Chapter Text
Latino - JayVik - Semana - 2025 -
Día 1: Festividades.
16 de Septiembre - Combate de Flores - Lugar de la festividad: León, Gto. México.
Si había una festividad que Jayce odiaba con toda el alma, más incluso que el 14 de febrero (día de san valentín) o el mismísimo 10 de mayo (día de las madres), era el Combate de Flores .
Y no era porque detestara las flores, ni mucho menos. ¿Cómo podría, si había crecido entre ellas, si su cuna prácticamente había sido una canasta de girasoles y su familia llevaba más de cien años regenteando la florería más longeva y respetada de León? “Girasoles Talis” era un nombre que pesaba. Tenía historia, prestigio, la bendición de generaciones enteras que habían pasado por ahí buscando un ramo para declararse, reconciliarse o llorar en silencio con el perfume de los pétalos.
No. Lo que odiaba era lo que la festividad se había convertido.
Porque, claro, en sus inicios todo sonaba precioso: un desfile lleno de flores, el ambiente festivo del 16 de septiembre, la música, la gente intercambiando claveles y margaritas como un símbolo de cariño. Todo muy inocente, muy de pueblo que se enorgullece de su tradición.
Pero luego… oh, luego la cosa se desvirtuó.
El problema no eran las flores, sino la gente. Y más aún, la gente cuando descubría que el hijo de Ximena Talis no solo heredaba la destreza para arreglar ramos con precisión milimétrica, sino también un rostro y un físico que —para desgracia suya— acaparaban más atención que el carrito de gladiolas en oferta.
“Cámbiame un girasol por un beso, Jayce” , decían.
“Con esos brazos, seguro tú podaste todas las rosas” , le insinuaban.
Y su favorita, la que más lo hacía rodar los ojos:
“Nomás diez centavos, ¿cuánto por ti en vez del ramo?”.
Jayce suspiraba.
Años de perfeccionar la técnica de su madre para mantener frescas las dalias bajo el sol abrasador del Bajío, y todo para terminar siendo reducido a un tierno atractivo que atraía más clientela que el propio aroma de los lirios.
El problema ese año era, además, la ubicación .
Por tradición, Ximena había insistido en que montaran un puesto en el Parque Hidalgo , justo donde las bancas nunca se desocupaban, donde el bullicio no paraba y donde las calles colindantes se convertían en un desfile de peatones, ciclistas, vendedores ambulantes, y hasta conductores que se detenían en medio del boulevard para gritar o aventar un clavel por la ventana.
No había escapatoria.
Jayce lo comprobaba cada dos minutos:
– Si no era una señora pidiéndole “el ramo más fresco para la novia de su hijo”, era un adolescente queriendo pagarle con un beso en la mejilla.
– Si no era un grupo de muchachas tomándole fotos disimuladas (mal disimuladas), era un señor que desde la ventanilla de su Tsuru lanzaba piropos acompañados de un girasol medio marchito.
– Y cuando no pasaba nada de eso, eran los otros vendedores, los tenderos de confianza de cada esquina, que lo miraban como si él fuera parte del atractivo del festival.
“Combate de Flores, sí… combate por no perder la paciencia” , pensó, acomodando un ramo de bugambilias en el mostrador improvisado del puesto.
De niño, todavía alcanzaba a emocionarse. Recordaba cómo Ximena lo levantaba temprano para ver pasar los carros alegóricos cargados de flores multicolor. Recordaba el olor dulce del azahar mezclado con el humo de los cohetes, la forma en que la gente se sonreía sincera, con flores en mano y sin pretensiones de por medio. Era un juego inocente: cambiar una rosa, recibir otra de vuelta.
Pero con los años, se volvió una especie de carnaval hormonal donde lo que menos importaba era el simbolismo de la flor. Y, como si fuera una cruel ironía del destino, él había quedado justo en medio del huracán de atenciones no solicitadas.
