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Fuego entre ruinas

Summary:

Draco da un paso al frente, sin pensarlo. No va a hacer una escena. Solo quiere acercarse. Medir la distancia. Recordarle a Potter lo que está dejando escapar.

Y es entonces cuando Harry lo ve.

No dura más que un segundo. Sus ojos lo encuentran entre los estudiantes y el mundo se detiene. Ginny sigue hablando, sin notar el cambio en la expresión de su novio.

Y Harry lo mira.

Como siempre lo ha hecho.

Work Text:

Ginny le toma la mano frente a todos. La alza un poco, como si estuvieran a punto de ganar un premio. Como si el afecto fuera una medalla, y Harry Potter su trofeo personal.

 

Draco observa desde la distancia con los brazos cruzados, apoyado en una columna del patio cubierto. El cielo está gris y huele a humedad, pero eso no parece incomodar a los tortolitos. Ginny ríe. Esa risa chillona que a él le taladra la nuca. No porque sea fea, sino porque es tan forzada que le da lástima. Una niña gritando que está feliz, que ha ganado. Pero sus manos tiemblan un poco cuando él se voltea. Lo ha notado. Siempre lo nota.

 

Harry asiente con una sonrisa torpe. Mira al frente, al suelo, a las plantas… a todo, menos a ella.

 

Y aún así no la suelta.

 

Draco se muerde el interior de la mejilla. Si Ginny lo tuviera de verdad, Harry no lo miraría como lo hizo anoche. No se habría quedado parado junto a la chimenea de la sala común cuando todos dormían, con la mirada perdida en las brasas, y esa expresión… esa maldita expresión. La misma que pone cuando lo ve a él.

 

Lo vio. Draco bajaba las escaleras en silencio, sin túnica, solo con la camisa blanca arrugada y el cabello alborotado. Se cruzaron en medio del salón, solos. Y Potter no se movió. Solo lo miró como si quisiera decir algo. Como si estuviera a punto de romperse.

 

Pero no dijo nada.

 

Nadie lo hace nunca.

 

Ginny, mientras tanto, sigue hablándole con esa voz dulce que a Draco le sabe a barniz barato. No porque sea mala persona. No porque no lo quiera. Sino porque lo quiere por las razones equivocadas.

 

—Está intentando domarlo —susurra Draco para sí, apenas audible—. Como si él pudiera ser calmado. Como si alguien como Potter pudiera pertenecerle a alguien como ella.

 

La envidia arde como vino en el estómago vacío. Se repite que no le importa. Que está por encima. Que él no es el tipo de idiota que se arrastra por nadie. Pero también se repite que Harry se acuerda. Que lo que ocurrió en quinto año no fue nada, pero también fue todo. El roce de los dedos en el vestuario, los insultos que llevaban más hambre que odio, los silencios que decían lo que las palabras no podían.

 

Y ahora esto.

 

Esta farsa.

 

Ginny le toca el cabello a Harry y él se ríe, apenas. Una risa vacía. Una risa mecánica.

 

Draco da un paso al frente, sin pensarlo. No va a hacer una escena. Solo quiere acercarse. Medir la distancia. Recordarle a Potter lo que está dejando escapar.

 

Y es entonces cuando Harry lo ve.

 

No dura más que un segundo. Sus ojos lo encuentran entre los estudiantes y el mundo se detiene. Ginny sigue hablando, sin notar el cambio en la expresión de su novio.

 

Y Harry lo mira.

 

Como siempre lo ha hecho.

 

Como si cada parte de él gritara algo que su boca no se atreve a pronunciar.

 

Draco no desvía la mirada. No esta vez. Está harto de ser el secreto en la sombra, el nombre que Harry no menciona, la verdad que esconde debajo de una novia perfecta.

 

—¿Por cuánto tiempo más vas a fingir? —piensa, el pecho hinchado de algo que ya no es ira, sino puro cansancio—. ¿Cuánto más vas a dejar que ella calme tus tormentas cuando lo que quieres es arder conmigo?

 

La mirada de Harry se rompe un segundo. Parpadea. Y se aleja. Toma a Ginny de la mano, esta vez con más fuerza, y se la lleva.

 

Draco se queda allí.

 

Con la tormenta desatada adentro.

 

Con la certeza cruel de que Harry lo desea. Pero no lo elige.

 

Aún.

 

Y eso lo consume.

 

Porque no hay dolor más hondo que saberte amado en secreto… y ser traicionado en público.

 

 

La noche cae con un aire húmedo, y el castillo huele a piedra mojada. Los pasillos están vacíos; los estudiantes se han replegado a sus salas comunes y el murmullo habitual ha sido reemplazado por ese silencio espeso que sólo existe en Hogwarts después de las nueve.

 

Draco lo está esperando.

 

No es una casualidad. Sabe que Harry toma el mismo pasillo cada noche después de patrullar con los prefectos. Sabe que viene solo. Que pasa por la torre este y luego cruza hacia el ala sur antes de subir a Gryffindor.

