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Reo llegó tarde a su vuelo. Unos veinte minutos tarde. Definitivamente no era su día: se le quemó el pan, olvidó cargar el celular, sus audífonos murieron y, justo al salir del edificio Mikage, se dio cuenta de que no llevaba las llaves. Súmale el tráfico de Tokio por la tarde. Reo solo quería llegar a su asiento, recostarse y dormir el resto de las casi dieciséis horas de vuelo hasta España.
Mientras abordaba, repasaba mentalmente lo que debía decir en su exasperante reunión con los socios europeos de la compañía. Desde joven lo habían entrenado para estas situaciones: cómo vestir, los modales, la labia necesaria para manejar cualquier imprevisto.
Pero estaba harto de esa vida. Le encantaría un respiro de aquella cadena que lo mantenía atado siempre. Aun así, ya había aceptado su destino y solo pudo suspirar mientras avanzaba por las últimas cabinas hacia la sección VIP. Revisó su pasaje y buscó su asiento; desde lejos notó una mata de cabello blanco ocupándolo.
Al acercarse, tuvo una vista más clara del chico, que parecía de su misma edad (y bastante más alto, incluso para Reo). Llevaba puestos unos cascos, un antifaz de cactus y… un hilo de saliva deslizándose por su mentón. Reo buscó desesperadamente a alguna azafata que pudiera ayudarlo, pero no había nadie a la vista. Sin más remedio, sacudió suavemente al chico por el hombro, murmurando pequeños “oye” y “hey”.
Sin embargo, ese maldito peliblanco solo apartó el hombro y, con la otra mano, hizo un gesto claro de “lárgate”, gruñendo entre sueños. Si no tuviera antifaz, Reo apostaría toda la riqueza de los Mikage a que estaba frunciendo el ceño. Aquello lo irritó más. Alzó la mirada para ver si alguien lo observaba o si había al menos una azafata cerca. Nada.
Así que Reo lo tomó por el hombro y lo sacudió mostrando su poca paciencia—lo suficiente para despertarlo, sin exagerar—hasta que el chico comenzó a enderezarse. En cuanto lo hizo, Reo fingió total inocencia, viendo cómo lo primero que hacía el peliblanco era limpiarse la saliva, luego quitarse el antifaz con la lentitud de un perezoso, acostumbrándose a la luz. Entonces, notó al pelimorado a su lado en el pasillo.
Reo puso su sonrisa cortés ya demasiado practicada, aunque su ceño claramente lo traicionaba.
—Buenas tardes, parece que estás en el asiento equivocado…
Nagi miró a su alrededor.
—Nah, este es mi asiento. —Dijo, volviendo a ponerse el antifaz.
—¡Oye! ¡Fíjate bien! ¡Este es mío! Mira— dijo Reo mientras buscaba en el bolsillo su pasaje de abordaje.
Nagi volvió a quitarse el antifaz con una exasperación monumental.
¿Él está exasperado? Reo, en este momento, está indignadísimo.
—Si ves. Asiento 3A —dijo Reo, alargando a propósito la última “A”.
Nagi observó su pasaje ya arrugado y el de Reo.
—Aaah, sí… ya me cambio —murmuró mientras se movía rápidamente al que sí era su asiento, el 3B.
Reo quedó anodadado.
¡Ni siquiera se había disculpado con él!
Solo pudo resoplar y apartar la mirada, porque si seguía viendo al peliblanco estaba completamente seguro de que le daría un puñetazo. Así que se sentó en su sitio, intentando calmarse.
Mientras se abrochaba el cinturón, la voz de la azafata resonó por el sistema de megafonía:
—Damas y caballeros, bienvenidos a bordo. Les pedimos que por favor ajusten sus cinturones, coloquen el respaldo de su asiento en posición vertical y apaguen todos sus dispositivos electrónicos para el despegue…
Reo recordó su celular y lo revisó, echando la cabeza hacia atrás al ver la batería. Maldijo en voz baja. Ni siquiera estaba seguro de haber guardado el cargador en su maleta… y justo entonces escuchó el clic del teléfono de Nagi desbloqueándose.
