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Rubius creció con historias fantásticas sobre el bosque que rodeaba el poblado donde vivían sus abuelos estaba encantado. Su abuela siempre le decía que el lugar tenía una conexión especial con las criaturas y los espíritus, a veces, estos cruzaban el bosque para visitar el pueblo, no siempre eran con malas intenciones, pero debías evitar relacionarte con ellos porque podían ser peligrosos.

Chapter Text

Rubén — o Rubius como le decía de cariño su abuela — creció con historias fantásticas sobre el bosque que rodeaba el poblado donde vivían sus abuelos estaba encantado, su abuela siempre le decía que el lugar tenía una conexión especial con las criaturas y los espíritus. A veces, estos cruzaban el bosque para visitar el pueblo, no siempre eran con malas intenciones, pero debías evitar relacionarte con ellos porque podían ser peligrosos. 

 

— Sólo las personas que posean un corazón muy noble y la mente muy atenta pueden encontrarlos. Es muy difícil verlos, por eso se lo considera un don.  

 

Es lo que siempre le decía. 

 

— ¿Y tú puedes verlos yaya? 

 

— Por supuesto que puedo, de hecho, hay uno ahora mismo rondando la casa. 

 

— ¡¿Enserio?!

 

— Si, le encantan mis zapatos. Varias veces lo he atrapado intentando robarlos. Una vez se me escapó y corrió al bosque con estos mismos zapatos que llevo puesto.   

 

— ¿¿Lo atrapaste tú sola??

 

— No cariño, el bosque es muy peligroso especialmente de noche, jamás debes visitarlo. Existen guardianes, criaturas mágicas que mantienen el orden en el bosque y se encargan de devolver las cosas que los espíritus te roban a cambio de una ofrenda.  

 

Su madre siempre le decía que eran solo cuentos para asustar a los niños, mitos del lugar, y que a ella le contaba lo mismo de pequeña pero jamás vio nada extraño. «Que no podáis verlo no significa que no sea cierto», decía su abuela, lo que terminaba siempre en una discusión con su hija. Al castaño nunca le gustaron las discusiones, y menos cuando estas hacían que no visitara a su abuela durante un largo periodo de tiempo, por eso nunca le llevó la contraria a su madre en ese tema. Pero en el fondo se sentía culpable por no poder creerle, ya que él mismo había visto esas criaturas de pequeño, pero tanto él como su abuela decidieron no hablar de eso enfrente de su madre para no enfadarla.

 

Cuando se hizo mayor su madre le contó que, cuando era pequeña, creyó ver algo y entró en el bosque pero se perdió, no recuerda qué pasó en el lugar porque era muy pequeña pero la gente tardó cinco días en encontrarla. Cuando le preguntaron por qué había hecho eso, su madre intervino diciendo que en realidad la secuestró un espíritu y desde entonces su madre fue conocida como “la loca o la bruja del pueblo”. Las personas empezaron a lanzar comentarios crueles hacia su familia, compadeciendo al esposo y lamentando por su hija; a su madre le hacían bullying en la escuela por ser la “hija de la bruja”. 

 

Su madre se esforzó para dejar eso atrás. Ella estudió mucho para conseguir una beca en una buena universidad, en la gran ciudad, sus abuelos siempre estuvieron orgullosos pero nunca les agradó que eligiera hacer su vida lejos del pueblo. Para ella era algo necesario, sabía que tenía más oportunidades en ese lugar que si se quedaba en el pequeño poblado, especialmente cuando nació su querido hijo. Con el tiempo, el ritmo frenético de la gran ciudad terminó por atrapar a toda su familia. Las responsabilidades aumentaron y les era cada vez más difícil encontrar tiempo para visitar a sus abuelos, lamentablemente el tiempo no se detuvo a esperarlos y su abuela termino falleciendo. Rubén era muy cercano a su abuela a pesar de todo, fue un golpe duro perderla y no podía más que lamentarse el no poder pasar más tiempo juntos. Comenzó a evitar aún más la casa de su abuelo, le avergonzaban sus excusas pero no se sentía aún preparado para pisar de nuevo ese lugar, pero todo cambió cuando recibieron una llamada del médico del pueblo, su abuelo se había lastimado. 

 

El señor se había caído de una altura peligrosa para su edad y se había herido gravemente la columna, su madre movió tierra y cielo para conseguir un lugar en uno de los mejores hospitales de la ciudad. Su abuelo ahora estaba estable, pero su salud era muy delicada y para cuando le dieran el alta su madre ya había arreglado todo para que se quedara a vivir con ella durante un tiempo. Eso dejaba el interrogante en el aire: ¿Qué pasaba con la casa?. 

 

Es entonces que Rubius decide que ya es tiempo de dejar de huir y opta por pasar el verano en el lugar. Al principio su madre no estuvo de acuerdo pero, gracias a la persuasión de su hijo terminó aceptando con la condición de que lo mantuviera limpio y ordenado. En menos de una semana el castaño ya estaba abriendo la puerta de su nuevo hogar y siendo recibido por la vieja gata de su abuela, Bigotes. Los primeros días fueron difíciles, viejos recuerdos lo invadían en cada rincón de la casa y no podía evitar romper en llanto por la nostalgia y la pérdida, aunque su soledad rara vez le duraba ya que recibía la visita constante de los vecinos.

 

Era un pueblo pequeño donde rara vez pasaba algo interesante, así que el accidente de su abuelo y su llegada había sido el tema más hablado por todos durante semanas, antes de que incluso pusiera un pie en el lugar. La mayoría de vecinos que se acercaban era para saludarlo y preguntar por la salud de su abuelo, otros aprovecharon el momento para intentar preguntarle por su vida privada, «Todos son unos buitres amantes del chimentos, especialmente los más viejos que no os engañen», le había dicho su madre antes de irse. Rubén siempre los saludaba con la mejor sonrisa e intentaba no ser tan desagradable con los chismosos, a veces la gente le daba regalos, especialmente comida, como gesto de bienvenida y buena fe, al chico siempre le apenaba tener que aceptarlos pero gracias a eso no necesito ir de compras en su primera semana.  

 

En la casa no había otro entretenimiento que no sea una vieja radio, una TV de 14 pulgadas y su Switch que apenas había tocado desde que había llegado. Su abuelo era una persona que nunca entendió la tecnología, así que nunca se molestó por tener siquiera internet. El lugar tampoco ayudaba en este aspecto, al ser un lugar tan alejado de la gran ciudad la mayoría de los avances tecnológicos y servicios eran muy precarios; eran muy pocos los cambios que tuvieron si lo comparaba con sus recuerdos de la infancia. Era como un lugar estancado en el tiempo: simple, tranquilo y muy diferente a lo que el castaño tenía acostumbrado pero eso no le disgustaba para nada, al contrario, le gustaba ese ambiente para poder desconectar y pensar con más tranquilidad, a pesar de ciertos vecinos. 

 

Eventualmente, se dio cuenta que no podía pasar todo el día encerrado así que busco la ropa más cómoda que tenía y su billetera para salir rumbo al mercado. 

 

El día estaba hermoso, el sol brillaba en lo alto del cielo despejado y hacía un viento agradable. Rubius caminaba tranquilo por un sendero de piedra, tarareando una canción cuyo nombre no recordaba y que había sonado en la radio momentos antes de partir, es entonces que algo lo detiene llamando su atención. A un lado del camino, enfrente de una vieja cerca de ladrillos cubierto en parte por enredaderas, había un chico que nunca antes había visto. Le sorprendió ver una cara nueva y tan joven: era castaño, vestía un suéter gris, un jean y unas zapatillas negras muy desgastadas. Estaba de cuclillas intentando acariciar a Simba, el gato de la vecina de la esquina, pero este no se dejaba. 

