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Love on the Mound

Summary:

Sergio 'Checo' Pérez es uno de los pitcher estrella del equipo estadounidense Los Ángeles Dodgers. Conocido por su prolífico estilo de lanzamiento y capacidad de engañar a los bateadores, se ha coronado como el "Ministro de Defensa" en la zona Oeste del país.

No esperaba que su puntería, más allá de la zona de strike, le diera al gélido corazón de Max Verstappen, el tetracampeon de Fórmula 1 y, desde ahora, su fanático número uno.

Notes:

Tu piel de California no se puede comparar
Enciendes un cigarro y luego vuelves a bailar
Ignoras mis señales no me puedo controlar
Y yo me entrego al sueño

Quiero clavar mis colmillos
En tu carne, morena
Quiero hacerte el amor
En una sala de espera
Quiero ser tu condena
Quiero verte en escena
Pero dicen, que nadie te puede tocar
Dicen, que nadie te puede cambiar

Chapter 1: Arreglo

Chapter Text

Si no tenía llantas y no corría a más de 100 kilómetros por hora, a Max no le interesaba en lo absoluto.



¿Podían culparlo? Difícilmente. Su vida había nacido y crecido en torno a los motores. Incluso antes de ser consciente de sí mismo, ya había estado rodeado de autos, el olor metálico del combustible, el estruendo de los escapes y esos gráficos de telemetría que, en su infancia, parecían jeroglíficos indescifrables. Su niñez entera se había reducido a una sola palabra: velocidad. Y su adolescencia, lejos de abrirle las puertas al mundo social de otros chicos, lo había encadenado todavía más a la obsesión de ser el campeón que su padre exigía.

 

 

Por eso, cualquier cosa fuera de un kart o un monoplaza estaba vetada, inexistente en su universo. No había lugar para distracciones. Ni para amistades, ni para juegos de escuela, ni para los sueños ligeros de otros niños. Mientras la mayoría corría tras una pelota en un campo improvisado o fantaseaba con goles en estadios gigantescos, él visualizaba curvas y banderas a cuadros. No había espacio para tonterías. Solo para los trofeos. Solo para la victoria.

 

 

Y quizás, en esa única ambición, se encontraba la raíz de su condena: nunca aprendió a socializar. No porque se negara del todo, sino porque no sabía cómo. Sus interacciones siempre terminaban mal. A su temperamento explosivo se le sumaba una torpeza emocional que, en vez de acercarlo a la gente, lo empujaba. Era una bomba que tarde o temprano estallaría.

 

 

Por eso, tal vez, George Russell debió anticipar el empujón brutal que lo lanzó al asfalto, apenas Max se bajó del Red Bull estampado contra las barreras. El monoplaza aún humeaba detrás de él, un recordatorio del accidente que había encendido la mecha.

 

 

"¡¿Acaso eres ciego?!" Bramó Max, la voz resonando como un trueno sobre el circuito. Sus ojos, azules y encendidos de furia, apuntaban al suelo donde Russell permanecía sentado, midiendo cada respiración con cuidado. Porque si intentaba levantarse demasiado rápido, podía provocar algo peor que un empujón.

 

 

"No lo hice con intención, Max" Trató de explicar el piloto de Mercedes, las manos levantadas en un gesto defensivo. No le tenía miedo, pero tampoco era tan ingenuo como para seguir echándole leña al fuego. "Tranquilizate" 

 

 

"Vete a la mierda, Russell" 

 

 

Mientras tanto, el safety car recorría la pista bajo el murmullo de los comentaristas que trataban de aligerar la tensión entre los pilotos. Los rugidos del público, vitoreando y silbando se fueron acallando de a poco, cayendo en la realización de que se encontraban en medio de un conflicto serio. 

 

 

Los oficiales separaron a ambos pilotos y los enviaron de regreso a sus garajes.

 

 

En el box de Red Bull, el silencio era absoluto. Los ingenieros evitaron mirarlo de frente, los mecánicos se apartaron de su camino como el mar a los pies de Moisés. Todos contenían el aire, temiendo que el casco que Max llevaba en la mano terminara volando hacia sus rostros con la misma fuerza con la que lo habían visto arrojar guantes, botellas o incluso herramientas en otras ocasiones.

 

 

Max era un huracán contenido en un cuerpo humano. Un terror andante. Incluso para su propio equipo. Y, sin embargo, nadie alzaba la voz. Nadie lo enfrentaba. Porque ese mismo huracán era también el niño prodigio de la escudería, el campeón de campeones, el intocable que garantizaba gloria y puntos.

 

 

Un intocable, sí. Pero uno cuya furia abrasaba a cualquiera que osara acercarse demasiado.

