Chapter Text
Diana, nacida en la prestigiosa Casa del Marquesado Pereshte, siempre había creído ser feliz.
Criada en una familia adinerada y colmada de amor, creció con un carácter bondadoso y afectuoso. Creía que lo más preciado del mundo no era el dinero ni el honor, sino las personas. Por eso trataba a todos, nobles y plebeyos, con la misma amabilidad.
Ella creía firmemente que la nobleza venia con el deber de compartir, e incluso se ofreció como voluntaria para ayudar a huérfanos que habían perdido a sus padres. También realizo numerosas y grandes, donaciones a orfanatos, incluso llegando a fundar los suyos propios en el territorio de su familia.
Cualquiera que pasara un momento con Diana, ya sea noble o plebeyo, se sentiría instantáneamente atraído por su carácter virtuoso.
Algunos incluso afirmaron que debía ser un ángel en forma humana. Por ello, llego a ser conocida como la Santa de la Casa Pereshte.
Pero esa no fue la única razón de su fama.
Su corazón angelical se combinaba con una belleza impresionante, lo que solo ayudo a difundir aún más su nombre.
Su espeso cabello dorado brillaba como el sol, sus ojos resplandecían como dos esmeraldas y sus largas pestañas enmarcaban su rostro como seda bordada. Cuando sonreía era imposible no girarse a mirarla.
Como si hubiera sido bendecida por la diosa, también poseía un poder mágico poco común. Con su inteligencia y esfuerzo, fue aceptada en la torre de magos, una organización conocida ampliamente por sus estrictos parámetros para aceptar miembros y aprendices.
Por eso todos en el imperio Edith, esperaba que su Santa se convirtiera en emperatriz, al casarse con el príncipe heredero Wolfram. Aunque había otras candidatas, sin duda Diana era la mejor opción. Sería una generosa emperatriz que amaría y cuidaría de sus súbditos.
Fue un shock, cuando el príncipe Wolfram regreso de un viaje diplomático al lejano reino Surya, trayendo del brazo, a la hija del rey de aquella nación, la princesa Amata, una criatura oscura de tez morena y pelo liso tan negro como el carbón, lo único colorido en su cuerpo, aparte de sus vestiduras, eran sus ojos verdes, pero incluso aquello eran del tono más oscuro. El contraste entre la oscura princesa, y el resto de pálidos invitados, no detuvo al príncipe de anunciar a toda la corte y al mismísimo emperador, que ella seria su futura esposa, no Diana.
En el imperio Edith, los niños nobles eran comprometidos desde edad temprana, incluso antes de su nacimiento, por sus familias, con parejas adecuadas. Su padre, el marqués de Pereshte no siguió esa norma. Quería que su amada hija eligiera a su propio marido.
Sin un contrato de compromiso y una rica dote, Diana atrajo la atención de numerosos pretendientes en el momento de su debut en el mundo social. Sin embargo, había muy pocos hombres jóvenes de alto rango disponibles para un enlace matrimonial. Y todos ellos fueron sometidos a un duro escrutinio por el marques Pereshte, temeroso que alguien intentara aprovecharse de su hija para acceder a la riqueza y poderío de la familia Pereshte. Luego el emperador presiono a su hijo Wolfram para que cortejara a Diana. Si bien ambos se unieron por su deseo de cuidar a toda la gente del imperio por igual, nunca surgieron sentimientos románticos entre ellos. Wolfram podía ser muy frio, severo y distante, no escondió que consideraba a Diana demasiado ingenua, crédula y carente de la capacidad de ver el panorama completo de una situación. Rasgos que una futura emperatriz no podía permitirse. Ya su relación amistosa había empezado a resquebrajarse cuando el príncipe heredero le propuso matrimonio, diciéndole sin rodeos que lo suyo sería un matrimonio por la conveniencia y el bienestar de Edith. Diana lo rechazo inmediatamente, pues anhelaba un matrimonio amoroso con el de sus queridos padres.
Así que tanto ella como su padre, suspiraron aliviados cuando el príncipe heredero tomo a otra esposa. Pero esa calma fue pasajera, los hombres que una vez cortejaron a Diana, ya habían encontrado esposa. Los demás nobles cercanos a su edad, no poseían un rango muy alto, en comparación a la heredera de un marquesado. Además, muchos dudaban en proponerle matrimonio a Diana por temor al poder e influencias abrumadoras de la familia Pereshte. Diana siempre estaría por encima de su posible esposo, y eso desalentaba a muchos hombres.
