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Jinx abrió sus ojos bajo un manto de agua salada. La presión la aplastaba, haciendo que sus pulmones ardieran por la falta de oxígeno. Movida por puro instinto, comenzó a nadar, impulsándose desesperadamente hacia arriba. Se estaba asfixiando. Ya no podía aguantar más y entonces, rompió la superficie violentamente con un jadeo desesperado y roto, salpicando en todas direcciones. Tosió y tragó bocanadas entrecortadas de aire, mientras luchaba por mantenerse a flote en medio del intenso oleaje.
De pronto, el recuerdo de Vi, de Vander y de la explosión se estrelló contra su mente. Había hecho lo que tenía que hacer. Había salvado a su hermana. Su última memoria, era una mancha borrosa, una mezcla de luces y sombras que se arremolinaban mientras avanzaba a una velocidad imposible, por las tuberías de ventilación de la torre Hex, antes de caer al vacío.
A lo lejos, la ciudad del progreso se erguía, sombría, silenciosa, envuelta por nubes de polvo y niebla que resplandecían tenuemente por el resplandor rojizo de alguno que otro incendio. Aquello, había sido todo, la guerra había terminado. Ahora solo quedaba una cosa: pondría su último plan en marcha y se iría, desaparecería para que Vi pudiera tener una vida feliz junto a Caitlyn, sin el peso de su presencia.
Finalmente, logró llegar hasta la orilla y se arrastró fuera del agua. Se dejó caer, envuelta por aquel aire que olía a metal quemado y a su propia piel chamuscada, mezclada con el salitre del mar. Sus músculos gritaban y sus heridas y quemaduras le escocían, aun así, sabía que no podía detenerse, si lo hacía, su cuerpo se vendría abajo. Con todo su esfuerzo, se giró y apoyó su mano, sus dedos hundiéndose en la arena, entonces, tomó una bocanada de aire y se impulsó. Al instante, una punzada la atravesó completamente haciendo que perdiera el equilibrio. Estuvo a punto de volver a derrumbarse a causa de su costilla rota, pero no lo hizo. Se puso de pie, y comenzó a andar, tambaleándose entre los oscuros y mohosos callejones del puerto.
Tras una larga travesía, alcanzó su destino: la torre oeste y el puerto de los dirigibles Hex.
Aunque la explosión y la caída no habían sido parte de su plan, llegar hasta allí sí que lo era: abordaría uno de esos dirigibles y desaparecería. Ahora que la torre Hex había quedado inoperativa, saltar a través de las puertas Hex era un viaje solo de ida.
Tras subir las interminables escaleras, llegó a la parte más alta y al alzar la mirada, hacia las enormes aeronaves, un recuerdo de su infancia emergió de lo profundo de su mente: ella de pequeña, señalando aquel dirigible que surcaba el cielo y diciendo “algún día me subiré a una de esas cosas”. Una sonrisa irónica se formó en sus labios.
«Felicidades. Tus sueños al fin se cumplieron» pensó, mientras jadeaba, trepando con dificultad por una de las viejas pasarelas de carga.
Con las fuerzas que le quedaban, se dejó caer sobre uno de los dirigibles que estaba a punto de despegar. El destino no importaba. El aterrizaje fue una agonía, como si una estaca la atravesara desde el interior de su pecho. Aun así, lo había logrado, se las había arreglado para escabullirse sin ser vista.
«Solo un poco más» pensó, mientras se arrastraba por los estrechos corredores con aroma a hierro y a aceite, justo hasta el área entre los motores y el fuselaje del dirigible; un lugar en el que nadie nunca la buscaría.
Finalmente, cedió al cansancio. El frío metal la recibió sin amabilidad ni cortesía, solo un ruido seco que se desvaneció, consumido por el zumbido de los enormes motores, que la envolvía, haciendo que vibrara hasta su aliento. A pesar del dolor y de sus heridas, por primera vez en años, nadie la perseguía. Una pequeña mueca en forma de sonrisa se dibujó en sus labios. Su plan estaba completo. Los minutos fueron pasando y su mente comenzó a balancearse, justo al borde de la inconsciencia.
De pronto, su instinto de supervivencia la presionó un poco más. Jinx volvió a abrir sus cansados ojos.
Abajo, en la sala de máquinas, escuchó el ruido distante de voces que discutían acaloradamente. Sonaban alarmados, preocupados y su tono era urgente. Uno de ellos espetó una palabra “¡Vaskasia!” ¿Tal vez un destino?, pero Jinx nunca lo supo; su mente se estaba apagando.
«Al menos… me hubiese gustado saber… que se siente saltar…» pensó. Entonces, su consciencia se desvaneció y ya no supo nada más.
