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Los bailes, independientemente de quién los organizara, eran un sufrimiento para Wednesday Addams, y no del tipo divertido.
Siempre había demasiada gente y ruido. Esta vez, a pesar de los altos estándares de su abuela, Hester Frump, no era diferente. Wednesday caminó por los alrededores buscando un sitio tranquilo para pasar el rato sin obtener grandes resultados. La gente se reunía por todas partes: cerca de la puerta, de las escaleras, de la zona del banquete. Se resignó a quedarse quieta como una estatua detrás de un pilar. Con suerte nadie la molestaría en un rato.
Lo idóneo habría sido no asistir, pero tenía sus motivos. Para iniciar, necesitaba hablar con su abuela con urgencia sobre sus visiones cada vez más persistentes. Lamentablemente, la forma más rápida de hacerlo era con esta fiesta sin sentido que estaba organizando. Si era afortunada, podría abordarla en algún momento de la noche. Por otro lado, quería saber si su acosador realmente vigilaba cada uno de sus movimientos. Si este lograba verla en la fiesta sería información valiosa. Saberlo podría ayudarla a perfilar su identidad. Por último, necesitaba mantener vigilada a...
—¡Hola, roomie!
Los ojos de Wednesday fueron a parar hacia Enid, quien había aparecido de repente a su lado.
Unas personas pasaron caminando cerca de ellas y comenzaron a hablar en voz baja mirando en dirección a Enid. La reacción de su compañera de cuarto, aún con una sonrisa de oreja a oreja incluso con su súper oído, indicaba que no habían dicho nada malo u ofensivo sobre ella, aunque era obvio. Enid se veía deslumbrante. La luz que entraba por la ventana le daba un brillo especial, misterioso. Su máscara, la cara de un lobo, incrementaba ese efecto. Su vestido también relucía: blanco con destellos rosas y dorados, a la altura de las rodillas, ceñido al cuerpo. Este se ajustaba perfectamente a su cabello lleno de color. Su labial resaltaba sus labios y con ello la forma simétrica de su cara.
—Uy, no debí decir eso —dijo Enid, tapándose la boca como si hubiera dicho algo malo—. ¡Se supone que esta es una mascarada, debemos fingir que no nos conocemos!
—Enid, es obvio que eres tú. Encontrarte en una fiesta de máscaras no supone un gran desafío —respondió Wednesday, mirándola de arriba a abajo una vez más, deteniéndose esta vez a la altura de su pelo—. Tu cabello te delata más que tu rostro.
—También estás reconocible, toda vestida de negro... aun así, yo esperaba que pudiéramos encontrarnos y fingir que no nos conocíamos, ¡ese es el espíritu de las mascaradas! Además, imagínate: una amistad formada en el anonimato, hablar sin la presión de nuestra identidad, sería como ser las protagonistas de alguna película, ¿¡no suena divertido!?
—Qué estúpido y poco eficiente suena eso.
Enid no se tomó a mal el comentario de Wednesday, sino que sonrió como sus palabras tuvieran total sentido y se posicionó a su lado, como un perro guardián al servicio de su amo. Ambas permanecieron así por un tiempo, juntas, en un silencio que fue agradable, lleno de reconocimiento y entendimiento. Habían tenido muchos momentos así desde que comenzó el segundo año y Wednesday aún no sabía cómo sentirse al respecto.
Cuando el paisaje dejó de ser interesante, Wednesday le dio un vistazo a Enid. La luz de la luna entrando por las ventanas aún la iluminaba y algo en su pecho se contrajo. La visión de hace días, Enid sin pulso, recostada en el piso, desangrándose mientras ella la sostenía en su regazo, aún la perturbaba. Esa imagen no la abandonaba nunca y ese momento no era la excepción. Su compañera de cuarto pareció darse cuenta de que estaba siendo observada porque volteó a verla y le sonrió nuevamente. El pecho de Wednesday se contrajo con más fuerza.
—Gracias por invitarme, por cierto —dijo Enid suavemente, aunque pronto su voz se elevó muchas octavas—. ¡Nunca he estado en una mascarada!, ¡es muy emocionante!
—Mi abuela insistió en que te invitara, tiene una fascinación extraña por los hombres lobo —contestó Wednesday, una mentira absoluta, pero era menos humillante que admitir que le pidió permiso a su abuela para invitar a Enid a este evento familiar. En su defensa, era algo necesario. Con su acosador dando vueltas por ahí y ahora acosando a Enid necesitaba mantenerla vigilada constantemente. Thing no podía hacer el trabajo todo el tiempo. Para hacer su mentira más creíble, señaló unas estatuas de hombres lobos sobre las escaleras.
