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El viento helado me congela el rostro mientras camino por las concurridas e iluminadas calles de Nueva York. Empieza a oscurecer y se pronostica nieve por la madrugada. Sólo deseo llegar a mi departamento, tomar una taza de chocolate caliente y chismear con Mabel. La verdad, era que me gustaba mi larga rutina de ensayos en la sinfónica para luego ir a casa a descansar y quizá, si me quedaba algo de energía, pintar algunos cuadros o realizar alguna escultura abstracta. No me arrepentía para nada de haberme tomado un merecido descanso de mi anterior estilo de vida para poder dedicarme al arte y a mí misma. Pienso en aquella última pelea con mi padre, cuando decidí que estaba hastiada del trabajo empresarial, y en cómo su cara ardía de rabia mientras renunciaba a todo por lo que él había trabajado, después de todo, nunca se sintió como mío. Tomé pocas cosas de la casa familiar y nunca regresé. Cambié mi número telefónico, mis tarjetas de crédito, encontré trabajo en la sinfónica y empecé a vivir en el bello apartamento que le perteneció a mi madre. Remodelar el sitio había sido como medicina para mi alma, un nuevo comienzo que agradecía cada día. El lugar era bastante exclusivo, y en ocasiones sentía que desencajaba con algunos residentes del lugar, aunque para ser sincera, había residentes de todas profesiones, pero con el dinero suficiente para pagar estancia en el edificio donde vivía el mismísimo Sting.
Al llegar a la entrada del edificio Arconia, Lester, el portero, me hizo una seña indicándome que el paso estaba cerrado, debido a las reparaciones de las puertas giratorias. Maldije por lo bajo y caminé con desgana hasta la entrada del estacionamiento subterráneo. El estuche de mi instrumento empezaba a pesar entre mis manos, sólo necesitaba llegar por fin hasta el elevador. Las luces fluorescentes parpadeaban sobre mi cabeza y oscurecían mi visión de vez en cuando. A lo lejos, veo a Mabel con sus enormes audífonos rojos esperando el elevador, por lo que decido tomar un atajo entre los autos estacionados para alcanzarla. Es entonces que siento una mano que me jala de la cintura hacia atrás mientras que la otra tapaba mi boca para evitar que gritara. Solté mi estuche y emití un grito sin mucho éxito, al mismo tiempo que forcejeaba tratando de librarme del agarre. Al no tener éxito, decido morder con fuerza la mano que me apretaba la boca.
“Auch” gritó la persona detrás de mi oreja y fue cuando pude reconocer la voz. “Relájate, soy yo” dijo Charles mientras me soltaba.
“¡Eres un idiota!” le reclamé furiosa y golpeándolo en el hombro. “Casi me matas del susto” ajusté mi ropa y recogí mi estuche.
“Lo siento. Quería hablar contigo sin que Mabel interrumpiera” explicó susurrando mientras masajeaba la mordida en su mano. Giro la vista hacia el elevador y veo a Mabel desaparecer en el elevador.
“¿Ahora? Está helando” me quejo.
“Es importante” exclamó él. Entonces sacó la llave de la camioneta que estaba junto a nosotros, abrió la puerta trasera y me hizo una seña para que subiera. Rodé los ojos y entré, luego Charles.
“Entonces… ¿de qué quieres hablar?” lo cuestiono mientras acomodo mi estuche frente a mis piernas y observo el enorme espacio que había en la camioneta. Charles Haden-Savage era un actor de casi cuarenta años que protagonizaba una famosa serie policial. Yo no había visto el programa, así que cuando nos vimos por primera vez en el elevador del hotel, no lo traté como a una persona famosa, cosa que a Charles le pareció divertida y en sus palabras, bastante inusual.
“Quería saber si ya pensaste en mi propuesta” él preguntó y me miró con una sonrisa tierna y esperanzada.
“Sabes bien que estoy en un momento de mi vida en que quiero pasar desapercibida. Y los Golden Globes no me dejarán lograr mi cometido” dije con algo de pena por Charles, quien realmente había insistido en que lo acompañara. No éramos oficialmente novios y llevábamos poco tiempo saliendo, o más bien, viéndonos a escondidas. Cuando él mencionó que quería algo discreto debido a su fama, la idea fue bastante tentadora para mi, que dejé mi vieja vida atrás y no deseaba que nadie supiera dónde me encontraba ni perturbara mi nuevo comienzo. Ni siquiera mi nueva amiga Mabel lo sabía. Había sido un secreto por casi tres meses, por ello, no entendía porque Charles insistía en cambiar todas las bases de la relación al presentarse conmigo en un evento público de esa magnitud.