Suspiró, viendo cómo tres muchachas se acercaban al puesto, todas con la misma sonrisita traviesa de quien no iba por las flores, sino por otra cosa.
—Cien años de tradición y lo único que recuerdan es al hijo de Ximena— murmuró, resignado, mientras se ajustaba la camisa blanca bordada que su madre había escogido “para darle buena presentación al negocio”.
Y así comenzaba otro 16 de septiembre en el Parque Hidalgo, donde Jayce Talis, el florista guapo, peleaba contra su verdadero enemigo: la falta de paz y decencia en medio de las flores.
Con los años, hasta el nombre de la tradición había cambiado. Ya casi nadie le decía Combate de Flores . La gente lo rebautizó como el Combate de Rosas, porque los claveles habían quedado en el olvido, demasiado sencillos, demasiado baratos. Ahora lo que mandaba eran las rosas, y peor aún: ya no era el gesto inocente de lanzarlas para intercambiar sonrisas.
No. Ahora era moneda de cambio.
Una rosa por un beso en la mejilla.
Dos rosas por un piquito rápido.
Y los más descarados… Bueno, había quien metía lengua y mano como si el bulevar fuera motel de paso y no la arteria principal de la ciudad. Duraba apenas unos segundos antes de perderse entre la multitud, pero aun así, Jayce se estremecía de solo verlo.
“Nada higiénico, nada romántico… y nada bonito” , pensó con asco, mientras veía a un muchacho de sudadera negra plantarle tremendo beso a una chica que apenas acababa de conocer. La risa nerviosa de ella se mezclaba con el olor a sudor, fritanga y perfume barato.
Aun así, las rosas se vendían como pan caliente.
Y allí estaba él, acomodando los ramos que más llamaban la atención del público: las famosas rosas arcoiris, pétalos teñidos de distintos colores que provenían de invernaderos exclusivos en México. Eran un lujo. Su madre siempre decía que esas flores eran “las joyas de la corona de la florería”, porque nadie más en el parque podía presumir semejante mercancía. Las rosas de colores fantasía se vendían bien pero, nunca como estos eventos para lucir que eran casi exclusivas de ellos.
Lo que también significaba que los comentarios no se hacían esperar.
—¿¡Cincuenta por UNA rosa!?— exclamó una muchacha de blusa escolar, jalando del brazo a su amiga.
—Pues son arcoiris, señorita. No las vas a encontrar en el Oxxo— replicó Jayce, cansado de repetir la misma explicación por vigésima vez en el día.
—Están bonitas…— intervino la amiga, con los ojos brillosos —Son como mágicas.— Se sonreía con Jayce pues entendía los precios varían, y las flores no son canasta básica.
—Pues mágicas o no, no las voy a pagar— bufó la primera, dándose media vuelta.
Jayce rodó los ojos. La rutina era siempre la misma: unos se quejaban de los precios, otros quedaban fascinados y terminaban llevándose dos o tres rosas sin chistar.
Y en medio de todo, su madre, Ximena , instalada en la sombrita del puesto, con una sonrisa satisfecha que solo aparecía esos días:
—¡Muy bien, hijo! Tú acomoda, tú corta los tallos, tú atiende a los clientes. Yo aquí nada más te reabastezco y cobro— decía, tan tranquila que parecía disfrutar su limonada como si estuviera en vacaciones. Jayce bufaba, cargando cajas de rosas como si fueran costales de cemento.
—Claro, mamá, explótame nomás porque salí con brazos grandes…— Pero ni siquiera la escuchaba: Ximena ya estaba entretenida contándole a una clienta la historia de cómo su bisabuelo había traído las primeras semillas de girasol desde Michoacán. Entre tanto, el desfile humano frente a su puesto era un espectáculo en sí mismo. Porque, a diferencia de lo que muchos pensarían, no solo los románticos empedernidos participaban del Combate de Rosas.