El marques empezó a preocuparse, Diana ya cumplía 26 años, si dejaba pasar un año más, podría ser considerada una solterona.
Y entonces la familia imperial hizo una propuesta. Si bien carecían de otros príncipes en edad casadera, había un pariente lejano, un gran duque, Calypso Ernest.
Rara vez visto en la alta sociedad y nunca bailando con nadie, incluso cuando se molestaba en asistir a un baile. Calypso se ganó el rumor de tener la sangre tan fría como sus dominios en las heladas tierras del norte. A Diana no le sonaba tan distinto al príncipe Wolfram, con la diferencia, que este último por ser el príncipe heredero, la sociedad parecía estar más dispuesta a ignorar su comportamiento.
Por ello, a pesar de su mala reputación, el marques organizo un encuentro entre su hija y Calypso. Diana había esperado un segundo Wolfram, pero, aunque su expresión era severa, el joven gran duque se mostró sorpresivamente recto, educado y cortes, muy diferente a su pariente.
- ¿Qué opinas? - Dijo su padre, el marqués, después de su encuentro- Aunque el gran ducado pueda ser inferior a nuestro territorio, ser una gran duquesa no debería estar debajo de ti. –
Calypso era honorable pero no ideal en todos los sentidos. La casa Ernest era bastante joven, carecía de poder y riqueza real. El abuelo de Calypso pese a ser el octavo hijo ilegitimo del emperador Alexandre, abuelo del emperador actual. Solo había recibido el título de gran duque, un rango reservado para los hijos legítimos del emperador, porque su madre la actriz Nellie Rose, era la concubina favorita de Alexandre. Las tierras que recibió, eran desolados e inhóspitos. El clima era muy duro, especialmente en invierno, más encima era foco frecuente de ataque de monstruos, lo que volvía la agricultura un reto. Además, el norte por siglos, había contaba con el liderazgo militar de un margrave, el cambio de administración, no fue bien recibida por la población, lo que resulto en una influencia mínima en su propio territorio.
Pero cuando Diana conoció a Calypso, vio algo diferente. A pesar de los rumores el era amable y gentil, la trato con la dulzura que carecía Wolfram.
-Está bien padre. Me agrada el gran duque. –
Tuvieron lugar muchos más encuentros y citas, con el gran duque Ernest. Quien se ganó poco a poco el cariño de Diana, mediante palabras dulces y gestos románticos, como regalarle flores, dar largos paseos y escribirle poemas. Pero solo había una razón por la cual Diana lo eligió.
-El amor no siempre se trata de pasión. Diana, prometo cuidarte y respetarte por siempre. –
Esa sincera propuesta la conmovió profundamente. Pues era todo lo que deseaba en su matrimonio, “Amor”. En ese instante, Diana acepto la mano de Calypso.
Incluso después de casarse su relación se mantuvo tranquila, no apasionada. Pero siempre se respetaron y cuidaron mutuamente. Diana creía que el amor tranquilo también era amor.
Poco tiempo después dio a luz a una hermosa hija. Aunque se desmayó durante el parto, tanto ella como él bebe, sobrevivieron gracias a su amiga de la infancia y médica, Alicia Blair.
-Su gracia por favor despierte. – Escucho la reconfortante voz de Alicia, antes de rendirse al letargo.
Para cuando Diana, recupero el conocimiento, todo ya estaba en calma. En los brazos de Alicia se mecía un adorable bebe recién lavado.
-Esta niña es…- Murmuro Diana sin terminar su frase.
- ¿Qué tal el nombre de Catherine? - Calypso miro a su hija con expresión tierna, aunque su rostro permaneció en las sombras.
- Catherine, me gusta, significa “pura”. – Diana siempre quiso ponerle a su primera hija el nombre de su fallecida madre, Pamela, pero al sostener ese pequeño bebé, con una pelusita de cabello plateado tan claro como la luna, supo que Catherine era el nombre más apropiado.
Agotada por el largo parto y el desmayo, Diana apenas podía moverse, pero una suave sonrisa floreció en sus labios mientras miraba a su bebé.
