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La sala de interrogatorios estaba envuelta en sombras, apenas iluminada por una única lámpara que pendía del techo, proyectando su luz sobre la figura solitaria sentada frente a la mesa de metal. El rostro del interrogado permanecía en la penumbra, oculto tras el velo de la oscuridad, pero el temblor en sus manos delataba la tormenta interior que lo consumía.
El detective Lee, con su postura rígida y mirada penetrante, se sentó frente a él. Sobre la mesa, un expediente grueso esperaba ser abierto, su contenido lleno de secretos, mentiras y tragedias. El silencio era denso, casi tangible, como un preludio de las palabras que estaban a punto de ser dichas.
—¿Dónde estabas esa noche? — Preguntó el detective, su voz cortante como una navaja afilada.
—Yo... —empezó a decir, pero las palabras parecían atascarse en su garganta, incapaces de salir.
—Sabemos que estuviste allí —insistió el detective, su tono ahora más impaciente, como si intentara arrancar la verdad a la fuerza—. Tenemos las cámaras de seguridad, evidencia... Pero lo que aún no entendemos es el porqué.
El chico se inclinó hacia adelante, sus hombros encorvados por el peso de la culpa o el terror. Los recuerdos se arremolinaban en su mente, fragmentos de una historia llena de sombras: la fraternidad, los secretos, las noches de fiestas donde el peligro acechaba en cada rincón, y el rostro de Jake, siempre al borde del abismo.
—No fue... —La voz se quebró, un susurro que apenas se escuchó sobre el zumbido de la lámpara—. No fue como todos creen.
El detective Lee entrecerró los ojos, intentando discernir las emociones ocultas tras esas palabras.
—Entonces cuéntanos, —presionó—. Cuéntanos lo que realmente sucedió.
El silencio volvió a reinar, pesado y sofocante. Las manos del chico se cerraron en puños, temblando ligeramente. Cada palabra era un eco de una verdad enterrada, una verdad que nadie quería desenterrar.
—No tenía elección. —Finalmente, la confesión se deslizó entre los labios como un susurro.
El detective se inclinó hacia adelante, su rostro apenas iluminado por el resplandor de la lámpara.
—Siempre hay una elección —respondió en voz baja, sus palabras cortando a través del aire como cuchillos—. Siempre.
El castaño alzó la cabeza, permitiendo que la luz revelara por un breve instante el tormento en sus ojos, la sombra de lo que había perdido.
—Tal vez... —murmuró—. Pero a veces, la elección es entre el infierno... y algo peor.