 

 

Después de la carrera, Max apenas y se dignó a contestar las preguntas de la prensa, tratando de ser lo más pacífico posible. No obstante, es Max Verstappen, para él, no apuñalar a alguien ya es símbolo de paz mundial.

 

 

El día siguiente, se le llamó a una junta obligatoria con la dirección del equipo y relaciones públicas.

 

 

Cuando llegó, los asientos en la mesa ya estaban ocupados, incluso su compañero, el japonés Yuki Tsunoda, había sido convocado. Que bien, ahora también su coequipero iba a hacerle de niñera.

 

 

"Maravilloso" Murmuró sarcástico, soltando un suspiro antes de dejarse caer en la silla. Se dejó caer en el respaldo del asiento, cruzando los brazos, decidido a disociarse del ruido que estaba por venir. Ya sabía cómo terminaban esas reuniones, con Horner tratando de imponer disciplina y él saliendo por la puerta sin haber escuchado ni la mitad.

 

 

Ni siquiera sabía para que lo intentaban. Podrían simplemente deshacerse de él y ahorrarse tantos problemas.

 

 

Pero sabía que no lo harían. Porque sin él, no eran nada. Sin Max, no serían los actuales campeones ni lo hubieran sido desde hace cuatro años. Llevaba el peso del equipo en sus hombros, y lo sabían, por eso no se atrevían a deshecharlo. 

 

 

"Tenemos que discutir sobre tu comportamiento, Max" Inició Horner, sentado frente a él. Aunque trataba de sonar firme, un casi imperceptible temblor en las palabras delataban su temor. "Han sido demasiadas penalizaciones, escándalos, puntos en la superlicencia... ¡Solo falta que te suspendan de una carrera para terminar de joder todo!"

 

 

"No es mi culpa que todos se comporten como idiotas" Se dejó caer en el respaldo de la silla, cruzando sus brazos por debajo del pecho. "Russell tuvo la culpa esta vez". 

 

 

"Dijiste lo mismo con Hamilton" Christian dejó salir un suspiro cansado. "Escucha, si sigues manchando la reputación del equipo así, la FIA tomará medidas en contra tuya y de todos en esta sala para lavarse las manos".

 

 

"Que se jodan también"

 

 

"¡Max!" Su puño golpeó la mesa, haciendo saltar a todos por el estruendo. "Es suficiente, hemos cedido a tus desplantes durante más de lo debido. Es hora de que devuelvas el favor".

 

 

El rubio arqueó una ceja, esperando con qué lo sorprendería el director. La asistente del más viejo giró la tableta en sus manos, mostrándole el flyer de un estadio con el fondo azul.

 

 

"¿Qué es esto?" Preguntó ladeando la cabeza.

 

 

"Béisbol" Respondió seco. "El equipo acaba de ganar la serie mundial de ligas mayores, son la sensación del momento. La FIA quiere estrechar lazos con otras organizaciones deportivas, y nos ofrecieron limpiar tu historial desastroso si colaborabas".

 

 

"¿Y qué se supone que haga? Soy piloto, no bateador" Reclamó. 

 

 

"No necesitas serlo" Su dedo serie deslizó a través de la pantalla, mostrando distintas tomas de celebraciones en un campo, con las gradas de fondo llenas a más no poder. "Solo necesitas sonreír. Vas a ser el invitado de honor en el juego del sábado. Harás el primer lanzamiento y luego te quedarás a ver el partido."

 

 

"¡Pero-!"

 

 

"No quiero seguir escuchando quejas" Se jactó acallando las quejas próximas del neerlandés. "Necesitamos limpiar tu imagen, y esta es la oportunidad perfecta. Vas a ir a ese juego, lanzarás la maldita pelota, sonreirás para las cámaras y te sentarás como si tuvieras una maldita idea. ¿Entendido?"

 

 

"¡No...!"

 

 

"Cero quejas dije" Interrumpió de vuelta. "El vuelo a Los Ángeles sale mañana al anochecer, los quiero a ambos listos para esa hora".

 

 

"¡¿Los Ángeles?!"

 

 

...

 

 

De más estaba decir que Max no disfrutó para nada el viaje a la tan iconica ciudad estadounidense. A pesar de las grandiosas vistas que ofrecía el paisaje callejero, las calles nocturnas cubiertas en luces y un ambiente que parecía el ideal para desaparecerse en el placer, Max solo podía pensar en volver a casa con sus gatos, meterse al simulador un rato y olvidarse de todo. Por lástima, este día no sería para ello.

 

 

La puerta de su habitación de hotel resonó entre golpes.

