir sin él, simplemente no podía. Sentía que toda su vida no valía la pena, hasta que conoció a Miles. No podía irse y llevarse el corazón de Miguel junto con él.


Una semana después, en casa de Miguel, le entregó a Miles una taza de café justo como sabía que a él le gustaba, mientras caminaba hacia la cocina y recibía un beso a cambio.

Se sentaron en la encimera de la cocina, Miles todavía estaba medio dormido, sorbiendo su café mientras a Miguel se le revolvía el estómago. Iba a vomitar. Nervioso y tratando de mantener su mente ocupada, se levantó, caminó hacia el refrigerador, miró dentro y lo cerró un segundo después, luego caminó hacia el fregadero para limpiar la única taza que había allí.

—¿Estás bien? —preguntó Miles con una expresión preocupada en su rostro, con la taza a medio camino de sus labios.

—Sí, solo otro de esos dolores de cabeza —Miguel sonrió, realmente lo intentó. Observó fijamente la taza limpia y seca que sostenía en sus manos temblorosas. La colocó sobre un trapo limpio al costado del fregadero y se enderezó.

—¿Tal vez deberías ir al doctor?

—Sí —Miguel se acercó a Miles por detrás de su silla y se inclinó para rodearlo con un brazo sobre sus hombros—. Debería —susurró Miguel, hundiendo su rostro en el cabello de Miles, cerró los ojos y saboreó la dulzura del momento.

Luego, deslizó la mano en uno de sus bolsillos, sacó la jeringa y la hundió en el cuello de Miles.

Miles gritó; la taza de café medio llena cayó al piso y se hizo pedazos. Miguel lo sujetó con fuerza, y apretó los brazos a su alrededor mientras Miles luchaba por soltarse de su agarre. Afortunadamente, la droga hizo efecto rápidamente e instantes después, Miles cayó inconsciente mientras Miguel lo tomaba en brazos.

Lo llevó al garaje, lo ató en la mesa de metal casi con cariño, y comenzó el proceso.

Miguel, con la sierra en sus manos, se cernió sobre la pierna derecha de Miles. Sus manos casi habían dejado de temblar mientras se preparaba, no podía negar que estaba un poco asustado. No quería causarle a Miles más dolor del que debería. Al menos Miguel tenía suficientes sedantes.


Había tanta sangre.

La pesada hoja de metal sobre la piel de Miles se deslizaba como mantequilla, en movimientos tan fluidos hasta que Miguel tocó el hueso. La sangre de Miles estaba por todas partes, lo que hacía que la sierra quisiera resbalarse de sus manos, pero Miguel la sujetó con fuerza. Podía sentir la sangre salpicando su ropa y su rostro, lamió la que alcanzó a llegar a sus labios.

En un abrir y cerrar de ojos, Miguel estaba cortando hueso y al siguiente estaba tirando dos piernas en una hielera forrada con una bolsa. Los muñones ya estaban cosidos. Miguel se quedó mirando el desastre que había en el lugar, la sangre goteaba de la mesa y caía al suelo ruidosamente en el silencio del garaje. Pero Miles aún respiraba, y eso era todo lo que importaba.

Miguel arrastró un taburete hasta el lado de Miles, tomó una mano suavemente en la suya cubierta de sangre, y lloró. Lloró por lo que había hecho, y porque finalmente, Miles era suyo para siempre.


Horas después, cuando ya estaba más tranquilo, dejó a Miles en la cama. Revisó sus suturas, acomodó su almohada y esperó a que despertara del cóctel de medicamentos que Miguel había utilizado para mantenerlo sedado.

Fue un proceso lento: comenzó a moverse y Miguel se enderezó a su lado, Miles abría los ojos y luego los cerraba. El ciclo se repitió unas cuantas veces más hasta que, más tarde, finalmente se despertó, aturdido y confundido. Miguel estaba a su lado con un vaso de agua para que Miles bebiera.

—Tranquilo, no te muevas demasiado. Bebe esto.

Miles escuchó y bebió un sorbo, sin mirarlo a los ojos. Una mano temblorosa se estiró para tratar de tocar la mejilla de Miguel, pero cayó de nuevo a la cama antes de que pudiera alcanzarlo. Miguel se frotó la cara con una mano, ignorando los restos de sangre seca en sus dedos. Los ojos de Miles se aclaraban cada vez más. Se movió un poco y Miguel lo mantuvo quieto.