“Ahí van los cholos, directo con sus ramos de diez pesos y dispuestos a regalar todos a la misma chava, nada más por ver si cae” — pensaba para sí mismo Jayce, viendo cómo un grupo con pantalones flojos y gorras planas se lanzaban hacia un grupito de muchachas. — ”Los fresas, con sus rosas importadas que huelen menos que un clavel, pero bien que se creen galanes de novela. Los fifís, que ni sudan: llegan en carro, bajan la ventana, avientan la rosa y esperan el beso sin despeinarse, tan cae gordos… Y claro, los darks: esos son los mejores. Con su delineador corrido, ofreciendo rosas negras como si fueran pactos con el inframundo. Y si les dicen que no, todavía recitan a Bauhaus o Caifanes para convencer… Y los darketos: bueno, los darketos eran como la versión “low cost”, con rosas pintadas con aerosol y toda la actitud de que “el amor es dolor”.
Jayce soltó una carcajada amarga para sí mismo.
—Qué circo…
Una pareja se detuvo frente a su puesto. Él, con la gorra hacia atrás y tatuajes en el cuello, pidió:
—Échame dos de esas arcoiris, pa’ la morra.— Ella, emocionada, apenas recibió la rosa y le estampó un beso en la boca que duró más de lo que Jayce hubiera querido presenciar. Desvió la mirada con una mueca y los ojos en blanco mejor.
—Y luego dicen que uno exagera con lo de lo antihigiénico…—
Mientras tanto, Ximena sonreía de oreja a oreja, contando billetes con la paciencia de quien sabía que todo esto era negocio redondo.
El sol ya caía un poco más bajo, pero el calor y el bullicio no daban tregua. Jayce apenas tenía tiempo de respirar entre cliente y cliente, cuando una voz refinada y perfectamente modulada se hizo presente.
—Vaya, vaya…— dijo Mel Medarda , luciendo impecable con un vestido blanco de lino que contrastaba con el caos colorido a su alrededor —Así que este es el famoso puesto del hijo de Ximena.— A su lado, Sky caminaba con pasos nerviosos, sujetando una bolsita de papel como si fuera un salvavidas. Mel la había convencido de salir “para enfrentar su ansiedad y, de paso, quizá encontrar un novio decente”. Pero la propia Mel no parecía interesada en que Sky hablara con nadie.
—¿En qué puedo ayudarles?— preguntó Jayce, con la mejor sonrisa profesional que pudo improvisar. Mel le devolvió una mirada intensa.
—A mí en nada… pero a ti, quizá en mucho.— Tomó una rosa arcoiris del balde, la olió con exagerada elegancia y luego, acercándose demasiado, le susurró —¿Sabes que con esos hombros podrías cargar el doble de rosas y el triple de suspiros?— Jayce parpadeó, sofocado.
—Eh… bueno… gracias, supongo.
—Mel…— intervino Sky en voz bajita, incómoda—. Vinimos a…—
—¡A disfrutar del combate!— interrumpió Mel, con una sonrisa juguetona —Pero no tiene nada de malo coquetear un poco con quien hace que este puesto sea tan famoso.— Jayce solo pudo asentir, sonrojado a la fuerza, aunque por dentro sentía que le estaban robando el oxígeno. Cuando por fin Mel se distrajo hablando de política floral con Ximena (porque, claro, hasta eso dominaba), Jayce suspiró aliviado.
“Ni siquiera es que me moleste… pero ¡dame espacio para respirar, por favor!
No había pasado ni media hora cuando el universo decidió darle otra prueba de paciencia.
—Jayce… Jayce Talis…— una voz melosa se deslizó por el aire. El florista levantó la vista, solo para encontrar a Saló plantado frente al puesto, con esa expresión extraña de quien no sabía si estaba flirteando o intentando hipnotizar.
—Hola, Saló…— respondió con un nudo en el estómago.
—Te ves… hermoso entre todas estas flores. Como si fueras una más… aunque más cara.— El chico extendió una tarjeta de crédito dorada —¿Cuánto por todo el puesto?— Jayce lo miró en silencio.
