Chapter Text
Concentrarse en el diseño de unos planos y actualizaciones del último motor, era bastante difícil, cuando tienes unos bollitos de papel cayendo en tu teclado de computadora. Uno más aterrizó justo en la montura de los anteojos de pasta negra de Franco, lo que logró que dejara de pretender que ignoraba a su amigo.
Sé quitó el papelito de la cara y lo miró con hastío. Lando le dedicó la más esplendida de las sonrisas, lo que en su idioma significaba aburrimiento.
—¿Qué? –siseó molesto.
Lando paseó una mano por sus rulos castaños y dio una pequeña vuelta en su silla giratoria como si fuera un niño.
—Veo, veo.
Franco lo miró por un momento, evaluando si seguirle el juego o no. Finalmente cedió.
—¿Qué ves?
—Todavía nada –Lando se encoge de hombros sonriendo, lo que hace bufar a Franco.
—Entonces no molestes.
Vuelve su atención a la pantalla y escucha la risa burlona de Alex.
—Sí, que está ocupado.
Franco le saca el dedo medio sin dejar de teclear con la otra mano, lo que le arranca otra risa, esta vez más divertida. Alex era así, despreocupado y de sonrisa fácil.
—Se llama trabajar –le devolvió Franco.
Pero en su lugar, fue Lando el que contestó:
—Ah no, esa calle no la conozco.
Al cabo de un momento, llega Oscar, el último en conformar su peculiar grupo de trabajo. Paseó sus ojos marrones lentamente desde el rostro hasta los pies de Lando, que oportunamente estaban en su silla y finalmente vuelve a mirarlo a los ojos con aburrimiento.
—Lando, los pies en mi silla –acusa, sin perder la monotonía de su voz.
A Franco a veces –siempre–, le desesperaba su tranquilidad y falta de expresión y no entendía como a Lando le resultaba tan entretenido intentar con fuerza sacarlo de sus casillas sin conseguir absolutamente nada. Pero el chico, sin perder el brillo travieso de sus ojos verdes, le sonrió seductor.
—No me di cuenta que era tuya –mintió descaradamente, apartando sus pies y empujando la silla hasta el australiano, que ocupó su puesto sin mirarlo.
Franco había estado esperando por él desde que se fue a buscar unos documentos a media mañana, así que se giró hacia él mirándolo ávidamente.
—¿Novedades?
Oscar no contestó inmediatamente. Se tomó todo el tiempo del mundo para dejar los documentos que consiguió cuidadosamente en el cajón de su escritorio y puso la contraseña en su computadora. Pero al tercer suspiro impaciente de Franco, lo miró apenas de reojo.
—Hay reunión –declaró impasible.
Eso atrajo la atención de Alex y Lando.
—¿Algo interesante? –lo animó Alex.
—No pude escuchar mucho.
—¿Y probaste preguntando? –pinchó Lando, pero lo único que consiguió de Oscar fue un intento de mueca.
—Deberíamos mandarte a ti –Alex se giró hacia Lando–. Le haces ojitos a la secretaria y suelta todo.
El mencionado sonrió seductoramente, pero negó.
—Todos sabemos que el que tiene éxito con la carita, es Franco.
—No, ni sueñen –declinó Franco inmediatamente, volviendo a su computadora.
—¡Pero Fran! –lo sacudió Lando–. Quiero saber si me van a ascender.
Franco soltó una risita burlona entre dientes, por lo que se ganó una patada en su silla giratoria.
—Yo voy a seguir manifestando.
Pero a pesar de todo, el estómago de Francó se apretó. Una reunión tan grande y sin aviso previo, no podía ser otra cosa que malas noticias.
Alex, Lando, Oscar y él eran apenas unos pasantes en nada más y nada menos que en la “M” mayúscula, la gran Mercedes-Benz. Dios sabía lo que les había costado llegar hasta ahí. Eran los encargados de hacer el trabajo que nadie más quería hacer. Correcciones, informes y hasta llevar café. Franco sabía que les estaban haciendo pagar derecho de piso, pero no le importaba moverse un poco de la línea si eso significaba aprender de los mejores ingenieros y ganar experiencia.
A Franco no le gustaba auto compadecerse, pero tenía claro que de los cuatro, era el único que le tocaba trabajar el triple para ocupar ese lugar. Sudamericano, con una beca completa que tenía que mantener con las mejores notas, además de rendir al máximo en ese trabajo.
A los diecisiete años se mudó a Inglaterra gracias a una beca para la que había aplicado apenas terminando el secundario. Su sueño siempre había sido llegar a lo más alto, estudiar y perfeccionarse hasta llegar a las empresas más altas. Y lo consiguió.
Extrañaba mucho su vida en Argentina, pero sabía que su lugar en ese momento estaba al otro lado del mundo. Después de todo lo que sacrificó para llegar hasta ahí, no quería imaginarse tener que dejar todo a la mitad, por eso cada vez que se auguraban malas noticias, no podía dejar ese miedo latente de que era el final.