 

— Simba es muy desconfiado con la gente — el desconocido se voltea rápidamente en su dirección, tenía unos enormes ojos verdes —. Al menos que llevéis algo de comida. 

 

El chico le da una mirada rápida al gato y luego voltea en su dirección, sus ojos lo examinan detenidamente unos segundos, tenía una expresión de sorpresa para nada disimulada.   

 

— Lo… lo tendré en cuenta para la próxima, muchas gracias.

 

Rubén pensó hacer como el gato y huir del lugar siguiendo el camino, pero antes de poder dar un sólo paso, el chico se levantó de su sitio demostrando lo ridículamente alto que era. ¿Qué comen los críos hoy en día?, Pensó viendo que este era sólo unos centímetros más bajo que él, pero a diferencia suya, su cuerpo se veía mucho más robusto y atlético en comparación al suyo. Tampoco había pasado por alto lo grave que era su voz, empezó a pensar que quizás el chico no era tan joven como él suponía.

 

— Vos sos el nieto de Graciela ¿no? — pregunta el chico con una sonrisa. 

 

Graciela era el nombre de su difunta abuela, no esconde su sorpresa al ser reconocido por parte de su abuela y no de su abuelo, teniendo en cuenta que esta llevaba fallecida casi doce años y lo de su abuelo, en cambio, era más reciente. 

 

— Si, soy él. Rubén.

 

— Un gusto, mi nombre es Gaspar pero me dicen Gaspi. De hecho, fue tu abuela la que me dio ese apodo.

 

— ¿De verdad? 

 

— Obvio que sí. Mi madre era amiga de tu abuela y solía venir regularmente a visitarla, a veces me traía con ella para que no me quedara sólo en casa. Aunque ya pasaron varios años de eso, yo era muy pequeño pero recuerdo que ella siempre hablaba de su nieto y me repetía que seguro nos llevaríamos muy bien. Admito que crecí con cierta ilusión de algún día poder conocerte, no puedo creer que finalmente lo esté haciendo. 

 

Gaspi le hablaba con tal ilusión y emoción que conmovían y avergonzaba a Rubius en partes iguales.

 

— Lo siento, debe sonar extraño eso — dice antes de soltar una risa —. Pero de verdad me pone muy feliz. Cuando tu abuela falleció, me puse muy triste. A-a mi madre y a mí nos puso muy tristes y ya no encontramos motivos para seguir visitando la casa… Tampoco nos pareció correcto venir al velorio ya que no éramos familiares. Escuche que tu abuelo está en el hospital. ¡M-me lo dijeron los vecinos! Como verás no soy de acá y creo que algunos se confundieron y pensaron que eras vos y me hablaban de eso.

 

— Está bien lo entiendo — responde amablemente, le pareció un poco adorable cómo el chico se ponía cada vez más nervioso con su relato intentando explicarse. Por otro lado, simpatizaba con él ya que él se sintió de la misma forma cuando perdió a su abuela y cree que hubiera sido genial poder conocerlo antes—. ¿No eres de aquí entonces? 

 

— Bueno, técnicamente. Vivo pasando el bosque pero últimamente me la he pasado viajando y conociendo lugares. Regresé hace un par de días y pensé en visitar el pueblo.  

 

— Eso es genial. Pues fue un gusto conocerte Gaspi. 

 

— Sí, lo mismo digo Rubén.

 

—  Rubius — al ver la cara del chico agrega —. Es mi apodo, también me lo puso mi abuela. 

 

— Fue un gusto conocerte Rubius, espero volvamos a vernos — dice con una enorme sonrisa de oreja a oreja, nuevamente, Rubius se siente avergonzado por la atención y lo sincera que sonaban sus palabras. 

 

— Claro — acepta y finalmente remota su camino dejando atrás al chico con la promesa de volver a verse en otro momento. 

 


Rubén vuelve a encontrarse con el extraño chico días después, de regreso del mercado, lo ve recostado contra un gran árbol a unos cuantos metros hablando con otra persona. No sabía quién era y tampoco podía verla bien ya que estaba de espaldas, pero era mucho más bajo que él y Gaspi. 

 

Por la cara que éste tenía, parecía que estaban hablando de algo serio; Gaspi tenía el ceño fruncido y apretaba sus brazos cruzados cada vez que hablaba. Mientras más se acercaba, no podía evitar desviar la mirada hacia ellos. No podía oír qué estaban diciendo y era consciente de que tampoco debía importarle, pero eso no lo detenía de ser curioso.

 

Tanto Gaspar como su acompañante estaban cubiertos por las sombras del árbol, dándoles una apariencia aún más misteriosa. Él tenía muchas ganas de preguntarle más cosas sobre su abuela o su familia, le avergonzaba reconocer que se había vuelto él también algo cotilla, pero había algo en ese chico que llamaba su curiosidad y, como si este lo hubiera escuchado, Gaspar levanta la mirada de su acompañante para mirarlo, cambiando su ceño fruncido por una pequeña sonrisa. Rubén aprieta con fuerza sus bolsas con compras y se aleja del lugar lo más rápido que puede con la cara roja por la vergüenza de ser pillado.  


 

El patio de su abuela tenía muchas plantas y flores extrañas, tenía también un árbol que daba pequeñas frutas que nunca recordaba su nombre, este era el principal causante de que el lugar se llenara de pájaros. Rubén comenzaba a acostumbrarse a despertar con el canto de loros y otras aves que en su vida había visto, en vez de la alarma de su móvil. Eran pocas las aves que lo acompañaban en su desayuno, ya que Bigotes se encargaba de ahuyentarlos, pero había una en particular que había comenzado a destacar. No era más grande que un cuervo: tenía las alas negras y su pecho era blanco con algunas plumas rojas en el centro. Lo que más le llamaba la atención eran sus pequeños ojos verdes, eran de un verde muy claro que se camuflaba perfectamente entre las hojas, pero resaltaban mucho entre el negro y el blanco de su plumaje. A veces parecían dorados cuando le daba el sol de lleno. 

 

Ese pequeño amiguito comenzó a aparecer en el jardín y por más zarpazos que le diera Bigotes, siempre terminaba volviendo. Rubén le comenzó a agarrar cariño y le dejaba apartado un pequeño plato con pan o frutos secos, cuando Bigotes no andaba cerca, el pajarito incluso lo acompañaba en la mesa. Cuando el chico hablaba, este no salía volando como los demás, así que comenzó a contarle algunas cosas como si este pudiera entenderlo. 

 

— La señora me regaló una bolsa de maní hoy. Bueno, no me lo regaló yo le compré. Pero me lo vendió a un precio tan barato que prácticamente fue un regalo — decía mientras abría el contenido de la pequeña bolsa y lo dejaba sobre un pequeño plato de plástico. El pájaro estaba sobre el marco de la ventana de la cocina que daba al patio, le dio una larga mirada antes de ponerse a picotear—. Porque siento que te estas burlando de mí, pero si lo admito ya estaría completamente loco… ¿sabías que mi abuela era conocida como la bruja del pueblo? Era otra forma de decirle que pensaban que estaba loca. 

 

El pajarito entonces deja de picotear la comida y lo mira por unos segundos, Rubén le devuelve la mirada expectante pero este vuelve a picotear el maní, el castaño suspira y se revuelve un poco el cabello avergonzado de sí mismo por creer que este le respondería. 