—… No está a la venta de esa manera Saló—
—Pero todo tiene un precio, Jayce… incluso tú.— Jayce tuvo que contener una mueca de repelús.
—Las rosas están disponibles. Yo no.— Un silencio incómodo cayó. Al final, Saló suspiró dramáticamente y terminó llevándose un ramo enorme de rosas rojas , murmurando algo sobre “perseguir chicas para olvidar este rechazo cruel”. Jayce se frotó la frente, harto. —Santo cielo… ¿qué sigue, Ezreal vestido de mariachi persiguiendo a Kayn por la fuente de los leones?— Como respuesta a su plegaria silenciosa, apareció Caitlyn, impecable como siempre, llegando como salvavidas y con paso firme. Llevaba ya un ramo de flores que de inmediato cortó de los tallos con la ayuda de un cuchillo y las puso entre las de la venta…
—Te ves agobiado, Jayce. Conseguí mercancía gratis ¿Necesitas ayuda?— Muy posiblemente todos le dieron esa cantidad de rosas para solo ganarse una mirada de la chica, que sin duda no les habría devuelto ni el saludo. Jayce sonrió al verla, mucho más relajado.
—Eres un ángel, Cait. Si puedes atender, yo… yo ya no siento los brazos.—
—Yo me encargo.— respondió ella, poniéndose el mandil como si hubiera nacido para ello. Ximena, que observaba desde atrás, brilló de satisfacción.
—¡Ay, Caitlyn! ¡Qué sorpresa tan hermosa! Sabía que contigo aquí, las ventas van a volar.
Jayce rodó los ojos, resignado. “ Genial, ahora mamá ya encontró su socia soñada.”
Y fue justo entonces que apareció el grupo que faltaba para hacer del día un completo carnaval: Vi, Viktor, Ekko y Jinx.
—¡Mira nada más, que apetecible Cupcake!— exclamó Vi al ver a Caitlyn, dándole un codazo a Jayce —¿Qué es esa joyita que tienes aquí escondida, Jayce?— Jayce abrió los ojos, atónito. No podía solo procesar que Caitlyn no le rompiera un jarrón en la cabeza a esta chica.
—¿Cup… qué?— Caitlyn suspiró, llevándose la mano a la frente.
—Ignóralos, Jayce, por favor… A Violet, mi nueva compañera de maestría, parece encantarle ser graciosa y debió escuchar que mencioné te conocía.— La realidad era que a Caitlyn le encantaba la pelirrosa, pero no le daría la satisfacción de hacerla quedar mal ante Ximena y Jayce.
Mientras Ekko y Jinx ya se carcajeaban detrás de la mayor de las hermanas, que intentaba coquetear con Caitlyn pero puesta posteriormente por Ximena a sostenerle las flores… Cualquier amigo de Jayce siempre podría ayudarla.
Pero detrás de esto, se encontraba un joven de orbes dorados: Viktor observaba con atención distinta. Había visto cómo Mel y luego Saló se le habían lanzado encima sin ningún recato. Y ahora lo tenía enfrente: un florista agotado, sudoroso, con las manos manchadas de polen, y aun así más radiante que todos los fuegos artificiales de la noche.
Viktor no estaba seguro de nada: ¿Jayce era hetero? ¿gay? ¿simplemente un pobre guapo convertido en espectáculo público? No lo sabía. Pero sí sabía que había algo… distinto.
—Disculpa— dijo al fin, su voz seria cortando el ruido de Vi y Jinx —¿Podrías decirme más sobre estas… rosas arcoiris?— Jayce levantó la vista y, por primera vez en todo el día, sonrió de verdad. Jayce tomó una de las rosas arcoiris del balde, sacudiendo suavemente el agua que resbalaba por su tallo. La levantó a la altura de la luz que caía entre los árboles del parque Hidalgo; los pétalos multicolor parecían un vitral improvisado en plena calle.