 

 

"Max, ¿estás listo? Ya nos están esperando" La voz aguda de Yuki le habló.

 

 

"Ya voy" Tratando de vencer a su pereza se levantó de la cama. Se miró una última vez al espejo, asegurándose de que su camisa con el logo del equipo y sus sponsors, se ajustara perfectamente a su figura. 

 

 

Cuando abrió la puerta, Yuki lo esperaba de brazos cruzados, con el pie golpeando el suelo en un ritmo singular. Apenas Max cerró detrás de sí, el japonés empezó a caminar con un paso enérgico, todo lo contrario a su compañero que arrastraba los pies en cada paso. 

 

 

"Luces más emocionado que yo, y tú no eres el que tiene una reputación por limpiar" Se burló viendo como el japonés daba pequeños saltitos al caminar. Parecía un niño a punto de entrar a un parque de diversiones. 

 

 

"Eso es porque tú no sabes lo que es presenciar a uno de los atletas más sorprendentes de todos los tiempos" Alegó.

 

 

"Yo soy uno de los atletas más sorprendentes de todos los tiempos" Reclamó.

 

 

"Pero no eres Shohei Ohtani".

 

 

El mayor detuvo su andar, confundido ante la mención del desconocido, mientras aun en su andar despreocupado, Tsunoda seguía caminando.

 

 

"¿Sho-qué?"

 

 

Subieron a la camioneta negra que los esperaba afuera, y el trayecto hacia el Dodger Stadium comenzó. Durante el camino, Yuki se tomó el papel de profesor con entusiasmo, tratando de enseñarle la dinámica básica del juego al rubio de la manera más simple y sencilla qué pudo encontrar.

 

 

Con términos automovilísticos.

 

 

"Así que el catcher es como un ingeniero para el pitcher" Planteó. "Él es el que dirige al pitcher, el que planea que es lo mejor para lanzar y eliminar al bateador" Max asentía a cada palabra con un interés genuino. El béisbol no sonaba tan aburrido mirándolo así, pero otra cosa sería verlo sobre la marcha, donde no podría imaginarse a los jugadores como pilotos, sino verlos como lo que eran.

 

 

La camioneta negra dobló en una avenida, y de pronto, el majestuoso Dodger Stadium apareció frente a ellos. Aún era muy pronto para que la gente inundara las gradas, el juego estaba a un par de horas de iniciar, pero los preparativos en pie le contagiaban la anticipación de aquel momento de iniciar. ¿Era esto lo que sentían sus fanáticos en los Grand Prix?

 

 

Al bajar del auto los recibió el abrazador sol de la costa pacífica, Yuki tuvo que contener un jadeo de emoción al ver las imágenes promocionales de los jugadores rodeando los muros del lugar, sus ojos aproximándose a la famosa trifecta de pitchers japoneses. Primero los llevaron a un recorrido por el museo oficial del equipo, donde exhibían sus múltiples reconocimientos detrás de vitrinas iluminadas, así como también pertenencias de jugadores anteriores, como un jersey con el número 34 sostenida por una placa reluciente. ¿Se supone que debería impresionarle? Él también tenía su propia colección de trofeos en casa, y eran exclusivamente suyos, él los ganó por si solo.

 

 

Luego, la parte favorita de Yuki. 

 

 

Varios de los jugadores los recibieron en los vestidores, entre ellos, un japonés de cabello marrón rojizo al que su compañero saludó maravillado, aunque supo disimularlo. 

 

 

Hicieron una pequeña sesión de prensa antes de que iniciara la conmoción del partido. Preguntas típicas de reporteros que se encontraban igual de confundidos que él por su presencia en un ambiente que poco o nada se asimilaba a su habitual área de trabajo. 

 

 

De ahí, bajaron al campo. Pequeño en su opinión. No era ni la mitad de los circuitos que recorría cada dos semanas, pero no se imaginaba a sí mismo debajo de los candentes reflectores y los gritos ensordecedores de la gente en los alrededores. Que infierno debe ser tener que concentrarse con tantos estimulantes asi de cerca.

 

 

Sobre el montículo de tierra al centro del diamante, los recibió un hombre alto, demasiado alto para su gusto, de cabello castaño largo y rizado, utilizando una sudadera del equipo y... ¿estaba usando sandalias con medias en pleno exterior?

 

 

"Max, Yuki" Raymond, el manager del mayor, se interpuso en medio de ambos. "Tyler Glasnow, pitcher del equipo".

 

 

"Un verdadero placer conocerlos, chicos" El lanzador estrechó las manos de ambos con suavidad, pero Max no puedo evitar sentirse desconectado, una apatía inmediata lo invadió. Ya quería irse a casa. 

