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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-04-13
Updated:
2025-12-14
Words:
6,087
Chapters:
5/7
Comments:
108
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176
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21
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1,572

Esta mierda esta profunda

Summary:

Kenji estaba en un aprieto. Literalmente.

Y justo cuando las cosas empezaban a marchar bien —el equipo ganando, Emi sin ser amenazada por la KDF , y los medios empezando a hablar de Kenji como un símbolo de liderazgo- ocurrió eso.

Un descuido.

Uno pequeñísimo. De esos que parecen insignificantes pero tienen el poder de derribar imperios como una pila de bolos mal colocada.
# Una entrevista sale mal

Chapter Text

Kenji estaba en un aprieto. Literalmente. Apenas había logrado llevar a su equipo a la cima (su primera vicroria en años) y mágicamente los medios no lo estaban destrozando e incluso podría decir que estaban empezando—apenas—a respetarlo.

Pero todo eso se vino abajo más rápido que una bola de boliche.

Nunca imaginó que regresar a Japón para ayudar a su padre como Ultraman iba a arruinarle la vida de tantas maneras. Primero, tuvo que dejar a su equipo de Nueva York, los Liberty Hawks, y transferirse a los Titans. ¿El resultado? Un caos mediático sin precedentes.

Portadas de revistas deportivas y noticieros enteros intentando descifrar la razón detrás de su "locura". Algunos lo llamaron traidor, otros lo aclamaban como el héroe que los llevaría a la victoria.

Y si todos supieran que tan cerca estaban de la verdad... se sorprenderían.

Se podría decir que los Titans no estaban exactamente entusiasmados con su llegada e Incluso como Ultraman, era criticado sin piedad. Inclusive las abuelitas lo juzgaban sin piedad.

¡Pero hombre! era difícil ser dos personas a la vez. Pero se esforzaba. Jura que sí. (Aunque Mina podría decir que REALMENTE no se estab esforzando tanto como Ultraman)

Y Entonces llegó la bomba rosada. El bebé gigante de Gigantatron. Eclosiono de algún modo en sus manos. Y su corazón de pollo decidió que Kenji, además de jugador profesional y ultraman, también tenía que proteger a esta criatura.

Emi, como la nombro Mina, era un demonio. Tenía la fuerza de un tanque, la torpeza de un cachorro y el apetito de una nación entera. Kenji tuvo que aprender a preparar biberones del tamaño de camiones, a calmar berrinches sísmicos, y a evitar que Emi se revolcara en sus evacuaciones.

Ahora que habían pasado meses desde aquel caos, Kenji había logrado encontrar un equilibrio inestable pero funcional entre sus tres roles: jugador, héroe y padre.

Incluso había aprendido a amar esa bola rosa gigante con pico que se había aferrabo a su pierna como si fuera su madre adoptiva. No lo decía en voz alta, claro. Pero lo sentía. Claro y fuerte.

Y justo cuando las cosas empezaban a marchar bien —el equipo ganando, Emi sin ser amenazada por la KDF, y los medios empezando a hablar de Kenji como un símbolo de liderazgo- ocurrió eso.

Un descuido.

Uno pequeñísimo. De esos que parecen insignificantes pero tienen el poder de derribar imperios como una pila de bolos mal colocada.

Estaba en una entrevista en vivo para un canal deportivo nacional, acompañado de Ayaka Fujimoto, la estrella indiscutible del equipo femenino de los Tsukino, y también de Riku Aoyama, el pitcher arrogante con quien Kenji fue a los golpes al inicio de la temporada.

Pero bueno, pasado pisado, no?

Todo iba tranquilo hasta que uno de los periodistas—un tipo de corbata apretada y sonrisa pegajosa—se dirigió a Ayaka con un comentario que dejó un mal sabor boca:

—“Debe ser difícil para ti lanzar tan bien con tu naturaleza, ¿eh?”

Silencio.

La sonrisa de Ayaka tembló. Pero, no dijo nada, aunque su mandíbula estaba tensa, como si estuviera mordiéndose la lengua para no asesinar al pobre entrevistador. Se notaba a lenguas que quería reprender al entrevistador, pero había una línea peligrosa que no podía cruzar sin arriesgarse.

Kenji lo notó. No la conocía demasiado, pero sí sabía lo que costaba estar donde ella estaba. Y pensó en su madre omega. En lo que ella sufrió por no encajar en el molde que la sociedad le había impuesto.

No podía quedarse callado.

—"Bueno," —dijo, con una sonrisa torcida— "si lanzar con “su naturaleza” te consigue tres rounds consecutivos, tal vez tú podrías intentarlo con la tuya... aunque dudo que puedas lanzar algo con esos brazos."

Riku se atragantó con el agua. El estudio entero se quedó mudo. El periodista enrojeció como si hubiera explotado una alarma.

Por un instante, hubo puros murmullos de sorpresa.

Pero entonces, Ayaka se puso de pie. Miró a Kenji como si acabara de cometer la peor de las traiciones.

—"¡No necesito que nadie me defienda! ¡Mucho menos ! ¿Quién te crees que eres para hablar por mí? ¡No tienes derecho alguno!"

Y lo dijo tan alto, tan claro, tan directo, que no quedó lugar a dudas. El estudio entero contuvo el aliento.

Kenji se quedó helado.

Las palabras de Ayaka le habían entrado como un batazo mal colocado: directo al orgullo. ¿En serio? ¿Así le pagaban por ayudarla? Una parte de él quería discutirle, claro que sí. Pero meses cuidando a Emi, sobreviviendo berrinches nucleares y vómitos de baba ácida, le habían enseñado más paciencia de la que jamás pensó que tendría.

Así que solo respiró hondo. Se acomodó en la silla. Y con esa media sonrisa suya —esa que los medios llamaban “la sonrisa ganadora de Kenji Sato”—, levantó una ceja y dijo:

—"Bueno... ¿alguna otra pregunta?"

Ayaka se puso roja. No de vergüenza, sino de pura furia. De esa que hierve por dentro. Riku soltó una risa ahogada, disimulada con un sorbo de agua, como si no estuviera presenciado el momento más incómodo del mes.

Kenji desvió la mirada solo un segundo y notó que Ami, lo miraba con algo parecido al respeto. Tal vez incluso… aprecio. No era común que alguien de su estatus defendiera a un omega públicamente.

Pero claro, lo que Kenji nunca esperó fue eso.

Ayaka se detuvo en seco, giró sobre sus talones, y en menos de lo que canta un gallo, cruzó el estudio y lo tomó de la camisa.

No para golpearlo, no. Solo quería que la mirara a los ojos. Que la escuchara. Después de todo, ella apenas le llegaba al pecho (incluso con esos tacones) él era alto incluso para los estándares japoneses.

—“¡Mírame cuando te hablo!” —soltó, tirando de la tela con fuerza.

Y entonces ocurrió.

Craaaack.

La camisa de Kenji se rasgó con un sonido que pareció retumbar en todo el set.

Y ahí estaba. A la vista de todos. De los camarógrafos, de Ami, de Riku que se atragantó otra vez, de los millones que veían la transmisión en vivo desde sus casas.

El sostén de lactancia.

Blanco. De tirantes anchos. Ajustado a su torso musculoso como si no perteneciera ahí… y, sin embargo, lo hacía.

Silencio.

Más silencio.

Una taza se cayó al fondo del set. Nadie se atrevió a decir nada. Ami se tapó la boca con ambas manos.

Kenji parpadeó. Una, dos veces. Miró a Ayaka, que lo soltó de golpe como si lo hubiera electrocutado. Sus ojos estaban abiertos como platos.

Y entonces… el caos empezó.