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Echoes of Euphoria

Summary:

La carta llegó el día que Tanwa cumplió veinte años. Venía sellada con el emblema de un bufete de abogados que no conocía y olía ligeramente a polvo.

Dentro había papeles formales, una transferencia bancaria y una nota del testamentario de su madre.

O: Tanwa recibe la herencia de su madre y decide abrir una tienda... así nace Echoes of Euphoria.
5ta entrega de mi serie sobre las aventuras de Tanwa y Sucha 🤗

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La carta llegó el día que Tanwa cumplió veinte años. Venía sellada con el emblema de un bufete de abogados que no conocía y olía ligeramente a polvo.

Dentro había papeles formales, una transferencia bancaria y una nota del testamentario de su madre.

Inevitablemente, Tanwa pensó en lo premeditado de todo aquello: en su madre, brillante y serena, que había dejado cuadernos llenos de metáforas, que había llenado la casa de música y alegría, y que había planeado con calma cada detalle de su ausencia.

No se detuvo en el monto, sabía que lo usaría en algo imprudente, como era su estilo. Y también que tendría que aburrirse con trámites legales para hacerlo.

Así que solo se fijó en la nota: hablaba de pertenencias que podía recoger en la casa de su padre, de los derechos de sus libros. Y Tanwa se sintió un poco a la deriva al leer la mención de un manuscrito inconcluso.

Lo dejó todo sobre la mesa y, con paso incierto, se dirigió al hotel de Moira, como era costumbre siempre que la recordaba.

 

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Tanwa no estaba buscando nada en particular, pero la ciudad siempre tenía sus trucos.

Encontró la tienda por casualidad, en una esquina que había recorrido mil veces pero que nunca había visto con atención. Era un local medio ruinoso, con ventanas rotas y un letrero descolorido que todavía decía “Lavandería”. Estaba vacío, resonaba con el eco y el patio era amplio. Perfecto.

Al día siguiente, sin darle demasiadas vueltas, decidió comprarlo.

El nombre llegó después, mientras rebuscaba entre los cuadernos de su madre, buscando algo—cualquier cosa—que le hiciera sentir su aprobación. Ya había discutido con su padre al recoger sus libros y notas, y la sombra de su desaprobación aún lo seguía. Tanwa necesitaba creer que ella estaría de acuerdo, que le daba una señal silenciosa para comenzar.

En la última página encontró una frase escrita en su letra rápida: «La euforia no es un lugar. Es un eco». Tanwa la subrayó, la rodeó con un círculo y la convirtió en una promesa silenciosa. En la frase que permanecería en el cartel de su tienda durante años: Echoes of Euphoria.

 

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Sucha apareció unas semanas después y, en realidad, nunca se fue. Había llegado con sus amigos para ayudar a mover las cosas a la tienda, persiguiéndolo mientras opinaba sobre qué vinilos debía comprar y trayendo objetos para decorar la tienda cuyo origen Tanwa nunca pudo descifrar.

Lo conocía de la universidad y del grupo de hippies en el que ambos orbitaban: un junior apenas un poco menor que él, que flotaba entre clases y pasillos con una calma sostenida a base de porros que parecía blindarlo del ruido de la ciudad.

De todos sus amigos, Tanwa siempre había sentido una simpatía especial por sus rizos desordenados y lo fácil que era hacerlo sonreír, así que no le molestaba que lo siguiera como perrito perdido alrededor de la tienda.

Una tarde, mientras peleaba para reparar una caja de sonido, Tanwa le ofreció quedarse.

—Puedes cuidar la tienda cuando yo no esté —dijo simplemente.

Sucha sonrió, radiante, como si no necesitara pensarlo.

Al principio solo reordenaba vinilos. Luego empezó a manejar la caja. Después, a dormir en la trastienda, en la entrada o donde encontrara espacio. Tanwa lo observaba con una mezcla de gratitud y curiosidad, convencido de que lo había invitado a trabajar con él para darle un lugar donde centrarse, donde anclar su calma.

Pero con el tiempo, comprendría que era Sucha quien lo ayudaba a encontrar la suya.

 

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Se estaban preparando para la apertura de la tienda, y Tanwa estaba estresado.

El lugar aún olía a pintura fresca y sentía que siempre había un detalle más que ajustar. Por su lado, Sucha se movía con una ligereza que lo descolocaba.