El muy descarado estaba abriendo un juego.
Pero al fijarse mejor, ¡lo estaba cargando!
Por un momento, Reo pensó en pedirle el cargador. Solo tenía que abrir la boca, decir “¿me prestas tu cable?” con educación y ya. Fácil.
Pero la memoria fresca de la escena anterior lo golpeó de inmediato.
Su intento torpe de despertarlo, el antifaz, la exasperación del peliblanco, el intercambio incómodo…
Genial. Ahora parecería un idiota aprovechado.
Reo soltó un suspiro largo, cubriéndose parcialmente la cara con una mano.
Mientras tanto, Nagi, que hasta ese momento había estado en su mundo, notó la secuencia completa: la mirada desesperada al celular, el vistazo disimulado a su cargador, la frustración acumulada y, finalmente, esa mezcla entre orgullo herido e incomodidad que tenía al pelimorado mirando por la ventana como si el universo le debiera una disculpa.
Nagi observó un segundo más. Solo uno.
Y en lugar de hacerse el desentendido como siempre, deslizó su cable, lo desconectó de su propio teléfono y, sin decir una palabra, lo extendió hacia él.
—Necesitas esto, ¿no es así?
Reo parpadeó, descolocado. Tardó un instante en procesarlo, como si su cerebro no creyera lo que estaba viendo. Luego la sorpresa se le transformó en algo más suave, más cálido, más humano. Una chispa brillante en los ojos.
Y entonces sonrió. Una sonrisa tan genuina que incluso Nagi se sorprendió de lo bien que le quedaba.
—¡Sí! —respondió Reo casi de inmediato, la voz cargada de alivio… y un agradecimiento que no supo esconder.
Tomó el cargador con una delicadeza ridícula, como si fuera de cristal, y lo conectó con cuidado a su celular. O… intentó hacerlo. No entraba. Lo probó una vez. Luego otra. Y otra más.
Hasta que, frustrado, bajó la vista para ver qué demonios pasaba.
El cable. Era tipo USB.
—¿Que…? —susurró, horrorizado—. ¡Ya nadie usa esto!
Nagi, impasible, ladeó la cabeza.
—Yo sí —respondió, como si eso explicara todo.
Reo tragó.
—Eeh… yo necesito tipo C…
—Aaah… —Nagi parpadeó dos veces—. oxo
—...
—...
Reo no pudo evitar reírse ante la situación. Liberando toda la tensión acumulada.
—Siento todo esto —dijo, todavía con una sonrisa divertida en los labios—. Me presento: Mikage Reo. Pero me puedes decir simplemente Reo.
Extendió la mano derecha, ese gesto automático que llevaba años repitiendo en cada reunión y evento.
—Seishirou Nagi —dijo, aceptando el apretón—. Nagi está bien.
Se soltaron y, en cuanto lo hicieron, el silencio emanaba; no uno incómodo, pero Reo quiso saber un poco más de su vecino. Ladeándose un poco en su asiento, recuperó su típica sonrisa segura.
—¿Por qué te diriges a España? —preguntó.
—A una boda. ¿Y tú?
—Oooh, ya veo —Decía mientras se acomodaba en el asiento, echando la cabeza para atrás con cansancio—. Yo voy a una reunión de negocios. Una boda en España suena increíble… ¿De quién es?
—De mi hermano.
—¡Wow! ¿Qué edad tiene?
—25.
Reo no pudo disimular su sorpresa.
—¿Desde cuándo se conocen?
—Lo sé, yo también pensé que era un poco temprano. Pero se conocen desde el colegio y siguieron la misma universidad. Ella es una gran persona, de verdad lo ama, incluso su personalidad tan horrible.
—Suena bien entonces, debe amarla de verdad. Nunca me casaría tan joven...
—Digo lo mismo.
—¿En serio? ¿Y eso a qué se debe? —dijo mientras apoyaba la cabeza en su puño, con una sonrisa pícara.
Nagi solo pudo rodar los ojos.
—No me interesa para nada comprometerme tan joven. ¿Qué hay de ti? Acabas de decir que tampoco lo harías —dijo devolviéndosela.