 

— De pequeño ella me contaba historias sobre el bosque, decía que era mágico. Mi madre me decía que todo eso era mentira, yo siempre le decía que si para que no me echara la bronca. A ella la molestaron mucho de pequeña los tontos del barrio, le decían que era la hija de una bruja o algo así — se encoge de hombros y le da un sorbo a su café antes de continuar con su relato —. Pero yo nunca fui sincero con ella sobre eso, porque yo siempre creí que el bosque era mágico. Hasta llegué a ver un par de cosas de pequeño — por el rabillo del ojo nota que vuelve a tener toda la atención del pequeño animal. Rubén mira el plato vacío y luego a su pequeño amigo emplumado, acerca uno de sus dedos y para su sorpresa este no se aleja, así que roza suavemente la cabeza emplumada con sus dedos.

 

— No se muy bien cómo explicarlo, pero ese lugar tiene algo especial. Como tú pequeño amiguito o como él… tus ojos me recuerdan mucho a un lindo chico que conocí el otro día. Me pregunto qué estará haciendo ahora. 

 

El pájaro de repente extiende sus alas y se aleja rápidamente de la ventana dándole un susto de muerte. Seguidamente, una bola de pelos marmolada salta a la ventana y queda en el mismo lugar que antes ocupaba el otro animal. 

 

Rubén se lleva una mano al pecho y regaña a Bigotes, la gata lo mira de forma desinteresada y sale por la ventana. Antes de cerrarla, sus ojos se concentraron en el cielo, el tiempo estaba despejado pero había un fuerte viento y una humedad en el ambiente que le indicaban que pronto llegaría una tormenta, esperaba que su pequeño amiguito encontrara un lugar para mantenerse a salvo.

 


Había sólo un parque con juegos para niños en el pueblo, se notaba a leguas lo descuidado que estaba por lo oxidado que estaba todo. Muy pocas veces Rubius había visto niños jugando en él, una vecina le dijo que, en su momento, fue el lugar de reunión preferido de los más chicos pero ahora casi no quedan niños en el pueblo entonces ya nadie se preocupaba por mantenerlo limpio. De todas las cosas que tenía, había unas hamacas de madera sostenidas por cuerdas que aún funcionaban. Después de comprobar que la estructura, no sólo podía soportar su peso sino que además podía mecerse sin que esta se viniera abajo, se convirtió en el lugar favorito del castaño para pasar las tardes. 

 

— Buenas Rubius — lo tomó tan desprevenido el saludo que lo hizo saltar de su lugar, por un momento se asustó pensando que era algún animal porque la "B" del saludo se había extendido más de lo normal —. Ja, ¿te asusté? 

 

— Mierda Gaspi, casi me das un ataque ¿estás loco o qué? — responde con una mano en el corazón y la otra tomando apretando con fuerza una de las cuerdas. 

 

El chico se disculpa entre risas y se sienta en la hamaca libre a su lado, Rubius vuelve a reclamarle pero más calmado volviendo a sentarse en su lugar. 

 

— ¿Y se puede saber qué haces sólo acá y en mi lugar? — pregunta el más bajo comenzando a balancearse. 

 

— ¿Tú lugar? — responde curioso a lo que el chico le dice con una sonrisa que era su asiento de pequeño —. ¿Venías aquí de pequeño? 

 

Gaspi le contó que vivía con su madre en una casa que está cruzando el bosque, y que la escuela más cercana que tenían era la de este lugar, por las tardes se reunía en ese parque para jugar con sus compañeros. El chico entonces comenzó a contarle otras cosas de su vida y Rubius le compartió alguna de las suyas, la tarde se les pasó volando entre charlas y risas. 

 

Rubius descubrió que el chico era menor que él por al menos diez años; que no era bueno en los deportes, no era fanático de las cosas dulces y de pequeño le encantaba hacer travesuras, lo que lo metía en muchos problemas. También, le dijo que sus padres estaban divorciados y actualmente tienen una relación que podría considerarse buena, «Se soportan» dijo. Al final, Gaspi lo acompañó hasta su casa y en el camino siguieron hablando de diferentes cosas. Antes de despedirse, el menor le dijo que mañana lo buscaría para mostrarle un sitio especial. 

 

Rubén estuvo toda la noche pensando sobre ese lugar hasta quedarse dormido, por primera vez desde que vino no era un recuerdo amargo lo que le quitaba el sueño. Por la mañana, lo despertaron los ruidos de golpes en la puerta, cuando la abrió chocó con unos brillantes ojos verdes que le devolvían el saludo. Lo invitó a desayunar con él y Gaspi aceptó. El chico le preguntó por la consola portátil que estaba en la mesa y terminó envuelto en una charla sobre los distintos tipos de pokemones que existían por más de una hora. Gaspi rara vez aportaba algo, se limitaba más a escuchar atentamente al mayor. A Rubius esto le recordó un poco la dinámica que tenía con el pájaro. 

 

— Lo siento, cuando hablo de estos temas tan frikis no puedo evitar llevarme un poco — dijo avergonzado.

 

— No te preocupes, no me molesta. Me encanta escucharte — responde tranquilamente y, como si no fuera suficiente para avergonzarlo, agrega —. Cuando hablas de esto se te ilumina la cara, es muy lindo verte con esa pasión y entusiasmo. Aparte de que se nota que sabes mucho sobre el tema.   

 

— Eh sí… bueno no… — Rubius intentaba encontrar las palabras para responder mientras su cara comenzaba a adquirir distintos tipos de rojo, no ayudaba en nada que Gaspi lo mirara atentamente con una pequeña sonrisa. 

 

— El gato de tu abuela ¿cómo se llamaba? — Para su suerte, Bigotes lo saca de ese aprieto apareciendo repentinamente por la cocina. 

 

— Bigotes.

 

— Eso — cuando intenta tocarla la gata casi lo muerde sorprendiéndolos a ambos —. Nunca le caí muy bien.  

 

— Ella… tiene sus días. A mí a veces también quiere morderme. 

 

El ambiente vuelve a ser tranquilo después de eso. Cuando ambos terminan de comer, Gaspi lo lleva a ese lugar especial que le había comentado.

 

Detrás del patio de su abuela había un pequeño sendero, formado por el rastro de años de pisadas sobre un mismo lugar. Siguiéndolo, terminabas en un pequeño arroyo que conectaba a una laguna mucho más grande, Rubius jamás lo había notado porque nunca había considerado siquiera meterse en el bosque.  

 

Gaspi le dijo que ese era el lugar dónde solía venir cuando necesitaba pensar o estar sólo. La laguna estaba rodeada por diferentes flores, se veía limpia y tenía un pequeño muelle hecho con tablas de madera. El sitio era hermoso, parecía salido de un cuento y no dudó en hacérselo saber, el chico le respondió con una sonrisa que dejaba ver todos sus dientes y le entrecerraba los ojos. 

 

— Me alegro que te gustara, estaba un poco nervioso porque pensé que no te gustaría. 

 

— ¿Por qué pensaste eso? — responde rápidamente mirando fascinado el lugar. 

 

— Creí que no te gustaba el bosque — le confiesa que no era que no le gustara, sino que le habían prohibido de pequeño ir al lugar y esa pequeña regla se había mantenido con él hasta ahora —. ¿Por qué? 

 

— Supongo que por costumbre. Me decían que era muy peligroso andar solo por estos lugares, podía perderme o algo me podía hacer daño.