A partir de ese momento, Jinx estuvo saltando entre la consciencia y la inconsciencia, perdida entre el sonido mecánico del dirigible y el frío que la acunaba. A veces, sus ojos se abrían, pero solo veía sombras, manchas oscuras y borrosas, antes de volver a desvanecerse, y así, los días se deslizaron, ausentes y carentes de significado. Ella había hecho lo correcto. Pero ahora estaba perdida en un mundo del que no tenía la menor idea.
De pronto, un movimiento sutil en sus párpados, un reflejo involuntario de su mano, una terrible sensación de peligro. Sus ojos se abrieron de par en par y al instante, fue atravesada por un frío atroz que la heló hasta los huesos. Se acurrucó en la oscuridad, temblando, usando sus brazos como único refugio. Jinx nunca antes había experimentado temperaturas tan bajas, ni en Piltover ni en Zaun, por lo que aquello era una señal completamente clara de que se hallaba en tierras lejanas ¿A dónde rayos había ido a parar?
Ahora, necesitaba tomar una decisión, quedarse en ese lugar o buscar refugio más cerca de las calderas. De pronto, una gélida ráfaga la envolvió haciendo que la piel se le erizara incontrolablemente. Nunca había tenido opción. Se incorporó lentamente, el dolor de su costilla rota era insoportable. Entonces, el dirigible se balanceó haciendo que perdiera el equilibrio, pero logró sujetarse, evitando la peor parte. La nave finalmente se estabilizó y Jinx comenzó a andar, apoyándose contra las paredes con un objetivo claro en mente: las chimeneas de los motores.
Lentamente, dejó atrás el conducto por el que había entrado, un poco de curiosidad reflejándose en su rostro. Y entonces, al girar, se halló cara a cara con una vista que la dejó sin aliento. Era de noche y la luna se asomaba entre gigantescas nubes, iluminando un mar de árboles que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Enormes montañas y profundos cañones, valles y acantilados, todo envuelto por aquella densa niebla, que le daba un aire de misterio, hostil e imponente, pero indudablemente hermoso. Jinx jamás había visto nada igual. Sin embargo, lo que más la sorprendió, no fue el paisaje, sino el aire. Era exquisito. A pesar del frío y del dolor en su pecho, no pudo evitar aspirar profundamente. Nunca en su vida había respirado un aire tan deliciosamente puro y por ese breve instante, se sintió feliz de seguir con vida.
De pronto, una corriente de aire se estrelló contra su cuerpo haciendo que se estremeciera. No tenía tiempo para admirar el paisaje, así que rápidamente retomó la marcha. Un paso, luego otro y otro. Casi vuelve a perder el equilibrio, pero logró atravesar los diez metros de barandas, giró hacia la izquierda, se adentró una vez más en el fuselaje y finalmente, se encontró frente a los enormes conductos que ventilaban el calor de las calderas. Jinx se dejó caer agradeciendo el sutil cambio de temperatura. El aire aún era terriblemente frío, pero resultaba un poco más soportable.
El tiempo siguió avanzando, pero por más que lo intentó, no pudo conciliar el sueño. Sus heridas y contusiones, la mantenían despierta. Pero ese no era su mayor problema. Ahora que estaba completamente despierta, era consciente de aquel terrible dolor en su pecho, peor que cualquier otro, que le punzaba como si le hubiesen arrancado algo desde adentro. A veces, entre el zumbido constante de las máquinas y el sonido del viento que soplaba sin parar, casi juraba escuchar la voz de Vi diciéndole “siempre seremos hermanas”, o la de Silco, susurrando “lo has hecho bien, pequeña”. Incluso Vander apareció frente a ella, mirándola con cariño. Sus voces, ya no gritaban para sumergirla en la locura, solo la miraban desde lejos. El dirigible siguió su curso y Jinx perdió el sentido del tiempo, cada vez más agotada, desorientada y débil.
Una noche, el dolor punzante de su costilla rota mientras sanaba la atravesó. Despertó jadeando pesadamente, completamente alerta de su entorno, con una fina capa de sudor cubriendo todo su cuerpo. Instintivamente movió su mano y entonces, sus dedos rozaron algo que no estaba ahí antes: una manta áspera doblada con cuidado junto a sus piernas y al lado, varias piezas de pan negro, carne seca y una taza con agua. Aquello la dejó completamente helada, el corazón amenazando con salírsele del pecho. Alguien había estado ahí. Alguien la había descubierto. Sus ojos se dispararon, pero no había nada. Solo las sombras, las montañas cubiertas de verdor que se veían por los recovecos del fuselaje y su propio y fantasmal aliento. Sus ojos se clavaron en el pan, en la carne y luego, de nuevo en el entorno. Aún se sentía ansiosa y llena de desconfianza, pero ya no podía más, el hambre era insoportable. Extendió su mano y los tomó, devorándolos en un segundo. Estaban duros, pero para ella, que no había comido nada en días, era el sabor de la salvación.
