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Pájaro en Llamas

Summary:

No… No, no es posible… Su hermano pequeño no…

-¡Me ofrezco como voluntario!

Los 74º Juegos del Hambre han empezado y que la sangre y el fuego estén siempre de vuestra parte.

Notes:

Nueva obsesión, nueva historia.

Como muchas otras cosas en mi vida, no puedo elegir que me gusta más, si el Jacegon o el Jacemond, y claro, la posibilidad de que sea ambos a la vez me encanta. Si a eso le unes que he leído el Amanecer de la Cosecha, sintiendo de nuevo con fuerza mi fanatismo por las historias de los Juegos del Hambre, y que no podía dejar de pensar en Tom Glynn-Carney como Haymitch... El resultado es este bebé mezcla de ambos.

Primeramente, lee los avisos, literalmente mezcla el incesto de la Casa Targaryen y la violencia de los Juegos del Hambre, y si algo de esto no te gusta, no leas esta historia, con todo el cariño de mi corazón.

Esta historia se publica a su vez en Wattpad por mi misma a través de mi usuario VernicaCalvete. NO copiar y NO traducir sin mi permiso.

Los personajes son de George R.R. Martin y la idea de los Juegos del Hambre de Suzanne Collins.

¡Disfrutad de la lectura!

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

 

 

 

“No pasará nada”, le había dicho Jace, “solo llevas una papeleta, Luke, tus probabilidades son bajas”.

Bajas, pero nunca cero.

Y su suerte se acaba cuando la señorita Rivers, la “segadora” del distrito 12, pronuncia su nombre:

-¡Lucerys Strong!

 

*

 

No… No, no es posible… Su hermano pequeño no…

Luke no se mueve, esta pálido.

−Vamos, pequeño, sube aquí. –Le anima Alys Rivers, pero el miedo le ha paralizado.

Al mismo tiempo que los agentes de la paz se mueven para obligar a Luke a subir al escenario, Jace también lo hace, saliendo de entre los demás chicos, que han suspirado aliviados cuando su nombre no ha salido. Es curioso, porque Jace no ha podido respirar desde ese momento.

-¡Luke!

−¿Jace…? –Luke le mira con lágrimas en sus ojos verdes que se resisten a caer. Tan valiente, siempre tan valiente. Y Jace solo piensa que no puede dejar que muera en la arena de los Juegos del Hambre.

-¡Me ofrezco como voluntario!

 

*

 

Las puertas de la sala del Edificio de Justicia se abren de golpe, asustando a Jace antes de que dos matas de cabello castaño se lancen contra él, llorando, pidiéndole que no se vaya.

−Lo siento, lo siento… −Llora Luke.

-No te vayas, por favor… Por favor… -Suplica Joff entre sollozos.

El único que no llora es el tío Larys, algo que no debería sorprenderle a Jace. Nunca les ha apreciado (“querer” es una palabra demasiado grande), ni a él ni a sus hermanos, si está aquí es porque es el único adulto que les queda después de la muerte de su madre y su padre.

−Escuchadme, escuchadme… -Se pone de rodillas, mirando a sus hermanitos con una sonrisa tensa en sus labios. No quiere que le vean llorar- Todo va a estar bien. Luke, no pidas teselas, no vale la pena. Eres bueno con los números, pídele trabajo al señor Beesbury después de clase. Joff, no te metas en líos. Debajo de mi almohada esta mi libro, consigue esa cabra que quieres para que os de leche y queso. Te encanta el queso. Sois inteligentes, valientes… Amados. –El sollozo de Joff hace que casi se derrumbe.

-Tienes que ganar. –Le dice Luke- Eres bueno, puedes ganar.

Jace no le quiere borrar el brillo de esperanza en los ojos, es por eso que solo les abraza a ambos con más fuerza. Es su último abrazo. Quizás tiene suerte en ese aspecto, muchos no saben cuándo será el último, él sí, pero tampoco es un consuelo.

Entre los rizos de sus hermanos observa a su tío. Ni siquiera luce triste, no hay nada en su expresión, pero observa a Jace como si fuera uno de esos medicamentos que prepara de contrabando para el Quemador. Odia esa mirada.