-Catherine…Catherine-
Susurrando su nombre, Diana se prometió en silencio amarla más que nadie en la vida. Siempre la protegería y cuidaría de todo mal.
Y así Diana, Calypso y Catherine vivieron una feliz vida.
Diana crio de manera amorosa a su hija, tal como ella fue criada. Le enseño a Catherine a valorar y respetar a todas las personas sin importar su origen, estatus o riqueza. La llevo a los orfanatos que financiaba y fundo, para inculcarle la importancia de cuidar a los demás y como la nobleza venia con el deber de compartir.
Catherine demostró desde temprana edad un interés en asumir un rol activo como heredera del gran ducado Ernest. Esforzándose en estudiar materias como la política y la economía. También le gustaba ser activa físicamente; practicaba natación, tenis, ciclismo y arquería. Desde pequeña disfruto jugar en los amplios jardines de la mansión, sus ojos se maravillaban ante la belleza de las flores y las aves.
Catherine solía cantar como un canario con su dulce voz. Diana, encanta, tomaba él te con Alicia y la escuchaba con alegría. El talento de Catherine, no pasó desapercibido para los otros nobles, quienes también disfrutaban de oírla cantar, logrando que su hija ganara una buena reputación incluso antes de debutar.
Pero la desgracia llego sin previo aviso.
Un día, Diana, Alicia y Catherine, fueron de picnic cerca del gran ducado. Sentadas en una estera, disfrutando de una suave brisa…
Un grito espantoso atravesó el aire.
- ¡Aahhh! –
Diana y Alicia corrieron hacia el origen del grito, presas del pánico.
Encima de un arbusto, se encontraba tirada en el suelo, Catherine cuyos ojos sobresalían incrustadas espinas. Asustada, ella cerro fuertemente sus ojos, lo que solo produjo que la sangre goteara de ambos.
- ¡Mamá! ¡Me duele muchísimo! -
- ¡Oh Catherine! Todo estará bien, mamá te sanará- Diana acuno a su hija que se retorcía de dolor ¿En qué momento se alejó de su lado? ¿Cómo no se percató de la ausencia de Catherine? Rezo a la diosa que la herida no fuese muy grave.
Pero sus suplicas no fueron escuchadas, Alicia inspecciono el arbusto donde Catherine había tropezado. Con horror le señaló a Diana las zarzas negras y espinosas, las mismas incrustadas en los ojos de Catherine. Diana que había sido aprendiz en la torre del mago, conocía esas espinas venenosas, eran tan potentes que no requerían de mana para funcionar. Si te tocaban los ojos, pueden causar ceguera. ¿Por qué habría algo así cerca del gran ducado?
Rápidamente llamo a los mejores sacerdotes con el poder divino de la sanación, la medicina convencional no sería suficiente para curar la vista de su hija. Alicia solo logro extraer cuidadosamente las espinas de los ojos de Catherine. Pero con el poder divino, existía esperanza.
Incluso con el poder divino proveniente de la diosa, los sacerdotes solo lograron curar las heridas físicas en los ojos de Catherine. Ninguno fue capaz de expulsar el veneno, mucho menos restaurar su vista. Uno de aspecto andrajoso, intento convencerlos de que Catherine era capaz de sanar ella misma sus ojos, Calypso lo hecho rápidamente del gran ducado. Solo un sacerdote se les acerco ofreciendo una solución alternativa factible.
-Sus gracias, el veneno de la espina del diablo es demasiado potente que incluso se resiste a las bendiciones de la diosa, no en vano lo llaman así. – El sacerdote vacilo un segundo, antes de continuar -Pero…existe otro camino…- El sacerdote no fue capaz de continuar.
- ¿Cuál es? ¡Por favor! ¡Se lo suplico! - Diana se arrodillo ante el clérigo, estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por su hija.
-Es posible… transferir la vista de otra persona usando el poder divino- El sacerdote dudo en seguir hablando, pero al ver la desesperación de Diana, hablo con cautela- Sin embargo, existe un requisito para realizar tal sacrificio: se debe poseer un corazón sincero y desesperado, que ame profundamente a la persona que entregara sus ojos. Sería demasiado pedirle a una persona que renuncie a su vista por su hija, aún más, si debe tener sentimientos afectuosos. –
-Yo amo a Catherine, más de lo que amo mi propia vida. Con gusto le daré mis ojos a mi hija. – Diana no lo dudo, fue gracias a su negligencia que Catherine resultara herida, era su responsabilidad como madre cuidar a su hija. Si hubiera estado más pendiente de Catherine, nada de esto estaría pasando.