—Te dije que no te movieras, por favor, amorcito.

Miles sacudió la cabeza, todavía débil. Movió la cabeza de un lado a otro; Miguel podía sentirlo empezar a temblar. La manta le impedía ver el estado de sus piernas, pero la forma en que se hundían no dejaba mucho a la imaginación. Y sin duda, podía sentir que faltaba algo cuando intentó mover lo que no estaba allí.

—¿Qué? —preguntó con voz áspera—. ¿Qué hiciste?

Miguel sonrió, con los ojos inyectados en sangre.

—Te amo tanto, Miles.

—Miguel, por favor —el temblor de Miles se hizo más fuerte—. Miguel, mis piernas. Mis piernas, ¿qué hiciste? —Intentó alcanzarlas, trató de descubrirlas, pero Miguel sostuvo su mano con la suya, frotándolas.

—Lo que necesitaba hacer, no podía dejar que te fueras. Te necesito aquí, conmigo —Miguel se deslizó con cuidado sobre la cama junto a Miles, por encima de las sábanas.

—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué, Miguel, Miguel, por qué, Miguel, por qué, Miguel, por qué?! —gritó Miles fuera de sí. Miguel lo abrazó fuerte y acarició suavemente su cabello. Unas manos débiles intentaron apartarlo, hasta que el vano intento de alejarlo se convirtió en un agarre firme sobre los brazos de Miguel. Miles sollozó hasta que no pudo más y prácticamente se desmayó.

Dolía verlo así, realmente lo hizo, pero Miles aprendería a apreciar lo que había hecho por él. Con el tiempo, llegaría a entender las razones de Miguel.

En los días siguientes, Miguel trató las heridas de Miles asegurándose de que no se infectaran, todo mientras soportaba las palabras mordaces que el chico le lanzaba (junto con los puñetazos, arañazos y mordiscos). Miles estaba furioso con él, y Miguel podía entender por qué, así que se lo tomó con calma, trató de no ser demasiado brusco con él. Empezó a dormir en el cuarto de invitados porque Miles se negaba a dormir a su lado.

Miguel extrañaba el pequeño cuerpo junto al suyo, la forma en que se acurrucaba contra él, las suaves respiraciones en su oído. Era angustioso no tenerlo a su lado cuando solo estaba una habitación de distancia, lleno de dolor y sufrimiento, cuando Miguel solo quería ayudar.

Casi dos meses después, Miles comenzó a ignorarlo. Dejó de gritarle, pero se negó a hablarle, apenas lo miraba, ni siquiera cuando Miguel le preguntaba si quería un baño. Hasta que un día, apretó los labios, pensó en ello un momento; miró la pared detrás de Miguel y asintió.

Miguel sonrió. Era un progreso.

Finalmente, Miles empezó a dejar que Miguel durmiera a su lado. Dormía de espaldas a él y no dejaba que Miguel lo tocara, pero Miguel no se iba a quejar. Hacía mucho que no dormía tan profundamente. Cada día era un paso más hacia adelante.

Un día, ambos estaban en el sofá viendo una película como solían hacer, Miguel en un extremo y Miles en el otro, cuando Miles se acercó a Miguel como pudo y se dejó caer en su regazo abrazando un cojín contra su pecho. Y son cosas como esa las que hacen que Miguel tenga esperanzas. La luz en sus ojos una vez tan brillantes ya no estaba allí, pero Miguel era capaz de esperar una eternidad por Miles.


Una noche, estaban durmiendo juntos en la cama, Miguel sostenía a Miles cerca suyo, con la espalda presionada contra su pecho. Miles pellizcó el dorso de la mano de Miguel, llamando su atención. Miguel se despertó lentamente, frotando su frente contra la nuca de Miles.

—¿Qué pasa? —bostezó, y luego se dio cuenta de cuál era el problema. Su polla estaba dura, dejando una mancha húmeda en sus bóxer, y había estado frotándose contra el trasero aun cubierto por la ropa de Miles.