Jace se separa de sus hermanos para estar frente a frente a su tío. En su último estirón, se puso a su altura, aunque su tío sigue pareciendo más bajo por su problema en el pie. Larys el patizambo y sus tres sobrinos huérfanos. Dos, dos sobrinos huérfanos, porque Jace estará muerto dentro de cuatro días. Cinco si es positivo.

−Cuida de ellos. –Sus ojos marrones se clavan en los de su tío, idénticos ambos a los de su padre y a la vez tan diferentes.

-Llevo haciéndolo tres años. –Responde Larys secamente.

−¿Algún consejo? –Jace no sabe porque lo pregunta, o quizás sí, al final solo tiene 16 años, ha sido cosechado para los 74º Juegos del Hambre y Larys es la última conexión que tiene con sus padres.

El hombre le mira tan fijamente que Jace se empieza a poner nervioso ¿Es que acaso le odia tanto que no va a decirle nada? Puede escuchar los pasos de los agentes de paz acercándose para llevarse a su familia lejos, tan lejos.

-Sangre y fuego. –Le murmura Larys, para que solo él lo escuche, a la vez que los agentes de la paz entran para separarlos.

 

*

 

“Sangre y fuego”.

Jace recuerda ser muy pequeño y encontrar el pequeño dije, no tan grande como una moneda, en la cajonera de la habitación de sus padres. En una de las caras estaba el lema, en la otra cara, el símbolo de la Casa Targaryen, un dragón de tres cabezas. Pero él, en ese momento, no tenía ni idea de nada de eso. Y cuando le pregunto a su madre, ella rápidamente lo escondió en el mismo lugar y le prohibió hablar de lo que había visto.

No fue hasta unos años después, en la escuela, cuando uno de los chicos le pregunto por su madre, por Rhaenyra Targaryen, y cómo venció en los Juegos del Hambre.

Jace no era estúpido, sabía lo que eran los Juegos del Hambre, todo el mundo en los distritos aprendían muy pronto que eran. Tras la revolución, lo que se conocía como los Días Oscuros, el Capitolio, los que mandaban, ordenaron que una vez al año cada distrito entregaría a un chico y una chica, veinticuatro en total, para morir en la Arena de los Juegos. Una manera más de torturarles por una guerra en la que nada tenían que ver ellos, los hijos de los vencidos ¿acaso no pagaban con el hambre? ¿el trabajo que era casi esclavitud? ¿la enfermedad? No, no era suficiente, porque nada de eso era un espectáculo. Y lo interesante de los juegos era precisamente ver como los “animales” de los distritos se mataban entre sí.

Jace sabía todo esto, también que era injusto, aunque, por supuesto, eso no se lo decía a nadie, no quería acabar colgado en la plaza del distrito. Lo que no sabía es que su madre era una vencedora. No vivían en la Villa de los Vencedores, casitas construidas por el Capitolio con todos los lujos posibles en los distritos. Su madre ni siquiera era mentora, porque, pese a que el Capitolio te vendía que, si ganabas, tu deuda estaba pagada y podías vivir tranquilo, te convertías en una parte más de esta horrible máquina de matar, por lo que los vencedores se convertían en mentores, o lo que es lo mismo, las personas que año tras año acompañaban a dos pobres chicos de su distrito a la muerte. Pero su madre no era mentora del Distrito 12, es más, el Distrito 12 no tenía mentor porque nadie del distrito había conseguido ganar.

Es por eso que la primera reacción de Jace fue burlarse de su compañero de clase, llamarle mentiroso. Pero al día siguiente, el que se burlo fue el chico y abrió en las narices de Jace un libro que incluía una lista de los vencedores de los Juegos del Hambre, desde el primero hasta el último. Y allí, estaba:

Rhaenyra Targaryen, Distrito 1, Vencedora de los 50º Juegos del Hambre, el Segundo Vasallaje de los Veinticinco.

Eso no era posible, ¿Su madre? ¿Del Distrito 1, el lujo? ¿Y encima Vencedora de un Vasallaje? No, no tenía sentido. Jace se sentía traicionado, él conocía a su madre… O pensaba que la conocía.

Cuando salió de clase fue corriendo a casa y le exigió a su madre que se lo explicara.

-¿Es verdad? ¿Es verdad? –Rhaenyra le miro con una sombra en sus ojos claros y asintió.