 

— ¿Cómo un animal o era por otra cosa? 

 

Rubius dudo si responderle con honestidad la pregunta, no quería que pensara que estaba loco pero sentía que con Gaspi podía ser sincero sobre eso, por más tonto que quizás sonara. Carraspeó su garganta nervioso antes de hablar. 

 

— No lo sé, algún animal raro supongo. De pequeño, me decían que me alejara del bosque porque había monstruos que podían hacerte daño. Mi abuela me contaba muchas historias sobre los espíritus del bosque y cómo estos iban al pueblo para hacer maldades, si te robaban algo debías quitárselo antes de que entraran al bosque, de lo contrario nunca saldrías de nuevo si entrabas y te atrapaban. Yo era un chaval en ese tiempo y sus cuentos me daban mucho miedo, por eso nunca iba. Es un poco tonto admitirlo en voz alta ahora, pero lo tengo como algo normal el no venir. 

 

— Pero eso no es tonto, aparte tu abuela tenía razón — le responde en un tono muy serio —. Aunque se equivoca en algo, no todos los espíritus que cruzan el bosque son malvados y no todo el bosque es peligroso. Sólo debes tener cuidado cuando te adentras mucho en él, ya que ahí se resguardan las criaturas más peligrosas, especialmente de noche. Tampoco debes entrar sólo ya que eres presa fácil y es mucho más fácil perderte. 

 

El castaño lo mira desconcertado, la seriedad con la que estaba tocando el tema no parecía indicarle que estuviera bromeando. 

 

— Tú… ¿lo dices enserio? 

 

Gaspi detiene su explicación ofendido y con el ceño fruncido. 

 

— Por supuesto que lo digo en serio.

 

— Espera... ¿tú de verdad crees que existen fantasmas y todo el rollo? 

 

— No son fantasmas — responde con una sinceridad que lo congela — ¿Tú no? ¿No los viste acaso?

 

Rubius abre la boca un par de veces pero las palabras quedan enredadas, a la única persona que había escuchado hablar del tema con tal seriedad había sido su abuela, era la primera vez que conocía a otra persona con el mismo don.

 

— ¿También lo viste? Pensaba que mi abuela y yo éramos los únicos que lo hacían — dice finalmente dudoso, con los nervios floreciendo en la punta de los dedos, esperando que el chico comenzará a burlarse de él y admitiera que todo era una broma. En cambio, este le regala una gran sonrisa, estaba satisfecho con su respuesta. 

 

— Claro que los veo. De hecho, hay uno justo ahí — señala con su dedo un lugar entre la maleza, ante la desconfianza ajena, se agacha para mover unas flores silvestres. Los ojos se Rubius no podían estar más abiertos, una pequeña criatura marrón con forma de gusano pero hecho de lo que parecía gelatina, emergió entre las plantas, pensó que era un muñeco hasta que esta comenzó a moverse, se transformó en una pequeña persona y corrió hasta otro montículo de plantas, donde volvió a cambiar de forma —. Son casi inofensivas y duermen durante gran parte del día, seguro los vistes rondando por el pueblo alguna vez robando algún dulce o durmiendo sobre estas mismas flores, parecen gustarle mucho —dijo mientras caminaba hasta la criatura, esta vez se agachó para tomarla con dos de sus dedos, tanto el monstruo como Rubius estaban perplejos.

 

La criatura comenzó a moverse y escalar por los dos dedos que lo tenían atrapado, como si fuera un slime de barro, antes de que pudiera sumergir por completo el primer falange este lo lanza al suelo donde rápidamente comienza a moverse, pero esta vez, desapareciendo entre los árboles. 

 

— Cuando son así de pequeños y están solos no hay problema, pero preocúpate de los más grandes. Esos no tardan tanto en digerir la comida. No pongas esa cara, es prácticamente imposible que te encuentres con esos al menos que vayas muy, muy profundo y de noche. Se esconden de la gente y por su color son casi imposibles de notar, debes prestar mucha atención y claro, tener el don para verlos en primer lugar — su sonrisa cambia rápidamente a una de preocupación —. ¿Estas bien? ¿Por qué lloras?

 

Rubius consternado se toca su mejilla notando como esta estaba mojada, ni él sabe en qué momento se puso a llorar. Se limpia rápidamente mientras intenta responder apenado a las preguntas de su acompañante. No estaba triste, estaba feliz, genuinamente estaba tan feliz de poder compartir esto con alguien más que no podía ni contener las lágrimas, Gaspi lo entendió al instante e intentó reconfortarlo con un abrazo que Rubius intentó rechazar al principio apenado, pero finalmente termino cediendo. Con gran nerviosismo, comenzó a contar sobre la vez que había visto un espíritu robando los zapatos a su abuela, en ningún momento Gaspar se burló de él y se mostro muy interesado en el tema, eso lo motivó a contar sobre más cosas extrañas que recordaba haber visto en su niñez. Se pasaron toda la tarde hablando de eso hasta que fue el momento de despedirse, el camino de regreso a Rubius se le hizo el doble de largo estando solo, sin embargo, mantenía consigo una cálida sensación en su pecho. Pensó en su abuela cuando llegó a la casa y en cómo esta tuvo razón cuando le dijo al joven que ambos podrían llevarse muy bien si se conocieran.

 


Luego de esa experiencia ambos comenzaron a verse con más frecuencia, para Rubius ya le era común pasar la tarde charlando con el chico; ya sea en el bosque, acompañándolo en el mercado o ayudándolo a limpiar la casa de su abuelo. Incluso le había ofrecido una habitación para que se quedara a dormir, pero este siempre le rechazaba diciéndole que tenía que volver con su madre. Mentiría si dijera que no sentía curiosidad por conocerla, ya que esta fue muy amiga de su abuela estaba seguro que ambos podrían tener recuerdos lindos para compartir, pero siempre se frenaba a último momento pensando que estaba siendo muy entrometido. 

 

Ese día, cuando el castaño entró a su casa luego de pasar la tarde con su nuevo amigo, notó enseguida que algo faltaba. 

 

— ¿Bigotes? — pregunto extrañado al no ver rastros de la gata, normalmente está siempre lo recibía. 

 

Pensó que quizás estaba afuera cazando algo y pronto volvería, así que dejó una de las ventanas abiertas y se fue a descansar. Sin embargo, a la mañana siguiente noto que la gata aún no estaba, esto lo puso inquieto pero se intentó tranquilizar diciendo que ya volvería, pero transcurrió toda la mañana y aún no había rastros del animal. Preocupado, deicidó salir a buscarla. 

 

Rubius la llamó y buscó en los alrededores, incluso le preguntó a los vecinos pero ninguno sabía dónde estaba. Su desesperación fue en aumento con cada minuto que pasaba, hasta que repentinamente, escucha un maullido seguido de unos cascabeles; Bigotes llevaba unos en su collar. 

 

Cada vez que gritaba su nombre había un maullido seguido de unos cascabeles, el chico siguió el sonido esperanzado y preocupado de que la gatita se encontrara atrapada. Tan concentrado estaba en seguir el sonido del cascabel que tardó en darse cuenta de que había entrado al bosque, para cuando fue consciente de este hecho ya se era muy tarde, estaba tan adentrado que no sabía cómo volver. 

 

— Primero la gata y luego veo cómo salir — se dijo retomando el camino hacia ese sonido que cada vez era más fuerte. 