- ¡No!¡Madre, no lo hagas! - Catherine apretó con fuerza la mano de Diana. Pero Diana ya había tomado una decisión.
-No puedes querer decir eso, mi señora- Calypso parecía incrédulo ante la determinación de Diana.
-Gran duquesa, eso es una decisión muy difícil ¿Por qué no se toma un día para pensarlo cuidadosamente? – El sacerdote intento detenerla desesperadamente. Entregar los ojos a un hijo no era tarea fácil. Temía que después la gran duquesa se arrepintiera, y culpara a su propia hija.
Ninguno de eso pensamientos surgió en la mente de Diana. Con lágrimas corriendo por sus mejillas, abrió la ventana. La cálida brisa primaveral alboroto su cabello dorado. Un hermoso jardín de rosas se extendía bajo la habitación de Catherine.
Adoraba las flores más que a nadie. Si no pudiera volver a verlas ¿Qué clase de vida seria esa? Catherine siempre se mostró entusiasta por ayudar a su abuelo a dirigir los asuntos de los Pereshte, a diferencia de sí misma que si bien cumplía sus responsabilidades como hija de su padre, jamás se sintió a gusto. Solo tenía trece años, aún faltaban tres años para que debutara en sociedad. Incluso postrada en cama, después de haber llorado sangre, Diana podía apreciar la belleza de su hija, en unos años habría florecido de maravilla, opacando incluso a las princesas de este imperio, sin duda sería el centro de la sociedad. Perder su vista era perderlo todo.
Diana en cambio ya había pasado su mejor momento, ya no necesitaba ver. Catherine en cambio, recién estaba comenzando, y sin duda con su férrea voluntad llegaría más lejos que su madre.
-Hagámoslo ahora. Daré mis ojos a mi hija- Diana acaricio el rostro de Catherine, intentando memorizar este momento, el último en que vería la cara de su amada hija.
El sacerdote obedeció, la luz desapareció de los ojos esmeralda de Diana. La oscuridad la envolvía, mientras la luz retornaba a su hija, quien recupero su vista a costa del sacrificio de su madre.
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“Así que esto fue lo que sintió Catherine”
Fue aterrador, pero podía soportarlo. Pues había salvado a su hija.
- ¿Tus ojos están bien? - Le pregunto Alicia a Diana, cuyos ojos blanquecinos fueron cubiertos por una venda de seda.
-Si. Aparte de no poder ver, no hay problema- Diana esbozo una sonrisa al oír la voz de Alicia. Aunque no podía ver su expresión, percibía claramente su cariño y preocupación. -Gracias Allie por preocuparte por mí. -
No fue nada fácil adaptarse a su nueva discapacidad, a menudo tropezaba o chocaba con los muebles de la casa. Ya no era capaz de leer y escribir, por su cuenta. Tampoco podía seguir asistiendo a eventos sociales, solo logro animarse acudir a una cacería por Catherine, pero el tono condescendiente disfrazado de compasión de los otros invitados, la desincentivo a nuevas salidas.
Solo la presencia de Milan y Shane, quienes le han servido desde su juventud en el marquesado Pereshte, y las visitas constantes de Alicia a su habitación, aliviaron la soledad de Diana.
Catherine, su amada hija, no podía pasar mucho tiempo con ella. La ausencia de Diana en los círculos sociales, significo que la tarea de mantener y crear conexiones entre la casa Ernest y las demás familias nobles, recayó en su hija que ni siquiera había debutado. Por recto que fuese Calypso, lo cierto es que su mala reputación fue el resultado natural de sus pobres habilidades sociales. Diana tuvo que usar su encanto para limpiar el nombre de Ernest, y establecer buenas relaciones con el resto de nobles. Quizás no sonaba tan malo asistir a bailes y fiestas de té, pero lo cierto, es que bastaba solo una mala elección para enojar al noble equivocado, y en el mejor de los casos solo tu reputación seria afectada. También Catherine empezó a tener un rol mayor en los asuntos marquesado, su padre el marques no se estaba volviendo más joven, con Diana ciega, la única que quedaba era Catherine. Cada vez se quedaba más seguido en la mansión Pereshte, para acompañar y asistir a su abuelo, en reuniones y negocios. La relación entre Catherine y Calypso no era muy buena, su esposo quería que Catherine se casara con su prometido Sawyer Aiberg, casi inmediatamente después de debutar, temiendo que Catherine pasara por lo mismo que Diana. Catherine en cambio deseaba seguir entrenándose como sucesora de su familia y ayudar a su abuelo. Ese desacuerdo también influyo en la ausencia de su hija en casa.