No pudo evitar seguir frotándose contra Miles, la sensación era demasiado buena. Había pasado tanto tiempo con solo su mano para aliviarse. Sin embargo, no podía culpar a Miles; todavía se estaba recuperando y lo último que Miguel quería era que una infección cayera sobre su conciencia. Pero ahora que Miles estaba completamente curado, no tenía que preocuparse por eso. Empujó a Miles sobre su espalda y se arrastró sobre él. Miguel acarició su polla aun cubierta por la tela.

—¿Miles, puedo hacerte el amor?

Miles se quedó mirándolo fijamente por un momento, su expresión pasó del absoluto horror a la total indiferencia en rápida sucesión. Se encogió de hombros, se recostó sobre su espalda y miró fijamente al techo. Miguel quería que Miles se sintiera bien, así que se bajó de la cama, tiró de Miles hasta el borde y se puso de rodillas. Le quitó los shorts y luego los bóxer, revelando su cuerpo por completo a Miguel.

Miró a Miles, pero él seguía mirando fijamente hacia arriba, con un brazo sobre la cama agarrando la sábana con demasiada fuerza y el otro inerte sobre su pecho. Miguel volvió a mirar hacia abajo y se inclinó para lamer su coño mientras chupaba su clítoris. Dejó besos desde su entrada hasta la hendidura de su muslo, donde succionó y mordió hasta que se tornó de color casi violeta.

Se detuvo cuando finalmente sintió una reacción de Miles. Miguel levantó la vista de nuevo, con el rostro sonriente, goteando con su saliva y la humedad de Miles.

Miles había girado la cabeza hacia un lado, con los ojos cerrados y los dientes mordiendo su labio inferior. Miguel le dio a su otro muslo el mismo tratamiento, y cuando terminó, presionó abruptamente su rostro contra su calor, saboreándolo como si fuera su última comida servida en bandeja de plata. Y Dios, extrañaba esto, su sabor, la forma en que olía, delicioso y almizclado. Miguel tarareó y gimió, hundiendo su lengua tan profundamente como pudo.

Un gemido desde arriba lo animó a continuar.

Se apartó de la entrada goteante de Miles hasta que el chico se corrió con un suave sollozo, con una mano temblorosa cubriendo su boca. Miguel se enderezó sobre sus rodillas y acarició su polla aun cubierta por la tela con una mano, mientras con la otra apartaba la mano de Miles de su rostro.

—No, Miles, no te escondas de mí —retiró algunas lágrimas que lograron derramarse—. Te tengo.

Miles lo miró con los ojos húmedos, totalmente roto por dentro, pero tan necesitado al mismo tiempo.

Miguel se alejó para quitarse el resto de ropa, con una mano sujetando su polla goteante y con la otra abriendo un poco más los muslos de Miles para dejar espacio para él. Miguel se dio cuenta en ese momento, de que extrañaría la forma en que las piernas de Miles solían rodearlo y atraerlo más cerca. Se obligó a apartar ese pensamiento.

Fue lento, presionando su polla dentro de Miles centímetro a centímetro sin querer lastimarlo. Cuando tocó fondo, se quedó allí un rato tratando de contener la respiración. No iba a durar mucho.

Sus embestidas comenzaron suaves, tornándose más fuertes mientras ganaba un ritmo constante. Miles sollozó, ocultando su rostro contra las sábanas, podía ver una mancha húmeda de sus lágrimas sobre la tela. Miguel sujetó la cintura de Miles y lo atrajo contra sus embestidas, continuó moviendo a Miles sobre su polla, usándolo como una muñeca, hasta que se corrió en su apretado calor, apartándose finalmente cuando la neblina del orgasmo se disipó, observando su semen salir de su coño arruinado.

Miguel se inclinó hacia adelante, giró el rostro de Miles hacia el suyo, y dejó que sus frentes se tocaran mientras una lágrima recorría silenciosamente la mejilla de Miguel.

—Te amo, Miles, te amo tanto. Gracias.

Y un rato después, mientras Miguel lo limpiaba, tan suavemente que casi no podía oírlo entre sus sollozos, Miles respondió con voz entrecortada: “También te amo”.

Notes:

No me arrepiento de nada.