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Se llamaba “Palacio” cuando era un teatro. Un teatro pequeño, cerrado hace un tiempo; el teatro más grande de la ciudad y el multicine de pantalla gigante le quitan a sus clientes. El ayuntamiento lo compró después de años de desuso y lo convertirá en un centro cívico, tan pronto como tengan presupuesto. Por ahora, han quitado los asientos y han apilado otros plásticos en la esquina, el escenario sigue ahí y las altas ventanas son pequeñas y turbias. Pero, el grupo que se reúne ahí no espera a que esté terminado. Lo necesitan ahora, así que se amontonan en una esquina de la gran sala con sus sillas de plástico, su mesa plegable y su café barato.
El grupo tiene nombre, pero los miembros solo dicen que van al Palacio, si es que hablan de eso. No todos tienen a quien contárselo, excepto entre ellos mismos. Así que se reúnen cada semana y hablan como cualquier otro grupo de amigos (¿Son amigos?, se preguntan algunos. ¿Serían amigos fuera del Palacio? Esperan que sí.). Charlan de cosas sin importancia, sobre la escuela (la suya, la de sus hijos, todas las edades acaban aquí), sobre el trabajo, sobre sus parejas, sobre sus (¿otros?) amigos. Un oyente no notaría nada extraño, excepto que nunca se llaman por sus nombres.
En el Palacio, son el Santo, la Princesa o la Dama. Nombres de Superhéroes. Identidades secretas. De las historias que los hicieron sentir débiles, toman nombres para sentirse fuertes. En el Palacio, donde una vez la gente venía a ver personas con máscaras y maquillaje y nombres falsos adoptar identidades falsas. ahora se adoptan nombres falsos para decir la verdad.
Y de vez en cuando, no en cada reunión, pero a veces, en un momento de calma durante la conversación alguien levanta la mano y dice:
- Creo que ya estoy listo para contártelo ahora… -
