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Malas semillas y verdades enterradas

Summary:

En un pueblo costero donde el viento lleva rumores y la sangre lleva maldiciones, dos hermanas Owens tratan de sobrevivir a la pérdida, al legado de la magia familiar y al peso de un amor condenado. La muerte del esposo de Sally parece un accidente… hasta que dos agentes del FBI llegan para investigar una serie de muertes misteriosas en la región, todas conectadas con eventos inexplicables y una familia con reputación de brujas.

Fox Mulder y Dana Scully, escéptica y creyente por igual, encontrarán más de lo que esperaban: conjuros que despiertan cosas antiguas, cartas del tarot que hablan por sí solas, flores que florecen con susurros, y dos mujeres cuyo dolor podría estar rompiendo más que corazones.

A medida que las tensiones se mezclan con deseos ocultos, las alianzas entre ciencia y hechicería se vuelven inevitables. Mientras Mulder siente que algo más allá de lo alienígena se manifiesta, Scully empieza a cuestionar todo lo que la lógica puede explicar.

Entre rituales, secretos del pasado y una amenaza que no es de otro mundo sino de este, los lazos entre los cuatro se pondrán a prueba. Algunas verdades no necesitan ser descubiertas. Solo aceptadas.

Chapter 1: Prólogo – Cuando cambia el viento

Chapter Text

 

Green Bluff olía a sal, lavanda y tierra removida.

Esa mañana, el viento había cambiado de dirección. Jet Owens lo sintió primero, en los huesos. Frances lo olió después, en el aire. Pero ninguna de las dos lo mencionó mientras servían el té, porque no hacía falta. El viento siempre sabía cuándo una Owens sufría.

En la sala, el ataúd aún estaba cubierto de flores demasiado frescas para la temporada. Sally permanecía sentada en una silla de mimbre, sin moverse, las manos en el regazo como si no fueran suyas. Los ojos secos. La piel demasiado blanca. La pérdida no había brotado todavía. Estaba, simplemente, atascada.

Kylie, con sus trenzas deshechas, jugaba en silencio con un cuervo de papel. Antonia dormía abrazada a una muñeca de trapo con ojos bordados. Ninguna de las dos lloraba. Las hijas de Sally ya habían aprendido que el dolor en esa casa no se gritaba: se cocía a fuego lento, como una pócima maldita.

—Necesita dormir —dijo Jet en voz baja, mientras observaba a su sobrina mayor como si fuera un animal herido—. Si no duerme, se va a romper.

—Ya está rota —murmuró Frances, y añadió unas gotas de valeriana al té que llevaba en una taza azul con una grieta invisible en el borde.

Sally no reaccionó cuando se la pusieron entre las manos. Ni siquiera cuando el calor le quemó un poco los dedos.

Fue entonces cuando Gillian llegó.

El sonido de su auto viejo y oxidado rompió la quietud como un trueno suave. Llevaba semanas fuera del radar, deslizándose por Arizona, Colorado, Oklahoma… Se había ido con Jimmy sin despedirse, como siempre, y volvía ahora sin él, también como siempre.

Entró sin tocar la puerta. No tenía que hacerlo.

—Sal… —dijo en voz baja. La palabra le tembló un poco. No por la muerte. Por la culpa.

Sally alzó la vista. Su rostro estaba vacío.

Gillian avanzó un paso, luego otro. Vio el ataúd. Vio las flores. Vio la manera en que las niñas la miraban como si esperaran algo más que una tía borracha y desaparecida.

—Lo siento. Yo… —tragó saliva, los ojos húmedos—. Lo siento mucho.

—Llegas tarde —fue todo lo que dijo Sally, y giró el rostro hacia la ventana. Afuera, el viento ya no venía del mar. Venía del bosque.

Y traía cosas con él.


Washington, D.C. – Oficina del FBI

—Mira esto —dijo Fox Mulder, empujando un archivador viejo lleno de recortes de periódicos hacia Dana Scully.

Ella arqueó una ceja sin levantar la mirada del informe forense que leía.

—¿Otro caso de abducción de vacas?

—Peor. Mujeres histéricas. Electrocuciones espontáneas. Apagones inexplicables. Tres muertes de hombres sanos en menos de un mes, todas en un radio de treinta kilómetros. En pueblos distintos, pero con un denominador común: cada uno tenía una mujer cerca que juró que los amaba.

Scully soltó una risa seca.

—¿Y eso te parece sospechoso o solo alarmantemente común?

Mulder sonrió con un brillo conspirativo en los ojos.

—Hay algo en el noreste. Green Bluff, Massachusetts. Lo último es un tipo que colapsó en su jardín. Ataque cardíaco, dicen. Pero hubo una sobrecarga eléctrica sin razón en el vecindario. Las luces estallaron, literalmente.

—¿Y tú crees que fue una fuerza invisible vengadora que castiga a los hombres por ser malos maridos?

—No —respondió Mulder, cruzando los brazos sobre el pecho con aire reflexivo—. Creo que hay algo más viejo. Tal vez algo que no tiene que ver con naves ni laboratorios secretos.

Scully lo miró por encima del borde de sus gafas.

—¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotras?

—Con nosotras, nada. Con las Owens… todo.

Scully frunció el ceño.

—¿Quiénes son las Owens?

Mulder sacó una carpeta manila con una ficha del FBI manchada de café. La deslizó hacia ella. Scully la abrió.

Cuatro fotos: Sally Owens. Gillian Owens. Jet Owens. Frances Owens. Cuatro generaciones de mujeres vinculadas a casos cerrados por “falta de pruebas concluyentes”.

—Hechiceras. Supuestas. Aunque el pueblo parece no tener dudas.

—Mulder…

—¿No te parece extraño que nadie en ese pueblo tenga el valor de denunciarlas directamente, pero todos sus nombres aparecen en reportes de suicidio, locura, abortos espontáneos y muertes misteriosas?

Scully cerró el expediente. Despacio.

—¿Y tú qué crees que está pasando?

Mulder se levantó, buscando su abrigo. La sonrisa en su rostro era casi infantil.

—Creo que si algo vibra entre líneas tan sutiles, es hora de verlo con nuestros propios ojos.

Scully suspiró, recogiendo sus cosas.

—Dios, ojalá sea una fuga de gas.


De regreso en Green Bluff

Cuando el auto negro del FBI cruzó el puente de madera y entró en el pueblo, una ráfaga de viento barrió las hojas muertas desde el cementerio hasta la calle principal. Las campanas de la iglesia sonaron sin que nadie las tocara.

En la casa de las Owens, las tías levantaron la cabeza al mismo tiempo, como si alguien hubiera encendido una vela en otro plano.

En el porche, Sally cerró los ojos.

Gillian miró el cielo. El cuervo de papel de Kylie voló solo hacia el jardín, girando en espiral, antes de posarse en el mismo sitio donde, bajo tierra, aún quedaban restos de algo que no debía estar ahí.

El viento había cambiado.
Y no venía solo.