Ambos, madre e hijo, se sentaron en el porche de su casita, y su madre saco el medallón, que no solo era un símbolo de su familia, sino también el emblema que había llevado a la Arena.

Era cierto, no solo era del Distrito 1, sino también había vencido a los demás tributos en sus juegos (de las 47 muertes que hubo ese año, Jace nunca quiso saber cuántas habían sido a manos de su madre).

Tenía tantas preguntas… Y Rhaenyra las intentaba responder todas.

−¿Tu nombre salió en la cosecha?

-No, me ofrecí voluntaria.

−¿Por qué?

-Había entrenado, era lo que se esperaba de mí. –Su madre no dijo la palabra, pero Jace la escucho entre líneas: era una profesional, los que más posibilidades tenían de ganar los Juegos.

−¿Tu Arena también era de nieve?

−No, eso solo fue el año pasado. La mía era una pradera.

-¿Por qué no eres mentora?

−El Distrito 1 tiene muchos vencedores, mejores que yo, así que no me necesitan.

-¿Y qué haces entonces en el Distrito 12? ¿Por qué vivimos aquí y no en el 1? –El Distrito 1 era el encargado de fabricar el lujo para el Capitolio, tan cerca y a la vez tan lejos de este, pero sin los problemas típicos de los demás distritos.

−Me enamore. –Mientras su madre decía eso, acaricio su mejilla con ternura.

Años después, en este momento en el que Jace está en el tren camino al Capitolio, se arrepiente de no haberle preguntado más cosas a su madre ¿Cómo lo hiciste? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo consigo volver a casa? Pero su madre murió un año después de esa conversación.

Mientras Luke, Joff y él estaban en el colegio, su casa se incendió y nadie pudo hacer nada para sacar de las llamas ni a su padre ni a su madre. Vencer los Juegos, no te hacia inmune a la muerte.

 

*

 

En completo silencio, Jace observa a Netty, Lucy Nettles, de 16 años al igual que él, la otra tributo cosechada en el Distrito 12 para morir en los Juegos.

Jace conoce a Nettles de clase, pero no se puede decir que sean amigos. Quizás solo compañeros, e incluso duda de este apelativo, porque hace años que no habla con ella.

Al igual que muchos otros del Distrito 12, incluido Jace, es de piel morena, cabello negro y ojos tan oscuros que parecen el mismo carbón que sacan de las minas. Y al igual que muchos otros, es huérfana. Nadie sabe quién es su madre, pero su padre era minero y murió en una explosión junto a otras doce personas. Nettles paso entonces a ser cuidada por la vieja Nana, la dueña de la panadería, pero no son familia ni nada por el estilo, aunque las malas lenguas, que a veces tienen razón, dicen que son abuela y nieta.

Se pregunta que ve Nettles en él, si ella también analiza los pros y contras de ser aliados o enemigos. Supone que esa es una de las labores de los mentores, pero, por supuesto, no hay mentores en el Distrito 12. Quizás, si su madre estuviese viva, ella le hubiese acompañado, le hubiese dado consejos útiles que a ella le sirvieron en su momento… Y hubiese visto morir a su hijo en primera fila.

Lo único que tiene el Distrito 12 es a Alys Rivers, la “segadora”, la encargada de decir los nombres de los tributos desde antes de que Jace naciera, pero su edad es un misterio, aunque sospecha que su piel firme mucho tiene que ver con las operaciones estéticas que les encantan a los de la capital, por no hablar de que esos ojos, completamente negros, como si todo fuera pupila y que a Jace le recuerdan a una lechuza, no pueden ser naturales.

-¿Es que no os gusta el rosbif?

Jace no había visto tanta cantidad de comida en su plato desde… Bueno, nunca, pero no tiene hambre. Nada de hambre. Otro motivo más para odiar a la señorita Rivers, no solo porque saco el nombre de Luke, sino también porque parece ajena a todo lo malo de este sistema en el que ella selecciona por puro azar y “suerte” a quien muere cada año.

−¿Cuándo llegaremos al Capitolio? –Pregunta en cambio Nettles. Ella tampoco ha tocado su comida pese a estar mucho más delgada que Jace y no le vendrían mal estas últimas comidas.