—Las llaman “rosas arcoiris” porque…— empezó, con una sonrisa que mezclaba ironía y orgullo —Técnicamente no son más que un truco de invernadero: las tiñen inyectando colorantes naturales en el tallo mientras crecen. Una ingeniería floral que suena muy romántica, pero el ingeniero que las patentó solo veía billetes.—
—Capitalismo en su forma más pura —murmuró Viktor, arqueando una ceja. Jayce rió con suavidad.
—Exacto. Pero, como todo en las flores, al final la gente les dio un significado. Supuestamente representan la unión de lo imposible : paz, alegría, esperanza, y… bueno, amor en todas sus formas.— Giró la rosa entre sus dedos, más serio ahora —Básicamente, lo que quieras leer en ellas.— Jinx, que estaba colgada del brazo de Ekko, no pudo contenerse:
—¡O sea que si me compro una, estoy declarando amor, paz y felicidad!— Ekko le sonreía a su chica, pues sin dudarlo le había pagado a Ximena un docena de esas flores y ahora le entregaba un ramo de estas, llenas con un bonito glitter especial de flores y con papel negro y muchas lineas y motas en colores neón. Jinx estaba encantada y Vi sonreía al ver a su hermana menor. Jayce no pudo evitar mirar a Ekko y aunque agradeciendo, le respondía a la otra.
—O declarando bancarrota, porque cuestan el triple— respondió Jayce, devolviendo la broma con naturalidad. Ekko solo se retiraba con la peli azul brincando con su ramo y recibiendo muchos piquitos de ella pro todo su rostro bronceado.
—Ya ves, Cupcake, ni con flores baratas te salvas de gastar al menos un poco en mí.— Caitlyn rodó los ojos.
—¿De verdad tienes doce años?— Pero Viktor seguía observando la rosa, sin perder un detalle. Cuando Jayce se la extendió, no fue con la intención de vender, sino como quien comparte algo que de verdad importa.
—La mayoría solo ve colores bonitos y ya…— dijo Jayce, con un tono más bajo —Pero si me preguntas a mí, creo que el valor de estas flores no está en el truco, sino en la reacción de la gente. Esa cara de sorpresa, ese: “¿cómo es posible?”… vale más que todo el precio inflado.— Por un instante, los ojos dorados de Viktor se encontraron con los de Jayce, y en medio del bullicio de Vi, Jinx y Ekko haciendo chistes, se formó un silencio distinto.
Viktor seguía sosteniendo la mirada en esa flor imposible, mientras la giraba entre sus dedos. Finalmente, su voz bajó de tono, casi imperceptible bajo el bullicio del parque.
—¿De verdad crees… que una flor pueda transmitir tanto? —preguntó, como si dudara de sus propias palabras—. ¿Que esas uniones inevitables existen? ¿O al final todo es solo… negocio?— Jayce rió suavemente, pero no de burla, sino con un dejo cansado, como quien responde una pregunta que ya se ha hecho muchas veces.
—Negocio, claro. De eso vivo, de eso como.— Se encogió de hombros, sincero —Pero también creo que las flores tienen que darse en vida, ¿sabes? Porque al final somos instantes… Y si un ramo logra sacarle una sonrisa a alguien que consideras especial en medio del caos que llamamos vida, valió la pena.—
La respuesta dejó a Viktor quieto, sorprendido, mientras la multitud seguía su curso.
El ruido de Vi peleando por pagarle más de lo que costaba un ramito a “Cupcake”, la risa de Jinx regateando con Ximena para regresarle rosas ya que Ekko compró más por menos, y Ekko armando chistes con los “códigos secretos de los cholos y las fresas”, haciendo caso omiso a que para él, el costo de las flores no era nada porque Jinx era feliz.
Sin que Jayce lo notara, entre Caitlyn, Vi y Ximena habían liquidado todo el puesto.
Cuando por fin miró alrededor, solo quedaba en su mano la última rosa arcoiris.
Jayce la levantó con un gesto casi resignado, y al mismo tiempo lleno de algo que ni él supo nombrar.