“¿Sigues escondiéndote de tu padre?” Me reprochó divertido. “Ciertamente no creo que él vea esa clase de premiaciones. Además, no tienes que asistir a la alfombra roja, sólo a la premiación en sí. Podría presentarte como una amiga si me lo preguntan” él me sonrió coqueto, su sonrisa siempre debilitaba mis defensas, sentía las barreras caer poco a poco. En cualquier momento, solo quedarían los escombros y yo cedería ante él. “O como mi novia” sugirió al final.
“¿Soy tu novia?” Le pregunté con curiosidad y entrecerrando los ojos con interés.
“Me gustaría que lo fueras. Si eso es lo que tú quieres también” confesó y colocó su mano sobre la mía.
“¿Qué ha cambiado?” Pregunté entrelazando mi mano con la de él. “Creí que no eras de los que repartían flores y tarjetas de corazones…”
“Sé lo que dije” habló él interrumpiéndome. “Pero… si sé que algo ha cambiado. No dejo de pensar en ti y eso me tiene tremendamente distraído. Sólo pienso en pasar el tiempo contigo, en llegar a mi casa y escuchar tu fagot haciendo eco en mi ventana mientras preparo la cena. Pienso en qué restaurante te llevaré en nuestro día de cita y qué platillo nuevo intentaré obligarte a probar. En cuál playa privada te invitaría a vacacionar y qué chiste estúpido podría contarte sólo para poder verte sonreír” Al terminar, él sólo giró la cabeza mirando hacia la ventana. Supuse que no había sido fácil para él decir esas cosas. Siempre había sido muy reservado conmigo respecto a su vida privada o sentimientos. “Quiero más que sólo una relación furtiva”
Me mordí el labio pensando una respuesta.
“Yo… no sé qué decir” y era cierto. No esperaba tal clase de confesión, pero me mentiría a mi misma si no admitía que también empezaba a tener sentimientos por Charles. “Tal vez te dejas llevar por el hecho de que el sexo es bueno” sugerí en un esfuerzo por negar lo inevitable.
“Eso creí al principio” dijo él girándose inmediatamente para mirarme. “Pero es más que eso y quiero que lo sepas. Jan enserio me gustas, y me gustaría que tuviéramos una relación de verdad, sin escondernos ¿Qué dices?” Vi la sinceridad en sus ojos y sentí un nudo en el estómago. Me preguntaba si ambos, que claramente teníamos problemas de compromiso, estábamos listos para una relación formal, algo real. Después de mi última ruptura había prometido darme un descanso de las relaciones. Abrí mi corazón y fui traicionada por alguien que amé alguna vez. Jamás creí que encontraría a alguien que pudiera ayudarme a sanar, y tan pronto.
“Creo que podríamos intentarlo.” dije al fin con una sonrisa tímida.
“¿Enserio? Eso es genial”. Él me abrazó con fuerza y pude oler su perfume que se combinaba con el aire neoyorquino. Seguramente hoy había estado grabando todo el día.
“Pero no iré a los Golden Globes”. él rio divertido contra mi oído.
“Está bien, entiendo. Quizá en otra ocasión”. Nos separamos y nos miramos a los ojos con ternura. Mi pecho subía y bajaba con rapidez. Charles hacía que mi corazón latiera con rapidez. Mis manos sudaban y mis pensamientos se desviaban hacia algo más primitivo.
“¿Y si vamos a tu departamento?” ofrecí sabiendo lo que deseábamos ambos.
“Mis guardaespaldas están ahí. Durarán al menos otra hora. ¿Qué tal en el tuyo?” sugirió.
“Mabel me espera ahí, haremos esculturas hoy” dije negando con la cabeza.
“Claro, entonces… supongo que te veré en otra ocasión” replicó él algo decepcionado.
“Supongo que sí” dije mientras lo miraba fijamente a los ojos. Ambos respirabamos rápidamente y el calor de nuestros cuerpos ya empezaba a empañar los vidrios de la camioneta. Detecté la mirada lasciva de Charles. Me deseaba. Pero su ego no le permitiría dar el primer paso, quería que yo sugiriera lo que ambos pensábamos. Lo razoné unos segundos. Era tarde y estaba oscuro afuera, las probabilidades de ser atrapados eran casi nulas…
“Está bien” dije antes de colocarme a horcajadas sobre él y de empezar a besarlo con fuerza, como si no nos hubiéramos visto en mucho tiempo y necesitáramos desesperadamente el cuerpo del otro. Charles me recibió con gusto cuando subí sobre su regazo y me quitó con urgencia el saco largo que llevaba. Nos besamos salvajemente, anhelando más cada segundo que transcurría. Él acariciaba mi cintura hasta llegar a mi trasero, haciéndome gemir cuando lo apretaba. Se dificultaba para ambos respirar, así que rompí el beso sólo para intentar desnudarlo también. Sin embargo, él fué más rápido y metió una de sus manos bajo mi falda hasta encontrar mis bragas y la piel debajo de ellas.