-Esta noche. –Pese a que sigue comiendo, su pintalabios rojo sangre (que irónica) no se va. Quizás es un tatuaje, dios sabe que los del Capitolio harían algo así.

−¿Y después qué pasara? –Alys parece reacia a responderles, como si su único objetivo fuera comer y estuviera molesta porque estos dos cerditos que van al matadero no la dejaran en paz.

-Eso os lo explicara vuestro mentor.

−¿Nuestro mentor? –Jace se burla, y cree ver una sonrisa sarcástica en los finos labios de Netty- El Distrito 12 no tiene mentor, tú deberías saberlo. –Alys le lanza una mala mirada, pero Jace no se molesta ni siquiera en devolverla.

-El Capitolio os asignara uno.

−Oh, fantástico… -Murmura Nettles, aunque todos pueden escucharla, mientras coge una copa llena de lo que parece ser una bebida gaseosa de color rosa fucsia y se lo bebe de un trago, profiriendo después un gran eructo que ofende sin manera a Alys.

-¡Modales!

El “fantástico” de su compañera no podría ser más sarcástico. Seguramente Alys se esperaba que estuviéramos aliviados o agradecidos. El Capitolio iba a elegir un vencedor de otro distrito para entrenar a los del 12, que amables. Una mierda. ¿Quién traicionaría de esa manera a su distrito? Nadie, y el pobre desgraciado seguramente sería elegido a dedo y no movería ninguno por ayudarles, como tampoco han debido ayudar a los chicos cosechados antes que ellos. Si Nettles y él tenían pocas posibilidades, ahora no tienen ninguna.

Ha perdido el poco apetito que tiene.

 

*

 

Una cascada de agua fría cae por su cuerpo desnudo, haciendo que un gritito muy poco digno escape de su garganta mientras intenta escapar del frío, aunque se enrede con las suaves (y mojadas) sabanas.

−¡¿Qué cojones…?!

-Despierta, joder.

Los ojos de Aegon intentan enfocarse, pese a que eso le provoque un dolor de cabeza que se intensifican cuando todas las luces de su habitación se encienden a su máxima potencia.

−¿¡Qué coño estás haciendo!? –Se gira, humillantemente enredado, hacia su hermano menor, Aemond, quien ya está revolviendo en su armario.

-¿Has olvidado que día es hoy?

−¡Claro que no! –En realidad, sí. Aegon lleva unos días de fiesta, así que es difícil adivinar en que día estamos. Y por la mirada burlona de su hermano, está claro que le ha pillado en su mentira- ¿Ya ha pasado la cosecha? –Ojalá se lo haya perdido.

-Ha sido esta mañana ¿y adivina qué?

−¿El abuelo ya tiene un vencedor? –Su abuelo materno, Otto Hightower, es el Mentor por excelencia del Distrito 1, la persona que ostenta el record de haber traído a más vencedores a casa, incluido el propio Aegon en su momento.

-Mucho mejor.

 

*

 

Aemond prácticamente le arrastra hacia el coche que les espera a las puertas del edificio en el que ambos viven.

−¡Más despacio! –Se había quejado mientras le obligaba a darse una ducha rápida para alejar el olor a whisky barato y le seleccionaba un traje de tres piezas en un tono de azul tan oscuro que parecía negro, pero que le quedaba como un guante. Ventajas de que su hermanito fuera de los estilistas más prometedores de Panem.

Pero verse guapo y adecentado no le había quitado ni la resaca ni el shock.

Aegon había cumplido hace cinco años. Gano los 69º Juegos del Hambre, fue el único que volvió a casa de los 24 que entraron en la arena. Tras eso, como decía la propaganda del Capitolio, Aegon se merecía vivir en calma y paz hasta que una cirrosis temprana o una sobredosis le matara a los 27. Pero no. Porque algún hijo de puta había pensado que era momento para un reencuentro familiar.

La familia de Aegon era, cuanto menos, complicada, y no solo en cuanto a los lazos de sangre y demás, sino que su historia familiar estaba intrínsecamente ligada a los Juegos del Hambre.