 

Finalmente pudo ver al animal arriba de un árbol sin hojas, cuando lo llamó esté lo observó por unos segundos antes de correr hasta la punta de una rama y dar un gran salto para llegar hasta él. Rubius apenas había llegado al lugar cuando el animal se le tiró encima, el chico lo tomó rápidamente entre sus brazos y le hizo saber lo aviado y preocupado que estaba. Pero Bigotes, lejos de estar tranquilo, se lo veía bastante alterado, su pelaje seguía erizado y bufía en dirección al árbol. Es entonces que el chico nota que no estaban solos, debajo del árbol había una criatura extraña, de espaldas se veía cómo un conejo por sus dos orejas largas y su color blanco pero fuera de eso ya no había más nada: Estaba parada sobre dos patas, tenía unas extrañas marcas rojas en la piel y sus brazos eran tan largos que se arrastraban por el suelo, especialmente resaltaba mucho las enormes garras que dejaban un rastro lineal sobre la tierra. 

 

Rubius quedó paralizado del miedo viendo cómo el monstruo volteaba lentamente, cuando éste giró su rostro, sus ojos completamente rojos se centraron en él. Comenzó a retroceder a la par que el concejo habría su boca, mostrando una hilera de enormes dientes afilados con la saliva empezando a escapar por los labios. Lo que al principio parecía una línea recta, que iba de un extremo a otro de su rostro, comenzó a ser un enorme círculo que ocupaba casi todo el rostro, Rubén no se detuvo a comprobar hasta dónde llegaba ya que estaba muy concentrado corriendo por su vida.

 

Corría lo más rápido que sus piernas le permitían mientras escuchaba un sonido de arrastre detrás suyo, acompañado de golpes y gruñidos. En ningún momento volteó para ver si seguía detrás suyo, le bastaba con la agobiante sensación de algo rozando sus talones.  

 

Mientras más corría, más perdido se sentía. El camino recto que él juraba que estaba tomando no parecía tener fin, los árboles se veían todos iguales por más giros que diera. Sentía que estaba corriendo en círculos, cómo si el propio bosque lo estuviera encerrado y no lo dejara salir a otro sitio. El tiempo tampoco estaba ayudando, de repente el bosque estaba más oscuro y sombrío que cuando había entrado, en el cielo comenzaban a aparecer el reflejo de algunas estrellas. 

 

Casi se tropieza con una roca que había en el camino y de milagro logró encontrar el equilibrio para no estrellarse de narices contra el suelo, pero fue en ese segundo que tardó en recuperarse, que vió por rabillo del ojo como algo se lanzaba hacia él desde un costado. Rubius saltó al lado contrario esquivando un violento zarpazo, las enormes garras quedaron incrustadas en el árbol y la criatura lanzó un aterrador grito que lo erizó hasta los huesos. Intentó caer de espaldas para no lastimar al gato, pero este igualmente se asustó y apenas golpeó el piso, el felino comenzó a arañarlo desesperadamente para soltarse.

 

— ¡Espera no te vayas! — grita cuando el gato se libera y sale huyendo entre los arbustos. 

 

Bigotes había arañado y mordido los brazos del humano para poder liberarse, lo que le dejó con varios cortes que comenzaron a sangrar.  

 

Rubius siseo por el dolor pero poco le duró cuando el monstruo detrás suyo comenzó a mover desesperadamente su mano para poder sacarla del tronco. Su sangre parecía haberlo alertado ya que este comenzó a babear y gemir con más insistencia. 

 

El chico olvida rápidamente su dolor y se levanta para salir corriendo de nuevo, pero apenas logra dar un par de pasos que sus pies comienzan a temblar de dolor, había corrido tanto y por tanto tiempo que finalmente estos comenzaban a pasarle factura. Rubius jamás había sido una persona atlética pero, entre lágrimas, comenzó a rogarle a sus piernas que se levantaran bajo la falsa promesa de que se volvería un corredor profesional si estas lo sacaban del lugar. 

 

Entre arrastres y tropezones, logró levantarse lo suficiente para seguir corriendo por unos cuantos kilómetros pero sus piernas terminaron cediendo y tropezando de nuevo. Se arrastró entre el fango hasta un árbol e intentó escalarlo, sus brazos estaban llenos de moretones, tierra y sangre cuando se posicionaron a cada lado del tronco; no le importó. Desesperadamente sus cortas uñas comenzaron a arañar la corteza clavándose varias astillas en el proceso, cuando finalmente había empezado a escalar un tintineo lo distrae haciéndole pisar mal y terminando por desplomarse contra el piso. Rubius mira con dolor sus manos lastimadas y su uña arrancada. Entre los arbustos aparece de nuevo Bigotes y comienza a maullarle con insistencia, acercándose para incluso intentar lamer sus heridas. El chico lo aparta gentilmente y se sostiene como puede para intentar levantarse, por alguna razón el lugar está mucho más oscuro que antes, las frondosas copas de los árboles tapaban casi en su totalidad la poca luz de la luna que se filtraba; pero eso no fue un impedimento para no notar los pequeños ojos rojos y la aterradora silueta que comenzaba a asomarse entre los árboles. No era sólo uno, Rubius podía contar al menos cuatro pares de puntos que comenzaban a asomarse.

 

Uno de los conejo se puso en cuatro patas antes de saltar rápidamente hacia el frente, Rubius apenas pudo reaccionar cuando vio que tenía unos enormes dientes más grandes que su cabeza aproximándose a gran velocidad, soltó un grito desgarrador pensando que ese sería su final pero, a sólo unos centímetros de su rostro, el monstruo cambió repentinamente de dirección estampándose tan fuerte contra un árbol que lo partió en dos. No, otra cosa había golpeado al conejo al último segundo con tanta fuerza que lo tumbó hacia un costado. 

 

Sus ojos se enfocaron en la enorme cosa que tenía ahora frente a él, estaba tan oscuro que no podía ver qué era, pero por lo poco que notaba parecía que tenía plumas. No se veía tan grande como el conejo, pero por cómo lo había dejado entendió que eso parecía no ser un problema. 

 

— Vete — ordenó alguien con la voz más aterradora que Rubén había escuchado en su vida. No necesitó escucharlo una segunda vez ya que rápidamente se puso de pie y corrió lo más rápido que podía con la energía renovada por el miedo. 

 

Bigotes corría a la par de él, cada vez que iba a girar hacia una dirección el gato le maullaba. Rubius entonces comenzó a seguirlo, dejándose guiar en un punto sólo por el sonido del cascabel ya que estaba tan oscuro que apenas podía ver al pequeño animal. Se concentró en sólo seguirlo a él e ignorar con todas sus fuerzas la cantidad de sombras y puntos que se asomaban.

 

Quizás estaba alucinando o era su instinto que estaba tan alerta debido a la cantidad de alaridos y aullidos aterradores que estaba oyendo, pero juraba a unos cuantos metros frente a él, la silueta de su fallecida abuela se asomaba y le indicaba con el dedo la dirección que debía seguir, dirección que el gato debía seguir. Tres veces notó esa borrosa figura antes de finalmente ver el comienzo de la pradera. 

 

Rubius y Bigotes habían conseguido salir del bosque y estaban a pocos metros de la casa, ninguno de los dos se sintió tranquilo hasta que entraron por la puerta. Fue recién cuando comprobó que todas las puertas estaban llaveadas y las ventanas cerradas que su cuerpo cedió y se desmayó antes de poder llegar a su cama. 

