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La Teoría del Reencuentro

Summary:

Hay cosas que ni la muerte ni el multiverso pueden detener. Cada universo les da una nueva forma, un nuevo cuerpo, una nueva razón para caer —y volver a hacerlo.

Notes:

Disclaimer:

Los personajes de Agatha Harkness, Río Vidal y otros elementos del universo Marvel / Agatha All Along pertenecen a Marvel Studios y sus respectivas creadoras.

Este fanfic es una obra sin fines de lucro creada únicamente con fines de entretenimiento y exploración narrativa.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Doncella Funesta

Chapter Text

 

El cosmos tiene formas extrañas de recompensar a quienes mantienen su equilibrio.
Como ejemplo está La Muerte: la bruja verde original, la Dama que da y que quita.

La mayoría de los seres cósmicos eran del tipo alférez: fuertes, musculosos, capaces de cargar el peso del mundo sobre los hombros. Algunos los llamaban líderes; otros, simples bestias de mando.
La Muerte era distinta.

La Muerte era una Doncella, aunque jamás lo dirías por su apariencia. No era pequeña ni delicada, sino un ente cósmico de líneas severas y mirada ardiente, atrapada en un bucle de muerte constante del que nada parecía alcanzarla.
O así había sido durante siglos… hasta llegar a Salem.

Allí seguía un rastro de almas que no paraban de acumularse a sus pies.
Al principio no se dio cuenta de lo que ocurría, pero los cuerpos calcinados comenzaron a multiplicarse. Tuvo que tomar su aspecto humano para comprender los rumores.


“Quema de brujas”, lo llamaban. En realidad, quema de cualquier Doncella que supiera algo que ellos no.
O de cualquier alférez hembra, porque, según ellos, ser alférez solo podía ser cosa de hombres.
Sexismo en pleno siglo XVIII… quién lo diría.

Pero el trabajo era trabajo, y las almas no se recogerían solas.

Todo parecía rutinario hasta que empezaron a aparecer mujeres con auras poderosas de verdad.
Todas olían a tierra húmeda y colonia añeja. Todas vaciadas hasta la última gota de esencia vital.

La Muerte estaba fascinada.
No solo por el método, sino por la disposición de los cuerpos: siempre alrededor de piras de madera que nunca llegaban a arder.
Y en el centro, un espacio vacío.
Como si alguien —o algo— hubiera ocupado ese lugar.

Fue una tarde de octubre cuando la vio.
Una sombra morada entre los arbustos.
El olor añejo, más fuerte que nunca, llenaba el aire.
Allí estaba su asesina.

La criatura que tanto trabajo le había dado ya no se escondía: observaba, inmóvil, mientras Lady Death hacía su labor.
Su figura cambiante se adaptaba a cada alma. Para unos, un ángel dorado; para otros, un demonio o la madre perdida.
Pero para ella —para la mujer de la capa— La Muerte debía tener forma de deseo.

Cuando la Muerte terminó su tarea y alzó la vista, la desconocida se adelantó.
Ojos azules, piel lechosa, el ceño fruncido, la tela de su capa aún manchada de barro.

—¿No te gusta mi ofrenda? —preguntó la voz, suave y peligrosa.

La Muerte la observó. Por la apariencia —el cabello negro, la altura— habría dicho que estaba ante una Doncella inofensiva.
Pero su aura ardía como un cometa. No era inocencia: era poder reprimido.

—¿Ofrenda? —repitió la Muerte, inclinando la cabeza. El gesto, casi curioso, torció de un modo antinatural el cuello, que se desencajó levemente del resto de su columna con un leve crack.

La otra mujer jadeó al verla. Pero no de miedo. Agatha fue más rápida que un huracán: empujó con sus manos venosas por el encaje del vestido a la mujer que llevaba semanas persiguiendo, acostándola sobre el helecho más suave que había preparado entre la media docena de piras que había creado para este momento.

Esa Doncella era la que había estado volviendo locos todos sus sentidos con su olor, con su magia, que le gritaba que debía poseerla desde lo más profundo de su ser.
Y Agatha, que era mucho mejor Alférez que cualquiera que rondara por las tierras de Salem, le había traído regalos.
Docenas de almas.
Pues parecía que era lo único que llamaba la atención a su chica.

***

La Muerte se vio apoyada en el helecho y la paja de una pira de madera, rodeada de cadáveres.
Sus labios estaban cubiertos por los de aquella mujer más baja, más menuda y delicada —todo lo que ella no era—: la doncella perfecta.

Su lengua, suave y aterciopelada, acariciaba los labios de esta, pidiendo permiso, mientras abría la boca solo para capturar el aire de los pulmones de esa mujer que le había ofrecido cientos de almas.

—Agatha —dijo la mujer sobre ella, de repente—. Me llamo Agatha.

A la Muerte no le importaba una mierda en ese momento. No es que pensara que la chica tuviera alguna posibilidad de sobrevivir a lo que estaba sucediendo. Mientras tiraba de la capa morada, que ahora le parecía una molestia entre ella y la única piel que la Muerte alguna vez había deseado tocar, sus garras alcanzaron los pequeños, pero llenos, pechos que la mujer escondía debajo y que, por algún motivo, la Muerte necesitaba llevarse a la boca.