 

 

Glasnow se dirigió a él con una pelota en la mano. A pesar de la fragilidad que aparentaban sus costuras, la esfera en realidad estaba hecha de un material duro, resistente, era como sostener una roca más entre sus dedos. 

 

 

¿Si le tiraba una a Horner en la cabeza desistiría de volverlo a traer a una de estas estupideces?

 

 

"Trata de apuntar hacia arriba" Aconsejó el castaño de rizos, simulando lanzar la pelota hacia la caja de bateo. "Así no rebotará y lucirá mejor"

 

 

Era lanzar una estúpida bola, ¿qué tanta ciencia habia detrás de eso?

 

 

Tyler caminó hasta la zona de recepción e indicó al piloto lanzarle la bola. Max rodó los ojos, y con el desdén que solo un hombre harto de todo puede tener, lanzó la pelota con todas sus fuerzas, esperando que el mayor la atrapara. La pelota ni siquiera se fue en dirección a la esquina del diamante, sino que rebotó hasta el muro que separaba las gradas de la zona VIP con el campo, varios metros lejos de Glasnow.

 

 

El rubio apretó la mandíbula al oír la risa escandalosa de Yuki a sus espaldas.

 

 

"Me resbalé con la tierra, eso es todo" Se excusó malhumorado. El castaño contuvo una risa y volvió a hacerle la señal para lanzar. 

 

 

Esta vez, Glasnow tuvo que moverse unos pasos a la derecha para atrapar. 

 

 

"Con eso me basta" Sentenció el rubio, bajandose de la loma. El japonés detrás suya encerró severa carcajada y le siguió, agradeciendo al lanzador por su ayuda.

 

 

Se tomaron una foto, luego entraron al dugout para revivir la cálida bienvenida de otros miembros del equipo y a tomarse más fotos con los jerseys de regalo. 

 

 

Les dieron un pequeño receso para comer algo y esperar a que el público terminara de llenar las gradas del estadio, estando a tan solo minutos de iniciar. 

 

 

Entonces la hora llegó.

 

 

Max respiró hondo, sintiendo cómo el aire cargado de la humedad de una zona costera como Los Ángeles, se mezclaba con la tensión que se le acumulaba en los hombros. El eco de su nombre, acompañado de la tonada de esa absurda canción, se expandía entre las gradas como un incendio. 

 

 

Vestía el jersey blanco clásico del equipo, desabotonado hasta el pecho. En la espalda, su apellido destacaba con letras mayúsculas y, justo debajo, el número 1 resplandecía bajo las luces del estadio. Avanzó hacia el montículo saludando a todas direcciones con una sonrisa que a alambreaba sus pómulos.

 

 

El receptor del equipo, Will Smith, aguardaba al otro extremo de la loma, aún vistiendo su sudadera azul brillante, se hincó sobre el plato de bateo, esperando al lanzamiento definitivo.

 

 

Max se preparó, puso su cuerpo de lado e imaginando que esa pelota era una piedra dirigida a la cabeza de un ejecutivo de la FIA, impulsó su brazo hacia adelante, soltando la pelota con fuerza, esperando que cayera directo en el guante de piel sintética del receptor. Sin embargo, las costuras rojas se trataron de solo un vistazo lejano, pues aquella esfera se había ido hacia un costado, tan así que Smith corrió para atraparla.

 

 

Max, petrificado en el montículo, apretó la mandíbula y exhaló por la nariz, intentando mantener la compostura. Desde algún lugar en el palco, sabía que Tsunoda se estaba riendo. No podía verlo, pero lo presentía en el zumbido irritante que llenaba sus oídos. Podía jurar que, si pudiera ver a través de las paredes, lo encontraría con el móvil en alto, grabando todo para enviárselo a media parrilla.

 

 

El calor le subió al rostro. El orgullo que siempre le mantenía la frente en alto, se le contrajo en el pecho. Bajó la mirada y caminó hacia el jugador, tratando de convencerse a sí mismo de que no estuvo tan mal. Ambos posaron para la cámara de prensa. Un destello los envolvió, y en ese instante, Max deseó evaporarse junto con el flash.

 

 

Sentado en su asiento, su compañero ya lo esperaba con una sonrisa que trataba, sin éxito, de esconder con sus manos.

 

 

"No digas nada" Advirtió el mayor, dejándose caer en su asiento de mala gana.

 

 

"Max Verstappen, tetracampeón de Fórmula 1, atleta de toda la vida... No sabe tirar una bola recta" Canturreó el menor, enfatizando la ironía de la situación. "¿Quien lo diría?"