 

Rubius despertó al día siguiente por culpa de unos golpes en su puerta, por la voz pudo saber que se trataba de una vecina. El chico la ignoró e intentó recomponerse, dejando escapar un grito de dolor que alertó a la señora detrás de la puerta, su cuerpo le gritaba de dolor. 

 

Los golpes se volvieron tan insistentes que terminó por abrir parcialmente la puerta para decirle que se vaya pero esta apenas lo notó, entró de golpe a la casa con cara de espanto.  

 

— ¡¿Por dios niño que te paso?! — de seguro se veía tan mal como se sentía. 

 

— Me peleé con algo en el bosque, estoy bien — intentó explicarle a la dueña de Simba, quién ignoró todo lo que estaba diciendo y la tarta que traía en su mano para ayudarlo a sentarse sobre el viejo sofá. 

 

— ¡Cómo vais a hacer algo tan peligroso como eso! Madre mía mira tus manos, ¿Dónde guardas el botiquín?. 

 

— Estaba buscando a Bigotes que quedó atrapado pero había un conejo enorme, no lo se… Sus dientes eran del tamaño de mi cabeza y yo pensé que iba a morir ahí… — mira sus manos notando lo mal que se ven, el recuerdo de lo vivido regresa como una fuerte patada. 

 

— Ay cariño — dice en un tono maternal abrazando gentilmente al hombre que le doblaba en altura pero lloraba como un niño pequeño. 

 

La mujer curó sus heridas y llamó al médico del pueblo, cuando este apareció preguntó preocupado lo que había sucedido y la señora le mintió con una excusa poca creíble, cuando el médico quiso sacarle más información la mujer se puso firme en su decisión; Rubius agradeció que estuviera ella porque no se sentía con fuerza suficiente para siquiera poder mantenerse de pie, estaba tan cansado que terminó obedeciendo a cada orden que le daban sin cuestionamientos. 

 

Cuando el señor terminó de curar sus heridas el chico subió a su cama y, apenas tocarla, se quedó profundamente dormido. Despertó al día siguiente con el cuerpo menos adolorido y un hambre insaciable, cuando llegó a la cocino vió que había dos papeles sobre la mesa del comedor: uno tenía escrito unas indicaciones del médico con una letra apresurada y poco legible; el otro llevaba el dibujo de una carita feliz junto con el aviso de que le había dejado comida en la heladera y un tótem, también avisaba que si necesitaba algo ya sabía donde encontrarla.  

 

Rubén supuso que esta última era de la vecina, junto a la nota había una curiosa figura que sostuvo para observarla: era pequeña, de madera y tenía tallado un extraño símbolo. Le resultaba curioso y se dijo de preguntarle más tarde a su vecina por ello, luego de agradecerle por toda la ayuda.   

 


Tres días habían pasado desde el accidente y Rubius apenas había salido de su casa durante ese tiempo, las únicas visitas que había tenido era el doctor y su vecina. 

 

En su última visita, Rubius le había preguntado por el extraño muñeco de madera y le dijo que era un tótem de protección contra los malos espíritus. 

 

— Sé que eres un joven de la gran ciudad y quizás te cueste creerme, pero en el bosque rondan presencias malvadas y el que te atacó debió ser una de ellas. Esos monstruos no pueden alejarse mucho del bosque, mi recomendación es que vuelvas a tu casa cuanto antes. Pero mientras esperas, deja ese muñeco fuera de tu puerta, te dará protección.  

 

 — ¿Usted cree en esas cosas? Mi madre me dijo que todos la llamaban loca a mi abuela por hablar de ello. 

 

— Oh cariño, no hubiéramos llegado a vivir por tanto tiempo aquí si no estuviéramos al tanto de eso. Interactuar con los espíritus más allá de las ofrendas es super peligroso, tu abuela lo sabía muy bien, pero la pobre no dejaba de despertar la curiosidad de los más jóvenes y temíamos que ellos terminaran como tu madre. Nunca me pareció justo lo que los demás le hicieron a tu familia, ¿pero qué podía hacer? Aunque fueron muy crueles, funcionó para mantener al pueblo lejos de la influencia del bosque. Si todos se convencían de que no existían, incluso si llegaban a verlo, nadie quería volverse una burla como tu abuela, así que lo ignoraban y no volvían a hablar del tema. 

 

— ¡Mi madre pasó un infierno por vuestra culpa! ¡Ella tuvo que escapar de este sitio! — Rubius estaba sumamente molesto con lo que estaba escuchando, no podía creerlo. 

 

— Y gracias a ello, ella vive en un mejor lugar. Muchos aquí morirán sin poder conocer el mundo fuera de este asqueroso pueblo, tu madre es muy afortunada. 

 

— La quiero fuera de mi casa ahora. 

 

Tantas personas sabían lo que pasaba y decidieron señalar a su familia como mártires a costa de los demás, no podía creerlo. Esa había sido la gota que había rebalsado su vaso, no pensaba quedarse un día más en esa casa y comenzó a empacar sus cosas. 

 

En la noche, una fuerte lluvia invadió al pueblo y, debido a ello, todos los autobuses habían cancelado sus salidas hasta que mejorase el tiempo. Rubius miraba pensativo por la ventana, no veía nada en particular, más bien estaba perdido en su mente; tantas cosas habían pasado que aún le costaba poder asimilarlas. 

 

Un fuerte trueno iluminó de repente el cielo, el fuerte sonido trajo de vuelta al chico.  

 

— Debería irme a dormir — se dijo aunque no se sentía cansado para nada. 

 

Toma el muñeco de madera y lo deja apoyado sobre la puerta principal del lado de adentro, si lo dejase afuera estaba seguro que el viento se lo llevaría volando. Odia a su vecina por la confesión de esa mañana, pero le teme más a lo que sea que vio en el bosque y si eso realmente funcionaba para espantarlos no dudaría en usarlo. 

 

Apenas deja el muñeco en el lugar, escucha un fuerte golpe proveniente del patio. Con el corazón latiendo a mil, toma su teléfono para encender la linterna y un cuchillo de la cocina antes de abrir brevemente la puerta, apunta con su linterna alrededor del oscuro patio hasta que da con el causante del sonido. 

 

— ¡Gaspi! — grita dejando el cuchillo rápidamente y corriendo hasta el chico. Le costó un poco ver que se trataba de él al principio, ya que el chico estaba tumbado sobre la huerta de papas de su abuelo. Cuando se acercó, vió que toda su ropa estaba hecha jirones y había una enorme mancha roja en su pecho. — Por dios ¿qué te pasó?

 

— A…ayuda…me… 

 

Rubius ayudó a Gaspi a ponerse de pie, el chico apenas podía mantenerse, y paso uno de sus brazos por su hombro para hacer de soporte mientras ambos entraban dentro de la casa. 

 

Lo llevó hasta el sofá y comenzó a hablarle preocupado, ambos estaban empapados por la lluvia pero eso era lo de menos. Con cuidado lo acomodó mejor en el sofá y fue a buscar el botiquín y una toalla, al volver el chico ya no le respondía y mantenía sus ojos cerrados, asustado llevó su mano hasta el cuello comprobando que aún seguía con vida, sólo se había desmayado. 

 

Pasó entonces a quitarle la ropa mojada comenzando por su pecho, el suéter era prácticamente tela colgando que no le fue difícil sacarla. Comenzó a buscar alguna herida mortal pero más allá de algunos moretones y cortes no había nada tan serio que justificara la enorme cantidad de sangre que había visto, esto lo relajo un poco. Pasó entonces a quitarle sus pantalones, dejándolo en bóxer, más allá de un par de golpes no parecía haber nada serio; tomó una una manta que solía dejar en el sofá y cubrió al chico con eso, avergonzado de sí mismo por no poder dejar de notar lo grueso que eran sus muslos y lo mucho que se le marcaba su miembro sobre el bóxer mojado.  