Su padre, por su lado, al enterarse del estado de su hija, primero intento llevársela de regreso al hogar de su infancia, y culpo a Calypso por no haber ofrecido sus ojos en lugar de Diana. Si bien esas palabras nacieron del dolor, Diana no podía permitirle que hablara mal de su esposo, después de todo, fue ella quien decidió renunciar a su vista por Catherine.
Deprimida por la discordia en su familia, Diana se encerró más en su habitación, negándose a incluso aventurarse en el resto de la mansión. Solo su angelical amiga de la infancia, Alicia logro animarla.
Alicia con paciencia le enseño a usar su bastón para detectar objetos en su camino. La animo a aprender braille un sistema de escritura táctil en relieve que permite a las personas ciegas leer y escribir utilizando sus dedos. También la ayudo a convencer a Catherine de que pasara más tiempo en casa. Alicia era verdaderamente una mujer amable. Diana a menudo sentía que no le agradecía lo suficiente por sus cuidados.
Gracias a Alicia, pudo volver a recorrer los pasillos de su hogar, cuando escucho una conversación en el estudio de su marido, cuando fue allí para ayudar con los preparativos del debut de Catherine.
- ¡Te amo, te amo, Calypso! -
-Yo también te amo, Allie-
Esas voces… ¡No podía ser! Esas eran las voces de Alicia y Calypso. El mundo entero de Diana se derrumbó. Sus manos temblorosas alcanzaron el pomo de la puerta y, en la oscuridad que solo ella podía sentir, agito los brazos con desesperación, dejando caer su bastón en un ruido sordo.
-Cariño…Allie…Eso es mentira ¿Verdad? ¡Por favor díganme que es mentira! ¡Que escuche mal! – Sus gritos estallaron de angustia, cualquiera que la escuchara, sentiría lastima por ella, pero solo suscitaron risas, risas burlonas.
- ¿No es simplemente patética? - Era la voz de Alicia, pero no era el tono tranquilo que ella conocía, sino aguda y cruel.
- ¿Allie? - Esa no podía ser su amiga, tenía que ser una impostora.
- Incluso después de darte pistas tan claras ¿Niegas la realidad? ¡Qué mujer tan estúpida! – Alicia se negó a mostrar una pisca de compasión por la mujer con la cual incluso compartió la leche de su madre.
- ¿Amor…? - Como una mendiga Diana se dirigió a su esposo. Seguramente el aclararía este malentendido.
- ¡Que molestia es siempre esta mujer! ¡Guardias llévense a la gran duquesa! - El tono de Calypso revelaba asco y repulsión por la mujer que llevaba casado por 16 años.
Diana salió inmediatamente de ese estudio, tambaleándose por los pasallos sin su bastón.
Era increíble, como una pesadilla de la cual ansiaba despertar con desesperación. La cabeza le daba vueltas y las piernas apenas la sostenían. Grito por ayuda, sus oídos captaban el sonido de pisadas y murmuro seguramente de las sirvientas, pero nadie respondió su suplicas. Al contrario, escucho por segunda vez en el día, el sonido de risas crueles y burlonas.
Los únicos que se le acercaron fueron los guardias personales de Calypso. Quienes la agarraron bruscamente de los brazos y pusieron frías esposas aparentemente de metal.
- ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Que alguien me ayude por favor! – En la oscuridad, Diana solo pudo gritar. Los caballeros se la llevaron.
La arrojaron a una cabaña en lo profundo del territorio del gran ducado, una vez habitada por el viejo guardabosques.
- ¡Adiós, antigua gran duquesa! – Con palabras burlonas y un fuerte portazo, la puerta se cerró y ella se quedó sola.