—Bueno… parece que esta última es tuya. —Se la ofreció a Viktor, sin rodeos. Viktor parpadeó, sorprendido. Su instinto le dijo que debía negarse, que aquello era un gesto cargado de más de lo que parecía, pero sus dedos se cerraron alrededor del tallo.
El bullicio del Combate de Flores parecía desvanecerse alrededor de Jayce. Caitlyn, Vi y Ximena habían terminado de vender todo sin que él se diera cuenta; los puestos a su alrededor, los transeúntes y los tímidos piquitos en las mejillas eran solo un murmullo lejano. Todo lo que quedaba en su mano era la última rosa arcoiris, con sus pétalos vivos reflejando la luz del atardecer sobre el parque Hidalgo.
Frente a él estaba Viktor. Viktor, con su cabello al hombro, mechones platinados cayendo como cortinas que enmarcaban su rostro pálido, adornado con delicados piercings en orejas y cejas. Su bastón descansaba ligeramente contra el suelo mientras él sostenía la mirada en Jayce con una intensidad que hacía que todo lo demás desapareciera. La ropa negra contrastaba con los tonos cálidos de la rosa y el parque, y su postura, aunque serena, irradiaba una fuerza sutil. Jayce se detuvo por un instante, sorprendido de lo que sentía.
Alrededor, algunos curiosos y compañeros de Jayce fruncían el ceño, incrédulos. ¿Cómo podía el hijo de Ximena —el chico que había sido acosado todo el día por chicas atrevidas, por piquitos y por miradas indiscretas— regalar su preciada rosa arcoiris a un chico que caminaba con un bastón y llevaba órtesis? Algunos incluso se atrevían a cuchichear entre ellos, mezclando admiración y desconcierto.
—¿Jayce… en serio le dio una rosa a Viktor?— susurró Vi, incrédula, mientras se tapaba la boca para no reír y arruinar el momento —Tan quejumbroso de coquetear… Y mira que solo faltó traerle a un pequeño amigo para que cediera— Caitlyn entonces entiende que Vi por eso la había seguido… Y aunque se incomoda, toma una rosa violeta y se la da a la pelirrosa.
—Buen trabajo— Y eso fue suficiente para que Vi le comprara el último paquete de rosas violetas a Ximera y se lo diera a Caitlyn… Viktor por su lado, no está seguro.
—Pero… ¿Estás seguro?— Viktor no creía que en verdad ALGUIEN quisiera darle una flor a él.
—Estoy seguro— Murmuró Jayce para sí mismo, mientras sostenía la flor entre sus dedos. Su corazón latía con fuerza, y la cabeza le daba vueltas al ver los ojos de Viktor. No eran simples ojos: eran del mismo dorado que los girasoles cuando el sol les da de lleno, cálidos y profundos, llenos de una luz que parecía atravesar el alma. Por un segundo, Jayce sintió que flotaba, que el tiempo se ralentizaba y que todo el caos del parque desaparecía ante la presencia de ese ser etéreo y humano a la vez.
Viktor inclinó la cabeza ligeramente, su cabello platinado brillando con los últimos rayos del sol, y tomó la rosa entre sus dedos con delicadeza, como si sostuviera algo frágil y precioso, que podía romperse con un solo error.
—Gracias… —dijo, su voz suave, casi un suspiro—. Según la tradición… supongo que te debo un beso, ¿no?—
Jayce se quedó inmóvil por un instante, incapaz de responder de inmediato.
No esperaba que alguien así, alguien que parecía salido de un sueño, dijera algo tan directo y, a la vez, tan natural. El mundo a su alrededor se volvió borroso; todo el ruido, los comentarios de los curiosos, las carcajadas de Jinx y Ekko, incluso las miradas incrédulas de Vi y Caitlyn, parecían fundirse en un murmullo distante. Solo quedaban él, Viktor y esa rosa arcoiris que los conectaba sin que ninguno supiera exactamente cómo.