Eso la llevó a escuchar por primera vez un gemido de pasión, y la Muerte decidió que ese ruido, ese sonido, era precioso y quería más.
Chupó de nuevo la piel blanda y abultada, mordisqueando las puntas rosadas que allí se alzaban, lo que le valió gemidos más agudos y un pequeño tirón de pelo que la hizo gemir a ella.

Y, dioses, la Muerte, de repente, quería recordar el nombre de esta mortal solo para poder gritarlo, sobre todo cuando tiró de su cabello, le apartó el rostro de sus pechos y sujetó aún más su cuerpo contra el helecho.

—Shh… déjame hacerlo bien, para las dos.

Fue entonces cuando La Muerte pensó que la otra mujer, la otra Doncella, le abriría los muslos y lamería los jugos que se escurrían de forma lasciva y caliente entre sus piernas por algún motivo que todavía no entendía.

Pero para su sorpresa, la joven solo separó sus piernas. La mortal acercó sus caderas a ella y notó el bulto en su jubón frotando contra los pliegues húmedos, ya que, como ente cósmico, no había necesidad de usar calzas. Ya había sido bastante duro para ella tener que adaptarse a usar toda esta tela que se empeñaban en usar los humanos.

Y por un segundo, su cerebro no funcionó; cortocircuitó durante los momentos de fricción entre el bulto de esta mortal y su sexo empapado.

—E-e-eres un Alférez… —dijo la Muerte, con la voz ligeramente entrecortada por las sensaciones que invaden su cuerpo.

—Y tú, Doncella, hueles muy bien y aceptas siempre mis ofrendas… lo que me dice que te interesa mi regalo —susurró Agatha, frotando cada vez más su duro bulto contra la Muerte. Le importaba una maldita mierda si sus calzas se arruinaban por los deliciosos jugos de amor de esta Doncella que solo aparecía cuando Agatha se alimentaba.

La mortal agarró por la cintura a la mujer más peligrosa del universo, tomó el cuchillo de hueso y rasgó el vestido verde que la cubría. Lo poco que le quedaba de ropa daba igual. Frotó su polla contra el calor húmedo y desesperado; entre sus labios se unían en una danza lenta y mortal.

Por primera vez, Agatha notó que no podía alimentarse de la magia de la persona bajo ella, y eso —dioses— la enfureció un poco.
Así que no tuvo piedad cuando la cabeza de su polla tocó la entrada caliente de esta mujer que olía a tierra mojada y flores. Y, aunque quería haber ido despacio, aunque quería haber adorado a esta dama como debía adorarse a un compañero, como ella debería adorar  a su Doncella, Agatha se empujó de una embestida hasta el fondo. Una, dos, tres, cuatro… y no notó el rastro de sangre que escurrió del sexo de su amante.

***

La Muerte nunca se había sentido así: tan abrumada por las sensaciones, el olor, el suave sonido de la tela rasgándose, la saliva de la mortal que parecía correr a través de su piel, el pinchazo que sentía entre sus muslos cuando la otra la llenaba, y entonces gritó.

¿Era normal sentir ese dolor? ¿Era normal sentirse tan llena? ¿Debía ser tan grande?

Pero la mortal no se detuvo; al contrario, en un punto dejó de besarla y empezó a clavar sus dientes en su cuello, como para intentar marcarla. El ritmo de sus caderas siguió siendo implacable mientras, poco a poco, la entidad cósmica cedía al placer y se arqueaba y jadeaba contra el oído, el cuello o el pelo de la otra mujer, que había colado dos dedos entre ambas.

Y mientras se empujaba más y más en ella, como si intentara escarbar en su ser, empezó a rodar sus dedos en círculos de forma desenfrenada pero con la presión de una pluma sobre el bulto de nervios que se encontraba entre sus piernas.

Y la Muerte se deshizo debajo de la mortal, porque esta era la primera vez que se permitía estar con una humana. Y mientras sentía cómo la Alférez soltaba una carga caliente y cremosa —de lo que solo podía imaginar que era semen—, se quedó mirándola, buscando de nuevo el color azul de sus ojos.

—¿C-cómo dijiste que era tu nombre? —preguntó la Muerte con la voz ronca, como si fuera un jadeo entrecortado.

—Agatha. ¿Cuál es el tuyo, guapa? —Y la mortal sonrió mientras las cubría a ambas con su capa morada.

—No tengo uno.

—Te llamaré Río, porque la primera vez que te vi, estaba cerca de un río… y no me llevaste contigo.

Las palabras sonaron confusas para Río. Estaba cansada. Resulta que las entidades cósmicas sí pueden dormir… y también enamorarse.

Cuando despertó, solo le quedaba el nombre “Río”, el vago recuerdo del día anterior y la capa morada de Agatha.
Y, si sus sospechas eran correctas, no la había dejado sola.
Se acarició el abdomen.