Desde ese día, Diana quedo prisionera en la cabaña. Pasaron los días sin siquiera una gota de agua o una miga de pan. Intento liberarse a sí misma de tal infierno, mediante su magia de hielo. Pero sin importar cuanto lo intentara, no era capaz siquiera de crear un granizo. No sabía si fue por las esposas estaban hechas de un material anti-mágico o porque estúpidamente dejo de practicar magia tras su matrimonio con Calypso.
Extrañaba muchísimo a Catherine. ¿Sabía su hija el penoso estado de su madre? La respuesta más probable sería un “NO”. Catherine había abandonado el gran ducado Ernest, solo regresaría para celebrar su debut en sociedad.
Diana analizo su situación, estaba ciega e indefensa. Sin comida, su cuerpo se marchitaba lentamente, volviéndola incapaz de incluso moverse dentro de la helada cabaña. Idear alguna manera en abrir la puerta, y luego correr de la cabaña a la mansión, sin alertar a ningún guardia. Lograr escabullirse en su habitación para contactarse con su padre. Era soñar con lo imposible. Tampoco tenía esperanzas de que la mantuvieran con vida hasta el debut de Catherine, donde entre los invitados figuraban su padre y varios importantes vasallos del marquesado Pereshte. Calypso y Alicia, no se arriesgarían a ser descubiertos y sufrir la ira del marqués.
Sumergida en la más profunda desesperación, Diana se resignó a su destino. Dejo que su cuerpo inerte se marchitara como rama, solo rezaba que, de algún modo, su padre e hija, descubrieran la verdad sobre su muerte. Hasta que un día, la gran duquesa ciega, sintió otra presencia dentro de la cabaña.
- ¿Quién es? ¡Por favor ayúdeme, prometo recompensarte generosamente! – Sus labios agrietados apenas se movieron para formula esas simples palabras.
Sintió las pisados del desconocido, acercándose a ella y de repente, sonó, algo cayéndose al frente suyo. Diana palpo el suelo; era pan seco.
Estaba rancio y duro, pero a su estómago hambriento no le importo. Diana sollozaba mientras masticaba el pan.
Fue miserable. Tan miserablemente injusto ¿Qué hizo mal?
Apoyo siempre a esos dos, Calypso y Alicia. Pago los estudios en medicina de su mejor amiga, antes de eso, siempre le regalaba sus vestidos y joyas, para que Alicia no fuese avergonzada en los bailes y banquetes, a los cuales Diana siempre la llevaba. Le di un techo sobre su cabeza, cuando Alicia se peleó con sus padres. A Calypso siempre lo ayudaba con las finanzas del hogar. Era Diana quien le suplicaba a su padre, que pagara las deudas de Calypso fruto de sus negocios fallidos. Organizo festividades y donaciones, a los territorios del norte, para mejorar la relación de Calypso con sus vasallos. También Diana logro establecer buenas amistades con otras familias nobles importantes, gracias a su encanto. Si siempre fue tan justa ¿Por qué pagaban de ese modo su generosidad?
Quien fuese ese desconocido, le dejaba comida cada vez que volvía a morirse de hambre. Diana empezó a preguntarse ¿Quién era?
¿Sera Catherine? ¿Viene en secreto, incapaz de desafiar a su padre?
Por supuesto que no era Catherine ausente en la mansión, pero la mente de Diana, tras numerosos días sufriendo inanición y deshidratación, formulo ese pensamiento en busca de esperanza. Necesitaba ese consuelo, creer que de algún modo su adorada hija la estaba cuidando. Que las acciones de Calypso no permanecerían ocultas para Catherine y su padre. Tener una minúscula posibilidad de volver oír al menos las voces de su padre y de su hija, por última vez.
Por eso cuando volvió a escuchar el sonido del pan cayendo. Entre lágrimas pronuncio ese nombre que significaba “pura”.
-Catherine ¿Eres tú? –
Pero no hubo respuesta, de todas formas, nunca hubiera dicho lo que Diana quería oír.
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Nunca supo cuándo, habiendo ya perdido la percepción del tiempo, pero los oídos de Diana, escucharon el sonido de pasos fuertes que se acercaban a la cabaña. Alguien definitivamente venia ¿Era la persona que la alimentaba?