 

Buscó en el botiquín la botella de alcohol y un algodón, mientras mojaba el objeto, sus ojos recorrían detenidamente el pecho ajeno. Sus ojos se detenían sobre cada herida espuerta, las marcas rojas y moradas resaltan enormemente en su pálida y tonificada piel, Rubén traga saliva apenado mientras deja la botella a un lado. 

 

Cuando acerca el algodón a un corte sobre su pecho, una extraña marca aparece. Rápidamente aleja su mano sorprendido, al hacerlo, la marca desaparece. Curioso vuelve a acercar su mano y esta se hace presente sobre la piel, como un extraño tatuaje tribal rojo; cuando está a punto de rozar su piel alguien lo detiene tomándolo por la muñeca. 

 

— Es una mala idea cariño — le dice Gaspi con la voz rasposa soltando su muñeca. 

 

Rubius se aleja del susto pero se recompone rápidamente y le pregunta cómo se siente ignorando el apodo que había escuchado.

 

— Podría estar peor ¿por qué estoy desnudo? — consulta con una pícara sonrisa. 

 

— Para ver si no os habían herido, además estáis en calzones — responde rápidamente pasándole la toalla azul marino que había traído para secarlo. 

 

— Sólo te estoy molestando — dice mientras intenta ponerse de pie con mucha dificultad. 

 

— Espera, déjame ayudarte — y antes de que el otro se negara Rubius ya tenía sus dos manos apoyadas sobre el brazo y hombro de Gaspi, pero apenas los toca, las extrañas marcas vuelven a aparecer y brillan por un segundos hasta que Rubius se aleja rápidamente asustado.

 

— ¡¿Qué fue eso?!

 

— Mierda… fue mala idea haber venido. 

 

— Gaspar ¿Qué fue eso? Y ¿a dónde se fueron tus heridas? — le grita notando que varios moretones que antes estaban sobre su pecho y rostro, ahora habían desaparecido. 

 

Rubius volvió a cuestionarlo pero el chico se mantuvo callado mirando el suelo. 

 

— ¿Por qué viniste?

 

— Quería verte, estaba preocupado por vos — responde finalmente. 

 

— ¿P-por qué estabas preocupado? — pregunta nervioso teniéndose la respuesta. Gaspi se mantiene en silencio y agacha la cabeza dejando que su pelo le cubre gran parte del rostro, en esa posición y con la toalla oscura sobre sus hombros, a Rubius se le viene a la mente una sola imagen —. Gaspi… ¿Tu eres el que me ayudó en el bosque? — su pregunta suena más a una afirmación. 

 

Gaspar levanta levemente la mirada, observándolo entre mechones del largo flequillo antes de volver a desviarla.  

 

— Lo lamento — dice en un tono tan bajo que si no fuera por lo cerca que estaban dudaba que lo hubiera escuchado. 

 

Rubius suelta un suspiro y se aleja hasta chocar con el borde de la mesa, aprieta su ropa mojada y respira profundamente tres veces antes de hablar. 

 

— Me estáis dejando todo mojado el sofá — Gaspi lo mira detenidamente sin decir nada, Rubius traga saliva pero no se detiene —. Aparte toda esa sangre y mugre, os va a terminar infectando todas las heridas. Ve al baño y date una ducha, buscaré algo de ropa para prestarte.  

 

Y sin agregar más, caminó lentamente hasta su habitación. De fondo escucho la puerta del baño cerrarse y finalmente cayó de rodillas al pie de su cama, se llevó una palma hasta su boca de la impresión; no sabía si quería llorar, gritar o ambas cosas. 

 

Le llevó varias respiraciones recomponerse, buscó entre sus cosas ropa limpia primero para él y luego para su invitado, se secó el cabello rápidamente y salió temeroso hacia el baño. 

 

Afuera de la puerta ya podía escuchar el sonido de la ducha corriendo, abrió lentamente la puerta avisando su llegada y fijó sus oscuros ojos verdes en su invitado, Gaspi estaba adentro de la tina en la misma posición en la que lo había encontrado la primera vez que se conocieron. Sus abuelos tenían una tina estilo japonés, era como un enorme barril de madera barnizado, lo suficientemente grande como para una persona, Gaspi estaba sentado como un niño dentro de él recibiendo el agua de la ducha directo sobre su cabeza, la tina ya estaba llena por lo que el agua se desbordaba y mojaba alrededor. 

 

Rubius dejó la ropa colgando y se acercó para cerrar el grifo diciéndole que la idea no era mojar el baño, Gaspi se sorprendió al verlo tan cerca y se disculpó rápidamente porque no lo había notado.  

 

— Está bien no te preocupes. Ven, déjame ayudarte con eso — le dijo quitándole el jabón de la mano al ver que este seguía sin hacer nada. 

 

Llevó el jabón hasta su espalda y comenzó a pasarla en círculos, nuevamente las extrañas marcas aparecieron dejando un rastro por donde pasaba. 

 

— La vecina me ayudó a limpiar mis heridas — Gaspi se tensa visiblemente pero no dice nada —. Me dio un tótem de protección, se supone que era para que no entrara nada del bosque pero veo que también fue una mentira — habla tomando una jarra que había en una esquina llenándola con agua para quitarle la espuma de los hombros.

 

— No funciona con los que ya dejaste pasar a tu casa — responde tímidamente, como un niño regañado. Rubius suspira resignado. 

 

 — También me dijo que todos los viejos sabían de lo que pasaba en el bosque, pero decidieron hacer como que no existía para mantener a los más pequeños a salvo y usaron a mi familia para eso — siguió hablando, se notaba su enojo al hablar del tema —. Espero poder irme de este lugar lo antes posible. 

 

— ¿Cuándo te vas? 

 

— Se supone que hoy pero por la tormenta, debo esperar que se detenga para que los autobuses vuelvan. Supongo que mañana o pasado. 

 

Rubius intenta verse lo más relajado y natural posible, aunque en el fondo sabía que la única forma de sentirse realmente de esa forma era si estuviera ahora mismo en su departamento a kilómetros de este lugar. 

 

— Lo siento. 

 

— ¿Por preguntar? ¿Por salvarme la vida o por no decirme lo que realmente eras? — suelta finalmente.

 

Gaspi le quita el jabón de las manos, sus dedos rozan cuando lo hace, comienza a enjabonarse el pecho y los brazos lentamente mientras habla. 

 

— Por lo de tu madre — Rubius lo mira confundido — Cuando era pequeño me gustaba visitar los alrededores del parque para asustar a los niños, un día fui por tu madre pero lejos de asustarse se enojó. Era la primera vez que alguien me veía y reaccionaba de esa forma, me asusté y corrí al bosque, pero tu madre me siguió — las manos del mayor aprietan con fuerza el borde la tina, expectante por conocer el resto —. Se resbaló y se golpeó la cabeza contra una piedra, no sabía qué hacer así que la dejé en el lugar y fui a buscar a mi madre. Mi madre la mantuvo escondida en una cueva hasta que tu abuela pidió desesperadamente por ella, no se qué le hubiera pasado de haber tardado más. Mi vieja se hizo pasar por un guardián y acudió al pedido de tu abuela, en necesario ofrecer algo a cambio para mantener el equilibrio dentro del bosque, así funcionan las reglas y eso ni siquiera mi madre puede romperlas. Tu abuela ofreció su vida a cambio de su hija y mi madre la aceptó; pero no tomó su vida en ese momento, le dió 50 años, diez por cada día que la niña estuvo en la cueva. Ella estaba tan feliz, no sabía que mi madre la había vuelto su ancla. Tu abuela también pidió que se le quitará el don de vernos a tu madre, no sabía que debido al trauma que le generaría la experiencia, tu madre sola anularía esa capacidad; el bullying que recibió luego también ayudaría. Mi madre aceptó y a cambió pidió que tu abuela nunca dejará el pueblo.  