—Tu abuela es muy amable y también... —Enid tuvo complicaciones para saber cómo proceder. Sus ojos recorrieron la habitación, desde los decorados elegantes de color rojo hasta los candelabros sobre el techo—. Vaya, esto se ve caro.
—Mi abuela no escatima en gastos, en especial para sus invitados. Siempre dice algo sobre que la reputación de Funerarias Frump está en juego. —Wednesday se encogió de hombros con aburrimiento—. Aunque no entiendo su gusto por los eventos sociales, la admiro. Convirtió su obsesión con los cadáveres en algo legal y constructivo. Si mi objetivo no fuera ser novelista, no me hubiera importado unirme a su empresa.
—La decoración es algo siniestra, ¡pero elegante!, me recuerda al teatro —admitió Enid.
—Ah, sí, ella es fanática de el Fantasma de la Ópera.
—Entiendo. —Enid asintió—. Es una lástima que solo haya podido venir yo.
El comentario de Enid no fue mal intencionado, sus ojos maravillados con la decoración la delataban. Aun así, la mirada de Wednesday, fija en la multitud, se dirigió a su compañera de cuarto unos segundos después. No necesitaba leer mentes para saber que Enid estaba pensando en Bruno. El rostro de Enid, brillante, pero melancólico y lleno de incertidumbre, era una prueba. Además, Enid no fue sutil en sus intentos de convencerla para invitar a Bruno al evento de su abuela. Su más grande ilusión era que los tres fueran mejores amigos, pero Wednesday dejó en claro que eso nunca iba a pasar. Su cuota de apertura estaba más que cubierta con Enid, Eugene, su hermano y las ocasionales intervenciones de Bianca. Asimismo, no confiaba en él.
Quizá por eso sentía fuego y rabia arder dentro de ella al verlo.
Apretó su mandíbula y se tragó su molestia. En su lugar, intentó decir otra cosa.
—Te ves... aceptable.
Enid tuvo un espasmo y la volteó a ver como si le hubiera salido una cabeza extra. Todo su semblante reflejaba sorpresa. Wednesday no estuvo ahí para verlo. Sus ojos volvieron a la multitud con una indiferencia tan grande que no reflejaba nada. Enid, normalmente alegre y con la velocidad al hablar de un video reproducido en velocidad por dos, se mostró inusualmente tímida, pero Wednesday supo que fue un buen movimiento cuando Enid comenzó a balancearse sobre sus pies como siempre que estaba feliz.
—¿Wednesday Addams haciendo cumplidos?, ¿le pusiste demasiado cianuro a tu café esta mañana? —preguntó Enid juguetonamente.
—No es un cumplido, es un hecho —afirmó Wednesday con sequedad—. Cuando te invité, esperé que aparecieras con una apariencia nauseabunda, disfrazada como un arcoíris y llena de brillantina, pero supongo que también sabes contenerte.
—¿Es tan difícil ser amable con alguien? —Enid sonrió con cariño—. Bueno, tú también te ves muy bien esta noche.
Wednesday tarareó en reconocimiento. Una sensación pesada sobre sus hombros que no sabía que estaba ahí la abandonó con rapidez. Aceptó el cumplido de Enid porque en el fondo y pese a sus palabras también le externó uno. De seguro eso era lo que su compañera de cuarto esperaba de ella: el cotilleo, las pláticas de chicas. No podía ofrecerle esas cosas y eso nunca le representó un problema, al menos hasta que vio sus manos llenas de la sangre de Enid en su visión. Si podía hacer algo en ese momento, por más pequeño que fuera, para mantener esa felicidad en el rostro de Enid, era bienvenido.
—A pesar de lo que dije estoy feliz de estar a solas contigo hoy. Lo extrañaba, ¿sabes?, últimamente no hemos estado juntas.
—Sí —afirmó Wednesday—. Han pasado demasiadas cosas.
Como si hubiera destapado una cloaca, Enid comenzó a contarle las últimas novedades de las que se había perdido. No era nada relevante para su investigación o siquiera remotamente interesante, cosas de sus grupos de amigos, un ensayo que le habían encargado de tarea, chismes, la vida de Yoko en su nuevo colegio, pero Wednesday la escuchó con atención e hizo comentarios ocasionales. Su rincón tranquilo desapareció, no le importó demasiado.