Tras terminar de comer, se incorporó un poco y bebió el agua desesperadamente. Entonces, una corriente se arremolinó a través del conducto, más fría que las anteriores, lo que le produjo un terrible escalofrío. Instintivamente, volvió a acurrucarse, envolviéndose con la gruesa manta. Al final, Jinx nunca supo quién le había dado una mano, pero igual, le agradeció en silencio.
Para ese momento, el vacío en su pecho ya no era tan pesado, pero la soledad de su corazón era más intensa. La paz en su mente no había llenado el agujero que había quedado en su alma.
Por fin, el dirigible dejó atrás las montañas. El viento ululaba, frío y denso, arremolinándose vertiginosamente, una señal inequívoca de que se acercaba una gran tormenta. El clima empeoró rápidamente. La intensa tormenta empujaba la nave haciendo que se estremeciera, arriba y abajo, izquierda y violentamente a la derecha y así, pasó otro día y otra noche. Jinx había comenzado a sentirse enferma.
Entonces, cerca de la medianoche, una corriente arremetió ferozmente, zarandeando la aeronave con una violencia extrema. Jinx, aun envuelta en la manta, se aferró al mamparo con todas sus fuerzas, pero estaba tan débil que no fue capaz de sostenerse. El dirigible volvió a saltar violentamente y por una fracción de segundo, Jinx se sintió ingrávida, justo antes de estrellarse sin control, dando tumbos en todas direcciones y luego, el vacío. El estruendo del viento le arrancaba el aliento, pero su mente, se enfocó únicamente en el suelo que se acercaba a toda velocidad. No, no permitiría que terminara así. En el último suspiro, giró su cuerpo cambiando su trayectoria y terminó atravesando el dosel de los árboles, rodando y rebotando sin parar. Sus reflejos aumentados le habían salvado la vida.
Finalmente, todo se detuvo, su cuerpo gritaba de dolor y su respiración era entrecortada y jadeante. Se incorporó lentamente, saliendo de entre la maleza con el corazón desbocado, cubierta de tierra, hojas, rasguños y un sinfín de moretones. La manta desgarrada y hecha jirones, que había recibido la peor parte, todavía en su mano. Jinx alzó la mirada buscando el dirigible, pero solo encontró el oscuro e imponente cielo. Un silencio sepulcral la envolvió. Alrededor, el bosque olía a tierra húmeda, a resina y a musgo. Ahora estaba sola, y justo en medio de la nada. Jinx se quedó ahí, inmóvil, tiritando, envuelta en lo que quedaba de la tela.
Las horas pasaron y finalmente, la gélida noche dio paso a un gélido día.
A pesar de su inexperiencia, Jinx sabía que tenía que moverse.
Tras levantarse, comenzó a descender de la montaña, la única opción que le pareció aceptable. Cada paso, hacía que las hojas y pequeñas ramas crujieran a sus pies. Conforme iba bajando, los árboles se hicieron cada vez más altos e imponentes. Los sonidos del bosque la envolvían, haciendo que siempre estuviera alerta y así, caminó durante varios días. Comió y bebió lo que encontraba, principalmente bayas y el agua de riachuelos y quebradas. A veces dormía un poco, oculta en la rama de algún árbol, pero el frío la despertaba, forzándola a seguir andando. El clima a veces empeoraba, frío, terrible, como agujas de hielo y niebla, que le atravesaban la piel. A veces hablaba sola, solo para recordar que tenía voz.
—Frío… mucho frío… —susurraba con voz temblorosa, pero el bosque no le contestaba.
Inconscientemente, comenzó a seguir los caminos que le ofrecían la menor resistencia. Evitó árboles caídos, zanjas accidentadas, quebradas traicioneras y profundos barrancos. El tiempo siguió avanzando y Jinx siguió adelante, atravesando aquel inhóspito y sombrío bosque. Sin darse cuenta, sus heridas habían comenzado a sanar y el clima, poco a poco fue haciéndose más soportable.