Diana levanto su frágil cuerpo, ya no seguiría sumergida en la autocompasión, intentaría hablar con esa persona, convencerlo de ponerse en contacto con su padre, el marqués de Pereshte. Con el poder de su familia, esa persona incluso si fuese un sirviente, no tendría que temer sufrir represarías por las manos de Calypso. Le agradecería sinceramente su compasión y amabilidad. Lo recompensaría, si lograba escapar.
La puerta se abrió con un crujido.
- ¿Aun no está muerta? – Era la voz de Calypso, incluso después de descubrir su adulterio, le dolía escuchar palabras tan venenosas de la boca que había besado en tantas ocasiones.
- Sigue viva, Allie-
Se oyó el eco de unos tacones, alguien más entro en la cabaña.
-A estas alturas, creí que habrías muerto de hambre- Al contrario de Calypso, el tono de Alicia, revelaban una enfermiza satisfacción por el sufrimiento de Diana.
- ¡Traidores! - Diana sin pensarlo, se abalanzo hacia el lugar donde surgían esas dos molestas voces. Pero Alicia divertida por su audacia, la esquivo fácilmente. Calypso en cambio, opto por darle un puñetazo en el abdomen a su propia esposa, provocando que cayera al suelo. Alicia al ver tirada a su otrora amiga, se rio, como si presenciar a una mujer sufriendo abuso por la mano de su marido, fuese algo gracioso.
- ¿Cómo puedes hacerle esto a la madre de tu hija, Calypso? ¿Te has detenido a pensar en cómo se sentirá Catherine cuando descubra que su padre daño a su madre? – Aunque no podía ver el rostro del hombre que alguna vez juro amarla y respetarla, Diana mantuvo una expresión desafiante.
- Estúpida y crédula, Diana- Calypso no se conmovió en absoluto por su esposa.
- ¿Sigues pensando que Catherine es tu hija? ¿Incluso cuando no se parece en nada a ti? -
- ¿Qué? - Diana no entendía. ¿Qué estaba diciendo Alicia?
-Catherine no es tu hija- Hablo con una voz escalofriante Alicia.
- ¿Qué mentira es esa? - Diana grito abrumada por la rabia, si tan solo pudiera ver, bofetearía a Alicia. La mujer amable y elegante que una vez fue, ahora reducida a nada más que una furia.
-Cambie a mi hija por la tuya, tonta-
-Allie para, es demasiado tonta para entenderlo. - Calypso con los brazos cruzados junto a Alicia, se rio abiertamente de Diana. – Fallaste en la sencilla tarea de darme un heredero, lo único que salió de tu inservible vientre fue una cosa enclenque y malhecha, incapaz de traer gloria a esta familia. Por eso te mereces este destino. -
Todos los recuerdos que tenía sobre Catherine pasaron por su mente. Cuando la sostuvo en brazos, cuando dio sus primeros pasos y dijo su primera palabra: “Mami”.
-No…no…no- Balbuceo Diana entre lágrimas negándose a aceptar la realidad.
-Detén tu lloriqueo. Tampoco serviste para al menos cuidar de mi hija. Por tu culpa, Catherine casi se quedó ciega. – Alicia suspiro -Al menos debes morir para que Catherine sea la única heredera del marqués. –
El cuerpo de Diana se congelo. Si Catherine no era su hija… ¿Dónde estaba su verdadera hija? Calypso la llamo una cosa enclenque y malhecha. Posiblemente el sabia algo.
-Catherine…no es mi hija sino la tuya con Alicia- Diana se dirigió a su esposo, donde sea que el estuviera.
- Así es- Respondió a secas, Calypso.
- Entonces ¿Qué le hiciste a mi hija, Calypso? –
- Oh… esa cosa- Fue Alicia quien respondió en lugar de Calypso, le hizo una señal a un caballero. Se intercambiaron unas palabras entre dientes.
De repente, se oyó un ruido sordo. Diana extendió la mano y toco algo, como un saco. Dentro, sintió algo frio y rígido, como un cadáver.