Cuando a Enid le comenzó a dar sed por tanto hablar, Wednesday la acompañó a buscar un mesero. Encontraron uno, desgraciadamente, cerca de Gómez y Morticia Addams. Ambos resaltaban no solo por sus apariencias en negro y porque Morticia era la hija de la organizadora de la fiesta, sino por sus muestras de afecto exacerbadas. Wednesday hizo mala cara y planeó una retirada estratégica, pero debió saber que el amor de su padre era más veloz. La vio por una fracción de segundo y su padre y madre comenzaron a acercarse a ella como un planeta a su órbita.
—Mi pequeña víbora —comenzó su padre, cerrando el contacto entre ellos y dándole un abrazo que Wednesday no correspondió. Al separarse, Gómez se dirigió hacia Enid y le otorgó una sonrisa enternecida y sincera—. Ah, y mi pequeño suplemento de serotonina. Mi corazón se llena de dicha al verlas. Se ven horribles el día de hoy.
—Ustedes también se ven increíbles —respondió Enid, emocionada y conmovida, tal vez por el cariño en las palabras de Gómez, la validación o el sobrenombre cariñoso. De la forma que fuera, devolvió el abrazo que el hombre le ofreció con mucho gusto.
—¿Se están divirtiendo? —preguntó Morticia con un tono maternal.
—¡Por supuesto!, muchas gracias por invitarme.
Wednesday hizo mala cara. Había algo espantoso en que sus padres y Enid se llevaran tan bien, y no del tipo entretenido como lo sería electrocutar a su hermano. Verlos interactuar de esa manera le hacía sentir... algo, lo cual era repugnante. Ignoró aquello, así como la elocuente conversación que estaba teniendo su compañera de cuarto y su padre sobre la máscara de Enid y los hombres lobo. Fue preferible fijarse en su madre, aunque pronto se percató de lo equivocada que estaba. Ella la veía enternecida, sabiendo el contexto de que Enid estuviera en esa fiesta. Wednesday la miró con odio y Morticia le sonrió, poniendo un dedo en sus labios y haciendo una expresión de que guardaría silencio sobre todo.
—Ha sido un placer verlas, queridas, sin embargo, tenemos asuntos que atender —dijo Morticia, estirando su brazo, el cual fue atrapado y besado por Gómez—. El baile comenzará pronto.
Enid chilló llena de emoción y Gómez le guiñó el ojo. Tenía sentido, siendo que la fiesta tenía un rato de haber comenzado. Enid se despidió de ellos ante la indiferencia de Wednesday, que solo los vio alejarse. Dentro de poco las luces se atenuaron y en el centro, el lugar designado para la pista de baile, aparecieron Gómez y Morticia, en posición para comenzar a bailar.
La mirada de todos se enfocó en la pareja y Enid no fue la excepción. Siempre era un placer ver a Morticia y Gómez bailar. Bailaban con elegancia y cierta excentricidad. Las vueltas que daban no deberían ser posibles para un ser humano promedio. Enid incluso dio un salto en su sitio cuando Morticia arrojó unos cuchillos que tomó de una mesa cercana y Gómez los atrapó con la boca. A los minutos más gente fue integrándose a la pista de baile y los espacios alejados se vaciaron.
Wednesday buscó a su abuela entre la gente. La encontró sola, sentada en una silla en el otro extremo del salón, observando a Gómez y Morticia bailar. Sería el momento perfecto para acercarse, pero no podía hacerlo, o al menos aún no. Recordó por un momento esas palabras que le dijo a Enid el año pasado: estoy más cerca de resolver este caso, eso es lo más importante, y lo mucho que le habían disgustado a Enid. Debía ser una buena amiga, lo que sea que signifique eso, o al menos una buena anfitriona por esta vez. Escucharla parlotear sobre cosas sin sentido era un inicio, aunque había más que podía hacer. Estaba obligada a hacerlo, ya que se negó a invitar a Bruno y nadie podía entretenerla más que ella.
Enid suspiró, viendo con melancolía la pista de baile. Se notaba que había algo que deseaba decir, pero no tenía la voluntad para hacerlo. Sus nervios eran evidentes, sus garras se extendían y retraían sin parar y observó a Wednesday cohibida.
—Este ambiente es tan elegante, ¿crees que encajemos? —Era notorio que eso no era lo que Enid quería decir, pero Wednesday decidió no insistir.
—El Rave'N es una celebración tonta, creada para fomentar la validación y las fantasías de grandeza de adolescentes aún más tontos. No me interesa participar en rituales adolescentes así. La vez pasada hice una excepción y quise divertirme acorde a eso, pero me siento mejor con eventos como este. También puedo bailar este tipo de cosas. Mi abuela no permitiría que fuera de otra manera.