—Si quieres cumplir con la tradición… por favor— Dijo Jayce finalmente, con una sonrisa que mezclaba timidez y decisión —Pero no te confundas: yo no te di la flor porque quisiera que lo hicieras. Te la di porque simplemente quise hacerlo—
Viktor asintió lentamente, y su mano se acercó a la de Jayce, sin tocarla todavía, solo rozando la yema de sus dedos contra el tallo de la rosa. La cercanía hizo que Jayce sintiera un calor que no esperaba, un cosquilleo que subía desde el estómago hasta la garganta.
—Es… bonito —susurró Viktor, desviando la mirada hacia los pétalos que captaban todos los colores posibles, reflejando el sol en tonos imposibles—. Y… extraño. Como si de alguna manera supiera que debía estar aquí, contigo, en este momento.— Jayce respiró hondo, sosteniendo la flor y el instante como si fueran lo único real.
—Sí… extraño y raro —respondió, suavemente—. Pero eso es lo que lo hace bonito. A veces, las cosas que no esperamos son las que más necesitamos.—
Viktor levantó la vista y lo miró con esa claridad que solo alguien que ve más allá de lo evidente puede tener. Su expresión era a la vez firme y vulnerable, como un equilibrio delicado que podía romperse con un solo movimiento. Jayce sintió que su corazón se aceleraba, que cada latido estaba sincronizado con los destellos multicolor de la rosa.
Sin darse cuenta, ambos se acercaron un poco más. La rosa arcoiris estaba ahora entre ellos, un puente tangible que los unía, mientras Viktor extendía su mano con cuidado, sin apresurar nada, sin exigir. Solo estaba allí, consciente y presente, y eso era suficiente.
—Entonces… este es el beso que te debo— dijo Viktor, alzando la cabeza, permitiendo que sus labios se acercaran a los de Jayce con un respeto casi reverente. Fue un roce breve, delicado, un instante suspendido en el aire, que contenía más de lo que las palabras podrían expresar.
Jayce cerró los ojos, dejando que la sensación lo envolviera. No era solo un beso; era la promesa de un encuentro inesperado, de un momento que no buscó pero que había llegado de manera inevitable. Cuando se separaron apenas unos centímetros, ambos respiraban con dificultad, sonriendo con timidez y asombro.
A su alrededor, Vi, Caitlyn y Ximena los observaban sin hacer ruido, sorprendidas y encantadas al mismo tiempo. Nadie dijo nada; era como si hubieran aprendido a callar para no interrumpir la magia que surgía entre los dos. Y sí, hubo chillidos y ruido a lo lejos de personas que no creían que el bicho raro fuera lo que Jayce hubiera elegido de entre TODOS los que se ofrecieron.
—Debo… volver al trabajo —dijo Jayce, rompiendo con suavidad el instante, consciente de que los jarrones vacíos lo esperaban en la florería—. Pero… esto… —extendió la rosa hacia Viktor, quien la sostuvo entre sus manos como un tesoro —… esto no se olvida.— Viktor se acercó, y una sonrisa ligera se dibujó en sus labios, cálida y sincera.
-Perder. Yo tampoco lo olvidaré.— Viktor no acompañó a sus amigos al parque ese día esperando algo… Pero estaba ahora lleno de es mismo “algo” que no sabía que era, pero se sentía completo por unos ojos ambarinos.
Y de esa manera, Ximena desde un lado, aplaudió suavemente con un brillo travieso en los ojos:
—¡Ahí lo tienes! ¡Mi niño finalmente flechado en su fecha menos favorita! ¡Cait! ¡Ayúdame a que este lindo joven nos acompañe a cenar… Puedes traer a tu amiga y el resto!— Jayce rodó los ojos, avergonzado, pero no protestó.
Se tomó un momento para mirar a Viktor de nuevo; sus ojos dorados, los pétalos multicolores reflejando la luz, el aire fresco del atardecer… Todo parecía un cuadro pintado solo para ellos.