“Oh, tus manos están frías” Gemí contra su boca cuando él empezó a acariciar mi entrepierna ya húmeda de deseo.
“Lo siento, ¿quieres que pare?” dijo él mientras que con su otra mano rozaba mi espalda logrando que sintiera escalofríos de placer. Negué con la cabeza y continuó tanteándome. Recargué mi cabeza junto a su cuello y empecé a retorcerme contra sus dedos expertos enitiendo pequeños sonidos guturales cuando él tocaba puntos sensibles. Él introdujo primero uno y después dos dedos en mi humedad y siguió trabajándome. Sentía como mis piernas se empezaban a debilitar y experimenté ese calor familiar que culminaría en éxtasis. Entonces bajé una de mis manos hasta la entrepierna de Charles y lo encontré duro debajo de mí. Él gimió al sentir mi pequeña mano apretando su miembro sobre su pantalón y notó que yo trataba de desabrochar su cinturón. El puso su mano sobre la mía y la retiró.
“Luego Jan” me ordenó y siguió usando sus dedos con un ritmo cada vez más acelerado. Yo estaba muy cerca de mi liberación, así que Charles metió su mano libre primero debajo de mi suéter y luego debajo de mi sostén. Di un respingo mientras él empezaba a masajear mi pezón duro y sensible con su pulgar. Empiezo a respirar agitada y emito pequeños ruidos contra su cuello. “Oh Charles, no te detengas por favor” él masajeó mi centro con su pulgar y segundos después mis paredes se apretaron contra sus dedos mientras me venía. Él se retiró y me abrazó cuando me desplomé en su regazo.
“Sólo dame un momento, y yo haré lo mismo por ti” prometí mientras me desperezaba y lo miraba algo adormilada. Charles soltó una risita satisfactoria. “Te quiero dentro de mí” reconocí mientras le desabrochaba el pantalón con rapidez y liberaba su miembro para tomarlo entre mis manos. Él gimió mientras yo hacía movimientos de arriba a abajo.
“¿Tienes un condón?” Pregunté sacando a Charles de su burbuja de placer.
“No ¿y tú?” Cuestionó él y yo negué con la cabeza. “Bueno, entonces creo que sólo podremos usar las manos” mencionó algo resignado.
La situación fue un golpe duro para ambos, pues estábamos demasiado cachondos como para conformarnos sólo con caricias. Entonces se me ocurrió sugerir una solución.
“Tomo la píldora y no tengo enfermedades ¿y tú?”. Lo cuestioné. Nunca había mencionado que tomaba anticonceptivos porque siempre utilizábamos preservativo en nuestros encuentros. Pero confiaba lo suficiente en él como para presentar la otra alternativa.
“No estoy enfermo tampoco, pero no tomo la píldora” ironizó él y solté una carcajada.
“Eso es bueno. Entonces ¿Confías en mí?” Charles asintió con algo de urgencia y yo tomé su miembro para luego dejarme caer sobre él bruscamente. Ambos gemimos alto al sentir la piel contra piel. Charles se recostó contra el respaldo del asiento y me miraba fijamente mientras yo rebotaba sobre él con bastante entusiasmo. Una y otra vez a un ritmo exquisito.
“Jan espera” dijo mientras ponía sus manos en mis caderas para detener mis movimientos. “Mejor yo llevo el ritmo o esto terminará demasiado pronto”
“De acuerdo” cedí y me retiré de su regazo. Charles me recostó con cuidado sobre los asientos, metió la mano bajo mi falda y me quitó las bragas. Se acomodó entre mis piernas y entró en mi lentamente. Él llevaba un ritmo pausado pero se detenía para tocar mis puntos sensibles de vez en cuando. Yo empezaba a retorcerme debajo de él, deseando mayor velocidad. Él notó mi necesidad y me embistió con más urgencia. Entonces , me quité ambos tacones lanzándolos al suelo de la camioneta y con mis pies, logré abrazar el trasero de Charles, la única parte de piel que él tenía expuesta. Él se estremeció cuando lo sintió.
“Ohhh, tus pies están muy fríos” reprochó mientras detenía sus movimientos.
“Me la debes” le dije burlona sin dejar de abrazarlo.