 

 

"Como sea" El público rugía en el fondo, los jugadores se acomodaban en el diamante, y Yuki seguía riéndose bajito.

 

 

Max desvió la mirada hacia el campo, esforzándose por mantener un semblante estoico. No podía permitirse mostrar vergüenza. No ahí, no frente a miles de espectadores que aún se reían entre murmullos del lanzamiento que había mandado a la red. Así que se limitó a clavar la vista en el partido, tratando de parecer interesado, fingiendo que el rubor no le ardía en las mejillas.

 

 

Las luces del estadio parpadearon un instante. La gran pantalla del Dodger Stadium cambió de imagen, y el aire pareció detenerse con expectancia. Un texto titilante apareció entre la animación de un teléfono de cable. 

 

 

"Llamando al bullpen" 

 

 

Las cámaras enfocaron hacia el costado del campo, donde un hombre salía de la zona de calentamiento, y como si una chispa hubiera encendido una mecha, el tenue escándalo se transformó en gritos, en rugidos.

 

 

El desconocido caminaba hacia el diamante con paso seguro, el rostro medio cubierto por la gorra azul marino, las mangas de su uniforme blanco puro ondeandose con la suave brisa. La gente coreó un nombre particular con la fuerza de una plegaria. 

 

 

¡Checo! ¡Checo! ¡Checo! ... 

 

 

Una canción retumbó en cada rincón, el propio asiento del neerlandes vibró con cada golpe de los ruidosos tambores. 

 

 

 

¡Te están buscando, Matador!

 

 

 

"¡Presten atención ahora!" El anuncio exclamó. "Abriendo el espectáculo para los dodgers, el número once... ¡Checo Pérez! " 

 

 

Las cámaras enfocaron su rostro, y en ese momento todo lo demás desapareció para Max, ni la música, ni los gritos, ni siquiera los golpes en el brazo que Yuki le proporcionó por la emoción le pudieron arrancar la mirada que se fundía en el rostro ajeno. 

 

 

Un moreno con el mentón cubierto por una ligera capa de vello facial, rizos negros que se le escapaban por la parte de atrás de su gorra y unos ojos que, sin mirarlo directamente, apuñalaron su pecho directo al corazón. Preciosura de hombre que tenía al frente sobre la loma calentando el brazo. 

 

 

"¿Quién... Es ese?" Murmuró sin quitarle la vista de encima, encandilado.

 

 

"Ese es Sergio Pérez" Respondió con emoción. "Lo llaman 'El ministro de defensa mexicano' porque es uno de los mejores pitchers abridores de toda la liga".

 

 

El primer bateador entró al plato con un andar animado. Se colocó en posición, flexionando las rodillas y tanteando el ritmo con su pie. Desde la loma, Sergio respiró profundo, atento a las indicaciones que su receptor le pasaba por el intercomunicador, el temporizador le pisaba los talones a las espaldas. Levantó la pierna, escondiendo la pelota entre su guante y lanzó una recta que el bateador dejó pasar. Un sencillo primer strike que le arrancó aplausos al estadio.

 

 

Max parpadeó. No era la velocidad, estaba acostumbrado a velocidades que harían ver a este deporte como si fuera en cámara lenta. Era la potencia, la técnica. La forma en que Checo se mecía sobre la loma, antes de liberar el caos. 

 

 

El último lanzamiento fue una curva que se rompió sobre el plato. Un disparo que crujió en el guante del cátcher con un sonido que hizo saltar a medio estadio. El bateador quedó de rodillas sobre el polvo, ensuciando su uniforme y su nombre, superado por el mexicano. 

 

 

Tras el strikeout, el tapatío se giró, se quitó la gorra por un segundo para secarse el sudor de la frente y lanzó una sonrisa pequeña y confiada a las gradas. Una sonrisa que, aunque no iba dirigida a él, impactó en el holandés con la fuerza de un choque a media carrera. 

 

 

Algo ocurrió dentro del pecho de Verstappen. Algo extraño, incómodo y totalmente desconocido. Una bandada de mariposas ebrias comenzó a revolotear en su estómago. 

 

 

No podía apartar la vista del número 11. Observaba cada uno de sus movimientos; cómo se lamía los labios antes de lanzar, cómo se ajustaba la gorra, la concentración estoica en sus ojos oscuros que se transformaba en esa sonrisa matadora después de un lanzamiento exitoso.

 

 

"Yuki..." Murmuró sin apartar la vista del campo. El mencionado acercó su oído, esperando escuchar las quejas de Max a las que haría caso omiso. "Creo que me enamoré del béisbol"

 

 

"Espera, ¿qué?"