 

Y esta vez no lo va a dejar pasar.

 

El sonido de pasos le confirma que viene. Draco se separa de la pared, erguido, con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo fuerte pero con ritmo. Ha ensayado mil veces lo que va a decir, pero no está seguro de que las palabras se comporten.

 

Harry aparece. La luz de las antorchas lo baña en naranja, y su rostro, aunque cansado, se endurece al verlo.

 

Se detiene a unos pasos de él.

 

—¿Otra ronda de insultos, Malfoy? —dice, sin convicción.

 

Draco da un paso al frente.

 

—No. Ya no.

 

Harry entrecierra los ojos, confundido.

 

—¿Entonces qué quieres?

 

Draco lo mira con rabia, pero una rabia que nace de una herida abierta. No está aquí para ganar. Está aquí porque ya perdió demasiado.

 

—Estoy harto de ser el secreto que tragas cada vez que Ginny te besa. Harto de ver cómo finges que estás completo con ella cuando me miras como si yo fuera el abismo en el que quisieras caer.

 

El aire se congela entre ellos.

 

Harry aprieta la mandíbula. No niega nada. Sólo calla.

 

Draco continúa, la voz temblándole sólo al final:

 

—Pacifícala todo lo que quieras, Potter. Llévala de la mano por los pasillos, bésala frente a todos. Hazle creer que la amas. Pero no te atrevas a mirarme otra vez como lo haces si no vas a tener el valor de elegirme.

 

El silencio ahora es brutal. Como un duelo sin varitas.

 

Harry da un paso. Luego otro.

 

—No entiendes, Draco… No es tan fácil.

 

Draco suelta una risa hueca.

 

—¿No? ¿Crees que no me cuesta a mí también? ¿Crees que me gusta desear a alguien que se esconde detrás de una chica buena y una reputación perfecta? ¿Que me divierte verte cada día elegir lo que es más fácil en vez de lo que es verdadero?

 

Harry baja la mirada. Sus manos tiemblan.

 

Draco se acerca. Muy cerca. A un suspiro.

 

—Yo no soy buena, Potter. No estoy hecha para calmarte ni para salvarte. Yo soy todo lo que te quema. Pero tú… tú tampoco estás hecho para vivir en paz. Eres un caos, igual que yo.

 

Harry levanta la mirada. Sus ojos verdes brillan, húmedos. Draco no lo toca. No aún. Sólo lo observa. Desnudo, honesto, por primera vez.

 

Y Harry no se aparta.

 

—Lo sé —susurra.

 

Draco traga saliva. Espera algo más. Una decisión. Una señal.

 

Harry da un paso atrás.

 

—Pero aún no puedo dejarla —dice, como si fuera una confesión—. Ella cree que la amo. Y no sé cómo hacerle esto.

 

Draco asiente. El golpe duele, pero no lo rompe. Ya está acostumbrado a las medias verdades. A los “quizás” disfrazados de excusas.

 

—Entonces no me mires más como si sí.

 

Y se da la vuelta.

 

Camina. Rígido. Destrozado por dentro. Pero digno.

 

Porque si Harry no va a elegirlo con todo, entonces no lo tendrá a medias.

 

No otra vez.

 

---

 

Draco no lo espera más.

 

No se gira en los pasillos. No busca los ojos verdes entre la multitud. No detiene la respiración cuando escucha su nombre.

 

Ya no.

 

Theo Nott lo acompaña una tarde a la biblioteca, le deja chocolate amargo envuelto en una servilleta arrugada con su letra elegante escrita con tinta negra: “Por si el día fue una mierda”. Y no le pregunta nada.

 

Theo se queda.

 

Y eso es más de lo que Harry Potter jamás hizo.

 

Draco se ríe con él, de verdad. No con la risa hueca que usaba con Pansy o Blaise. Esta vez se ríe con la garganta abierta, como si por fin su cuerpo recordara cómo se sentía estar a salvo. Le gusta que Theo no pretenda. Que no lo mire como si fuera frágil, ni como si necesitara ser salvado.

 

Y una noche, mientras llueve contra los ventanales de la Sala de los Menesteres, Theo lo besa. Lo besa como si no tuviera miedo. Como si no le importara que el mundo viera.

 

Y Draco se deja querer.

 

Hasta que Harry los ve.

 

No fue un accidente. No esa vez. Harry iba buscándolo. No se lo había sacado de la cabeza desde aquella noche en el pasillo. Desde que Draco le dijo que dejara de mirarlo como si sí.

 

Pero no pudo.

 

Y ahora lo ve. A través de la ranura de una puerta mal cerrada. Ve a Draco apoyado contra la pared, los labios apenas separados, y a Theo sujetándole la cintura con una mano segura.

 

Algo dentro de él se rompe. Algo salvaje despierta.

 

Ya no piensa. No sopesa consecuencias. No se pregunta si es correcto.