La primera vencedora de los Juegos del Hambre de la historia de los Juegos del Hambre había sido Visenya Targaryen, la tátara tátara (no sabía cuántos “tátaras”) abuela de Aegon. Pero no se había quedado solo ahí. Estaba Maegor (apodado el Cruel porque conservaba aun el record de muertes en los Juegos, dieciséis), Vaegon (quien se acabó suicidando, pero nadie decía que era por lo que le paso en los juegos), Baelon (su propio abuelo, quien perdió un brazo en la arena), Daemon (su tío, a quien llamaron el Granuja de Panem por su “resistencia silenciosa”), Rhaenys (la prima de su padre, la vencedora más joven de los Juegos del Hambre con tan solo 13 años), Rhaenyra (su media hermana, “el deleite de Panem”, bonita y peligrosa), Aemond (su hermano menor, voluntario un año después de que él sobreviviera), él y ahora Jacaerys Strong.

Ni siquiera la familia por parte de su madre se salvaba. Su abuelo Otto, el mentor más famoso de todos los tiempos, había sido vencedor del Distrito 1 a los 15 años, venciendo a Maegelle Targaryen cuando solo quedaban ellos dos. A la misma edad, su propia madre había sido cosechada y, pese a que nadie la daba como vencedora, lo había conseguido siendo mucho más lista que los demás tributos y que los Vigilantes, incluso que la propia arena. Aunque no es que su madre hablara de eso.

Una larga estirpe de vencedores y mentores que ahora desembocaba en él. Una putada.

-No tengo ni idea de cómo sacar a ese chico de los Juegos. –Murmuro más para sí mismo que para Aemond a su lado.

−No hace falta que le saques. Es del Distrito 12, no tiene posibilidades de salir con vida. –Eso le enfado.

-¿Entonces qué? ¿Le hago fácil el camino al matadero?

−Sí. –Respondió sin más Aemond, mirándole con su único ojo bueno, idéntico a los suyos.

-¿Cómo eres capaz de mirar a la cara a un chico de 16 años y decirle que se prepare para morir?

−Del mismo modo que el abuelo te lo dijo a ti. –Golpe bajo por parte de su hermano, sin duda.

Porque, pese a que su familia estaba llena de vencedores, casi todos ellos profesionales, Aegon no había pertenecido a esa categoría.

Se suponía que ese año iría a los Juegos un tal Jorah noseque, Aegon no recordaba su apellido. El caso es que su abuelo Otto había preparado al chico desde los 13 años y ahora, con 17, estaba preparado para vencer y, posiblemente, para convertirse en el nuevo Maegor.

Pero el día de la cosecha, el nombre que sacaron para hacer el paripé fue el de Aemond. Una casualidad, una maldita coincidencia, y Aegon no pensó. Antes de que Jorah se presentara como voluntario, lo hizo Aegon. “Carta en la mesa, presa”.

Otto se lo dijo antes de que subiera al escenario: “no tienes ni una oportunidad”. Pero, como se suele decir, el resto es historia. Aegon estaba aquí, vivito y coleando, cuando no se supone que fuera así. Quizás, este tal Jacaerys, también era una posibilidad remota, pero era una posibilidad. Y si había salido del coño de su media hermana, significaba algo ¿no? Algo de Targaryen tendría en sus venas.

-Tienes que ayudarme. –Aemond le miro con una ceja alzada, y su boca se abrió ligeramente, seguramente para decir un firme “no”, pero Aegon fue más rápido- Tú eres el profesional de los dos, el que escucho al abuelo durante sus juegos y después, sin duda tienes mucha más idea que yo.

−Te han seleccionado a ti como mentor, no a mí.

-Pues se mi estilista. –Aemond rio de manera sardónica.

−El estilista del 12 es Munkun.

-Ese tío solo chupa sapos, Aemond, tú eres mil veces mejor. Además, si queremos causar buena impresión en los patrocinadores, no puede salir vestido de minero sucio. –Su mente iba a mil por hora, con ideas que eran caóticas, así que sacó del bolsillo interior de su abrigo su petaca de confianza, pero antes de abrirla, la mano de Aemond se lanzó y se la arrebato- ¡Eso es mío!

−Si voy ayudarte a ti y a nuestro… Sobrino. –A Aemond parecía costarle decir esa palabra- No puedes beber.

-Pienso mejor cuando bebo.

−Lo dudo mucho. –Aemond se guardó la petaca en su propio bolsillo.