Haciendo a un lado sus preocupaciones, Franco se dirigió hacia Alex.
—¿Comemos juntos?
Alex se volteó a mirarlo con exasperación.
—Franco acabas de desayunar.
—Hablo del mediodía –dijo blanqueando los ojos.
—Si hay reunión, olvídense de salir a comer –les recordó Oscar desde su lugar.
—Cierto –asintió Franco, desanimado.
—Pero pedimos algo y comemos aquí mientras especulamos a quién van a echar –propuso Lando, frotándose las manos.
Franco tragó duro.
—¿Crees que van a despedir a alguien?
—Es una reunión de última hora –Oscar se encogió de hombros–. Es probable.
—Llamaron a todos los socios –dijo Lando.
—Si definitivamente van a rodar cabezas –suspiró Alex, negando con la cabeza.
Y fue suficiente para que a Franco se le fuera el hambre por el resto de la mañana.
Media hora más tarde, otro bollo de papel cayó sobre el teclado de Franco, este lo apartó y miró a Lando elevando las cejas, al tiempo que volvía a prestar atención a la pantalla.
—Veo, veo.
—¿Qué ves? –volvió a seguirle el juego.
—Una cosa.
—¿Qué cosa?
—Maravillosa.
—¿De qué color?
—Azul, a las 12 en punto.
Lando le dio una pequeña patada a la silla de Franco y señaló con un ademán hacia el frente. Franco, Alex y Oscar miraron hacia las puertas dobles de vidrio por donde acababan de entrar el director de la empresa, acompañado de otro hombre. Un hombre que Franco no veía muy seguido por ahí.
—¿Ese no es el que dirige la fábrica de ensamblaje en Ámsterdam? –murmuró Oscar, frunciendo el ceño.
—Pierre Gasly –corroboró Alex–. Fue a dar una ponencia en la universidad ¿Se acuerdan?
Franco y Oscar asintieron en silencio, mientras que Lando soltaba un quejido.
—Ah, me la perdí.
—Por andar de resaca –lo amonestó Oscar.
—Franco tiene un crush con él –soltó Alex de la nada, ganándose la atención de todos.
—¡No es verdad! –se quejó el aludido, abriendo bien grande los ojos.
—Si, te excita su cerebro –siguió Alex, sonriendo burlón.
—Estas mal –volvió a negar.
—Si él francés está aquí es porque pasa algo grande –comentó Oscar, metido en sus propios pensamientos.
—Capaz venga a rescatarte de la pobreza y te lleve a recorrer Europa en su Mercedes –le dijo Lando a Franco, subiendo y bajando las cejas de forma sugerente.
—¡Dios! ¿Para qué le contaste? –bufó Franco, dándole un manotazo a Alex.
—No sabía que era un secreto –se rió este, molestándolo más.
—No es ningún secreto, porque no me gusta ese francés y punto –declaró, cruzándose de brazos enfurruñado.
Franco esperó a que Alex siguiera molestándolo, quizás hasta Lando, pero al mirar a sus amigos se dio cuenta que tenían la vista fija justo detrás de él. No quería girar, en su lugar prefería salir corriendo y tomar el próximo vuelo hasta Argentina y esconderse debajo de su cama por lo menos por un año entero. Pero las caras de sus compañeros y le leve carraspeo que sintió a sus espaldas, lo obligaron a girar lentamente.
Para su mala suerte, sus sospechas se hicieron realidad. Detrás de su cubículo estaban Sergio, el director de la empresa y el dichoso francés. Sergio hizo una mueca, mirándolo lastimosamente, lo que lo mortificó aún más, mientras que Pierre no hizo más que clavar sus ojos azules en él con un brillo que Franco no se atrevió analizar.
—Franco –lo llamó su jefe, con un leve toque reprobatorio.
—Hola –dijo este sin pensar, e inmediatamente se encogió más en su lugar.
—¿Puedes acompañarnos en la reunión de hoy?
—¿Yo? –se señaló Franco, abriendo ligeramente la boca del asombro.
—¿Alguien más se llama Franco?
El chico sintió un calor subir desde su cuello hasta toda su cara, que no hizo más que aumentar al mirar como el francés mordía su labio inferior para no sonreír.
—Que yo sepa no –contestó Lando por él, ganándose un codazo por parte de Alex–. Auch.
—Si, por supuesto –contestó Franco, saliendo de su asombro.
Se levantó de su lugar y rodeó todos los cubículos hasta estar frente de los dos hombres. Sergio le dio una palmadita en el hombro para tranquilizarlo y le hizo un ademan para que lo siguiera.
Franco fue tras él muy consciente de la pesada mirada del francés en su nuca y se preparó mentalmente para la reunión más incómoda de toda su vida.