Reo solo pudo reírse a lo bajito por el contraataque.
—Pienso igual que tú. Si me fuese a comprometer sería solo por amor —dijo, poniendo su mano en el corazón con dramatismo.
Nagi volvió a rodar los ojos.
En esos momentos, una azafata apareció pasillo abajo empujando el carrito plateado. Su sonrisa profesional no se movió ni un milímetro mientras se detenía frente a ellos.
—Buenas tardes, señores. ¿Desean algo de beber u ordenar algún snack? —preguntó con voz suave, levantando el menú—. Aquí tienen la selección de bebidas y licores disponibles.
Sin interés en ordenar, Nagi se acomodó en su asiento, cerrando los ojos con esa pereza elegante tan de él.
La azafata esperó paciente mientras Reo recorría la lista de licores. Entonces su mirada se detuvo en uno.
—Whisky doble —dijo, sin pensarlo demasiado, devolviendo el menú.
La azafata asintió, lista para servirle, pero Nagi habló antes de que ella pudiera moverse.
—Te vas a dormir a los diez minutos si tomas eso —comentó sin abrir bien los ojos, como si fuese un dato científico que manejaba de memoria.
Reo lo miró, genuinamente sorprendido.
—¿Y tú cómo sabes?
Nagi encogió un hombro.
Reo soltó una risa pícara.
—Para tu información, manejo muy bien el alcohol, gracias. —Lo miró con burla suave—. ¿Será que tú no?
—Sí. Algunos dirían que sí.
La azafata los observaba con esa sonrisa neutral que usan cuando están acostumbradas a ver dramas espontáneos entre desconocidos.
—¿Entonces desea el whisky, señor? —repitió con paciencia profesional.
—Mmh… —Reo miró a Nagi—. ¿Qué has tomado?
—Cerveza.
—Entonces dos cervezas cada uno, por favor —dijo con seguridad. Reo jamás dudaba de su resistencia; después de todo, tiene que estar en sus cinco sentidos cada vez que va a bares a hablar con sus socios.
La azafata asintió y comenzó a sacar las latas de cerveza alemana.
Mientras tanto, Nagi tomó el menú y lo miró con una solemnidad perezosa.
—Deme un MelonPan, entonces —pidió sin pensarlo dos veces.
Reo lo miró con incredulidad y diversión mezcladas.
—¡Eso no pega para nada con la cerveza! —se rió.
—Sí, lo sé —respondió Nagi mientras tomaba el MelonPan y agradecía a la señorita.
—Entonces… empecemos —dijo Reo.
—Okay.
Abrieron las latas y dieron sorbos largos, compitiendo sin decirlo. Cuando los dos bajaron la bebida y exhalaron, Reo murmuró lo rica que estaba. Nagi asintió, un poco sonrojado.
—Entonces, Nagi… cuéntame. Serás padrino, me imagino.
—Sí… es un fastidio —admitió Nagi—. Tengo que vestir elegante y practicar lo de llevar los anillos. Solo lo hago porque me lo pidió Shouei. —Bebió otro sorbo. Reo lo imitó.
—Es lindo de tu parte —Reo miró alrededor, curioso—. Supongo que tus papás están allá. No los veo por aquí…
—Ellos fueron los primeros en irse —explicó Nagi—. Ayudan con los preparativos. La mamá de Shouei está ayudando a mi cuñada con todo ese rollo de novia, y mi papá está con la organización.
Apenas escuchó ese detalle, Reo levantó una ceja mientras tomaba un pequeño sorbo. Fue sutil, casi imperceptible… pero Nagi lo notó igual.
—Es mi madrastra —aclaró enseguida—. Ella y mis tres hermanos son de otra sangre.
—Oh… ya veo… ¿dos hermanos más?
—Sí. Dos chicas, una de 17 y otra de 16.
—¿Y tú eres el mayor?
—Nop. Tengo 24. Shouei es el mayor —tomó otro trago largo.
—¿En serio? ¡Tenemos la misma edad! —Reo sonrió, levantando su lata antes de dar otro trago.