- ¿Quién se atrevió a desafiar mis ordenes como la nueva señora de la casa y te trajo comida? - Alicia adivinando la reacción de Diana, sonrió más ampliamente -Incluso viviendo toda su vida como una humilde criada, supongo que la sangre realmente no se puede ocultar-
Al palmar el rostro de su verdadera hija, Diana soltó un grito. Su hija era quien le traía el pan y perdió la vida por eso. Diana se aferró a la mano del niño muerto. Áspera, callosa y dura, como la vida que había vivido. Tan distinta a las cálidas manos de Catherine. Le rompió el corazón.
De los ojos ciegos de Diana, cayeron más lágrimas de dolor por su hija y odio por los traidores.
- ¿Cómo permitiste que esto le pasara a mi hija? ¡Ella también era tu hija, Calypso! O ¿Acaso valía menos que la hija que te dio tu amante? –
-Estoy cansado de tu ataque de histeria. Allie termina con esto de una vez. – Calypso abandono la cabaña sin mirar hacia atrás. No le importaba la muerte de su hija en lo absoluto.
-No estes triste Diana. Te concederé la misericordia de morir con tu verdadera hija- Alicia le dio una última mirada a su hermana de leche. Sucia de pies a cabeza, su vestido antes blanco y su pelo dorado, ahora parecían paja. Con su venda caída, sus ojos blanquecinos quedaron al descubierto. La desesperación y el hambre, opacaron la belleza que destaco a la santa de Pereshte. Fue maravilloso. -Pronto el gas venenoso entrara a la cabina. Así que muere en silencio ¿De acuerdo? – Soltando una última risa, Alicia también abandono la cabaña, sellando la puerta, por si Diana hacia un último esfuerzo en huir.
Diana quedo sola en la cabaña, con la única compañía de su hija muerta, acunada tiernamente en sus brazos. Cielos eran tan pequeña, sus huesos delicados le recordaban inquietantemente a un pajarito. Al mover sus manos, a la pequeña cabeza de su hijita para acariciar por primera y última vez su pelo. Apenas pudo sentir unas cuantas hebras de cabello. Desde hacía tres años que no era capaz de ver a Catherine, pero la había abrazado las suficientes veces para notar que se convirtió en una jovencita bastante alta con una abundante cabellera.
¿Por qué no se dio cuenta? Debía haber señales de la aventura de su marido con su mejor amiga. De la existencia de esta niña ¿Sabría algo Catherine o ella también creía ser su hija?
¿Pero a quien culpar? A su propia fe ciega en los demás. La apodaron “La gran duquesa ciega”, y tenían razón. Ciega a la verdadera naturaleza de aquellos en que deposito su confianza. Ciega ante su pobre hija sufriendo la dura vida de una sirvienta, cuando debió estar en ese momento preparándose para su gran debut, en lugar de yacer sin vida en los brazos de una madre que ni siquiera sabía su nombre.
Diana se golpeaba el pecho con dolor, apenas podía respirar. Cuanto arrepentimiento sentía en su corazón por renunciar a su vista, no podría ver la cara de su verdadera hija.
Un hedor nauseabundo lleno su nariz, sin duda el veneno que Alicia había mencionado.
Ella se aferró al cadáver de su hija, llorando- ¿Cómo te llamabas? ¿Cuál era tu aspecto? ¿Cómo era tu vida? – Tantas preguntas, pero el veneno no dio tiempo para respuestas.
Con dificultad para respirar, Diana se desplomo sobre el cuerpo de su hija. Sus hombros se estremecieron con sollozos -Siento no haberte protegido- Si tan solo, solo una vez, tuviera otra oportunidad. No permitiría que volviera a suceder esto. Ella vengaría a su hija. Sus uñas rasparon el suelo.
-Si…hay una próxima vida…Por favor regresa a mi- Su respiración se hizo débil. Con sus últimas fuerzas, encontró la mano de su hija y la apretó con fuerza- Te prometo que te reconoceré al primer instante. Ya no seré más la gran duquesa ciega. Así que por favor… -
Una muerte silenciosa le sobrevino. La borrosa imagen de una dama en un vestido blanco y cabello plateado, apareció ante sus ojos antes de cerrarlos por última vez.
- ¿Catherine…? - Su voz se desvanecía en el aire.
Y así, Diana dio su último suspiro, al lado de su verdadera hija, y lejos de su amado padre y la chica a la cual crio como su hija por quince años, hubieran sido dieciséis de no haber perdido la vida.