Un día, mientras avanzaba por un sendero, dio con un camino adoquinado. La niebla se disipó y Jinx se encontró en un claro, frente a una muralla impresionante. Las paredes de piedra se alzaban, blancas e imponentes, bañadas por los cálidos rayos del sol que atravesaban las densas nubes. Jinx nunca había visto algo igual. Se acercó a la ciudad con cautela y desesperación mezclada con una chispa de curiosidad que creía extinta. Esperó por un rato, oculta entre las sombras y luego, envuelta con la harapienta manta, se escabulló, junto a un grupo de viajeros que llegaban, ocultando su presencia de los guardias que vigilaban la entrada. Más allá de la enorme muralla, la gente se movía con prisa, sus rostros serios y solemnes. Jinx se sintió fuera de lugar, pero todo era tan diferente, tal vez encontraría algo allí, aunque fuera un poco de comida. Se deslizó por los oscuros callejones, su mente en un estado de alerta y tensión constante, sus ojos buscando ¿Tal vez una razón para seguir adelante? Ella no lo sabía.
Justo después del anochecer, se encontró en una amplia plaza de la ciudad. La luna brillaba, proyectando su luz plateada sobre la estatua de un hombre. Jarvan I, decía la placa a sus pies. La plaza estaba vacía, excepto por una pequeña niña, que se acercó sin miedo. Jinx se sintió extraña. La niña la miró.
—Tus ojos brillan —dijo, señalándola con su dedo.
La voz de la niña era un eco. Jinx sintió un escalofrío. Su rostro le recordó a Isha, la amiga que había perdido en la explosión del subterráneo. Su corazón se encogió, pero una pequeña y melancólica sonrisa se formó en sus labios.
—Eres igual que mi padre. Él dice que la magia es una enfermedad — continuó diciendo.
—No soy una enfermedad —respondió Jinx, mientras su sonrisa desaparecía. Además del comentario de aquella niña, Jinx se sorprendió del tiempo que llevaba sin escuchar su propia voz —Es solo que mi vida ha sido un desastre. Sé que hice lo correcto, o al menos eso creo.
La niña la miró con ojos grandes y con una cálida sonrisa.
—Toma —dijo —Tienes hambre.
Jinx tomó el pan, sus dedos rozando los de la pequeña. Por un momento, miró el pan y luego a la niña que aún le sonreía. Esa sonrisa. Aquella niña no sabía nada, pero su gesto de amabilidad, esa pequeña llama de calidez en la fría plaza, la hizo sentir algo que había perdido desde hacía tiempo.
—Gracias, pero será mejor que te vayas, niñita. Tú no tienes idea de quién soy.
La niña miró a Jinx por un momento y luego volvió a sonreír.
— Recuerda comerlo, ¿Está bien? Debes comer cada vez que puedas — dijo, luego dio media vuelta y se marchó.
Jinx la miró hasta que desapareció. Nuevamente estaba sola en la plaza, con la fría estatua del antiguo rey y con la luna, que la miraba desde lejos. Se quedó allí, de pie, completamente inmóvil. Miró el pan en su mano, lo mordió y luego tragó. El pan le raspó la garganta, aun así, su cuerpo agradeció el alimento y Jinx, pensando en la niña, volvió a sentir aquella emoción olvidada. Era una pequeña llama, pero sin duda, era esperanza.
Los minutos pasaron y finalmente, se alejó de la plaza, adentrándose en las oscuras calles de la ciudad.
Aquel, definitivamente era un lugar extraño. La gente había sido fría y reservada, pero había encontrado un pequeño acto de bondad en el lugar menos esperado. Esa pequeña chispa era suficiente para seguir adelante, para darle un propósito a sus pasos errantes.
Deambuló por los siguientes dos días, sintiendo su cuerpo cada vez más débil. Sus reflejos, antes tan afilados, comenzaban a fallar. Su estómago volvió a contraerse por el hambre, y la tentación de robar asaltó su mente, pero la amabilidad de la niña y su propia determinación resonaron en su cabeza.
«Ya no soy esa persona» pensó.
La Jinx que robaba y destruía había quedado atrás. Estaba decidida a cambiar, sin importar el costo.
El sol se puso, pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas. Se adentró en los barrios más pobres de la ciudad, donde las casas de piedra se amontonaban oscuras y envejecidas. El viento era un castigo constante. Sus músculos se quejaron con cada paso. Se apoyó contra una pared, las fuerzas la abandonaban. Intentó seguir adelante, pero las piernas le fallaron de golpe. La pared raspó su mejilla mientras se arrastraba hasta el suelo. Su cuerpo temblando incontrolablemente. El mundo se volvió borroso, los sonidos de la ciudad se alejaron. Jinx había sobrevivido a toda una vida de luchas, a aquella terrible explosión y al largo viaje, y ahora, estaba siendo vencida por su propia determinación.
«Que forma más tonta de morir» pensó en un hilo, y la risa se le quedó atascada en la garganta.
Entonces, sus ojos rojo-violeta se cerraron y después, nada.
