Work Text:
Dos hombres fuman debajo del cartel que titulaba “Departamento de inteligencia de konoha - Acceso restringido”.
Habían estado trabajando 4 horas en el profundo cuartel subterráneo y todo indicaba que el asunto se extendería muchas horas más. Por eso fue necesario tomar un descanso.
En la luminosa superficie el sol del atardecer pintaba la aldea de un naranja brillante. El paisaje se reflejaba en los anteojos oscuros de Aoba.
Santa buscó su propio reflejo en los cristales del capitán. Aoba se sintió observado, pero no emitió reacción alguna. Le dio la última pitada a lo que quedaba de su cigarro y lo descartó una vez terminado.
Sin más escusas de por medio todo indicaba que estaban listos para regresar a sus labores, pero por suerte Santa decidió deslizar una charla:
—¿Señor, puedo preguntarle algo?
—Supongo. ¿Tengo que dar las gracias porque no me estás operando? —bromeó. Se refería a la acción de extraer los pensamientos directo de la mente de otra persona.
Santa sonrió con los labios cerrados.
—Oh, vamos. —Se consideraba a sí mismo un hombre con valores y principios, jamás haría eso.
—¡No se puede confiar en esos shinobis de Inteligencia! —Entonó Aoba con ironía. —Pero bien, usemos los métodos tradicionales —mantuvo la sonrisa y elevó ambas cejas—. Dime.
—Siempre quise saber ¿cómo fue el momento cuando lo ascendieron a capitán?
—¿La postulación? Oh, no fue la gran cosa.
—Quiero decir, sé que el viejo Inoichi confía mucho en usted.
—Si. —respondió con gran seguridad—. Ciertamente lo hace. El señor Inoichi me conoce bien.
Al igual que muchas otras unidades en el departamento, Aoba era uno de los discípulos directos del viejo Yamanaka.
Los shinobis ajenos al clan Yamanaka con el potencial para la lectura mental eran un caso raro. Cualquier unidad con dichas habilidades era reclutada de forma inmediata por el departamento de inteligencia. La mayoría no lograba pasar las pruebas básicas. Y los dos pocos que eran seleccionados, ninguno lograba el poder de transmisión mental de un Yamanaka, como el mismo Aoba.
Santa nacido y criado bajo el techo del clan rara vez intercambiaba asuntos con Inoichi. Cuando joven, su entrenamiento temprano había quedado en manos de la tradición de la casa: formar equipo con un miembro de los clanes aliados (la casa Akimichi y Nara). Su tutor fue un jonin proveniente del clan Sarutobi. Si le preguntaran al mismísimo Santa: una pérdida de tiempo.
—Debió ser genial haber sido entrenado por Inoichi-san.
La realidad es que envidiaba a todos quienes se dieron el gusto de ser entrenados por la cabeza de su clan.
Aoba percibió la frustración en el tono de su compañero.
—No habría sido la gran cosa para una persona como tú.
Santa le dirigió la mirada.
—¿Como yo?
—Alguien que viene de un clan con tradición de lectura mental. Durante el reclutamiento típico de inteligencia aprendimos a leer mentes, enseñarle eso a un Yamanaka sería como enseñarle a un Inuzuka a oler ¿no crees?
Santa no respondió y se limitó a contemplar las nubes en el cielo. A pesar de las palabras de su capitán la envidia le carcomía por dentro. Había crecido pensando que el viejo perdía el tiempo entrenando a todas esas unidades inferiores en vez de destinar el tiempo a su propio clan. La prueba viviente de esa creencia era la hija directa del Inoichi: Ino.
La chiquilla no tenía más de 16 años y era una bestia de las técnicas mentales. No tenía experiencia en el campo de batalla, pero era inminente. Solo eso le faltaría para posicionarse como uno de los shinobis más aptos en lo que a lectura mental se refería. La única diferencia entre Ino y él era la mentoria directa de la mejor unidad de todo Konoha.
—De todas formas, mi nivel de lectura no es lo que me llevó a esa postulación —dijo Aoba interrumpiendo los pensamientos oscuros de Santa. Este se giró hacia su capitán volviéndose a reflejar en los lentes oscuros—. Más bien, diría que fue mi instrucción militar.
Aoba le llevaba bastantes años por delante de experiencia en campo. Santa se consideraba a sí mismo una excelente unidad jonin, pero todo eso parecía nunca ser suficiente dentro del departamento. Apenas alcanzaba cargos honoríficos que lo destacaban levemente por sobre sus compañeros.
—En fin —enunció Aoba desperezándose—, ya hemos estirado suficiente las piernas. Es hora de volver al trabajo—.
Y así con tranquilidad, emprendió su regreso hacía el interior. Pero Santa no lo siguió. Se quedó hipnotizado por la gran bola naranja rojizo que moría despacio en el horizonte.
En dos días no había visto un rayo de sol, y ahora sólo tenía lo que quedaba de un atardecer.
Decidió que se quedaría un momento más para contemplar su partida.
«En un rato bajo» transmitió a su capitán que ya no se encontraba en la superficie.
«Está bien. No tardes mucho» respondió Aoba desde algún lugar valiéndose del jutsu de Santa.
El Yamanaka se tocó el bolsillo y le dedicó un cigarrillo más a la tarde.