Su compañera de cuarto asintió, como si eso tuviera total sentido. Se notaba aún más nerviosa.
—Nunca he bailado este tipo de música, ¿crees que mis años de ballet puedan ayudarme?
Los ojos de Wednesday se abrieron de golpe y por primera vez en mucho tiempo se quedó sin palabras.
—¿Bailas ballet?
Incluso la pregunta sonaba extraña en sus labios. Wednesday sabía que Enid era una buena bailarina, al menos para los estándares convencionales. Su desempeño en el Rave'N fue adecuado y de vez en cuando bailaba en su habitación compartida. Sus pasos concordaban con los de las personas en los vídeos, algo que se podía interpretar como un desempeño correcto. Sin embargo, jamás se le cruzó por la mente que sabía ballet. Era extraño asociar a Enid con el ballet. El ballet estaba relacionado con la elegancia, la precisión y la gracia, cualidades que no asociaba con la chica a su lado.
—¿No lo sabías?, es lo que estoy practicando con la profesora Capri para la clase de música. De hecho, dice que lo hago bastante bien —respondió Enid, disfrutando del rostro consternado de Wednesday.
—Ah, así que por eso pasaban tanto tiempo juntas.
Enid le sonrió con orgullo, aunque su entusiasmo duró poco. Pronto volvió a ser un mar de ansiedad. Parecía tan inmersa en sus pensamientos que Wednesday se fastidió. Si tenía algo que decir simplemente debería decirlo. No tuvo que insistir por suerte. Enid logró calmarse lo suficiente para mirarla fijamente y hacerle una simple pregunta.
—¿Bailamos juntas?
Su tono fue casual, como si hubiera preguntado por el menú de la cafetería, pero esa tranquilidad no llegó a sus ojos. Wednesday la miró con frialdad y notó la decepción anticipándose en su mirada. Aquello la complació. Enid la conocía tan bien y no estaba equivocada. Si no fuera Enid la persona que hubiera preguntado, el rechazo habría sido rotundo, demoledor y cruel.
Pero era Enid quien había preguntado.
Enid, la persona que le salvó la vida. Enid, la mujer lobo que aun con su pelo colorido, música horrible y ropa extravagante, había logrado encender una pequeña mecha de calidez en su corazón negro. Enid, quien moriría pronto si no hacía algo para detenerlo.
Se lo debía.
—Claro, ¿por qué no? —Antes de que Enid siquiera pudiera responder, agregó—. Pero yo lidero, no planeo lidiar con tu torpeza.
La sorpresa era mayúscula en el rostro de Enid. La chica tardó un poco en salir de su aturdimiento, pero cuando finalmente lo hizo sonrió. Fue una sonrisa tan grande que iluminó toda la sala. Esa imagen, en vez de repulsiva, fue reconfortante para Wednesday. Insistió en que era porque cualquier cosa era preferible a ver a Enid dar el último suspiro en sus brazos.
El entusiasmo de Enid volvió y Wednesday fue arrastrada como una muñeca de porcelana hacia la pista de baile. A pesar de eso, al estar ahí, Wednesday se recompuso y le estiró la mano. Enid le correspondió el gesto sin dudarlo. La mano de Wednesday se cerró sobre la de Enid y la otra fue a parar a su cintura. Enid, por su parte, posó su mano restante sobre los hombros de su compañera de cuarto. Fue un toque suave, casi invisible, como si no quisiera invadir mucho su espacio personal o fuera tímida. Quizá eran ambas cosas.
—Más te vale no pisarme o haré una alfombra con tu piel lobuna en la próxima luna llena.
Con eso dicho, Wednesday comenzó a moverse.
Al principio fueron descoordinadas. Wednesday liderando y la diferencia de altura, más pronunciada por los tacones de Enid, no era una buena combinación. Sin embargo, fueron acomodándose poco a poco. Sus pasos se sincronizaron y cada movimiento, por más tenue que fuera, estaba cargado de una suavidad inusual.
Fue imposible para algunas personas aledañas en la pista de baile no verlas. La escena era inusual. Wednesday Addams, la nieta de Hester Frump y una persona reservada y aislada, estaba bailando con una chica misteriosa con máscara de lobo. Además, la diferencia de colores entre ambas era muy marcada y su coordinación era incuestionable, extraña, como si el baile hubiera sido coreografiado. Nada tenía sentido, no debería funcionar de la manera en la que lo hacía. Aun así, a las chicas no les importó y ni lo notaron, incluso Wednesday. Su mirada no estaba en los demás, sino en Enid, en sus ojos azules que se veían por detrás de la máscara.