Él sonrió y continuó moviéndose, más rápido, más errático hasta que logró que gritara su nombre cuando mi segundo orgasmo me invadió. Él dio un par de empujes más y me siguió, derramándose dentro de mi. Noté que apenas podía mantener su propio peso sobre sus antebrazos, yo tampoco podía moverme. Para ambos fue una sensación nueva, no creí que está parte de nuestra relación pudiera ser aún mejor de lo que ya era. Charles salió finalmente y ambos empezamos a acomodarnos la ropa. Entonces sentí de pronto un atisbo de vergüenza. Acababa de hacerlo en la parte trasera del auto rentado de Charles. Había sido increíble, pero olvidé lo incómodo que era.
“Debo irme, Mabel me espera arriba” comento mientras trato de arreglar mi cabello desaliñado.
“Igual yo, o Ryan vendrá a buscarme” Ambos salimos del auto y nos dirigimos al elevador.
Aún sentía las piernas algo dormidas y los tacones no ayudaban mucho. Lo miré de reojo y vi cómo se veía tan sereno mientras yo aún no podía recuperarme del todo después del encuentro. No lo había hecho en la parte trasera de un auto desde la universidad. Me pregunto si era una situación habitual para Charles. Nunca habíamos hablado de antiguas parejas, pero imagino que a uno de los actores del momento le sobrarían chicas bastante dispuestas. El elevador se detuvo sacándome de mis pensamientos. Llegamos rápidamente al piso del lobby y él presionó el botón para evitar que se abrieran las puertas.
“Debo hacer unos arreglos con Lester. ¿Te veré mañana?” Preguntó Charles y yo sólo asentí. Me dio un beso en los labios y luego lo observé salir algo apresurado.
El elevador llegó por fin hasta mi piso. Llegaría a casa y cancelaría mi cita con Mabel, le diría que podríamos hacer esculturas otro día. Aunque moría por contarle que estaba en una relación con Charles, me daba la impresión de que a mí amiga no le agradaba mi nuevo novio. Las puertas se abrieron mostrando el pasillo con luz tenue, avanzo un par de pasos y veo a un hombre, de pie frente a la puerta del departamento de mi vecino Teddy. Se veía algo desorientado y recargaba su cabeza sobre los viejos muros del edificio. Lo había visto antes, era un chico asiático que vivía un par de pisos más arriba. El me miró entonces y lo ví bastante pálido, se tocaba el estómago con recelo.
Ayúdame.
Alcanzó a murmurar antes de que sangre brotara de su boca y se desplomara en el piso. Lancé mi estuche y corrí hacia él. Tenía una hemorragia en el vientre. Me arrodillé y coloqué instintivamente ambas manos sobre él para tratar de mitigar la pérdida de sangre. El olor del fluido rojo nublaba mis sentidos y el líquido no dejaba de brotar sin importar lo fuerte que apretara.
“Vas a estar bien, llamaré a emergencias” dije con esperanza. El chico negó con la cabeza y tosió un par de veces mientras susurraba una frase que no logro entender, y al tomar su mano y mirarlo fijamente, pude ver cómo la vida escapaba de sus ojos. Había muerto.
Me senté en el suelo junto a él miré mi ropa y ambas manos ensangrentadas. Sentí pánico y miedo, no había podido hacer nada por el muchacho. Antes de que pudiera buscar siquiera su celular para llamar a emergencias, el inquilino del 6B abrió la puerta y observó la escena.
“Él… estaba herido y se desplomó” logré titubear. “No pude hacer nada…” traté de explicar. El hombre estaba pálido y nervioso, y por sobre todo, no parecía creer ninguna palabra de lo que dije.
Luego, las cosas pasaron demasiado rápido. En un instante, escuché las sirenas de las patrullas acercándose y ni siquiera renegué cuando el fornido oficial me esposó de manera brusca y me jaló del brazo hasta el elevador. Antes de que las puertas se cerraran, alcancé a ver como cerraban la enorme bolsa negra con el cadáver del chico dentro. “Tiene derecho a guardar silencio…” escuchaba una voz de fondo, como si estuviera a una gran distancia, como si fueran susurros. Las puertas volvieron a abrirse en el lobby y caminé por el gran pasillo sin forcejeos hasta llegar a la unidad con las torretas encendidas.
“Pero qué carajo…” escuché decir a Charles, que se encontraba en el lobby cuando vio la escena. Lo miré con confusión, desviada de la realidad. ¿Cómo había acabado en esta situación? Lo único que deseaba en la vida, era un poco de paz. Pero no importa dónde me escondiera, el caos siempre me encontraba.