 

— ¿Qué es un ancla?

 

— Es una fuente espiritual que nos permite permanecer más tiempo fuera del bosque. Mi madre la usaba para poder visitar a tu abuela y materializarse frente a las personas del pueblo. Tu abuela era alguien muy poderosa, mi madre incluso podía transferirme algo de su poder, me obligaba a venir a la escuela y a mantener una forma de niño siempre que salía del bosque. Mi madre engatusaba hombres, especialmente casados, y los llevaba al bosque para devorarlos. Algunas viudas se volvieron parte de su culto y le rendían tributo por medio de sacrificios. Mantuvo esa vida hasta que tu abuela falleció, al desaparecer su ancla también lo hizo su poder y yo por fín pude escapar de ella. 

 

Gaspi se voltea para enfrentarlo, Rubius estaba atónito. Sus ojos lo miraban fijamente sin saber qué responderle. 

 

— Yo estuve recorriendo las lejanías del bosque, visitando otros poblados y manteniéndome lo más alejado posible de mi madre y de este lugar pero, eventualmente tengo que volver. Mi energía proviene del bosque y me es imposible mantener mi forma fuera de este por mucho tiempo aunque quisiera. Te juro que no esperaba encontrarte ese día y que era la primera vez que visitaba el lugar después de tanto tiempo. 

 

— ¿Y esta es tu verdadera forma? — dijo sorprendido. 

 

— No, mi verdadera forma la viste en el bosque. Esto es como un disfraz para poder lucir más normal de este lado. Personalmente prefiero más el pájaro — Rubius le lanza una mirada inquisidora y abre la boca, a lo que Gaspi se le adelante —. Pero esta tampoco está mal, la prefiero antes que la horrible forma de niño que mi madre me obligó a mantener por 20 años. 

 

— ¡20 años! ¿Cuántos años tienes en realidad?

 

— Más de lo que imaginas cariño. — Rubius se inclina del borde y cierra sus ojos un momento buscando el sentido a todo eso —. Sé que este no es el mejor momento y es mucho lo que debes asimilar probablemente pero necesito decirte algo. 

 

— ¿Algo más? — le cuestiona sarcásticamente, Gaspi carraspeó nervioso y se lleva con la palma el flequillo para atrás dejando expuesto su rostro. Rubius se aleja consciente de lo cerca que estaban. 

 

— Pensaba decírtelo en otro momento pero viendo la situación de sincericidio en la que estamos y que pronto te irás… Te dije que el bosque pide un balance en las cosas — Rubius abre sus ojos viendo por dónde iba la cosa —. Vos entraste al bosque pero saliste sin dar nada a cambio y eso es un problema. Es un problema para vos y para mí por ayudarte. Y también para Bigotes y tu abuela. 

 

— ¿Mi abuela?

 

— Si, ella te guio hasta la salida, los guio en realidad. En necesario que des algo a cambio o todos podríamos terminar en graves consecuencias. 

 

— ¿Cómo cuáles exactamente? 

 

— No lo sé, el bosque no siempre es claro. Pero podría comenzar con nuestra muerte quizás o una maldición para tus personas más cercanas. 

 

Hace un mes una situación como esa hubiera sido impensable en su vida y ahora tenía que lidiar con la idea de que a su familia le pasara algo por rescatar al gato de su difunta abuela de un bosque mágico y no morir en el intento. 

 

— ¿Qué tengo que hacer? No me miréis así ¿Qué otra opción se supone que tengo?

— Bueno, podrías empezar por darme tu energía. Soy parte del bosque, por lo tanto, la energía que me mantiene con vida proviene de él. Dármela a mí sería como dársela a ella. Luchar contra esas cosas y venir hasta acá me dejaron muy desgastado, ni siquiera puedo sanarme por lo débil que me siento. 

 

Rubius lo pensó unos segundos antes de aceptar, era lo justo se dijo así mismo.

 

— Pero para hacer eso vos deberías aceptar ser mi ancla — la mirada del chico lo hace agregar —. Hasta que me recupere. Mirá, yo no estoy en las condiciones siquiera para seguir hablando con vos de esta forma. Tendría que venir cada dos o tres días por unos minutos durante quizás… cuatro meses, para poder recuperarme. Si me quedo de este lado es mucho más fácil ¿o vos pensás acompañarme al bosque? 

 

— ¡De ninguna manera!

 

— Pues por eso, lo único que se me ocurre es que seas mi ancla por un par de horas. 

 

El, ahora menor, comenzó a plantearse excusas para no aceptar pero ninguna le convencía para debatir ante lo que había escuchado. Tuvo que reconocer que no había otra forma.

 

— Está bien.

 

— Porque viste que… Para ¿estás seguro? 

 

— Sí, al menos que tengas otra idea que no incluya mi muerte o la de alguna persona — Gaspi movió negativamente su cabeza — Pues ya estaría. ¿Qué tengo que hacer para ser un ancla?

 

Gaspi agarra sorpresivamente la palma de su mano izquierda con ambas manos dándole un pequeño susto, comienza a murmurar algo con los ojos cerrados y puede sentir un ardor comienza a surgir en la zona. El dolor pasa de un pequeño roce a agua hirviendo en segundos, Rubius le grita que lo suelte pero Gaspi aumenta el agarre, por más que estire este no lo soltaba. Cuando el dolor comenzaba a ser insoportable el chico lo suelta y por el tirón que estaba haciendo, el humano termina casi cayéndose al suelo. 

 

Rubius mira con el ceño fruncido y lágrimas acumuladas su mano, todo parecía normal salvo por el extraño diagrama en negro que ahora tenía. 

 

— ¿Esto quedará para siempre?

 

— No, el sello se debilitará con el tiempo y desaparecerá solo. Necesita de una renovación constante para poder mantenerse. Mi madre visitaba mucho a tu abuela por eso.  

 

— Entonces, ya está.

 

— Sí. Felicidades maestro, ya sos mi ancla — le responde en un tono alegre. 

 

— Y ¿Cómo te transfiero energía ahora? — Gaspar lo cuestiona —. No pienso quedarme en este sitio tanto tiempo, cuando pare la lluvia me iré. Así que, de preferencia espero que esto se arregle entre ahora y mañana — responde tajantemente. 

 

— Ok, lo que el rey ordena — dice en un tono divertido levantándose de la tina.  

 

Rubius se voltea con las mejillas sonrojadas —. ¿Qué debo hacer? 

 

Un chillido de sorpresa se le escapa cuando unas manos aprietan su cadera y su espalda choca contra una superficie mojada. 

 

— Mi ropa — se queja nervioso mientras la tela en ciertas partes se volvía a pegar sobre su piel debido a lo mojada que estaba —. ¿Qué estás haciendo? 

 

— Cumplo con las órdenes de mi rey — responde en su oído, el tono era divertido pero ronco al mismo tiempo —. De todas, esta es la más divertida te lo prometo.