Así que Tanwa y Sucha parecían encontrarse en polos opuestos: Tanwa revisaba las luces, los cables, los vinilos acomodados por género, como si todo tuviera que convertirse en un pequeño altar. Sucha, en cambio, ponía la música demasiado alto, improvisaba carteles con marcadores; para él, la tienda funcionaba como un patio abierto, un espacio para que la gente flotara sin reglas.

Tanwa solo pensaba en su madre, en los cuadernos llenos de metáforas sobre ríos y silencio, y sentía que la tienda debía honrar esa memoria. Lo dijo en voz alta cuando vio a Sucha colgar un cartel torcido, con despreocupación.

—Nadie va a notar esos detalles, Tanwa —comentó Sucha.

—¡Pero yo sí! —replicó cruzando los brazos, y luego, tras un suspiro, añadió—. Sabes que mi padre no está de acuerdo con que abra la tienda. Cree que estoy desperdiciando el dinero de mi madre. Quiero que, al menos para mí... para ella, sea algo de lo que estaría orgullosa.

—¡La euforia no es solemnidad! —dijo Sucha de golpe, dejando caer el cartel sobre la mesa, como si hubiera estado guardándose esas palabras por un tiempo—. Leí la nota con el círculo cuando dormía en la trastienda.

Tanwa desvió la mirada; hacía semanas que había aceptado que todo lo suyo era también de Sucha. Así que no tenía sentido molestarse.

—Creo que tu madre… —continuó, por primera vez parecía estar eligiendo sus palabras con cuidado— habría querido que fuera un lugar en el que pudieras divertirte. Donde fueras feliz.

Tanwa frunció el ceño. Quizás en algún punto había dejado de pensar en la música, en la gente que vendría. En lo que había planeado en un inicio: un santuario para quienes no encajaban en ningún otro sitio. Como ellos dos.

 

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La tienda no estaba del todo lista, pero la abrieron igual. No para el público, sino para un pequeño grupo de amigos.

Colocaron cojines en el suelo, improvisaron un escenario con unas mesas bajas y llenaron vasos con vino que alguien había traído.

La noche fue avanzando entre música alta y poemas. Ya borrachos, se subían a las mesas para leer sus versos favoritos: algunos graciosos, otros propios. Sucha los acompañaba riendo y gritando, marcando el compás con su pandereta.

Cuando llegó su turno, Tanwa abrió uno de los cuadernos de su madre. Con voz baja leyó un poema sobre la playa al atardecer, sobre cómo la ausencia se transforma en espuma que regresa una y otra vez a la orilla.

El sonido de la pandereta de Sucha se volvió entonces más tenue, más solemne.

En ese instante, el pequeño contraste entre ambos —el duelo de Tanwa y la ligereza de Sucha— pareció encontrarse y sostenerse en perfecto equilibrio.

 

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La tienda florecía poco a poco. Con ayuda de Moira y por su recomendación, empezaron a llegar personas que querían experimentar, sobre todo en el patio de la tienda. Otros alumnos de la universidad comenzaron a llegar a comprar vinilos cuando supieron que Tanwa la había abierto, ya era algo popular en los pasillos.

Una noche, después de un micrófono abierto particularmente caótico, alguien confundió a Sucha con el dueño de la tienda. Tanwa, sin pensarlo demasiado, garabateó «copropietario» junto al nombre de Sucha en el libro de contabilidad.

Nunca hablaron de ello realmente. No hacía falta: Sucha ya se comportaba como el hermano menor que Tanwa nunca había pedido. Con todo lo bueno y lo malo que eso implicaba.

Años más tarde, cuando Tanwa formó la banda y empezó a ausentarse con frecuencia, fue Sucha quien mantuvo viva la tienda. Levantó una pared de casetes, organizó noches de poesía, fiestas, rituales.

El lugar se convirtió en un refugio: allí, Tanwa se permitió amar, sufrir, llorar y finalmente crecer. Todo gracias a una herencia que creyó marcada por la tristeza —como todo lo que heredaba de su madre—, pero que en realidad terminó revelándose como esperanza, como un nuevo comienzo.

Notes:

Creo que empecé a perder el tono de crack fic que quería para esta serie con los dos últimos, pero bueno, inevitablemente Tanwa me lleva a esto 😔 aunque al menos logré poner la palabra porro una vez en este!

Hasta ahora este será el último, tenía una idea para un fic de cómo se conocieron, así que lo dejo aquí como nota para cuando vuelva a esta serie.

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