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Sólo fueron amigos y familiares. De Enriqueta no fue nadie, sus padres murieron devorados por los duendes. Eran adictos cuando eso pasó. Enriqueta seguía con pesadillas.
Desde chica pintaba algunas cosas, en general sobre chapadur y más tarde, fibrofácil. Pinturas abstractas que unos amigos hippies y gays vendían en una feria. En esa feria barrial ella armó tres cuartas partes de su biblioteca. Muchas veces temió que la humedad o el fuego mordieran sus tesoros de papel. En su brazo izquierdo llevaba tatuado el afamado lema "memento mori", sospechando que no podrá llevarse a la otra vida los libros, discos y amuletos que juntó en esta.

Le preocupaba olvidar. Tras despertar, de sus sueños, de mundos intermitentes con moradores recurrentes, siempre olvidaba algo. Entre los sueños, había pesadillas y visiones, pero esas cosas eran del presente continuo, no del orden de lo olvidable. Vivia cansada de estar en estado de alerta.

Pese al terror de las pesadillas, Enriqueta amaba soñar. Más allá de sus sueños de huída donde volaba por los cielos sin ayuda de aviones, escobas, tablas de surf o alas de ángel, en sus sueños no era ella sola y su modesta vida urbana. Novios y novias, hijos y nietos. Otros padres, otras madres. Todo se desintegraba al despertar y ella trataba de capturar algo escribiendo en cuadernos desmigajados. Le gustaba caminar treinta, cuarenta cuadras para ver qué podía encontrar tirado. Algunas veces encontraba cuadernos con hojas sin usar y los llenaba de letras torpes y frases rotas. Todo se diluía. Quería capturar lo más posible. No quería usar cuadernos nuevos para eso: intuía que todos sus sueños eran viejos, que alguien tenía que soñarlos y algún dios trágico configuró un estuche de carne con su nombre (Enriqueta) para soñar, sufrir y alguna que otra vez, pasarla bien con algún libro, algún disco o con algún ser ficcional u onírico.

Un personaje recurrente con el que soñaba era un gatito de orejas largas y naríz redonda llamado Fellini. La secundaba en todo y hablaban de muchas cosas que ella sabía que eran importantes y al despertar toda la magia se le desmigajaba en la memoria, se incineraba en segundos. Vivía dibujándolo y si hubiera logrado un solo dibujo bueno a lo largo de las décadas, se lo hubiera tatuado en el pecho.
A veces pensaba que lo mejor de su vida transcurría en los sueños con Fellini. "Los placeres de la imaginación son también reales" era una de las pocas frases sensatas que se trajo de uno de los innumerables sueños que tuvo. Una vez soñó que era un chico que tenía un imaginario monstruo azul que sólo decía "Cholga". "Cómo robás con eso, te voy a bautizar Choricholga, ja ja".
Pero cómo olvidar cuando soñó que era una gatita blanca con una boina roja y Fellini se puso de la cornea, digamos. La abrazaba y le hacía cosquillas. "Estás muy raro hoy, Fellini... como encendido" y Fellini mascaba la alfombra y hacía acrobacias hasta que se lanzó hacia ella y la besó y ella aún era un poco niña, algo sospechaba pero se dejó hacer y despertó asustada al punto de que se hizo pis encima.

Soñaba eso de niña y era impresionante, perturbador. De adolescente amaba soñar a Fellini. A los treinta lo que más quería era soñar con el bicho ese. En situaciones oníricas, para salvarla de los duendes con facones, o los duendes con metralletas Tommy-Gun, Fellini supo inmolarse. Todo era tan real.
"Siempre voy a volver con vos, amigue."
A veces, a la nada, al cielo, a la luna, se encontraba diciendo "Te amo, Fellini".





