Chapter Text
Todo sucedió en menos de un minuto.
La luz de la farola parpadeaba justo por encima del gimnasio, proyectando sombras largas y fragmentadas sobre el suelo húmedo de la acera. El eco de risas juveniles aún flotaba en el aire, cargado de la euforia del baile de graduación. Brian lo había visto —lo había visto, joder— solo unos pasos delante de él, riendo mientras hablaba con Daphne. Justin giró la cabeza, sus ojos buscando los suyos entre la multitud. Lo encontró. Le sonrió.
Y entonces el mundo colapso.
El batacazo del bate contra el cráneo de Justin no hizo un sonido como en las películas.
No hubo explosión de hueso ni chillido cinematográfico. Fue un golpe seco, simple. Como partir una rama demasiado fina en mitad del bosque. Pero para Brian, ese sonido fue más fuerte que cualquier música, que cualquier grito. Le perforó el pecho.
En ese instante, el mundo se volvió muy, muy lento.
Justin cayó hacia atrás, como si su cuerpo se negara a aceptar lo que le había pasado. Como si aún creyera que era solo una broma. Las piernas se doblaron torpemente, y su cabeza rebotó contra el cemento, dejando un manchón de sangre que comenzó a expandirse con lentitud, como una flor maldita abriéndose en la acera húmeda.
Y Brian corrió.
Su nombre escapó de su garganta, pero no como un grito. Era un murmullo frenético, lleno de negación, un mantra vacío:
—No no no no no no no no no…
Se arrodilló a su lado. Lo tomó entre sus brazos como si con eso pudiera evitar que el alma se escapara del cuerpo. El cabello rubio de Justin estaba empapado, y la sangre corría desde la base del cráneo hasta la mandíbula. Una línea perfecta, carmesí, que manchaba la tela blanca alrededor de su cuello.
El pañuelo.
Brian lo había comprado esa tarde, entre risas. Justin lo había elegido, por supuesto. Un pedazo de seda blanca con ribetes del mismo color, ridículamente elegante para un adolescente, pero Justin lo había atado alrededor de su cuello con una naturalidad que le partía el alma.
Ahora estaba rojo. Rojo y empapado.
Las manos de Brian se mancharon mientras intentaba sostenerle la cabeza.
—No me hagas esto, Sunshine. No hoy. No ahora. Joder, ¡respira! —susurró con rabia.
Entonces la canción comenzó.
🎵 You can dance, ev’ry dance with the guy who gives you the eye, let him hold you tight… 🎵
Pero algo estaba mal. No era la voz suave de la radio. No era música real. Sonaba como arrastrada, como si el vinilo estuviera rayado. La letra se deformaba como si alguien cantara desde el fondo de un pozo, y las notas se alargaban hasta volverse grotescas.
🎵 But don’t forget who’s taking you home… and in whose arms you’re gonna be… 🎵
El sonido provenía de dentro de su cabeza. No había bocinas, no había parlantes, pero la melodía estaba allí, filtrándose entre los gritos, entre las sirenas, entre los sollozos de Daphne que temblaba junto a la ambulancia.
Y entonces lo entendió.
Había fallado.
Él lo había expuesto. Él lo había condenado.
Horas antes. Un universo antes.
Habían bailado.
En el centro de la pista, justo frente a todos, sin importarle quién estuviera mirando. Justin, con su smoking ajustado y el pañuelo blanco, sonriendo como si el mundo le perteneciera. Y él, Brian Kinney, el hombre que no hacía novios ni compromisos, lo había tomado de la cintura y lo había besado.
Lo besó con hambre. Con rabia. Con deseo.
Y lo hizo frente a todos. A Chris Hobbs. A los imbéciles que ya lo hostigaban en el colegio. Lo hizo porque, por un segundo, quiso que el mundo supiera.
Y ahora estaba allí, en sus brazos. Quieto.
Muerto.
🎵 Save the last dance… for me. 🎵
La sangre seguía fluyendo, hundiéndose en la seda blanca que tanto le había gustado. Brian bajó los ojos. Lo tocó con los dedos. Sintió la textura ya húmeda y pegajosa. La culpa le cayó encima como un edificio entero.
“Esto fue por mí. Porque bailé con él. Porque lo besé. Porque pensé que podía desafiar al mundo y que no habría consecuencias.”
No vio cuándo llegó la policía. Ni cuándo los paramédicos intentaron hacer algo. Solo sintió que lo apartaban. Sintió frío. Sintió el vacío en los brazos. El cuerpo de Justin fue cubierto con una sábana blanca —no tan blanca ya— y se convirtió en evidencia.
El pañuelo ya no estaba. ¿Lo había tomado? No recordaba.
Oscuridad.
Brian despertó con un sobresalto, el pecho subiendo y bajando con violencia. Se llevó la mano al cuello. ¿Estaba gritando? ¿Había hablado en voz alta?
La habitación era oscura pero tranquila. El reloj sobre la mesa de noche marcaba 9:00 AM.
—Qué... —susurró.
Se sentó. Las sábanas estaban torcidas, húmedas por el sudor. Miró sus manos. No había sangre. No había pañuelo. Miró al suelo. El loft estaba en orden. Silencio.
—Fue un sueño —se dijo.
Pero algo no encajaba. Todo en su interior gritaba que no lo fue. La canción aún rondaba en los bordes de su mente, como un parásito. Esa voz distorsionada. Esa melodía imposible de arrancar.
Un golpecito en la puerta del dormitorio.
—¿Brian? —era Justin.
No.
—¡Feliz cumpleaños! —gritaron varias voces desde el salón.
No, no, no...
Entró Justin, cargando un pequeño pastel con una vela ridícula encendida.
—¡Sorpresa!
Brian lo miró.
Pelo rubio perfecto. Sonrisa estúpidamente brillante. Ojos vivos.
Vivo.
El alivio fue tan abrupto que le hizo daño.
Pero luego, la duda. La sospecha. La certeza.
Esto ya había pasado. Exactamente así.
Y Justin llevaba el mismo pañuelo blanco alrededor del cuello. Limpio. Impecable.
Brian sintió arcadas.
La mirada de Justin se preocupó.
—¿Estás bien?
Brian apenas pudo asentir. No podía respirar. No podía pensar. Solo podía ver la sangre de nuevo. Olerla. Escuchar la canción.
El día acababa de comenzar.
Y Justin estaba condenado.