 

Harry entra de golpe. La puerta se abre de par en par y Theo se aparta en seco. Draco gira, sobresaltado, con los labios aún rojos del beso.

 

—¿Qué mierda…? —empieza Theo.

 

Pero Harry no lo escucha.

 

Camina hacia Draco como si el mundo estuviera ardiendo y él sólo quisiera quemarse con él. Lo toma del brazo, lo jala hacia él con un gesto que no deja lugar a dudas.

 

Y lo besa.

 

No como Theo.

 

Harry lo besa con furia, con rabia, con todo el deseo contenido durante años. Lo besa como si le doliera respirar si no lo tiene. Como si su cuerpo sólo recordara estar completo cuando lo toca.

 

Draco no se mueve.

 

Un segundo.

 

Dos.

 

Y entonces responde.

 

Porque ese es el beso que ha esperado desde que tenía quince años. El que soñó en los baños, en la sala común, en cada puta carta que nunca se atrevió a enviar.

 

El beso que quema.

 

Cuando se separan, Draco lo mira. El pecho sube y baja, desbordado.

 

Theo se ha ido.

 

Harry no dice nada al principio. Sólo lo sostiene por los brazos, como si temiera que desapareciera.

 

—No me importa —dice por fin—. Si me odian. Si se rompe todo. Si Ginny me mira como si fuera un monstruo. No me importa.

 

Draco se ríe entre dientes. Seca la saliva de su labio con el pulgar.

 

—Tardaste demasiado.

 

Harry baja la mirada.

 

—Lo sé. Pero ya no pienso soltarlo.

 

Draco lo observa en silencio.

 

Y por primera vez, le cree.

 

No porque Harry se lo merezca. Sino porque él también ha cambiado. Porque ya no es el niño esperando migajas de amor. Es un hombre que sabe lo que vale.

 

Y esta vez, si Harry lo quiere… tendrá que pelear por él.

 

Porque Theo lo quiso con dulzura, pero Harry lo ama con fuego.

 

Y a veces, uno elige el incendio.

 

---

 

Ginny lo supo antes de que se lo dijeran.

 

No porque Harry se lo confesara, ni porque lo encontrara en la cama con Draco (aunque eso vendría después). Lo supo por el silencio. Por las manos que ya no la buscaban. Por la forma en que él miraba por la ventana como si algo al otro lado del castillo lo llamara y no pudiera resistirse.

 

Cuando Harry se lo dice, no es con culpa. Es con cansancio.

 

—Estoy enamorado de él.

 

Ginny no llora. Ni grita. Sólo lo observa, con esa expresión vacía que es peor que el dolor.

 

—¿Desde cuándo?

 

—Desde siempre —dice Harry. Y en ese momento, ella entiende que nunca fue elegida. Que sólo fue la paz antes de la tormenta.

 

Ginny se marcha. No intenta luchar por él. Porque sabe que no hay espacio para ella en esa historia. Nunca lo hubo.

 

---

 

El mundo mágico lo supo como se saben las cosas importantes: por error, por rumores, por fuego.

 

Un beso en un pasillo. Un testigo que no se calla. Una foto que alguien toma a escondidas: Draco Malfoy y Harry Potter, espalda contra pared, las manos perdidas entre ropa y deseo.

 

El Elegido y el hijo de un mortífago.

 

La noticia recorre el mundo mágico como un incendio sin control. Algunos lo celebran, otros lo condenan. El Ministerio intenta ignorarlo. The Daily Prophet publica un titular mordaz: “¿Potter envenenado por un Malfoy?”

 

Molly Weasley llora. Ron rompe una taza. Hermione guarda silencio, y luego escribe una carta corta a Draco que termina con: “Sé que él no estaría vivo sin ti. Cuídalo. Por favor.”

 

Lucius Malfoy no dice nada. Narcissa, en cambio, sonríe como si por fin se hubiera hecho justicia. Como si su hijo, por fin, tuviera algo que nadie le puede quitar.

 

---

 

Y Draco…

 

Draco no lo hace fácil.

 

No se deja poseer sin resistencia. No es una novia perfecta ni un secreto que se guarda en el bolsillo. Draco quiere que lo elijan, pero también quiere que lo respeten. Quiere deseo, sí, pero también verdad.

 

—¿Vas a esconderme, Potter? —le pregunta una noche, recostado con el torso desnudo, la piel marcada por besos y uñas.

 

Harry, con el pecho apoyado en su espalda, le responde al oído:

 

—Voy a amarte en público o en ruinas. No me importa cómo termine todo esto, Draco. Pero ya no puedo fingir que tú no eres todo.

 

Draco cierra los ojos. Sus dedos entrelazados con los de él.

 

—Bien. Porque no pienso ser menos que todo para ti.

 

Y entonces lo besa. No como un secreto.

 

Sino como alguien que, al fin, se ha convertido en lo único imposible de apagar.