—Siempre quise bailar contigo, ¿sabes? —dijo Enid con un poco de vergüenza, aunque llena de confianza—. En el Rave'N quería hacerlo, pero cuando iba a alcanzarte Ajax me interceptó y luego... bueno, pasó toda esa escena sacada de Carrie.
Hubo silencio. Wednesday hizo un sonido de afirmación y miró al suelo con expresión pensativa. Por algunos segundos no dijo nada hasta que alzó la vista de nuevo con un rostro indescifrable.
—Ajax no está ahora, puedes hacer lo que quieras.
Aquello encendió algo dentro de Enid, algo cálido, profundo, desconocido e intimidante. Debió ser aterrador, pero no lo era con Wednesday viéndola así, como incitándola a que tomara lo que deseaba. Enid le sonrió con dulzura y en un arranque de determinación movió su mano del hombro de Wednesday a su cadera. Wednesday hizo lo mismo, arrastró su mano de la cintura de Enid a su hombro. Fue un movimiento calculado, casi quirúrgico. La transición fue natural, imperceptible para cualquiera, pero no para ellas. Algo en el aire cambió. Ninguna dijo nada.
Enid la guio con firmeza y Wednesday la siguió sin vacilar. Era tan fácil, tal vez porque se movían juntas, como siempre lo habían hecho.
En un momento, Enid le dio una vuelta, con la mano firme en su cintura. Wednesday cerró los ojos y respiró. Era dolorosamente consciente de que su corazón latía, de que estaba viva, de que podía sentir. Sus entrañas se retorcieron, pero Enid no la dejó huir. Al contrario, inclinó su cuerpo hacia adelante en un giro especialmente lento, y Wednesday, sin poder hacer nada, se dejó llevar, arqueándose ligeramente hacia atrás con la mano de Enid en su espalda.
Por un instante, el mundo se detuvo. El rostro de Enid cerca del suyo, su aliento entrecortado, el brillo de los candelabros reflejándose en sus pupilas dilatadas, movió algo dentro de ella. No era solo el lobo, esa criatura tan visceral que podía ver tras los ojos de Enid, era algo más: un reconocimiento, un sentimiento que no se atrevía a nombrar, pero que era innegable.
Al ver los ojos de Enid, Wednesday sintió un gran dolor en su pecho y un nudo en la garganta. Reconoció esa sensación, la que sintió al perder a Nero y al casi perder a Thing. Era debilidad, era miedo, una emoción que no debería existir en su vocabulario. Era la realización lamentable de que no podía perder a Enid, de que no lo soportaría.
Wednesday sabía que cualquier otra cosa que no fuera indiferencia era un error. Entonces, no podía entender cómo algo que estaba mal en muchos niveles se sentía tan bien.
Con delicadeza, Enid la levantó de nuevo, pero algo en el aire seguía inclinado entre ellas, invisible y tenso. Continuó así hasta que, con una última vuelta, la canción terminó. Los dedos de Enid permanecieron un segundo en la mano y en la cadera de Wednesday hasta que lentamente se apartó. El movimiento fue tan suave que se sintió como una caricia. Wednesday la miró con ojos indiferentes, pero Enid solo le sonrió y colocó sus manos detrás de su espalda.
—¡Qué divertido!
—No estuvo mal —admitió Wednesday—. Supongo que la profesora Capri es más competente de lo que parece.
—¿Quieres bailar otra?
No había motivos para hacerlo. Ese baile fue peligroso y ya había cubierto su cuota de buena anfitriona: escuchó a Enid hablar, la acompañó a buscar bebidas, bailó con ella. No existía ningún motivo coherente para invertir más tiempo en su compañera de cuarto, sobre todo porque, al dar un vistazo al otro extremo del salón, vio a su abuela recostada en un silla, sola, sin distracciones molestas de algún tipo. Sin embargo, la negativa no salió, le raspó la garganta y se vio forzada a decir otra cosa.
—Claro, pero esta vez bailaremos a mi manera. No disfruto de los protocolos.
—No esperaría menos —dijo Enid emocionada, estirándole su palma a Wednesday.
Wednesday tomó su mano, suave y cálida.
Se convenció de que un poco de tortura no era mala de vez en cuando. Después de todo, ella disfrutaba del dolor.
